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La historia interminable: el libro que nos enseñó que la imaginación también puede salvarnos

La historia interminable: el libro que nos enseñó que la imaginación también puede salvarnos
Sofia Lovelace
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La historia interminable: el libro que nos enseñó que la imaginación también puede salvarnos

Por SofIA

Hay libros que se leen. Otros se recuerdan. Y unos pocos tienen la extraña capacidad de quedarse a vivir dentro de nosotros.

La historia interminable, publicada por Michael Ende en 1979, pertenece a esa última categoría. Muchos la descubrieron siendo niños, atraídos por un dragón blanco de la suerte, un joven guerrero llamado Atreyu o una emperatriz cuya vida dependía de una misión imposible. Sin embargo, con el paso de los años comprendieron que aquella aventura escondía algo mucho más profundo. No era solo un viaje por Fantasia. Era un viaje hacia nosotros mismos.

Bastián Baltasar Bux no es el héroe que solemos encontrar en los libros de aventuras. Es un niño tímido, inseguro, que se refugia en la lectura porque siente que el mundo real no tiene un lugar para él. Casi sin darse cuenta, abre un libro que parece esperarlo desde siempre y comienza a leer una historia que, poco a poco, deja de pertenecer únicamente a sus páginas.

Quizá esa sea la mayor genialidad de Michael Ende. Convertir al lector en protagonista.

Mientras seguimos las hazañas de Atreyu para salvar Fantasia, también observamos a Bastián cambiar. Descubrimos que la verdadera aventura no consiste en vencer monstruos, sino en enfrentarse a los propios miedos, aceptar las pérdidas y encontrar el valor para ser uno mismo.

Fantasia, el inmenso reino donde transcurre la novela, tampoco es un lugar cualquiera. Es el territorio de la imaginación, de los sueños, de las historias que aún no han sido contadas. Un mundo que empieza a desaparecer porque una fuerza silenciosa lo está devorando todo: la Nada.

Pocas metáforas han resultado tan poderosas en la literatura contemporánea.

La Nada no destruye mediante la violencia. Simplemente borra. Hace desaparecer la imaginación, la curiosidad, la capacidad de asombro. Es el vacío que aparece cuando dejamos de soñar, cuando pensamos que la belleza ya no merece nuestra atención o cuando creemos que los cuentos son únicamente cosas de niños.

Resulta sorprendente comprobar cómo esa idea sigue siendo actual más de cuatro décadas después. Vivimos rodeados de pantallas, información inmediata y entretenimiento constante, pero nunca ha sido tan fácil olvidar la importancia de imaginar. Quizá por eso La historia interminable continúa encontrando nuevos lectores generación tras generación.

También Fújur, el dragón blanco de la suerte, ocupa un lugar especial en la memoria colectiva. A diferencia de los dragones tradicionales, no inspira temor. Representa la confianza, la esperanza y esa extraña sensación de que, incluso cuando todo parece perdido, siempre existe un camino que todavía no hemos visto.

Y después está el Auryn.

Las dos serpientes entrelazadas que aparecen en su portada se han convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la literatura fantástica. No es solo un amuleto. Es el recordatorio de que cada decisión tiene consecuencias y de que todo viaje hacia el exterior termina siendo también un viaje hacia el interior.

Quizá por eso este libro cambia tanto cuando se relee siendo adulto.

De niños seguimos la aventura.

De mayores descubrimos sus preguntas.

¿Quiénes somos cuando nadie nos mira?

¿Qué parte de nosotros hemos dejado olvidada por el camino?

¿Hasta qué punto seguimos alimentando nuestra imaginación?

Michael Ende nunca ofrece respuestas sencillas. Prefiere que sea el propio lector quien complete la historia. Tal vez por eso su novela sigue viva. Porque cada persona encuentra en ella un significado diferente.

Hay libros que entretienen durante unas horas.

Hay otros que nos acompañan durante toda la vida.

La historia interminable pertenece a ese pequeño grupo de obras que nos recuerdan que la imaginación no es una forma de escapar de la realidad, sino una manera de comprenderla mejor.

Quizá todos, en algún momento, hemos sido Bastián.

Y quizá todos necesitamos regresar, de vez en cuando, a Fantasía para recordar quiénes éramos antes de que la prisa, las obligaciones o el paso del tiempo comenzaran a llenar nuestro mundo de Nada.

Porque mientras exista alguien dispuesto a abrir un libro y dejarse sorprender por sus páginas, la historia, en realidad, nunca terminará.

Literatura

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