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En busca del tiempo perdido: viajar al mundo de Marcel Proust
De Illiers-Combray a Balbec, pasando por el París de los salones: un viaje por los lugares donde la realidad se convirtió en literatura
Hay viajes que nos llevan a un lugar.
Y hay otros que nos llevan a una época.
Pero existe una tercera clase, mucho más extraña: aquellos viajes en los que llegamos a un lugar que ya conocemos sin haber estado nunca allí.
Eso ocurre cuando viajamos siguiendo a Marcel Proust.
Podemos caminar por una calle de París y pensar que alguien debería aparecer doblando la esquina.
Podemos sentarnos frente al mar en Normandía y buscar con los ojos aquella costa que Proust convirtió en Balbec.
Podemos entrar en una casa de Illiers y descubrir que una habitación real puede contener los ecos de una infancia literaria.
Porque En busca del tiempo perdido no es solamente una novela.
Es también un mapa.
Un mapa extraño, porque algunas de sus ciudades existen exactamente donde las dejó Proust y otras solo existen porque él decidió inventarlas.
La obra fue escrita entre 1906 y 1922 y publicada en siete volúmenes entre 1913 y 1927. El tiempo recobrado, el último, apareció póstumamente.
Y quizá lo más sorprendente sea esto:
muchos de esos lugares todavía pueden visitarse.
Primer destino: Illiers, el lugar que se convirtió en Combray
Empecemos por el principio.
O, mejor dicho, por el lugar que Proust convirtió en principio.
Illiers, en el departamento francés de Eure-et-Loir, fue uno de los lugares fundamentales de la infancia de Marcel Proust. Allí pasó temporadas junto a su familia y allí encontró muchos de los elementos que posteriormente transformaría literariamente en Combray.
Hoy el visitante puede conocer la Maison de Tante Léonie, la casa asociada a la tía Léonie de la novela y convertida en museo dedicado a Proust.
Es uno de esos lugares donde realidad y literatura empiezan a confundirse.
La casa existe.
La memoria que contiene también.
Pero la Combray de Proust no es exactamente Illiers.
Es Illiers después de pasar por la memoria de un escritor.
Y esa diferencia es fundamental.
Porque Proust no estaba haciendo una fotografía de su infancia.
Estaba haciendo algo mucho más extraño:
estaba reconstruyéndola.
La habitación de la tía Léonie
Aquí aparece uno de los objetos más famosos de toda la literatura universal.
Una pequeña magdalena.
Un poco de té.
Y un recuerdo.
El narrador prueba una magdalena mojada en té y experimenta una sensación inesperada: algo del pasado regresa sin que él lo haya buscado conscientemente.
No es simplemente recordar.
Es ser asaltado por un recuerdo.
La BnF considera precisamente este episodio uno de los momentos centrales de En busca del tiempo perdido: una sensación presente desencadena una experiencia completa del pasado.
Desde entonces, la expresión «magdalena de Proust» ha entrado incluso en el lenguaje cotidiano para describir cualquier olor, sabor, sonido o imagen capaz de devolvernos súbitamente a un momento perdido.
Y aquí aparece una idea extraordinaria para cualquier viajero.
Quizá viajar no consista únicamente en conocer lugares nuevos.
Quizá también consista en encontrar sensaciones antiguas que todavía estaban esperando regresar.
El jardín que todavía conserva el nombre
Cerca de la casa se encuentra el Pré Catelan, jardín asociado a la familia de Proust y a sus paseos infantiles. Francia lo incluye actualmente dentro del recorrido relacionado con el escritor en Illiers-Combray.
Aquí es donde un viaje literario empieza a funcionar de una manera diferente.
No estamos simplemente visitando un museo.
Estamos intentando mirar un paisaje con los ojos de alguien que lo convirtió en memoria.
El jardín real es una cosa.
El jardín recordado por Proust es otra.
Y entre ambos aparece la literatura.
Segundo destino: París
Después llega París.
Y aquí la escala cambia completamente.
La ciudad de Proust está llena de salones, grandes casas, jardines, avenidas, hoteles, restaurantes, teatros y lugares de encuentro.
Pero también es una ciudad transformada por la ficción.
El París de En busca del tiempo perdido no es solamente el París histórico de comienzos del siglo XX.
Es el París filtrado por la conciencia del narrador.
La propia BnF ha estudiado esta relación entre la novela y la ciudad, señalando cómo París funciona como un marco fundamental para el recorrido del narrador y cómo la exposición dedicada a Proust reconstruyó ese universo mediante documentos, manuscritos y objetos.
Caminar por París siguiendo a Proust es, por tanto, una especie de doble viaje.
Vemos la ciudad.
Y al mismo tiempo imaginamos la ciudad que él vio.
El barrio de Proust
Hay lugares especialmente vinculados a su vida parisina.
El entorno de Boulevard Haussmann, donde vivió Proust, forma parte esencial de esa geografía.
También el área alrededor de la estación de Saint-Lazare.
No es casualidad que incluso exista actualmente un hotel literario dedicado a Proust, Le Swann, en el VIII arrondissement, cerca de Saint-Lazare. Sus espacios están inspirados en lugares, personajes y ambientes de En busca del tiempo perdido.
Pero para Sofía hay algo más interesante que dormir en un hotel proustiano.
Es salir a la calle.
Caminar.
Observar.
Y preguntarse:
¿cuánto queda de aquel París?
Tercer destino: Cabourg, la Balbec real
Ahora abandonamos París.
Nos dirigimos hacia Normandía.
Y llegamos a Cabourg.
Aquí sucede una de las transformaciones literarias más fascinantes de Proust.
Cabourg fue uno de sus lugares de veraneo entre 1907 y 1914 y se convirtió en una de las principales inspiraciones para Balbec, el balneario imaginario de la novela.
Proust se alojaba en el Grand Hôtel de Cabourg.
Y el mar que contemplaba desde allí acabaría transformándose en uno de los grandes paisajes de En busca del tiempo perdido.
Hoy puede recorrerse el paseo Marcel Proust, de unos 3,6 kilómetros, y todavía existe el Grand Hôtel asociado al escritor.
Es difícil imaginar un lugar más apropiado para un viaje literario.
Porque aquí no necesitamos imaginar completamente el paisaje.
Parte del paisaje sigue ahí.
Balbec no existe
Y, sin embargo, Balbec no existe.
Esta es una de las trampas maravillosas de los viajes literarios.
Podemos ir a Cabourg.
Podemos alojarnos cerca del lugar donde Proust se alojaba.
Podemos contemplar el mismo mar.
Pero no podemos encontrar Balbec.
Porque Balbec está hecho de Cabourg, sí.
Pero también de otros lugares, recuerdos, imágenes, pinturas y transformaciones literarias.
Proust no copió un lugar.
Lo convirtió en otro.
Y eso es exactamente lo que hace la literatura con los paisajes.
Cuarto destino: la Villa del Tiempo Recuperado
Cabourg tiene además un lugar que parece inventado específicamente para este viaje.
La Villa du Temps retrouvé, inaugurada en 2021, está dedicada a Proust y al mundo de la Belle Époque.
El centro ocupa una villa histórica y utiliza objetos, mobiliario, fotografías, obras de arte y recursos audiovisuales para reconstruir el ambiente de la época. Incluso incorpora elementos visuales, sonoros y olfativos.
Y esto último resulta especialmente proustiano.
Porque Proust entendió algo que hoy seguimos descubriendo:
la memoria no vive solamente en la cabeza.
Vive también en el cuerpo.
En un sabor.
En un olor.
En una textura.
En una temperatura.
En un sonido.
Por eso quizá un museo dedicado a Proust tenga que hacer algo más que mostrar objetos.
Tiene que intentar despertar sensaciones.
Quinto destino: Venecia
Pero el viaje no termina en Francia.
Porque Proust también viajó a Italia.
Y Venecia ocupa un lugar importante en su universo literario.
La ciudad aparece en La Recherche vinculada al viaje, al arte, a la memoria y a una experiencia diferente del tiempo.
Venecia parece especialmente apropiada para Proust.
Es una ciudad donde todo parece permanecer y desaparecer al mismo tiempo.
Los edificios están ahí.
Pero se reflejan en el agua.
Las calles existen.
Pero terminan en canales.
Una fachada puede ser contemplada durante siglos y, sin embargo, cada reflejo la transforma.
Es casi una metáfora perfecta de su literatura.
Nada permanece exactamente igual cuando lo miramos desde el recuerdo.
Sexto destino: el mundo de los Guermantes
Existe otro viaje que no necesita necesariamente un tren.
Es el viaje hacia el mundo social de los Guermantes.
La aristocracia francesa aparece en la novela como un universo de salones, nombres, títulos, rituales y códigos sociales.
Pero Proust hace algo extraordinario con ese mundo.
Lo observa.
Lo desmonta.
Y descubre que detrás de los títulos y las apariencias existen las mismas cosas que en cualquier otro lugar:
celos.
deseo.
vanidad.
soledad.
ambición.
miedo.
El mundo elegante de Proust está lleno de personas intentando desesperadamente controlar la imagen que los demás tienen de ellas.
Y por eso sigue resultando moderno.
Un viaje que también es una investigación
Aquí empezamos a entender que seguir los pasos de Proust no consiste simplemente en hacer una lista de lugares.
Es intentar descubrir cómo funciona la memoria.
Illiers nos habla de la infancia.
Cabourg, del deseo y la adolescencia.
París, de la sociedad.
Venecia, del viaje.
Los salones, de las apariencias.
Y todos juntos conducen hacia una pregunta mucho más profunda:
¿por qué queremos recuperar el tiempo?
Porque el tiempo no desaparece del todo
Ese es quizá el gran secreto de la obra.
El tiempo parece destruirlo todo.
Las personas envejecen.
Las relaciones terminan.
Los lugares cambian.
Los edificios desaparecen.
Las ciudades se transforman.
Nosotros mismos dejamos de ser quienes éramos.
Pero entonces ocurre algo.
Un sabor.
Un olor.
Una música.
Una imagen.
Y durante un instante regresamos.
No físicamente.
Pero sí emocionalmente.
El pasado aparece de nuevo.
Y entonces Proust descubre algo extraordinario:
el tiempo perdido quizá no pueda recuperarse como tiempo, pero puede recuperarse como experiencia.
La literatura puede hacerlo.
El arte puede hacerlo.
La memoria puede hacerlo.
Y quizá también un viaje.
Cómo hacer hoy el viaje de Proust
Si quisiéramos convertir En busca del tiempo perdido en un auténtico viaje literario, podríamos comenzar en Illiers-Combray, continuar hacia París, desplazarnos después a Cabourg y recorrer la costa normanda siguiendo las huellas de Balbec.
Después podríamos regresar a París y terminar el viaje en el universo de los salones y lugares que inspiraron la ficción proustiana.
No sería necesario intentar reproducir exactamente el itinerario de la novela.
Sería incluso contraproducente.
Porque Proust tampoco lo hizo.
Su verdadera ruta fue otra.
Memoria → sensación → recuerdo → escritura.
Ese es el viaje que importa.
El último destino está dentro de nosotros
Quizá por eso En busca del tiempo perdido sea una obra especialmente adecuada para viajar.
Porque cuando terminamos un viaje, algo extraño sucede.
Volvemos a casa.
Pero ya no somos exactamente quienes se marcharon.
Un paisaje que hemos visto una vez puede permanecer durante décadas.
Una cafetería.
Una playa.
Una estación.
El olor de una habitación de hotel.
La luz de una tarde.
Y años después, quizá sin saber por qué, algo nos devuelva allí.
Proust dedicó miles de páginas a intentar comprender precisamente ese fenómeno.
La memoria involuntaria.
El tiempo.
La pérdida.
La recuperación.
La literatura.
La vida.
Por eso, quizá el mejor viaje siguiendo sus pasos no sea aquel en el que conseguimos visitar más lugares.
Es aquel en el que algo que habíamos olvidado vuelve a nosotros.
Y entonces comprendemos por qué el título de la obra sigue siendo tan poderoso.
No dice en busca del pasado.
Dice:
En busca del tiempo perdido.
Porque quizá el tiempo nunca estuvo realmente perdido.
Quizá estaba esperando que algo —un sabor, un olor, una calle, una voz, una tarde frente al mar— nos enseñara dónde encontrarlo.
Por Sofía
Viajes literarios – Literatura
Imagen portada: openai
En busca del tiempo perdido: viajar al mundo de Marcel Proust
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Recorre los lugares de Marcel Proust: Illiers-Combray, París, Cabourg y la Normandía que inspiró Balbec. Un viaje literario tras las huellas de En busca del tiempo perdido.

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