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Los miserables: ¿puede un hombre cambiar si el mundo no está dispuesto a perdonarlo?
Victor Hugo escribió una novela sobre la pobreza, la injusticia y la redención. Pero quizá su verdadero protagonista sea algo mucho más incómodo: nuestra necesidad de juzgar a los demás.
Hay novelas que cuentan una historia.
Y hay novelas que parecen preguntarnos, muchos años después de haber sido escritas, qué clase de personas somos nosotros.
Los miserables pertenece a la segunda categoría.
Porque uno puede recordar a Jean Valjean, a Cosette, a Fantine, a Javert, a Marius, a Gavroche o a los Thénardier. Puede recordar las barricadas, la prisión, París, las persecuciones, la pobreza y aquella interminable sucesión de desgracias que parece caer sobre sus personajes.
Pero hay una pregunta que permanece debajo de todo eso:
¿Qué hacemos con una persona que ha cometido un error cuando esa persona decide dejar de ser quien era?
Victor Hugo tardó casi diecisiete años, con una interrupción de por medio, en terminar de responder.
Y quizá necesitó tanto tiempo porque la respuesta no era sencilla.
Un hombre sale de prisión, pero la prisión no sale de él
Jean Valjean comienza la novela convertido en aquello que la sociedad ya ha decidido que es: un antiguo condenado.
Ha cumplido una pena larguísima por un delito nacido de la necesidad, pero cuando recupera la libertad descubre algo terrible: la condena legal ha terminado; la condena social continúa.
Nadie necesita volver a encerrarlo.
Basta con que sepan quién es.
Y entonces aparece el obispo Myriel.
Aquí ocurre algo extraordinario.
No porque el obispo sea simplemente «un hombre bueno». Eso sería demasiado fácil.
Lo importante es que hace algo que Valjean ya no espera de nadie: no lo trata como aquello que ha sido.
Ese gesto modifica la trayectoria completa de la novela.
Valjean todavía no se ha convertido en un hombre nuevo. No basta una noche para borrar años de prisión, resentimiento y violencia. Pero alguien acaba de introducir una posibilidad que hasta entonces no existía:
la posibilidad de ser otra persona.
Y eso es mucho más revolucionario que cualquier persecución.
Hugo no escribió solamente sobre pobres
El título puede llevarnos a engaño.
Los miserables habla de pobreza, desde luego. Habla de personas que viven en los márgenes, de niños abandonados, de mujeres que caen en la desesperación, de delincuentes, de trabajadores, de presos y de personas que sobreviven como pueden.
Pero la novela no está construida únicamente alrededor de la pobreza.
Está construida alrededor de la mirada que dirigimos hacia ella.
Fantine no es solamente una mujer que cae en la miseria. Es también una mujer a la que los demás dejan caer.
Cosette no es solamente una niña maltratada. Es una niña cuya infancia depende de que alguien decida intervenir.
Jean Valjean no es solamente un antiguo presidiario. Es un hombre cuya identidad ha quedado atrapada en un pasado que intenta superar.
Y Javert representa justamente lo contrario.
Para Javert, las personas son aquello que las leyes dicen que son.
Un delincuente es un delincuente.
Un condenado es un condenado.
Una persona que ha infringido la ley pertenece a una categoría y, por tanto, debe permanecer dentro de ella.
Por eso Javert y Valjean no son simplemente dos personajes enfrentados.
Son dos maneras incompatibles de entender al ser humano.
Javert tiene una idea perfecta del mundo
Y precisamente por eso no puede comprenderlo.
Javert necesita que el mundo sea ordenado.
Que exista el bien y exista el mal.
Que cada persona ocupe el lugar que le corresponde.
Que una acción tenga una consecuencia y que una identidad permanezca estable.
Jean Valjean destruye esa lógica.
Porque Valjean ha sido condenado, pero puede convertirse en un hombre justo.
Puede mentir para proteger a alguien.
Puede arriesgar su vida por otro.
Puede cuidar a una niña que no es suya.
Puede renunciar a aquello que ha construido.
Puede perdonar.
Puede hacer cosas que contradicen completamente la etiqueta que la sociedad le había colocado.
Y ahí aparece una de las grandes obsesiones de Hugo:
¿somos lo que hemos hecho o somos también aquello en lo que podemos convertirnos?
La pregunta sigue siendo incómoda porque no se refiere solamente a Jean Valjean.
Nos afecta a todos.
Y entonces descubrimos algo extraño sobre Victor Hugo
Los miserables comenzó a escribirse en 1845 bajo otro título: Les Misères.
Hugo interrumpió el trabajo en 1848 y no lo retomó hasta 1860. La novela terminó de redactarse en el exilio de Guernesey y fue publicada en 1862.
Eso significa que la novela que hoy imaginamos como una obra perfectamente cerrada fue, en realidad, atravesada por una ruptura enorme en la vida de su autor.
El propio manuscrito conserva las dos etapas de creación.
La BnF señala precisamente cómo en sus páginas se encuentran la primera fase, entre 1845 y 1848, y la segunda, iniciada más de una década después, después de la revolución de 1848, del compromiso político de Hugo y de sus primeros años de exilio.
Y aquí aparece una coincidencia literaria preciosa.
Jean Valjean también es un personaje interrumpido.
Hay un antes.
Hay una ruptura.
Y después existe un intento de comenzar otra vida.
Quizá no sea una equivalencia que Hugo pretendiera conscientemente. Pero resulta difícil no observarla.
El escritor tuvo que abandonar su novela y regresar a ella años después.
Su personaje tuvo que abandonar una identidad y construir otra.
En ambos casos, el pasado seguía allí.
La novela que Hugo terminó mirando desde el mar
Hay otra imagen que merece detenerse a contemplar.
Hugo escribió buena parte de la versión definitiva de Los miserables en Hauteville House, su casa de exilio en Guernesey. El museo de las Maisons Victor Hugo señala que entre 1860 y 1861 se dedicó principalmente a la redacción de la novela, que terminaría antes de su publicación en 1862.
En aquella casa, Hugo tenía incluso un espacio de trabajo abierto hacia el mar.
El mismo hombre que había escrito sobre París, sus calles, sus miserias y sus multitudes estaba ahora físicamente lejos de Francia.
Y desde aquella distancia terminó una novela obsesionada con una pregunta profundamente humana:
¿puede una persona cambiar cuando todo lo que la rodea insiste en recordarle quién fue?
Por eso Javert es tan importante
Es fácil recordar a Javert como el perseguidor.
El policía que sigue a Valjean.
El hombre que nunca abandona la persecución.
Pero Javert es algo más interesante que un simple antagonista.
Es la imposibilidad de aceptar que el ser humano pueda contradecir una etiqueta.
Cuando descubre que Jean Valjean es capaz de actuar moralmente, su mundo empieza a desmoronarse.
Porque si un antiguo condenado puede ser un hombre bueno, entonces su sistema de certezas tiene una grieta.
Y si esa grieta existe, ¿qué ocurre con todas las demás?
Javert no sabe vivir en un mundo donde las personas puedan cambiar.
Valjean sí.
Y quizá por eso uno de ellos puede continuar viviendo y el otro no.
La parte que solemos olvidar
Hay algo más en Los miserables.
Algo que queda oculto detrás de las adaptaciones, las películas, los musicales y las escenas más conocidas.
Hugo se detiene constantemente.
Explica.
Describe.
Se pierde en París.
Habla de Waterloo.
Habla de conventos.
Habla de calles.
Habla de política, religión, arquitectura, historia, pobreza, guerra, educación y justicia.
A veces parece que la historia se detiene durante páginas enteras.
Y quizá ese sea precisamente el propósito.
Hugo no quería solamente que conociéramos lo que les sucede a sus personajes.
Quería que entendiéramos el mundo que los produce.
Porque una persona no aparece de la nada.
Antes de Jean Valjean hubo hambre.
Antes de Fantine hubo pobreza.
Antes de Cosette hubo abandono.
Antes de Gavroche hubo una sociedad que podía acostumbrarse a ver niños viviendo en la calle.
El monstruo, en Hugo, rara vez tiene una sola cara.
Y entonces llegamos al verdadero misterio
Quizá por eso Los miserables sigue siendo una novela difícil de olvidar.
No porque tenga buenos y malos.
No porque Jean Valjean sea un héroe perfecto.
No porque Javert sea un villano perfecto.
Sino porque Hugo introduce una idea mucho más peligrosa:
que las personas no están terminadas.
Que alguien puede equivocarse.
Que alguien puede caer.
Que alguien puede ser despreciado.
Que alguien puede incluso haber hecho cosas terribles.
Y que, aun así, puede existir una posibilidad de transformación.
Pero esa transformación necesita algo que no siempre estamos dispuestos a conceder:
una segunda mirada.
Quizá por eso el obispo Myriel sea tan importante.
No salva a Valjean con un discurso.
Lo salva, primero, mirándolo de otra manera.
Y tal vez ahí esté escondido el corazón de toda la novela.
No en las barricadas.
No en la persecución.
No siquiera en la miseria.
Sino en esa pequeña revolución que ocurre cuando alguien deja de preguntarse:
«¿Qué ha hecho esta persona?»
y empieza a preguntarse:
«¿Qué podría llegar a ser?»
Victor Hugo terminó Los miserables en 1861 y la novela apareció en 1862, publicada en diez volúmenes entre abril y junio de aquel año. Tuvo un éxito enorme.
Han pasado más de ciento sesenta años.
Jean Valjean sigue caminando.
Javert sigue persiguiéndolo.
Fantine sigue perdiendo cosas que nunca debería haber perdido.
Cosette sigue esperando que alguien llegue.
Y nosotros seguimos leyendo.
Quizá porque, en el fondo, todavía no hemos resuelto la pregunta.
¿Cuánto tiempo estamos dispuestos a condenar a una persona por aquello que fue antes de permitirle convertirse en otra?
Y quizá esa sea la verdadera miseria de la novela.
No la de quienes viven abajo.
La de quienes no saben mirar hacia arriba.
Por Sofía
Literatura
Análisis Cultural
Imagen portada: openai
Los miserables de Victor Hugo no es solo una novela sobre pobreza e injusticia. Jean Valjean plantea una pregunta incómoda: ¿puede una persona cambiar si nadie está dispuesto a perdonarla?
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