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Tolkien y el pintor que nunca conseguía terminar su árbol

Tolkien y el pintor que nunca conseguía terminar su árbol
Sofia Lovelace
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Tolkien y el pintor que nunca conseguía terminar su árbol

La extraña historia de Niggle, un pequeño artista que escondía al propio Tolkien y su miedo a no terminar nunca «El Señor de los Anillos»

Cuando se habla de J. R. R. Tolkien, casi siempre aparecen los mismos nombres: Bilbo, Frodo, Gandalf, Aragorn, Mordor, los elfos o el Anillo Único.

Pero existe una historia mucho más pequeña.

No hay ejércitos.

No hay dragones.

No hay espadas legendarias.

Ni siquiera hay un héroe dispuesto a salvar el mundo.

Solo hay un hombre llamado Niggle, un pintor que intenta terminar un cuadro.

Y precisamente por eso puede que sea una de las historias más personales que escribió Tolkien.

Porque Niggle no consigue terminar su pintura.

Y Tolkien sabía perfectamente lo que significaba eso.

Un pintor llamado Niggle

Niggle vive en una sociedad que no parece conceder demasiada importancia al arte.

Es pintor, pero no tiene demasiado éxito. Su principal preocupación es un enorme cuadro en el que está pintando un árbol.

Todo comenzó con una hoja.

Después apareció otra.

Y otra.

Y poco a poco el árbol fue creciendo.

El problema es que Tolkien no presenta a Niggle como un artista capaz de trabajar con tranquilidad.

Niggle se detiene constantemente.

Tiene obligaciones.

Tiene vecinos que necesitan su ayuda.

Tiene tareas que considera molestas.

Tiene momentos de pereza.

Y, sobre todo, tiene una obsesión casi enfermiza por los pequeños detalles de su pintura.

Quiere que cada hoja sea perfecta.

Y mientras intenta terminar una hoja, descubre otra que necesita ser pintada.

Y después otra.

El árbol crece.

El cuadro crece.

Y el tiempo se acaba.

El nombre de Niggle no es casual

Hay una pequeña broma escondida en el nombre del protagonista.

En inglés, to niggle significa preocuparse excesivamente por detalles pequeños o dedicar demasiado tiempo a cuestiones menores.

Es decir, Niggle es, literalmente, alguien que se pierde en los detalles.

Y Tolkien conocía perfectamente esa característica.

El escritor podía dedicar una enorme cantidad de tiempo a revisar, modificar y reconstruir sus textos.

No se limitaba a escribir una historia.

Construía lenguas.

Genealogías.

Calendarios.

Historias antiguas.

Culturas.

Mapas.

Canciones.

Etimologías.

Y podía volver una y otra vez sobre lo que había escrito.

Su mundo no dejaba de crecer.

Igual que el árbol de Niggle.

La historia comenzó mientras Tolkien escribía «El Señor de los Anillos»

Aquí es donde la historia adquiere otra dimensión.

Tolkien escribió «Hoja de Niggle» entre 1938 y 1939, precisamente cuando estaba trabajando en El Señor de los Anillos. Su hija Priscilla explicó que el relato pertenece a ese periodo y que posteriormente fue publicado en The Dublin Review en 1945.

No estamos, por tanto, ante una historia escrita décadas después como reflexión retrospectiva sobre su carrera.

Tolkien estaba viviendo el problema que describe.

Tenía delante una obra gigantesca que parecía no terminar nunca.

Y fuera del mundo de su novela había además otra realidad mucho más oscura.

Europa estaba entrando en la Segunda Guerra Mundial.

El futuro era incierto.

El tiempo parecía limitado.

Y Tolkien temía que su gran obra pudiera quedar incompleta.

El miedo de no terminar nunca

Décadas después, Tolkien explicó personalmente de dónde había surgido Niggle.

En una carta de 1957 reconoció que la historia había nacido, entre otras cosas, de su preocupación por El Señor de los Anillos y del conocimiento de que tendría que terminarlo con todo el detalle que había imaginado… o quizá no conseguiría terminarlo nunca.

Esa confesión cambia por completo la lectura del relato.

Niggle deja de ser simplemente un personaje.

Se convierte en una especie de espejo.

El árbol es la obra.

Las hojas son los detalles.

Las interrupciones son la vida.

Y el viaje que Niggle debe emprender representa algo que ningún artista puede evitar:

el momento en que el tiempo se termina.

El viaje que Niggle no quería hacer

Desde el principio sabemos que Niggle tiene que emprender un largo viaje.

No quiere hacerlo.

No le gusta la idea.

Y, como tantas personas cuando saben que algo inevitable se aproxima, intenta retrasar los preparativos.

Hay algo deliberadamente ambiguo en ese viaje.

Tolkien no necesita explicar demasiado.

El lector entiende progresivamente que Niggle se encuentra ante una realidad que no puede evitar.

Y mientras tanto, el pintor sigue pensando en su árbol.

Todavía quedan hojas por pintar.

Todavía falta trabajo.

Todavía hay cosas que deberían estar terminadas.

Pero llega un momento en que ya no depende de él.

El cuadro queda incompleto

Y aquí aparece una de las ideas más hermosas del relato.

Niggle no consigue terminar su cuadro.

El trabajo que había dedicado durante tanto tiempo a su árbol queda incompleto.

Su obsesión por los detalles no ha servido para terminar aquello que quería terminar.

Y, aparentemente, ha fracasado.

Pero entonces la historia da un giro.

Niggle descubre que la realidad puede ser mucho más extraña de lo que imaginaba.

El lugar donde el cuadro se hace realidad

Después de su largo viaje, Niggle llega a un lugar que al principio no comprende.

Hay un paisaje.

Hay árboles.

Hay luz.

Y poco a poco empieza a reconocer algo.

Aquello se parece al cuadro que había estado pintando durante años.

Pero no exactamente.

Es mejor.

Mucho mejor.

El árbol que había intentado representar en su lienzo existe ahora ante él.

Y no es una simple reproducción de su pintura.

Es algo real dentro de ese nuevo mundo.

La naturaleza que había intentado construir con pinceles parece haber cobrado vida.

La imaginación de Niggle ha adquirido una existencia que jamás habría podido alcanzar en su pequeño taller.

Entonces aparece Parish

Y aquí Tolkien introduce otro personaje fundamental: Mr. Parish, el vecino de Niggle.

Parish es precisamente una de las personas que más interrumpían al pintor.

Niggle lo consideraba una molestia.

Parish, por su parte, estaba mucho más preocupado por su jardín y por las necesidades prácticas de la vida que por aquella extraña pintura del árbol.

La relación entre ambos no es sencilla.

Pero en ese nuevo lugar sus caminos vuelven a encontrarse.

Y ocurre algo importante.

Niggle comprende que quizá su obra no podía completarse solo.

El artista necesita a los demás

La historia deja entonces de ser únicamente una reflexión sobre el arte.

También habla de la vida.

Niggle había estado tan concentrado en su árbol que no siempre había comprendido el valor de las pequeñas cosas que ocurrían a su alrededor.

Ayudar a Parish.

Atender a alguien que lo necesitaba.

Dejar durante un momento el pincel.

Mirar más allá del cuadro.

Todo aquello que él había considerado una interrupción termina formando parte de su verdadera obra.

Tolkien plantea así una pregunta incómoda para cualquier creador:

¿de qué sirve terminar una obra perfecta si para hacerlo hemos olvidado vivir?

La pintura que nunca terminó sí estaba terminada

Hay aquí una paradoja muy tolkieniana.

Niggle había fracasado como pintor porque nunca terminó su cuadro.

Pero precisamente aquello que había creado de forma incompleta era lo que finalmente había llegado a existir.

Su árbol.

Sus hojas.

El paisaje.

Las montañas.

Todo aquello que había imaginado durante años.

Lo que no había podido completar en el lienzo encontraba otra forma de realización.

Como si la obra artística hubiera sido solamente el principio.

Tolkien y el problema de crear mundos

Esta idea conecta directamente con una de las grandes preocupaciones intelectuales de Tolkien: la creación.

Tolkien utilizó el término sub-creación para hablar de la capacidad humana de crear mundos secundarios a partir del mundo real.

El escritor no crea desde la nada.

Transforma.

Imagina.

Ordena.

Da nombres.

Construye historias.

Crea personajes y lugares que antes no existían.

Y eso es exactamente lo que Tolkien hizo durante décadas con la Tierra Media.

Pero Hoja de Niggle plantea algo todavía más profundo:

¿qué ocurre con una creación cuando su creador ya no puede continuarla?

Tolkien también tenía miedo de dejar cosas sin terminar

Tolkien dedicó buena parte de su vida a construir la mitología que terminaría asociándose a la Tierra Media.

Y, en realidad, muchas cosas quedaron incompletas.

El Silmarillion, por ejemplo, no fue publicado durante su vida como la obra acabada que Tolkien habría querido ofrecer.

Christopher Tolkien tuvo que trabajar durante años con los manuscritos de su padre para preparar la edición publicada en 1977.

La propia historia de Tolkien demuestra así algo que ya estaba presente en Niggle:

ningún creador controla completamente el destino de su obra.

Llega un momento en que tiene que dejarla en manos de otros.

¿Es «Hoja de Niggle» una autobiografía?

Sí y no.

Tolkien se resistía a convertir sus historias en simples alegorías.

Pero en este caso dejó claro que existía una conexión personal.

No dijo que Niggle fuera simplemente «Tolkien».

La historia es más compleja.

Niggle contiene aspectos del escritor, pero también funciona como una reflexión sobre cualquier artista que intenta hacer algo perfecto y descubre que la vida, el tiempo y las obligaciones siempre interfieren.

La propia Tolkien Estate señala que el relato tiene una dimensión religiosa y alegórica, mientras que otros estudios han destacado su relación con el proceso creativo del autor.

Una historia sobre la muerte sin hablar realmente de la muerte

Quizá uno de los aspectos más sorprendentes del relato sea su manera de hablar de la muerte.

Tolkien era profundamente religioso y la historia contiene una dimensión claramente cristiana.

Pero no escribe una escena solemne sobre la muerte.

No hay un gran discurso.

No hay una batalla final.

Hay un viaje.

Un cambio de lugar.

Un paisaje.

Un árbol.

Y la posibilidad de que aquello que parecía terminado no lo esté realmente.

La muerte aparece así transformada en tránsito.

Y el arte se convierte en una de las cosas que pueden acompañar al ser humano más allá de su propia existencia.

El árbol de Tolkien

El árbol ocupa un lugar especial en toda la imaginación de Tolkien.

No es casualidad.

Los árboles aparecen constantemente en su obra: los Dos Árboles de Valinor, el Árbol Blanco de Gondor, Fangorn, los Ents…

Pero en Hoja de Niggle el árbol adquiere una dimensión diferente.

No es solamente un elemento fantástico.

Es una obra de arte.

Es la representación de aquello que un creador lleva dentro y que intenta sacar al mundo exterior.

Niggle comienza con una hoja.

Y termina encontrando un bosque.

Es difícil no pensar en Tolkien escribiendo una pequeña historia sobre un árbol mientras su propia obra crecía a su alrededor hasta convertirse en una mitología gigantesca.

Una pequeña historia que contiene a todo Tolkien

Hoja de Niggle fue publicada por primera vez en 1945, y posteriormente apareció en Tree and Leaf en 1964 junto con On Fairy-Stories.

No pertenece a la Tierra Media.

No forma parte de El Hobbit ni de El Señor de los Anillos.

Y, sin embargo, quizá sea una de las historias que mejor permiten comprender al hombre que creó esos mundos.

Porque detrás del profesor que inventaba lenguas y construía genealogías imposibles había también un hombre que sabía perfectamente lo que significaba mirar una obra y pensar:

«Todavía falta una cosa».

Después otra.

Y otra.

Y otra.

Tolkien, el hombre que nunca dejó de añadir hojas

Quizá por eso Niggle resulte tan entrañable.

No es un héroe.

No es especialmente brillante.

No derrota a nadie.

No salva un reino.

Simplemente intenta terminar algo que le importa.

Y no lo consigue de la manera que había imaginado.

Pero al final descubre que quizá el objetivo nunca fue conseguir que todas las hojas estuvieran perfectamente colocadas en el lienzo.

Quizá el verdadero objetivo era haber creado el árbol.

Y haber aprendido, durante el camino, que un árbol no existe únicamente por sus hojas.

También necesita raíces.

Tierra.

Luz.

Agua.

Y otras personas que caminen bajo sus ramas.

El secreto de Niggle

Tolkien escribió cientos de páginas sobre guerras, reyes, lenguas y mundos imaginarios.

Pero en apenas unas decenas de páginas escribió algo mucho más íntimo.

Un hombre pinta un árbol.

Tiene miedo de no terminarlo.

La vida se interpone.

El tiempo se acaba.

Y cuando finalmente llega al otro lado descubre que aquello que creía incompleto había adquirido una vida propia.

Tal vez Tolkien estaba hablando de su propia obra.

Tal vez estaba hablando del arte.

Tal vez estaba hablando de la muerte.

O quizá de las tres cosas al mismo tiempo.

Lo extraordinario es que, mientras Tolkien escribía El Señor de los Anillos, creó también una pequeña historia sobre un artista que temía no terminar su gran obra.

Y muchos años después, cuando ya sabemos que Tolkien sí consiguió terminar El Señor de los Anillos, Niggle sigue siendo la parte de Tolkien que tenía miedo de no conseguirlo.

Quizá por eso merece que, de vez en cuando, dejemos la Tierra Media a un lado.

Y vayamos a visitar a Niggle.

Al fin y al cabo, él también estaba intentando pintar un mundo entero.

Por Sofía

Literatura

Imagen portada: openai

Tolkien y el pintor que nunca conseguía terminar su árbol

 La extraña historia de Niggle, el pequeño artista que escondía al propio Tolkien y su miedo a no terminar nunca «El Señor de los Anillos»

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Mucho antes de terminar El Señor de los Anillos, Tolkien escribió Hoja de Niggle, la historia de un pintor obsesionado con terminar un árbol. Años después reconoció cuánto había de sí mismo en Niggle.

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