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Harry Potter: el libro que consiguió que una generación volviera a creer en la lectura

Harry Potter: el libro que consiguió que una generación volviera a creer en la lectura
Sofia Lovelace
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Harry Potter: el libro que consiguió que una generación volviera a creer en la lectura

Hay libros que tienen éxito.

Hay libros que se convierten en fenómenos.

Y después hay libros que consiguen algo mucho más difícil:

crear una generación de lectores.

Cuando Harry Potter y la piedra filosofal apareció en Reino Unido el 26 de junio de 1997, nadie podía imaginar hasta dónde llegaría aquella historia sobre un niño huérfano que descubría que era mago. La primera edición de Bloomsbury tuvo apenas 500 ejemplares en tapa dura.

Hoy la serie supera los 600 millones de ejemplares vendidos, está publicada en 85 idiomas según Bloomsbury y ha dado lugar a ocho películas, además de convertirse en uno de los grandes fenómenos editoriales de la historia.

Pero las cifras, por impresionantes que sean, no explican lo verdaderamente extraordinario.

Porque Harry Potter no solo vendió libros.

Consiguió que millones de niños quisieran leer el siguiente.

Todo empezó en un tren

La historia de Harry Potter comenzó, según ha contado J. K. Rowling, durante un viaje en tren entre Manchester y Londres en 1990.

El tren sufrió un retraso.

Y mientras esperaba, Rowling empezó a imaginar a un muchacho de pelo negro y gafas que todavía no tenía una historia completamente definida.

Aquella idea tardaría siete años en convertirse en libro.

Siete años.

Durante ese tiempo Rowling fue construyendo el universo de Harry Potter, escribiendo a mano, tomando notas y acumulando fragmentos de papel.

No nació Hogwarts de golpe.

Fue construido poco a poco.

Un manuscrito lleno de papeles

Existe una imagen romántica del escritor sentado ante una mesa y escribiendo tranquilamente una novela.

La historia de Harry Potter fue bastante menos ordenada.

Rowling escribió buena parte de sus primeras ideas a mano y acumuló enormes cantidades de notas, algunas en simples trozos de papel. Cuando llegó a Edimburgo en 1993 llevaba consigo los tres primeros capítulos de la novela.

Aquello todavía no era el fenómeno Harry Potter.

Era simplemente una escritora intentando terminar una historia.

Y probablemente esta sea una de las partes más interesantes de cualquier gran éxito:

antes de convertirse en un fenómeno, todos fueron un proyecto que podía fracasar.

El primer libro casi parece pequeño

Cuando uno conoce lo que ocurrió después, resulta extraño pensar en el tamaño de aquella primera edición.

500 ejemplares.

Eso fue todo para la primera tirada en tapa dura de Harry Potter y la piedra filosofal.

No millones.

No cientos de miles.

Y dentro de aquellos ejemplares estaba escondido uno de los mayores fenómenos editoriales de las últimas décadas.

Es una de esas cifras que permiten contemplar el éxito desde el principio.

Porque cuando conocemos el final, olvidamos que nadie conocía el final en 1997.

El niño que no sabía que era especial

Harry comienza la historia sin saber quién es.

Vive con los Dursley.

Duerme en un armario.

Es tratado como una molestia.

Y desconoce completamente el mundo al que pertenece.

Hasta que comienzan a llegar las cartas.

Una.

Otra.

Otra más.

Y entonces aparece Hagrid.

Harry descubre que sus padres eran magos.

Descubre que él también lo es.

Y descubre algo todavía más importante:

existe un lugar donde no es extraño.

Ese es uno de los secretos emocionales de la novela.

Hogwarts no es solamente una escuela de magia.

Es el lugar donde Harry encuentra por primera vez una comunidad.

Amigos.

Profesores.

Rivalidades.

Reglas.

Tradiciones.

Una historia.

Un hogar.

Hogwarts es mucho más que un escenario

Quizá por eso Hogwarts se convirtió en uno de los lugares ficticios más reconocibles de la literatura contemporánea.

Tiene aulas.

Pasillos.

Escaleras.

Biblioteca.

Comedor.

Torres.

Mazmorras.

Un lago.

Un bosque.

Y, sobre todo, memoria.

Hogwarts parece existir antes de que Harry llegue.

Y continuará existiendo después.

Esa sensación de profundidad es fundamental para construir un mundo fantástico.

No basta con inventar criaturas.

Hay que inventar una sociedad.

Una historia.

Costumbres.

Objetos.

Lenguaje.

Incluso una forma de estudiar.

La serie llega a crear asignaturas completas: Pociones, Herbología, Astronomía, Defensa Contra las Artes Oscuras, Adivinación…

La Biblioteca Británica llegó a dedicar una exposición a la relación entre el mundo de Harry Potter y la historia real de la magia, mostrando manuscritos, objetos y materiales relacionados con alquimia, astrología, criaturas mágicas y antiguas tradiciones.

La magia tiene raíces antiguas

Una de las cosas más interesantes de Harry Potter es que su mundo fantástico no apareció de la nada.

Rowling incorporó elementos procedentes de la tradición occidental, especialmente de la mitología, la alquimia, la astrología y el latín.

Incluso algunos hechizos están construidos a partir de palabras latinas.

El propio lema de Hogwarts:

Draco dormiens nunquam titillandus

significa:

«Nunca hagas cosquillas a un dragón dormido».

Y el nombre de Dumbledore procede de una palabra del inglés antiguo relacionada con el abejorro; Rowling explicó que imaginaba al personaje murmurando para sí mientras hacía sus cosas.

Son pequeños detalles.

Pero son precisamente esos pequeños detalles los que hacen que un mundo inventado parezca real.

El poder de los nombres

Harry Potter está lleno de nombres extraños.

Y no es casualidad.

Los nombres hacen que el lector sienta que existe una historia detrás de cada personaje.

Dumbledore.

McGonagall.

Malfoy.

Hagrid.

Voldemort.

Snape.

Hermione.

Incluso los nombres de lugares y objetos contribuyen a crear una lengua propia.

Y algunos contienen pistas.

El nombre Voldemort, por ejemplo, procede del francés vol de mort, relacionado con la idea de «vuelo de la muerte».

El lector quizá no lo advierta inmediatamente.

Pero el nombre ya está contando algo.

Harry no está solo

Si Harry Potter hubiera sido solamente la historia de un niño con poderes mágicos, probablemente no habría llegado tan lejos.

Lo que sostiene la saga es otra cosa.

La amistad.

Harry tiene a Ron.

Tiene a Hermione.

Y entre los tres se establece una relación que termina siendo más importante que buena parte de la magia.

Porque el mensaje profundo de la serie no es que Harry sea poderoso.

Es que no puede hacerlo todo solo.

Cuando llega el momento decisivo, necesita a los demás.

Y los demás también lo necesitan a él.

Hermione merece otro artículo

Hermione Granger es uno de los personajes más interesantes de la serie.

No porque sea la más poderosa.

Sino porque representa algo muy concreto:

el conocimiento como herramienta de resistencia.

Hermione lee.

Investiga.

Recuerda.

Estudia.

Comprueba.

Y cuando los demás están desesperados, muchas veces es ella quien sabe dónde buscar la respuesta.

En un universo dominado por varitas mágicas, Hermione demuestra que los libros también pueden ser una forma de poder.

Y quizá ahí exista una de las razones por las que tantos jóvenes lectores se identificaron con ella.

El enemigo no es simplemente el mal

Voldemort parece, inicialmente, el villano absoluto.

Pero la historia se vuelve progresivamente más compleja.

Porque Harry descubre que el enemigo no es simplemente alguien que quiere destruirlo.

Existe una ideología detrás.

Una obsesión con la sangre.

Una jerarquía entre magos.

El desprecio hacia quienes no pertenecen a determinada categoría.

Y ahí Harry Potter abandona parcialmente el territorio de la aventura para entrar en otro:

el de la discriminación y el poder.

La magia sirve entonces como metáfora.

No importa tanto quién tiene poderes.

Importa quién decide quién merece tenerlos.

El miedo

Hay otra constante en la serie:

el miedo.

El miedo a Voldemort.

El miedo a perder a los padres.

El miedo al fracaso.

El miedo a no pertenecer.

El miedo a convertirse en aquello que uno detesta.

Y Harry aprende progresivamente algo importante:

ser valiente no significa no tener miedo.

Significa actuar a pesar de él.

Ese quizá sea uno de los motivos por los que la historia funciona tanto para lectores jóvenes como adultos.

Porque el miedo cambia de forma cuando crecemos.

Pero nunca desaparece completamente.

La lectura como ritual

Y aquí está, quizá, el fenómeno cultural más extraordinario.

Los libros de Harry Potter fueron publicados durante diez años, entre 1997 y 2007.

Cada nuevo volumen se convirtió en un acontecimiento.

Los lectores esperaban.

Contaban los días.

Discutían teorías.

Intentaban descubrir qué ocurriría.

Y cuando aparecía un nuevo libro, querían leerlo inmediatamente.

Eso es algo extraordinario en un mundo en el que constantemente se habla de la pérdida de hábitos lectores.

Harry Potter convirtió la lectura en una experiencia colectiva.

Niños esperando libros.

Padres comprando libros.

Amigos hablando de libros.

Librerías llenas durante la noche.

La literatura se convirtió durante un tiempo en un acontecimiento social.

Y entonces llegaron las películas

El fenómeno literario terminó trasladándose al cine.

Ocho películas llevaron la historia de Harry, Ron y Hermione a las pantallas y convirtieron Hogwarts en una imagen compartida por millones de personas. Bloomsbury contabiliza precisamente ocho grandes películas dentro del legado de la saga.

Pero ocurrió algo curioso.

Para muchos lectores, los personajes ya existían antes de que los actores les pusieran rostro.

Harry ya tenía una cara.

Hermione ya tenía una voz.

Hogwarts ya existía.

El cine no creó aquel mundo.

Lo visualizó.

Y por eso las películas tuvieron una dificultad enorme: representar algo que millones de lectores ya habían construido en su imaginación.

¿Por qué sigue funcionando?

Porque Harry Potter habla de cosas que no pertenecen exclusivamente a la magia.

Habla de crecer.

De perder.

De pertenecer.

De elegir.

De equivocarse.

De enfrentarse al miedo.

De descubrir que nuestros padres no son exactamente quienes creíamos.

De comprender que los adultos también pueden equivocarse.

De aprender que la amistad requiere sacrificios.

Y de descubrir que nuestras decisiones pueden ser más importantes que nuestras capacidades.

La magia es el envoltorio.

La historia humana está debajo.

El verdadero hechizo

Más de 600 millones de ejemplares vendidos después, la dimensión del fenómeno resulta difícil de imaginar. La serie ha sido publicada en 85 idiomas según Bloomsbury y continúa llegando a nuevas generaciones.

Pero quizá la cifra más importante no sea esa.

Quizá sea otra.

La cantidad de personas que comenzaron un libro de Harry Potter siendo niños y terminaron buscando otro libro cuando lo terminaron.

Porque ese puede ser el verdadero éxito de una obra literaria.

No conseguir que alguien compre un libro.

Conseguir que alguien quiera leer el siguiente.

Harry Potter hizo eso con una generación entera.

Y por eso quizá su mayor hechizo no fue transformar calabazas en carruajes, hacer volar escobas o lanzar hechizos.

Fue mucho más sencillo.

Una niña o un niño abrió un libro.

Empezó a leer.

Llegó a Hogwarts.

Y durante unas horas descubrió que existía otro mundo.

Después cerró el libro.

Y quiso volver.

Eso es literatura.

 

 

  • Literatura
  • Imagen portada: openai
  • Harry Potter: el libro que consiguió que una generación volviera a creer en la lectura
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  • Harry Potter no solo se convirtió en un fenómeno editorial: consiguió crear una generación de lectores. La historia de un libro que transformó la literatura juvenil.
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