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Por qué me cuesta cogerle el teléfono…
Hoy no voy a coger el teléfono. No puedo. Hay días en los que el mundo se vuelve una maquinaria que no entiende la pausa, que no concibe el silencio, que no acepta que un cuerpo necesite detenerse. Aprovecharé para corregir mi poemario, para ampliarlo, para intentar cerrar ese libro que la editorial ha pedido revisar siete veces y que ahora reclama una escena final. Cerrar ese libro será como cerrar una vida, como poner punto y aparte a una etapa que ha ido acumulando cansancio, estudio, trabajo, investigación, supervivencia. A veces me cuesta ver el sentido de este proceso, no por el poemario en sí, sino por la insistencia que recae sobre todo lo que hacemos, como si cada logro tuviera que ser inmediatamente superado por otro, como si la existencia fuera una carrera sin meta.
La juventud vive hoy en un territorio extraño, un lugar donde la prisa se ha convertido en atmósfera y el cansancio en identidad. No es la apatía que algunos señalan con el dedo, como si fuera un defecto moral, sino una forma de agotamiento profundo. Una defensa del cuerpo ante un sistema que no sabe esperar, que exige velocidad, rendimiento, disponibilidad permanente. La apatía es la respuesta silenciosa a un mundo que ha confundido la vida con la productividad.
Hace poco, Ana me dijo que todo lo que me ha ocurrido es responsabilidad mía, incluso el intento de suicidio. Que la soledad es culpa mía. No tengo ganas de hablar sobre esto, ni de escuchar, aunque venga con buena intención, lo mal que me planteo las cosas. Sé que es una afirmación injusta y sé el peligro clínico que encierra. Pero también sé que es el discurso dominante de hoy: si estás mal, eres el único responsable de tu enfermedad. Esa simplificación borra la complejidad de una vida, de un cuerpo y de una historia. Es la versión emocional del capitalismo: convertir el sufrimiento en un fallo técnico del individuo.
La responsabilidad absoluta se ha convertido en un dogma. El capitalismo emocional nos convence de que todo depende de nuestra gestión personal, como si el contexto no existiera, como si la precariedad, la presión, la soledad, la falta de tiempo y la saturación no fueran factores reales. La juventud carga con una culpa que no le pertenece. Se le exige que sea fuerte, resiliente, productiva, brillante, estable, disponible. Y cuando no puede, se le acusa de apatía, de falta de ambición, de fragilidad.
Pero la apatía no es un defecto moral. Es un síntoma político. Es la respuesta de un cuerpo que ha sido empujado más allá de sus límites. Es la forma en que la juventud dice que no puede sostener este ritmo, que no quiere sostener este ritmo, que este ritmo no es humano. Es la manera en que se defiende de un mundo que la quiere siempre despierta, siempre activa, siempre dispuesta a producir.
El cansancio se ha convertido en una forma de desigualdad. Quien tiene recursos descansa. Quien no los tiene, se desgasta. Quien puede delegar, respira. Quien no puede, se ahoga. Quien tiene red afectiva, se sostiene. Quien no la tiene, se rompe. Por eso, cuando alguien decide no coger el teléfono, no está huyendo. Está reclamando un espacio mínimo de paz en un mundo que no concede treguas. Está diciendo que necesita una noche sin interrupciones, sin demandas, sin juicios. Una noche para existir sin tener que demostrar nada.
La juventud cansada no es una juventud perdida. Es una juventud que ha entendido demasiado pronto que el mundo no está hecho para la fragilidad, que la ternura se ha vuelto un lujo, que la calma es un privilegio. Es una juventud que vive en alerta, que se defiende como puede, que intenta encontrar sentido en medio de una exigencia constante. Y en esa búsqueda, en esa resistencia silenciosa, hay una forma de lucidez que recuerda a la voz de Robe: esa mezcla de crudeza y ternura, de rabia y claridad, de poesía que muerde y acaricia al mismo tiempo.
Cerrar un libro, cerrar una etapa, cerrar una vida no es un gesto dramático. Es un acto de resistencia. Es una forma de decir: esto tiene un sentido, aunque el sistema no lo vea. Esto tiene un valor, aunque no genere beneficios. Esto es mío, aunque el mundo quiera apropiarse de mi tiempo, mi energía y mi historia. Cerrar un libro es reclamar un territorio propio en medio de la prisa.
Esta noche solo quiero estar en silencio. No para desaparecer, sino para existir sin exigencias. Para recordar que la vida no es una tarea, ni un examen, ni una carrera. Es un territorio que merece ser habitado con calma. Y quizá ahí, en esa calma, en esa renuncia momentánea al ruido, empiece la verdadera resistencia.
Imagen portada: openai
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