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Enrique VIII: el rey cuyo ataúd «explotó» tras su muerte
La obesidad extrema, una muerte terrible y la historia de los perros que, según la tradición, lamieron los restos del monarca durante su traslado a Windsor
Enrique VIII fue uno de los monarcas más poderosos y controvertidos de la historia de Inglaterra. Su reinado estuvo marcado por guerras, matrimonios, ejecuciones, conflictos religiosos y una transformación radical de la relación entre la Corona inglesa y Roma.
Pero su final dio lugar a una historia mucho más macabra.
Según una tradición que ha llegado hasta nuestros días, pocos días después de su muerte el enorme cuerpo del rey comenzó a descomponerse dentro del ataúd durante el traslado a Windsor. El féretro habría cedido, dejando escapar líquidos y restos del cadáver. Y, como si aquello no fuera suficientemente siniestro, unos perros habrían lamido lo que había caído al suelo.
La historia incluso llegó a convertirse en una especie de castigo simbólico para un rey que había desafiado a la Iglesia.
Pero ¿realmente explotó el cadáver de Enrique VIII dentro de su ataúd?
La respuesta es bastante más interesante que la leyenda.
De príncipe atlético a rey de enorme tamaño
La imagen que tenemos de Enrique VIII suele ser la de un hombre corpulento, vestido con enormes ropajes y retratado con una presencia física imponente.
Sin embargo, el joven Enrique había sido muy diferente.
Durante buena parte de su juventud fue descrito como un hombre alto, fuerte y extraordinariamente activo. Practicaba justas, tenis, caza y otras actividades propias de la aristocracia de la época.
Con el paso de los años, aquella imagen cambió radicalmente.
Una lesión en la pierna sufrida durante un accidente relacionado con el deporte y, posteriormente, graves problemas ulcerosos limitaron enormemente su movilidad. A medida que dejó de hacer ejercicio, su peso aumentó de manera considerable.
Las estimaciones realizadas a partir de sus armaduras y prendas indican que en sus últimos años pudo alcanzar aproximadamente 28 stone, unos 178-180 kilos. Una investigación publicada en The Journal of Interdisciplinary History estima incluso unos 400 libras, equivalentes a unos 180 kilos, junto con una cintura de aproximadamente 137 centímetros.
No existe, por tanto, una base sólida para afirmar que pesara más de 200 kilos, como se repite algunas veces.
Pero no hacía falta llegar a esa cifra para que su estado físico fuese extraordinario.
Los últimos años de Enrique VIII
La salud del monarca se deterioró progresivamente.
Las úlceras de sus piernas se volvieron cada vez más graves y su enorme peso dificultaba todavía más cualquier desplazamiento. El hombre que en su juventud había sido un apasionado deportista terminó prácticamente inmovilizado.
Su situación era tan delicada que durante sus últimos días permaneció en cama.
Enrique VIII murió el 28 de enero de 1547, en Whitehall Palace, después de casi treinta y ocho años de reinado. Tenía 55 años.
Su muerte no puso fin inmediatamente a las ceremonias.
Como correspondía a un rey, comenzó entonces un elaborado proceso funerario.
Y ahí empezó la parte más extraña de la historia.
Un viaje de Westminster a Windsor
El cuerpo de Enrique fue preparado para su traslado hasta Windsor, donde había dispuesto ser enterrado junto a Jane Seymour, su tercera esposa y madre de su único hijo varón legítimo, Eduardo.
El viaje comenzó varias semanas después de su muerte.
El 14 de febrero de 1547, el cortejo llegó a Syon, donde el cuerpo pasó la noche. Dos días después, el 16 de febrero, Enrique fue finalmente enterrado en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor.
El féretro era pesado y estaba protegido por plomo.
Y fue precisamente durante aquella parada nocturna en Syon cuando nació una de las historias más desagradables relacionadas con el antiguo rey.
El ataúd que «explotó»
La versión más conocida cuenta que, durante la noche, el ataúd comenzó a perder líquidos.
Algunas versiones posteriores hablan directamente de que el féretro «explotó» como consecuencia de la presión producida por la descomposición del cuerpo.
Pero las fuentes históricas no permiten afirmar que se produjera una explosión en el sentido literal.
El propio College of St George, custodio de la capilla de San Jorge de Windsor, recoge varias posibilidades. Una tradición habla de materia putrefacta que habría escapado del ataúd durante la estancia nocturna en Syon. Otra explicación apunta a que el enorme peso del féretro pudo provocar daños en su estructura.
Por tanto, lo más prudente es hablar de un ataúd dañado o de una posible filtración, no de un cadáver que literalmente hizo estallar el féretro.
Pero todavía falta la parte más famosa de la historia.
Los perros y la profecía
Según la tradición, parte de los fluidos del cadáver cayó al suelo y unos perros callejeros acudieron a lamerlos.
La escena habría resultado especialmente macabra porque existía una antigua profecía atribuida al fraile franciscano William Peto.
Años antes, durante los enfrentamientos religiosos provocados por Enrique VIII, Peto habría advertido al rey que, si persistía en sus decisiones contra Catalina de Aragón y contra la autoridad papal, terminaría sufriendo un destino semejante al del rey bíblico Acab.
En el relato bíblico, los perros lamieron la sangre de Acab.
La supuesta escena de Syon parecía, por tanto, una terrible confirmación de aquella profecía.
La historia adquirió así un significado moral: el poderoso Enrique VIII, que había desafiado a Roma y transformado la Iglesia inglesa, terminaba convertido después de muerto en objeto de una escena humillante.
Pero aquí aparece otro problema.
¿Ocurrió realmente lo de los perros?
No podemos asegurarlo.
El relato más conocido fue transmitido posteriormente y fue adquiriendo detalles con el paso del tiempo. El historiador Gilbert Burnet, cuya History of the Reformation se publicó a finales del siglo XVII, ya contaba la historia de la filtración de materia del ataúd y de los perros, pero mostraba bastante escepticismo ante la interpretación milagrosa del episodio.
La explicación más sencilla era también la más evidente: después de permanecer aproximadamente dos semanas dentro del ataúd, un cadáver que había sufrido obesidad extrema y graves problemas de salud podía producir líquidos durante la descomposición.
El propio College of St George señala que existen relatos diferentes y contradictorios sobre lo sucedido en Syon.
Es decir, la historia de los perros pertenece a una tradición histórica que debemos tratar con cautela.
No podemos convertirla en un hecho demostrado.
Tres siglos después apareció una pista
Lo realmente fascinante es que el ataúd de Enrique VIII volvió a abrirse, de manera accidental, más de 260 años después.
En 1813, mientras se realizaban obras en la capilla de San Jorge de Windsor, unos trabajadores descubrieron una cámara funeraria que contenía varios ataúdes.
Uno de ellos pertenecía a Carlos I.
Otro, más pequeño, correspondía a Jane Seymour.
Y el enorme ataúd central fue identificado como el de Enrique VIII.
El 1 de abril de 1813, con autorización del príncipe regente, futuro Jorge IV, se examinó el contenido de la cámara.
El relato de Sir Henry Halford describió entonces el estado del ataúd de Enrique.
Y aquí aparece un detalle extraordinario.
El ataúd estaba realmente destrozado
Cuando se examinó la cámara, el gran ataúd atribuido a Enrique VIII estaba en muy mal estado.
El féretro exterior de madera se había deteriorado y el ataúd de plomo presentaba daños considerables. La descripción de 1813 señala que el ataúd parecía haber sido golpeado hacia dentro por la violencia, y en su interior quedaban principalmente el cráneo y los principales huesos del monarca.
Aquello podía parecer una confirmación de la antigua historia.
Pero no lo era necesariamente.
Los especialistas de St George’s Chapel han señalado varias explicaciones posibles para los daños: desde el colapso de algún soporte hasta los movimientos producidos cuando el ataúd de Carlos I fue introducido posteriormente en la misma cámara.
También se ha planteado la posibilidad de que la presión interna producida durante la descomposición hubiera contribuido al deterioro.
Por tanto, el estado del ataúd demuestra que sufrió daños, pero no demuestra que hubiera explotado durante el funeral.
¿Qué quedó del hombre que había gobernado Inglaterra?
Cuando se abrió el ataúd en 1813, habían pasado más de dos siglos y medio desde la muerte de Enrique.
Del cuerpo quedaban principalmente el cráneo y los huesos principales.
El ataúd había permanecido durante generaciones en aquella cámara, junto al de Jane Seymour.
Y paradójicamente, el lugar donde Enrique había querido descansar junto a su tercera esposa no contenía el magnífico monumento funerario que el monarca había imaginado para sí mismo.
De hecho, Enrique VIII nunca llegó a tener el grandioso monumento que había proyectado. Su tumba en la capilla de San Jorge está marcada actualmente por una sencilla losa de mármol.
El rey que había acumulado riquezas, palacios, obras de arte y un poder extraordinario terminó descansando bajo una sencilla inscripción.
Un rey convertido en leyenda después de muerto
La historia del ataúd «explosionado» probablemente sobrevivió porque encajaba demasiado bien con la imagen que generaciones posteriores construyeron de Enrique VIII.
Era el rey de los seis matrimonios.
El monarca que rompió con Roma.
El hombre que mandó ejecutar a dos de sus esposas.
El soberano que cerró monasterios y acumuló un poder enorme.
Y también el hombre que pasó de ser un príncipe atlético a sufrir una obesidad extrema y graves problemas de salud.
La historia de los perros proporcionaba un final casi perfecto para ese relato: un rey todopoderoso reducido, después de su muerte, a materia que escapaba de un ataúd y era lamida por animales.
Pero precisamente por eso debemos separar la historia de la leyenda.
No tenemos pruebas de que el cadáver de Enrique VIII «explotara».
Sí sabemos que su ataúd sufrió graves daños, que durante el traslado existieron relatos sobre filtraciones y que la historia de los perros circuló posteriormente como una especie de cumplimiento de la antigua profecía contra el monarca.
Y quizá sea esa combinación de hechos, rumores y simbolismo la que hizo que la historia sobreviviera durante siglos.
Porque, en el caso de Enrique VIII, la leyenda no necesitaba inventar un rey monstruoso: la propia historia ya había proporcionado uno.
Por Sofía
Imagen portada: openai
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La historia del extraño final de Enrique VIII: su enorme peso, su muerte, el traslado a Windsor y la leyenda del ataúd que se abrió y de los perros que lamieron sus restos.
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