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Niccolò Paganini: el violinista que hizo creer al mundo que había pactado con el diablo

Niccolò Paganini: el violinista que hizo creer al mundo que había pactado con el diablo
Sofia Lovelace
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Niccolò Paganini: el violinista que hizo creer al mundo que había pactado con el diablo

Hubo un tiempo en que un músico podía convertirse en leyenda sin necesidad de periódicos, radio, televisión ni redes sociales.

Le bastaba un escenario.

Y un instrumento.

Cuando Niccolò Paganini aparecía ante el público, el violín dejaba de parecer un instrumento conocido. De sus cuerdas podían salir sonidos que desconcertaban incluso a músicos experimentados: notas ejecutadas a una velocidad extraordinaria, dobles y triples cuerdas, armónicos, pizzicatos y recursos técnicos que parecían llevar las posibilidades del instrumento hasta un territorio desconocido.

Paganini no fue solamente un gran violinista.

Fue uno de los primeros músicos que comprendió que el virtuosismo también podía convertirse en espectáculo.

Nació en Génova el 27 de octubre de 1782 y murió en Niza el 27 de mayo de 1840. Entre esas dos fechas se desarrolló una de las carreras más extraordinarias y controvertidas de la historia de la música.

Y alrededor de él creció una leyenda que todavía hoy resulta difícil separar de la persona real.

Un niño sometido al violín

Paganini comenzó su formación musical siendo muy pequeño.

Su padre, Antonio Paganini, era aficionado a la música y trabajaba como embalador de mercancías en el puerto de Génova. Primero introdujo a su hijo en la mandolina y posteriormente en el violín. El régimen de estudio que impuso al muchacho fue extremadamente exigente.

Aquello que empezó como una obligación terminaría convirtiéndose en una capacidad extraordinaria.

A los once años, Paganini ya había actuado como solista.

En 1794 se presentó públicamente en el Oratorio de San Filippo y, poco después, continuó su formación con músicos como Giacomo Costa. En 1796 viajó a Parma para recibir enseñanzas de Alessandro Rolla.

Era todavía un niño.

Pero comenzaba a comportarse musicalmente como alguien que necesitaba descubrir hasta dónde podía llegar.

El joven que quería hacer algo diferente

Paganini no parecía conformarse con ser un violinista más.

Su carrera comenzó a desarrollarse en Italia mientras experimentaba constantemente con las posibilidades técnicas del instrumento.

En Lucca, donde se instaló a comienzos del siglo XIX, comenzó a consolidar una personalidad artística muy particular. Allí trabajó en la orquesta de la corte y entró en contacto con un ambiente musical que le permitió desarrollar tanto su interpretación como su composición.

Pero hacia 1810 tomó una decisión fundamental:

convertirse en solista.

A partir de entonces su nombre comenzó a crecer rápidamente.

Y con él, su fama.

El violín convertido en espectáculo

Paganini entendió algo que otros grandes músicos tardarían más tiempo en comprender.

El público no acudía solamente a escuchar música.

Quería ver algo extraordinario.

Y Paganini se lo ofrecía.

Su apariencia física contribuía a alimentar aquella fascinación. Era delgado, tenía una figura llamativa y unas manos y dedos extraordinariamente flexibles. Su manera de tocar hacía que pareciera capaz de conseguir cosas imposibles.

Los testimonios de la época describen actuaciones espectaculares.

Paganini podía tocar pasajes extremadamente rápidos, ejecutar armónicos y utilizar técnicas que exigían un dominio excepcional del instrumento.

Su repertorio explotaba las posibilidades del violín hasta límites desconocidos para muchos de sus contemporáneos.

Y el resultado era desconcertante.

¿Cómo podía hacerlo?

Cuando una persona no encuentra una explicación para algo extraordinario, suele inventar una.

Y Paganini recibió una de las más antiguas:

el diablo.

¿Había hecho un pacto con el diablo?

La leyenda acompañó a Paganini durante buena parte de su vida.

Algunos espectadores llegaron a creer que ningún ser humano podía tocar de aquella manera sin ayuda sobrenatural.

Su aspecto físico tampoco ayudaba a disipar el rumor.

Al contrario.

Su delgadez, su cabello, sus manos y su expresividad escénica encajaban perfectamente en la imaginación romántica de una Europa fascinada por lo misterioso.

Se llegó a contar incluso que había matado a una mujer y utilizaba sus intestinos para fabricar las cuerdas del violín.

Naturalmente, semejantes historias pertenecen al terreno de la leyenda.

Pero muestran hasta qué punto Paganini había dejado de ser simplemente un músico.

Se había convertido en personaje.

La prensa y el público alimentaban su mito y él, consciente o no, sabía aprovechar el extraordinario efecto que producía su presencia.

El propio Ayuntamiento de Génova lo ha descrito retrospectivamente como una especie de «rock-star avant la lettre», una comparación que quizá no sea tan exagerada como parece.

Los 24 Caprichos

Si existe una obra que resume la revolución técnica de Paganini, son sus 24 Caprichos para violín solo, Op. 1.

No son simplemente piezas destinadas a demostrar velocidad.

Son una exploración de las posibilidades del violín.

En ellos aparecen algunos de los recursos que hicieron famoso al compositor: dobles y triples cuerdas, arpegios, cambios de posición, pizzicatos y otros procedimientos técnicos llevados a niveles extraordinarios.

El Capricho n.º 24, en particular, terminaría adquiriendo una vida propia.

Su tema sería utilizado posteriormente por compositores de generaciones muy diferentes.

Liszt.

Brahms.

Rachmaninoff.

Lutosławski.

Y muchos otros.

El tema de Paganini había conseguido algo extraordinario:

sobrevivir al propio Paganini y convertirse en materia prima para la imaginación de otros compositores.

Paganini después de Paganini

Quizá la mejor forma de medir la influencia de un músico no sea observar cuántas personas lo admiraron.

Sino comprobar cuántos músicos quisieron enfrentarse a él después de muerto.

Franz Liszt convirtió varios de los Caprichos de Paganini en estudios para piano. Robert Schumann también trabajó sobre ellos.

Y Johannes Brahms llevó la idea todavía más lejos con sus Variaciones sobre un tema de Paganini, Op. 35, una obra que convirtió el famoso Capricho n.º 24 en un auténtico campo de batalla para la técnica pianística.

Más de setenta años después de la muerte de Paganini, Rachmaninoff volvería a utilizar aquel mismo tema en su célebre Rapsodia sobre un tema de Paganini, escrita para piano y orquesta en 1934.

Es difícil imaginar un homenaje mayor.

Paganini había conseguido que su propia música se transformara en un desafío para las generaciones posteriores.

El hombre detrás del espectáculo

Pero el personaje público escondía también a un hombre de vida complicada.

Paganini sufrió problemas de salud durante buena parte de su vida y tuvo periodos en los que tuvo que interrumpir sus actividades.

En 1838 perdió la voz y se trasladó a Niza buscando recuperarse. Allí murió el 27 de mayo de 1840, con apenas 57 años cumplidos —tenía 57 años y medio—.

Su enfermedad también contribuyó a alimentar las especulaciones posteriores sobre su físico.

Durante mucho tiempo se ha intentado diagnosticar retrospectivamente a Paganini a partir de descripciones de su apariencia y de su extraordinaria flexibilidad.

Pero aquí conviene ser prudentes.

No podemos convertir diagnósticos modernos hipotéticos en hechos históricos.

Lo que sí sabemos es que su cuerpo formaba parte de su leyenda tanto como su música.

Las mujeres, el dinero y la fama

Paganini tampoco llevó una vida privada convencional.

Su fama lo convirtió en una celebridad internacional y estuvo acompañado por numerosas historias sobre sus relaciones amorosas.

Tuvo un hijo, Achille, nacido en 1825 de su relación con la cantante Antonia Bianchi, y estuvo muy unido a él.

Mientras tanto, su carrera le permitió acumular una fortuna considerable.

Paganini comprendió perfectamente que su talento tenía un valor económico.

Y también que su nombre era una marca.

Los empresarios sabían que anunciar un concierto de Paganini significaba vender entradas.

El público quería verlo.

Los músicos querían escucharlo.

Y los críticos querían explicar cómo demonios podía hacer aquello.

Nunca había sido tan rentable ser un genio.

El Cannone

Pero existe un objeto que probablemente representa mejor que ningún otro la historia de Paganini.

Su violín.

Il Cannone.

El instrumento fue construido en Cremona en 1743 por Bartolomeo Giuseppe Guarneri, conocido como Guarneri del Gesù. Paganini lo recibió probablemente hacia 1802 y quedó tan unido a él que terminó considerándolo casi una extensión natural de su propio cuerpo.

El nombre no es casual.

Paganini lo llamó su «Cannone» por la potencia y plenitud de su sonido.

Y cuando murió decidió algo extraordinario.

No quiso que el instrumento terminara en manos de otro intérprete.

Lo legó testamentariamente a su ciudad natal para que fuese conservado.

Hoy el Cannone se encuentra en las salas dedicadas a Paganini del Palazzo Tursi, en Génova.

El violín que todavía puede hablar

El Cannone no es simplemente una pieza de museo.

Su estado de conservación se controla cuidadosamente y el instrumento continúa siendo objeto de estudios científicos.

En 2024 fue trasladado a la European Synchrotron Radiation Facility de Grenoble para someterlo a un sofisticado análisis mediante microtomografía de rayos X. El objetivo era estudiar de forma no destructiva el estado de la madera y de sus elementos internos.

Es una escena extraordinaria.

Dos siglos después de que Paganini lo tocara, científicos utilizan una de las tecnologías más avanzadas disponibles para estudiar el instrumento.

La ciencia intenta comprender aquello que el público del siglo XIX simplemente escuchaba.

Un sonido.

Un timbre.

Una vibración.

El precio de ser Paganini

Hay algo profundamente moderno en su historia.

Paganini no fue únicamente un compositor.

Fue un fenómeno.

Construyó una personalidad pública.

Llevó el virtuosismo hasta el espectáculo.

Recorrió Europa.

Convirtió sus conciertos en acontecimientos.

Y consiguió que el público hablara de él tanto por su música como por su aspecto, su vida privada y las historias que circulaban a su alrededor.

En 1828 comenzó su gran etapa internacional fuera de Italia y actuó en ciudades como Viena, Praga, Varsovia y Berlín, donde su fama alcanzó una dimensión europea.

Fue entonces cuando la leyenda se hizo imparable.

Un hombre que parecía imposible

Paganini murió en 1840.

Pero su imagen no murió con él.

El siglo XIX necesitaba héroes románticos.

Necesitaba personajes atormentados.

Necesitaba genios incomprendidos.

Y Paganini encajaba perfectamente.

Era músico y espectáculo.

Genio y personaje.

Hombre y leyenda.

Quizá por eso todavía resulta difícil hablar de él sin mencionar el pacto con el diablo.

Pero hay una ironía hermosa en todo esto.

No necesitó ningún pacto sobrenatural.

Le bastaron años de estudio, una técnica extraordinaria, una imaginación musical desbordante y un instrumento excepcional.

Lo demás lo hizo el público.

El verdadero misterio

Quizá el verdadero misterio de Paganini no sea cómo consiguió tocar de aquella manera.

Sabemos bastante sobre su técnica.

Sabemos qué recursos utilizaba.

Conocemos sus composiciones.

Conservamos su violín.

Podemos estudiar sus partituras.

Incluso podemos escuchar hoy las obras que escribió.

El verdadero misterio es otro:

¿cómo consiguió un hombre nacido en Génova en 1782 convertirse en una celebridad capaz de atravesar dos siglos?

La respuesta probablemente esté en la combinación de varias cosas.

Talento.

Disciplina.

Ambición.

Teatro.

Misterio.

Y una capacidad extraordinaria para comprender que el público no quería solamente escuchar música.

Quería vivir una experiencia.

Paganini se la dio.

Y quizá por eso, cuando alguien pronuncia todavía hoy su nombre, no pensamos únicamente en un compositor italiano del siglo XIX.

Pensamos en un hombre delgado, vestido de negro, inclinándose sobre un violín mientras de sus manos parece salir algo imposible.

Durante un instante, el instrumento deja de parecer un violín.

Y el músico deja de parecer un hombre.

Entonces comprendemos por qué sus contemporáneos empezaron a hablar del diablo.

No porque Paganini necesitara uno.

Sino porque, para quienes lo escuchaban por primera vez, la explicación humana parecía demasiado pequeña para contener aquello que acababan de oír.

 Por Sofía

 página oficial del Premio Paganini de Génova, que conserva una biografía bastante detallada del músico.

Historia y Cultura

Imagen portada: openai

Niccolò Paganini: el violinista que hizo creer al mundo que había pactado con el diablo


La vida de Niccolò Paganini, el legendario violinista italiano: sus 24 Caprichos, el famoso Cannone, su extraordinaria técnica y la leyenda del pacto con el diablo.

Música / Personajes

Niccolò Paganini · Violín · Música clásica · Romanticismo · 24 Caprichos · Il Cannone · Genios de la música

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