- SOBRE LA PINTURA DE LOPE MARTÍNEZ ALARIO - 27 de febrero de 2026
- Cuando Cristo se hizo albañil de la mano de Soledad Fernández - 14 de diciembre de 2025
- “ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS” O EL VÉRTIGO DEL TIEMPO - 30 de noviembre de 2025
SOBRE LA PINTURA DE LOPE MARTÍNEZ ALARIO
Por Antonio Abad
La muerte del pintor Lope Martínez Alario (Málaga, 1957-2024), después de una larga y penosa enfermedad, me sustrae a ese misterio inequívoco de la vida como si la fatalidad fuera el único destino determinante de nuestra existencia, a la que tenemos que asumir como causa y efecto de este pasar por el mundo. Lo cierto es que en dicho devenir, y ajeno a veces a lo inexorable, tratamos de dejar nuestra huella en contra del irremediable olvido. Significar, por tanto, el sentido y las cualidades de un obra es al mismo tiempo un señalamiento de la presencia y la memoria de quien la hizo. De ahí que regresar a ella (después de un par de años), me sirva para ahondar en su recuerdo.
Fue el escultor alemán Stefan von Reiswitz quien me habló por primera vez de un joven artista de nombre Lope. El descubrimiento de su obra enseguida despertó en mí cierta admiración por la acentuada gestualidad que observé en el tratamiento de sus cuadros, lejos de los manoseados tachismos vanguardistas y de la más que manifiesta action painting de otros autores Era indudable que todas sus imágenes, ya fueran en grabados, óleos o acuarelas, seguían una inspiración directa sin mediación de la razón; pero esta arbitrariedad, digamos informalista, planteaba al mismo tiempo un rigor compositivo fuera de toda duda. Es cierto que tales concreciones abstractas recorrían todas sus obras sin conexión con lo aparentemente real; en cambio, sumergiéndose en ellas, se encontraban atisbos de otra realidad como si el pintor tratara de visibilizar lo oculto de las cosas con abundantes registros pictóricos de alto valor plástico.
Digamos que desde sus inicios Lope supo concretar todo un cúmulo de gestualidades con una profunda pulsión vitalista. Debido a ello, su pintura se encuentra inserta en un marco de signografía muy específica. Pero dicha signografía no constituye, en modo alguno, un soporte meramente decorativo, sino que responde a una especie de escritura ancestral para configurar, desde el mundo de los sueños, un espacio con un fuerte contenido lírico.
Cierto entendimiento mágico de la realidad le llevaba a ello. La realidad no le era suficiente para representar su particular visión del mundo. La realidad siempre suele ser falsa sin un determinado hálito de misterio. De ahí que la pintura de Lope participe de un grafismo minucioso, con modalidades personales que son intransferibles a cualquier otra simbología que no sea la suya. Su obra, que podríamos calificar de caligráfica y gestual, y que contiene infinitas reiteraciones lineales, es todo un afán de llegar a un contexto homogéneo e integrador a partir de un signo expresivo constituido por formas primitivas. Dichas formas, sin duda, surgen de un deliberado automatismo y del impulso ferviente de la espontaneidad. Sus composiciones, de este modo, se configuran en parcelas que parecen estar constituidas de microorganismos inconcretos o entidades zoomórficas reducidas a una misteriosa geometría, como si sus cuadros se hubieran poblado de seres impalpables y estructuras microorgánicas.
El resultado será siempre un mundo aparentemente desordenado, reducido a misteriosos signos que hubieran, uno a uno, tejido cualquier porción de un enigma.
No el tiempo perdido (parece que nos dice), sino el tiempo que pasa. No la realidad efímera que nos rodea, sino una realidad inconcreta y gesticulante. Se trata de pintar los aspectos insólitos de la realidad, pero desde el universo interno de su creador.
Lope, como Klee, Hokusai o Hundertwasser, participa del malabarismo expresivo, del geometrismo referencial, de los matices y acentos cromáticos y de la tensión de un orden pictórico personal; sin embargo, se diferencia de ellos por plasmar otro tipo de pintura magicista a partir de un vocabulario insólito de figuras y pictogramas, con un trazo incisivo y envolvente, donde el esgrafiado (sobre todo en su obra de papel), favorece unas texturas cargadas de emotividad y rigor plástico.
Pero Lope, además de un magnifico pintor era un hombre generoso y bueno. No siempre en todo artista se produce esa dualidad entre la validez y la trascendencia de una obra con el carácter de su autor. Había en él una constante razón de humanidad como si se le hubiera conferido la solvencia absoluta para la discreción y los buenos modos, o su exquisita potestad para labrar amistades que hacía que su compañía siempre estuviera colmada de gratitud y entrega. Tuve la fortuna de tratarlo sin ningún otro empeño que el de ser un ferviente admirador de su obra; y dado que compartíamos afinidades sobre la visión del arte en todas sus manifestaciones, nuestros encuentros tenían un placidez sobrevenida de la que gozábamos en un tiempo que fue, pero que la memoria incide en recabar.

SOBRE LA PINTURA DE LOPE MARTÍNEZ ALARIO
