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“ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS” O EL VÉRTIGO DEL TIEMPO
Henni Moritzon en el papel de Joakim de la película “Gritos y susurros” dirigida por Igman Berman se preguntaba: “Esos 10 segundos cuánto tardan en pasar”. Después de una espera que al espectador se le hace infinita, piensa que para él también es mucho tiempo y al mismo tiempo nada. Quiere decirse que frente a la concepción del tiempo como un flujo medible según la física de Newton o la filosofía de Kant, existe otro tiempo, el vital, que nace de la percepción de nuestra propia experiencia.
En “Así que pasen cinco años”, la singular “comedia imposible” del genial García Lorca, el tiempo deviene desde la misma función existencial del ser humano, de ahí que para El Joven de la obra lorquiana, igual que para el personaje de Berman, el tiempo tampoco signifique nada.
Existe, por lo tanto, un tiempo físico y otro existencial de tal modo que al rechazarse cualquier ámbito de la realidad, el tiempo deja de ser un aliado para convertirse en nuestro enemigo más “íntimo” llevándonos irremediablemente a la muerte. Heidegger en este sentido apuntaba que la vida no es más que una frenética carrera hacia la muerte.
El tiempo que pasa y el tiempo que no es. La experiencia de la caducidad y el sinsentido de lo inevitable. Cara y cruz de una misma moneda.
Cuando tratamos de dilucidar el contenido de “Así que pasen cinco años” lo que en realidad se contempla, a lo largo de toda la representación, es la historia de un instante, esa inasible sustancia del tiempo que no puede ser atrapada. Todo lo que sucede ocurre en la mente de su protagonista en una especie de pesadilla onírica (la realidad onírica que propone el sueco August Strindberg), de un sueño, que lo transporta a un espacio irreal donde vida y muerte, amor y desengaño, irán produciendo en él una serie de desdoblamientos, de tal modo que todos los personajes de esta extraordinaria obra (unos 20, la novia, el jugador de rugby, la criada, el arlequín, etc.) son su doblez. Son, si se quiere, una metáfora del propio Federico.
El sentido de la intemporalidad y la intimidad de los sueños hacen posible que los personajes sean espejos de una sola mirada, la del soñador, que solo vive y nos hace vivir lo soñado, “siendo yo para mis fantasías auditorio y teatro”, nos dirá D. Francisco Quevedo.
En esta especie de tránsito freudiano que comporta el ser y el sentir de una existencia metafórica y a la vez suicida, conviene un lenguaje simbólico, a su vez impregnado de componentes que abarquen desde el auto sacramental a la comedia del arte, desde el surrealismo al impresionismo, el monodrama o la farsa. Factores estos que hacen que la obra, en muchos de sus aspectos, tenga escasa coherencia dramática y que al espectador, por utilizarse un lenguaje que escapa al sentido de la lógica, le resulte (haya resultado en otro tiempo, ahora menos) difícil de asimilar. El mismo Lorca la calificó de “comedia imposible”, lejos de sus otras obras envueltas de un acentuado populismo español, aunque es preciso señalar que personajes de “Así que pasen cincos años” como La Novia o Maniquí se verán reflejados en “Bodas de sangre” y “Yerma”, respectivamente.
Este Lorca universal, sin pintoresquismos ni amagos localistas, aborda en “Así que pasen cincos años” formas dramáticas llenas de simbologías y aspectos alegóricos propios de una estética surrealista que dificultan, sin lugar a dudas, cualquier montaje escénico que nos acerque adecuadamente al torrente de su vertiginosa introspección poética.
Algunos directores de escena, lo han conseguido: Miguel Narros, Lucho Ramírez, René Buch, pero sobre todo, Ricardo Iniesta, fundador y director del grupo Atalaya, con un elenco actoral de primer orden ha llevado a cabo –últimamente en el Teatro Cervantes de Málaga–, una impactante escenografía de esta “leyenda del tiempo”, que por utilizar Lorca un lenguaje más próximo a la pintura que al teatro, las diferentes escenas se encuadran en una plasticidad firme y contundente, que subraya el desafío de lo atemporal, la realidad poética-dramática de su autor, sus desbordantes fantasías, sus absurdos e improvisaciones, con gran acierto.
Para ello construye escaleras que abarcan de lo infinito a lo limitado en justo parentesco con el pintor neerlandés M. C. Escher, creando una atmósfera brillante donde la luz mágica del espacio escénico termina por convertirse, igualmente, en materia de los sueños.
Facta, non verba.
Antonio Abad
“ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS” O EL VÉRTIGO DEL TIEMPO
