Cuando Cristo se hizo albañil de la mano de Soledad Fernández

Cuando Cristo se hizo albañil de la mano de Soledad Fernández

Antonio Abad
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Cuando Cristo se hizo albañil de la mano de Soledad Fernández

Una de las obras más trascendente de la pintura religiosa quizás sea el cuadro que le encargó la cofradía la Gran Guilda de los Ballesteros de Lovaina al pintor Rogier van der Weyden para la capilla de Nuestra Señora de Extramuros, y que después de un largo peregrinar y diversas vicisitudes —que ahora no vienen al caso— se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.

Se trata de El Descendimiento de la Cruz que el pintor, ya en las postrimerías de un gótico tardío, consiguió terminar hacia el año 1443.

Dadas sus características estilísticas y el grado de perfección que alcanzó en su captación de la realidad por haber conseguido transmitir determinados sentimientos (no solo religiosos), fue muy difundida a lo largo de diferentes épocas, siendo objeto de valiosas copias algunas de las cuales permanecen, actualmente, en el Museo Bode de Berlín, el monasterio de El Escorial y la Capilla Real de Granada.

Con esto queremos señalar la admiración que siempre ha despertado, y todavía despierta, la riqueza de su cromatismo exultante al tratarse de una obra realmente magnífica, no solo por su compleja y atrevida composición, sino también por el acusado dramatismo de su escultórica iconografía al ser concebida desde un punto de vista tridimensional.

Así como Michel Coxcie o Juan Navarrete el Mudo (aunque de él se tienen ciertas dudas) se atrevieron en su día a realizar unas réplicas excelentes, repitiendo el formato y los mismos personajes de este valioso cuadro, la artista madrileña, Soledad Fernández —salvando la distancia que puede suponer  cualquier comparación— llevada por el profundo entusiasmo que siempre le ha suscitado la pintura de Rogier van der Weyden, la ha querido abordar, no desde esa especie de facsímil que otros pintores han hecho de ella, sino desde una perspectiva actual en la que mucho ha tenido que ver la filosofía positivista de Auguste Comte, cómplice, en alguna medida, de la aparición del realismo en la pintura del siglo XIX. Hacía ya algún tiempo que la propia artista me había confesado que disponía de una tela de 190 x 225 cm (curiosamente la tabla de El Descendimiento es de 220.

El Descendimiento es de 220 x 262 cm, es decir,, que aunque de menor tamaño su lienzo mantiene casualmente las mismas proporciones que la tabla en cuestión), y que quería trasladar a modo de homenaje su contenido a dicha tela, solo que esta vez lo religioso iba a ser sustituido por una escenografía de carácter eminentemente actual.

Para ello llevó a cabo una serie de bocetos (cerca de una treintena) de los distintos personajes que tenía que incluir; personajes de la vida real, mejor dicho, de su propio entorno familiar, a los que les fue asignando el papel y la disposición que les correspondía, hasta conseguir en el conjunto de la pieza el mismo carácter dramático que el pintor flamenco les había dado a los suyos. De este modo la Virgen sería su hija, Marisol; san Juan, su hijo David; su hermana Begoña, María Cleofás; Rut, su otra hija, María Magdalena; Raúl, su yerno, sería Cristo; Chavi, el otro yerno, Nicodemo; Antonio, su marido, José de Arimatea; Concha, una amiga de David, María Salomé; y los dos sirvientes, el que está subido en la escalera y el que sujeta el frasco de alabastro blanco, Dani y Carlos respectivamente.

Curiosamente algunas pinturas religiosas han utilizado a personajes reales cercanos al artista, y en ello Soledad Fernández, en ese afán de que el arte además de belleza es verdad, se ha querido servir de los hombres y mujeres que circundan su vida cotidiana, lejos de cualquier idealización que fuera a pervertir la realidad inmediata que tenía que plasmar.

Su cuadro representa un accidente de trabajo con consecuencia de muerte. Muchas veces este tipo de noticia ha llegado hasta nosotros sin que nos hayamos detenido, ni siquiera a pensar, en la catástrofe que supone para la familia que lo padece. Soledad Fernández es lo que trata de poner de manifiesto desde un determinado compromiso social y estético que más que reproducir represente el drama de un situación absolutamente abrumadora.

Llegado a este punto, si al Descendimiento se le supone una cierta teatralidad por los distintos niveles de dolor que acusan sus personajes, cabe igualmente apreciar en la obra de nuestra autora la misma intensidad trágica y la equivalente angustia que se desprende de cualquier tragedia. De ahí ese ajuste compositivo llevado hasta sus límites, imponiendo en cada rostro, en cada actitud, en cada sometimiento al dramatismo de la escena, la aflicción y el tormento que el gran pintor flamenco reflejara en su cuadro.

Cuando Cristo se hizo albañil de la mano

En este sentido, y alejándonos de la muerte de Cristo para introducirnos en esta otra muerte de origen laboral, conviene señalar que estamos ante una pintura cuyas características formales vienen a poner de manifiesto el alto grado de maestría que Soledad Fernández desarrolla a lo largo de toda la composición.

No es novedoso, tampoco, que la autora haya desplegado con total plenitud una técnica muy depurada tanto en el rigor de su esmerado dibujo como en el dominio del color, solo que ahora ha insistido con mayor firmeza en el tratamiento de los detalles que implicaba dar a cada una de las figuras una determinada apariencia en sus respectivas vestimentas sin jerarquizar ningún tipo de orden, como sí es ostensible en la tabla de Rogier van der Weyden. Pero al igual que él, Soledad Fernández incluye al pie de la escena objetos con una fuerte carga simbólica (palustres, guantes, machota, adobes…) que son, de algún modo, causa y efecto de dicho accidente laboral. Todo como si la concreción de lo inmediato se revelara desde un pragmatismo decisivo e imparcial. Digamos que la realidad se manifiesta con toda su crudeza llevada por el impulso de la representación que puede suponer cualquier alegoría de la vida contemporánea, que en este caso no es otro que la representación absolutamente dramática de un funesto acontecimiento.

Todas estas claves, que los pinceles de Soledad Fernández han puesto a disposición de esta obra, convergen necesariamente en su desarrollo compositivo para equilibrar las seis figuras de la izquierda con las cuatro de la derecha mediante la intersección de dos planos, la escalera de aluminio y el tablón que sostiene al yacente, para que de este modo todo el conjunto adquiera el pleno dramatismo que se persigue. La escena es sumamente conmovedora. El dolor se hace más que evidente. Por eso había que dotarla de una supuesta geometría a todo el conjunto donde líneas invisibles, horizontales y oblicuas, acentuaran las diversas actitudes de cada personaje cuyos rostros reflejan una intensa tensión de tristeza.

Habría que detenerse en el elemento central del cuadro para advertir que la artista, a diferencia de Rogier van der Weyden, ha querido mostrarnos el sentido o el sinsentido de la muerte como un hecho consustancial a la condición humana, porque no hay en la figura que lo representa signos muy ostensibles de alguna herida ocasionada por el accidente, como sí aparecen, como consecuencia de su martirio, en el cuerpo de Cristo. Y es que además del hecho luctuoso acaecido a este Cristo-albañil se nos quiere comunicar que la vida, a fin de cuentas, es un mero accidente en el que acabamos todos. El final de una ensoñación. De ahí que la citada figura parezca que está dormida, y que las demás se signifiquen no solo en el dolor, sino también en el determinismo que toda vida conlleva, sin que por ello tengan que admitir el vacío interior que nos deja la muerte de un ser querido.

El cuadro, en definitiva, por cuyo fondo transita una fugaz arquitectura como trasunto de la ciudad que habitamos, nos muestra, ante todo, la captación de una escena aciaga y consecuente con nuestra existencia.

Es cierto que una pintura realista conlleva servir de narradora a la contemporaneidad, pero al mismo tiempo ha de transmitirnos la realidad física del mundo que nos rodea, su verosimilitud y su prestancia para crear, desde su limitada condición bidimensional, algunos fragmentos de la misma.

Más que nunca en esta obra que comentamos, en Soledad Fernández se dan todos estos supuestos.

Antonio Abad

Miembro de AICA

(International Association of Art Critics)

Cuando Cristo se hizo albañil de la mano de Soledad Fernández

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