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Shakespeare: el hombre que desapareció detrás de sus palabras
Sabemos que William Shakespeare fue bautizado en Stratford-upon-Avon el 26 de abril de 1564, que desarrolló su carrera teatral en Londres, que fue actor, dramaturgo y socio de una compañía, y que murió en 1616. Pero entre esos documentos existe un enorme espacio en blanco.
Por Sofía Lovelace
Hay algo extraño en William Shakespeare.
Sabemos su nombre.
Conocemos sus obras.
Conocemos algunos de sus personajes mejor que a muchas personas que hemos conocido personalmente.
Hamlet. Macbeth. Lear. Ofelia. Romeo y Julieta. Falstaff.
Sus palabras han sobrevivido cuatro siglos, han sido traducidas, representadas, adaptadas, filmadas y convertidas en una parte esencial de la cultura occidental.
Y, sin embargo, cuando intentamos apartar las palabras y mirar al hombre que las escribió, aparece algo inesperado:
silencio.
No un silencio absoluto. Shakespeare dejó documentos, firmas, registros, propiedades, relaciones profesionales y testimonios contemporáneos. Pero son fragmentos. Sabemos mucho menos de su vida íntima de lo que la enorme fama de su obra podría hacernos imaginar. La propia Folger Shakespeare Library advierte que muchos documentos de la época se han perdido o nunca llegaron a existir.
Quizá esa sea una de las razones por las que Shakespeare continúa fascinándonos.
Cuanto más leemos sus palabras, más queremos conocer al hombre que estuvo detrás de ellas.
Y cuanto más buscamos al hombre, más aparece el misterio.
El principio está en un registro
Tradicionalmente celebramos el nacimiento de Shakespeare el 23 de abril de 1564.
Pero no sabemos con certeza que naciera ese día.
Lo que conservamos es un dato diferente: su bautismo fue registrado en Stratford-upon-Avon el 26 de abril de 1564. La fecha del 23 de abril se convirtió posteriormente en la fecha tradicional de su nacimiento.
Parece una diferencia insignificante.
No lo es.
Porque resume bastante bien nuestra relación con Shakespeare.
A menudo creemos conocer hechos sobre él cuando, en realidad, estamos hablando de tradiciones construidas alrededor de unos pocos documentos.
Sabemos que nació en Stratford.
Sabemos que su padre fue John Shakespeare, un hombre dedicado al comercio y que llegó a ocupar cargos municipales.
Sabemos que William probablemente asistió a la escuela de gramática de Stratford, aunque no conservamos un registro escolar que permita reconstruir su educación con precisión.
Y después aparece uno de los grandes agujeros de su biografía.
Los años perdidos
Shakespeare tuvo hijos con Anne Hathaway en Stratford. Pero después del nacimiento de los gemelos Judith y Hamnet en 1585, durante varios años sabemos muy poco sobre sus actividades.
Es uno de los períodos más famosos de la biografía shakespeariana.
No porque sepamos qué ocurrió.
Precisamente porque no lo sabemos.
En algún momento abandonó Stratford y apareció en Londres.
Cuando vuelve a entrar en los documentos, ya es un hombre relacionado con el teatro londinense.
En 1592, un escritor contemporáneo lo menciona como actor y dramaturgo establecido. Para entonces ya había escrito obras que comenzaban a circular por los escenarios londinenses.
Entre el Stratford de su juventud y aquel Shakespeare londinense existe, por tanto, un territorio lleno de preguntas.
¿Qué hizo durante esos años?
¿Cómo llegó exactamente al teatro?
¿Quién lo introdujo en ese mundo?
¿Qué experiencias vivió?
La documentación no nos permite responderlas con seguridad.
Y el vacío ha sido irresistible para generaciones de biógrafos.
El hombre detrás del escenario
Hay una imagen muy popular de Shakespeare: el escritor solitario, encerrado en una habitación, escribiendo una obra maestra detrás de otra.
La realidad que podemos reconstruir es bastante diferente.
Shakespeare fue actor, dramaturgo y empresario teatral.
Formó parte de los Lord Chamberlain’s Men, compañía que pasó a llamarse King’s Men en 1603. También fue accionista de la compañía y estuvo relacionado con el Globe, construido por sus compañeros en 1599.
Esto cambia nuestra manera de mirar su obra.
Shakespeare no escribía simplemente para que alguien leyera sus textos.
Escribía para actores.
Para espectadores.
Para un negocio teatral.
Para un escenario.
El teatro era literatura, pero también era trabajo, dinero, competencia, público y riesgo.
Y Shakespeare participaba en todo ello.
El Globe
En 1599 ocurrió algo fundamental.
La compañía construyó el Globe Theatre al otro lado del Támesis, en Londres.
Allí se representaron algunas de las obras que hoy consideramos centrales en la producción shakespeariana. Hamlet, Otelo, El rey Lear y Macbeth están asociadas a los años en que la compañía desarrolló su actividad en el Globe.
Imaginemos por un momento aquel teatro sin la distancia que ahora proporciona la historia.
No estamos ante un monumento.
Estamos ante un lugar lleno de personas.
Actores.
Vendedores.
Espectadores.
Ruido.
Polvo.
Comentarios.
Gente entrando y saliendo.
Y en medio de todo aquello, un hombre que probablemente conocía demasiado bien cómo funcionaba el escenario.
Quizá por eso sus personajes hablan de una manera tan extraordinariamente teatral.
Porque Shakespeare conocía el teatro desde dentro.
El misterio de los manuscritos
Aquí aparece otro detalle fascinante.
No conservamos los manuscritos originales de las obras de Shakespeare.
Los textos llegaron hasta nosotros principalmente a través de las primeras ediciones impresas, especialmente los quartos y, después, el famoso First Folio de 1623
Shakespeare murió en 1616.
El First Folio apareció siete años después.
Fue preparado por sus antiguos compañeros de compañía John Heminges y Henry Condell, y reunió 36 obras. Dieciocho de ellas no habían sido publicadas anteriormente y, sin este volumen, algunas podrían haberse perdido para siempre.
Es difícil exagerar la importancia de ese libro.
No es simplemente una edición antigua.
Es uno de los lugares donde la memoria de Shakespeare consiguió sobrevivir.
El rostro que conocemos
Cuando imaginamos a Shakespeare solemos visualizar un rostro concreto.
Pero incluso aquí debemos detenernos.
Uno de los retratos más importantes es el grabado realizado por Martin Droeshout, que aparece en la portada del First Folio. La Folger considera este grabado uno de los escasos retratos identificados como auténticos, y señala que fue aprobado por personas que habían conocido a Shakespeare.
Es una imagen que se convirtió en icono.
El rostro que generaciones enteras hemos aprendido a reconocer.
Pero resulta curioso pensar que incluso esa imagen llegó a nosotros después de su muerte.
Shakespeare murió.
Sus manuscritos desaparecieron.
Su compañía continuó.
Sus amigos reunieron sus obras.
Y un grabado fijó para siempre un rostro que terminaría convirtiéndose en uno de los más reconocibles de la literatura universal.
¿Quién escribió realmente a Shakespeare?
Aquí aparece uno de los debates más conocidos alrededor de su figura: las llamadas teorías alternativas sobre la autoría.
Durante siglos se han propuesto diferentes candidatos y explicaciones.
Pero una cosa es importante: la existencia de preguntas sobre determinados aspectos de la producción shakespeariana no significa que exista una demostración de que otra persona escribiera sus obras.
La documentación contemporánea sí relaciona a William Shakespeare de Stratford con el teatro, con su compañía, con publicaciones de sus obras y con personas que trabajaron directamente con él. El First Folio de 1623, además, identifica explícitamente a William Shakespeare como autor de las obras reunidas
La historia, por tanto, es más interesante que el simple misterio conspirativo.
No necesitamos inventar otro Shakespeare.
Lo fascinante es descubrir cuánto podemos reconstruir del verdadero a partir de documentos incompletos.
Un escritor convertido en patrimonio
Shakespeare murió en Stratford-upon-Avon en abril de 1616.
Pero su historia no terminó allí.
Siete años después, el First Folio reunió sus obras.
Desde entonces, el proceso no ha hecho más que crecer.
Cada generación ha vuelto a Shakespeare para preguntarle cosas diferentes.
En el siglo XVIII fue leído de una manera.
En el XIX, de otra.
El XX lo convirtió en cine, teatro, literatura escolar y cultura popular.
El XXI continúa encontrando nuevas interpretaciones.
Y quizá esa sea su mayor transformación.
William Shakespeare dejó de ser solamente un hombre que escribía obras para un escenario londinense.
Se convirtió en un territorio cultural.
Un lugar al que seguimos regresando.
Quizá el misterio sea precisamente ese
Hay escritores de los que conocemos prácticamente todo.
Conservamos sus cartas, diarios, fotografías, manuscritos y conversaciones.
De Shakespeare tenemos mucho menos.
Pero hemos recibido algo extraordinariamente más poderoso: sus palabras.
No sabemos exactamente qué aspecto tenía.
No conocemos todos los detalles de su educación.
No sabemos qué hizo durante algunos de los años más importantes de su juventud.
No conservamos los manuscritos originales de sus obras.
Y aun así, sus personajes siguen hablando.
Quizá exista una paradoja hermosa en todo esto.
El hombre desapareció poco a poco detrás de su propia obra.
Shakespeare murió hace más de cuatro siglos.
Pero Hamlet continúa preguntándose.
Macbeth continúa mirando sus manos.
Lear continúa atravesando la tormenta.
Romeo y Julieta continúan encontrándose.
Y nosotros seguimos entrando en esas historias como si acabaran de ser escritas.
Tal vez ese sea el verdadero triunfo de un escritor.
No que sepamos todo sobre él.
Sino que, después de cuatrocientos años, todavía tengamos algo que preguntarle.
Imagen portada: openai
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