- El pez que hacía temblar Japón: terremotos, dioses y grabados en el período Edo - 2 de noviembre de 2026
- Genealogía del vampiro: de la tumba al deseo - 30 de octubre de 2026
- Kabuki: el teatro que nació de una mujer y aprendió a representar lo femenino sin ellas - 27 de octubre de 2026
El pez que hacía temblar Japón: terremotos, dioses y grabados en el período Edo
De la devastación de 1855 a los namazu-e: cuando un monstruo subterráneo se convirtió en intérprete de las desigualdades sociales
Por Jon Inazio García de las Peñas Otero
La ciudad que despertó entre escombros
En la noche del 11 de noviembre de 1855, Edo dejó de ser, por unos instantes interminables, la ciudad que sus habitantes creían conocer. La sacudida desgarró viviendas, quebró el equilibrio de los edificios y multiplicó los incendios. En una urbe de construcciones predominantemente ligeras, calles estrechas y una intensa vida comercial, el temblor produjo una devastación cuya magnitud no podía medirse únicamente en ruinas. También hizo vacilar la confianza en la permanencia del orden cotidiano. La ciudad que había aprendido a convivir con el fuego y con las periódicas amenazas de la naturaleza descubrió, de nuevo, la fragilidad de cuanto parecía estable.
El episodio, conocido como terremoto de Ansei Edo, ocasionó miles de víctimas y arrasó numerosos hogares. La Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón recoge estimaciones cercanas a siete mil fallecidos y unos catorce mil inmuebles destruidos. Pero los números, indispensables para reconstruir el desastre, apenas sugieren el alcance de una experiencia que afectó a la economía doméstica, a los oficios y a los vínculos de vecindad. Allí donde un día había talleres, tiendas y casas, al siguiente se extendía un paisaje de pérdidas. Y, sin embargo, en medio de aquella desolación empezó a circular una imagen inesperada: un pez desmesurado, provisto de bigotes, al que podían recriminarse las desgracias del mundo.
No se trataba de una ocurrencia nacida exclusivamente del seísmo. La asociación del siluro —namazu, en japonés— con los terremotos pertenecía ya al repertorio de creencias populares. Lo singular de 1855 fue la rapidez con que aquella criatura adquirió una nueva vida en el papel impreso. El desastre había puesto de manifiesto una necesidad que ninguna explicación puramente física satisfacía por completo: dar forma visible a una fuerza que actuaba sin rostro y sin intención reconocible.
Un siluro bajo el archipiélago
El namazu no era un dragón majestuoso ni una bestia llegada de tierras extranjeras. Era un pez reconocible, un siluro, convertido por la imaginación colectiva en una potencia telúrica. Según una de las tradiciones más difundidas, un animal gigantesco habitaba bajo la tierra y sus movimientos desencadenaban los seísmos. La narración asignaba así un cuerpo a lo que de otro modo solo se manifestaba por sus efectos: la vibración del suelo, el desplome de los muros, el vértigo de perder pie incluso estando inmóvil.
En algunas representaciones, la divinidad de Kashima, vinculada al santuario homónimo, contenía al animal mediante una piedra sagrada: la kanameishi. El equilibrio terrestre aparecía, por tanto, como una vigilancia perpetua. Si la custodia fallaba, el pez se agitaba y el suelo temblaba. La Biblioteca Metropolitana de Tokio conserva estampas en las que la ausencia de la divinidad y el descuido de su sustituto, Ebisu, explican figuradamente la irrupción del desastre. No estamos ante un catecismo uniforme de la religión japonesa, sino ante un conjunto cambiante de relatos, imágenes y asociaciones que los grabadores podían combinar y alterar.
La potencia de esta fábula residía en su sencillez dramática. Lo invisible resultaba imaginable, la calamidad podía atribuirse a una infracción de la custodia divina y el orden amenazado adquiría personajes concretos. Pero identificar al supuesto responsable no equivalía necesariamente a resignarse. La figura del namazu ofrecía también la posibilidad de interrogar a quienes debían garantizar la seguridad de la comunidad. ¿Dónde estaban los protectores cuando la ciudad se vino abajo? ¿Por qué unos perdían cuanto poseían mientras otros encontraban oportunidades entre los restos?
El monstruo salió de las imprentas
Poco después del terremoto comenzaron a circular los namazu-e, literalmente «imágenes de siluros»: estampas policromas producidas mediante xilografía. En ellas, el pez cambiaba de tamaño, de oficio y hasta de temperamento. Podía comparecer ante los dioses, recibir una paliza de los damnificados, adoptar gestos humanos, disculparse por sus fechorías o convertirse en involuntario benefactor. La rigidez de una explicación legendaria se transformó, gracias al grabado popular, en un teatro de posibilidades.
El Museo Nacional de Historia Japonesa señala que se publicaron más de doscientas estampas de esta clase en las semanas siguientes a la catástrofe, antes de que las autoridades limitaran su circulación en diciembre de 1855. La cifra varía según los criterios empleados para contar diseños y variantes; importa menos el número exacto que la extraordinaria densidad de una producción surgida al calor de la actualidad. Estas imágenes pertenecían a una cultura visual capaz de responder con notable inmediatez a los acontecimientos, y al mismo tiempo de servirse de alusiones teatrales, chistes y convenciones religiosas reconocibles para sus compradores.
Una de las estampas comentadas por el museo muestra a víctimas del seísmo dispuestas a cocinar al pez culpable. Otra lo representa arrepentido, como si hasta la criatura causante del desastre debiera responder por sus actos. No hay aquí una actitud única ante la desgracia: conviven la cólera, la mofa, la reparación imaginaria y la búsqueda de amparo. El monstruo se presta a todas ellas porque no posee una identidad definitiva. Su plasticidad es, precisamente, lo que vuelve tan expresivos estos grabados.
La comicidad no debe confundirse con indiferencia ante los muertos. Reírse del siluro no significaba negar la catástrofe, del mismo modo que ponerle rostro al miedo no equivalía a explicar científicamente el temblor. La caricatura permitía desplazar momentáneamente la impotencia: si no era posible castigar a la tierra, al menos podía juzgarse a su personificación. Allí donde la naturaleza no escuchaba, el dibujo fabricaba un interlocutor.
La justicia que emergió de las ruinas
La dimensión más incisiva de los namazu-e aparece cuando el pez deja de ser mero culpable y pasa a intervenir en el reparto de la riqueza. Una catástrofe destruye bienes, pero también moviliza trabajo, materiales y dinero. Carpinteros, albañiles y comerciantes vinculados a la reconstrucción podían recibir encargos extraordinarios al mismo tiempo que innumerables familias sufrían pérdidas irreparables. Esa disparidad nutrió estampas de una agudeza social difícil de reducir al folclore.
En algunos diseños, el namazu expulsa monedas; en otros, la devastación se representa como una sacudida que deshace las jerarquías económicas. Una estampa descrita por el Museo Nacional de Historia Japonesa muestra a un siluro que se practica el suicidio ritual y de cuyo vientre brotan piezas de oro. La escena condensa una paradoja: el mismo animal que destruye casas puede hacer circular una riqueza antes inmovilizada. No es una celebración ingenua del sufrimiento, sino la expresión gráfica de un deseo de corrección del desequilibrio social.
En esta constelación reaparece la noción de yonaoshi, literalmente una «rectificación del mundo» o restauración del orden social. Conviene no traducirla sin matices a categorías políticas contemporáneas. Los grabados no constituyen un manifiesto doctrinal uniforme, y sus públicos tampoco compartían idénticos intereses. Sin embargo, permiten documentar que el terremoto abrió un espacio para pensar críticamente la distribución de los recursos, la legitimidad de las autoridades y las ganancias obtenidas en circunstancias extremas. El siluro no fue solamente un monstruo sísmico: se convirtió en un personaje con el que se podía discutir el estado de la sociedad.
Que aquella conversación resultara incómoda no sorprende. Las estampas insinuaban preguntas que sobrepasaban el desastre inmediato. ¿Quién paga el coste de la reconstrucción? ¿Quién participa de sus beneficios? ¿Puede llamarse restablecimiento del orden al simple regreso de las relaciones anteriores? La fuerza política de estas imágenes no reside en ofrecer respuestas precisas, sino en permitir que tales interrogantes aparecieran en una superficie destinada a circular de mano en mano.
Entre el talismán y la sátira
Los namazu-e fueron objetos ambiguos. Algunas estampas podían contemplarse como divertimentos, otras como comentarios sobre la actualidad y otras como talismanes frente a futuras sacudidas. La Biblioteca Metropolitana de Tokio documenta expresamente su utilización para conjurar la ansiedad o buscar protección. Esta pluralidad de funciones impide separarlas cómodamente en «arte», «superstición» y «propaganda»: las tres dimensiones podían encontrarse en un mismo papel.
El grabado japonés de la época tenía una notable capacidad de apropiación y mezcla. Las alusiones a personajes teatrales, las inversiones humorísticas y los desplazamientos entre lo humano y lo animal facilitaban una lectura estratificada. Quien reconocía una parodia escénica encontraba un placer distinto del de quien buscaba un amuleto o una acusación social. La imagen no imponía necesariamente una interpretación; ofrecía una escena compartida en la que diversas experiencias podían reconocerse.
Tampoco debe imaginarse que la aparición del siluro anuló el desarrollo de explicaciones naturales de los terremotos. La Biblioteca Nacional de la Dieta recuerda que en el Japón decimonónico circulaban teorías sobre las causas físicas de los seísmos, algunas procedentes de la recepción de saberes europeos. Creencia popular e indagación natural coexistían en un espacio intelectual más complejo que la oposición simplista entre tradición y ciencia. El namazu sobrevivió en el grabado porque explicaba algo distinto: no la mecánica del subsuelo, sino la forma humana de experimentar una ruptura del mundo.
Lo que todavía nos dice un pez imposible
La tentación de considerar estas estampas una curiosidad pintoresca es comprensible. Un pez gigantesco que hace temblar Japón parece pertenecer a la vitrina de las extravagancias antiguas. Sin embargo, basta contemplar algunos namazu-e para advertir que su asunto es profundamente reconocible. Ante una crisis, las comunidades buscan responsables, discuten la actuación de sus protectores, representan el sufrimiento y ponen en cuestión la justicia de sus instituciones. Los lenguajes cambian; las preguntas, bastante menos.
La verdadera originalidad de estas imágenes reside en que consiguieron convertir un acontecimiento sin sujeto —un movimiento de la tierra— en un debate poblado de personajes. El siluro podía ser criminal, víctima, penitente, benefactor o acusador. Esa inestabilidad no constituye una debilidad del mito, sino la prueba de su rendimiento cultural. Al cambiar el papel del monstruo, los habitantes de Edo cambiaban también el punto desde el que miraban su propia desgracia.
Quizá por eso los namazu-e merezcan recordarse más allá de la historia del grabado japonés. Enseñan que una sociedad no procesa las catástrofes únicamente mediante cifras, reconstrucciones materiales o explicaciones causales. Necesita asimismo imágenes con las que discutir lo sucedido y otorgarle una forma comunicable. Bajo Edo no vivía, naturalmente, ningún siluro responsable de los terremotos. Pero sobre el papel de sus imprentas sí habitó, por un breve y fecundo momento, una criatura capaz de revelar las fisuras que el temblor había dejado al descubierto.
Fuentes documentales
Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón. «Namazu-e (Catfish prints)». NDL Image Bank. https://www.ndl.go.jp/en/imagebank/theme/namazue
Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón. «Earthquakes and Earthquake Research in Japan». NDL Newsletter, n.º 206, 2016. https://dl.ndl.go.jp/view/download/digidepo_11335041_po_NDL-Newsletter206_20604.pdf?alternativeNo=&contentNo=1
Museo Nacional de Historia Japonesa. «Woodblock Prints Depicting a Giant Catfish: Reflection of Edo People’s Imagination». Exposición, 2021. https://archive.rekihaku.ac.jp/english/exhibitions/project/old/210713/index.html
Instituto de Investigación Sísmica, Universidad de Tokio. «Namazu-e: Earthquake Catfish Motif Art». https://www.eri.u-tokyo.ac.jp/wp-content/uploads/sites/2/2016/04/namazue.pdf
Biblioteca Metropolitana de Tokio. «Catfish and the Keystone (Namazu to Kanameishi)». Colección Tokyo Shiryō. https://www.library.metro.tokyo.lg.jp/portals/0/edo/tokyo_library/english/modal/index.html?d=5413
Imagen portada: openai
Descubre cómo los namazu-e, grabados japoneses del período Edo, convirtieron al pez siluro en símbolo de los terremotos, la mitología y las desigualdades sociales tras el desastre de 1855.
El pez que hacía temblar Japón: terremotos, dioses y grabados en el período Edo
Sobre el contador
El contador registra los artículos que lees en este navegador durante un periodo de 12 meses. No utilizamos tu dirección IP ni identificamos quién eres. Si quieres desactivar el contador, activa Funcionales.
Puedes gestionar esta funcionalidad desde Configurar cookies.
Luz Cultural es un proyecto cultural independiente. Si quieres ayudarnos a seguir creciendo, puedes apoyar el proyecto.
APOYAR LUZ CULTURAL

Más leídos