- Mucho Ruido y poca vida - 2 de noviembre de 2026
- El Mensaje del ángel herido - 12 de octubre de 2026
- Las Rosas y las Ideas. Charla con Platón en una playa - 2 de octubre de 2026
Mucho Ruido y poca vida
CONVERSACIÓN EN “LA HERRADURA” EN PARÍS
Condé me decía en “Le Petit Fer a Cheval”, es decir “La Herradura”, en la calle Vieja del Temple, en el Marais: El mundo está muerto. Parece que está muy vivo, que todo cambia frenéticamente, que se mueve mucho, pero son movimientos mecánicos de muerto.
Son muecas, movimientos mecánicos, puros reflejos. Le falta la verdadera vida. Se mueven las máquinas y repiten las mismas miserias sin fin, las mismas fórmulas cerradas, las mismas frases sordas.
Falta la vida de verdad, la atmósfera. El latido que nosotros tenemos aquí mismo ahora.
Y yo me daba cuenta de que Condé estaba en lo cierto. El mundo está muerto, decía Condé, y el Word me subraya Condé. También me subraya Montmartre y subraya todo lo que no conoce. Todo lo que no conoce es erróneo. La vida es toda una equivocación, solo se admiten las fórmulas y los programas. Con razón decía eso Condé.
Nos apoyábamos en la barra en forma de herradura, mirando el gran espejo y el cartel de la película “El asno verde”, tocando con la mano los rayazos (también esto lo subraya el puto Word, no sé por qué no me subraya a mí entero, qué nostalgia de la Olivetti que usaba John Fante) y yo lo escuchaba. Hablaba con indignación y melancolía, pero sin violencia, hablaba en voz baja.
El mundo está muerto. Pega manotazos sin fin, hace muecas, como los muertos en los depósitos cuando los llenan los gases, o por cualquier causa física.
Como se mueven los émbolos con inercia hasta que alguien los pare. Pero sin lucidez ni escuchar, sin enterarse de nada. Sin respiración.
Y yo quiero la respiración de París. Y de todos nosotros. Haré que desaparezca París para que la apreciemos solo unos pocos. Los mismos que la apreciamos ahora, porque la gente no se entera de nada. Siguen los tópicos y siguen los mecanismos y no se enteran de nada. Y ni saben que aquí escribió Marcel Proust sobre magdalenas místicas y que escribió Boris Vian sobre jazz en las cavernas y sobre lobos con cara de hombre.
Somos como espectros vivos en un mundo de autómatas, decía Condé. Llevamos la respiración que todavía queda, llevamos los libros y los conciertos improvisados de jazz. Llevamos todo lo que se nos ocurre y no estaba programado.
Llevamos el aliento y la sangre que todavía no es plástico. Y la genialidad secreta que todavía queda en nuestros genes. Antes de que los modifiquen y los diseñen como rombos como las tiendas.
A mí me encantaba escucharlo, me sentía respirar al escucharlo. Decía un montón de cosas que no estaban en los programas, que no conoce el Word. Decía cosas que ningún algoritmo de mierda diría nunca.
Decía cosas que me hacían recordar arrugas secretas de mi abuela. De mi abuela que un día vino a París y se paseó por la calle Rivoli y me lo contó todo cuando yo tenía diez años.
Pensé que tal vez Condé, con sus investigaciones, podría hacer un día que yo pudiera revivir aquellos momentos en que mi abuela me contaba sobre París.
O sería capaz de reproducir aquellos conciertos de jazz impensables junto a la iglesia de San Julián el Pobre que nadie podría nunca programar. Estamos en la era de las programaciones y las fórmulas, pero Condé me hacía respirar todo cuanto no estaba en las programaciones.
Si teníamos hambre Condé nos hacía pasar a la pequeña parte de atrás, con un menú de precio fijo, delante de la pizarra con los precios y mesitas de madera con garrafas de vino. Y mientras trasegábamos nos soltaba más filosofía encendida.
Y a veces salíamos de La Herradura y subíamos por la Calle de los Abrigos Blancos, al estudio de Fundamenta y ella nos tocaba al piano y nos borraba de las cabezas el París usual y nos daba un París desnudo y nunca visto.
Y hacíamos el amor con París. Fundamenta hacía lo mismo que Condé con los cuatro viejos, hacía que París desapareciese en su piano y reapareciese con más secreto otra vez.
Nos daba a beber el vino de París como si lo fermentara en su piano.
Y luego salíamos y París era fresco y libre como nunca. Como Jeanne Moreau cuando le acercaba los morros a Orson Welles en aquella película.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO DE CONSUELO DE ARCO
Mucho Ruido y poca vida
Sobre el contador
El contador registra los artículos que lees en este navegador durante un periodo de 12 meses. No utilizamos tu dirección IP ni identificamos quién eres. Si quieres desactivar el contador, activa Funcionales.
Puedes gestionar esta funcionalidad desde Configurar cookies.
Luz Cultural es un proyecto cultural independiente. Si quieres ayudarnos a seguir creciendo, puedes apoyar el proyecto.
APOYAR LUZ CULTURAL

Más leídos