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Phthonía (la envidia de los dioses)

Phthonía (la envidia de los dioses)
Oscar Sanchez
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Phthonía (la envidia de los dioses)

El concepto de envidia de los dioses surge
cuando alguien que considerábamos inferior se
pone en igualdad respecto a otro que es superior a él.
Friedrich Nietzsche, El caminante y su sombra, 1879
En la película Troya, de Wolfgang Petersen, tiene lugar el siguiente diálogo entre un presunto Aquiles americanizado y Briseida, la troyana de familia real que Agamenón pretende arrebatar de las manos del héroe y que vivía recluida como una virgen en el templo de Apolo:
-(Aquiles): “Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo: los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más hermoso porque hay un final. Nunca serás más hermosa de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…”
En realidad, más que un diálogo, sólo Brad Pitt habla, y ella, como buena comparsa, escucha. Por muchos motivos, aquel filme de 2004 resultó infiel a la homérica Ilíada y recibió por ello duras críticas, pero puedo asegurar que a los adolescentes les encanta, y no sólo por la oportunidad de contemplar el codiciado trasero de Brad. Sin embargo, ese concepto, “la envidia de los dioses”, es decir, la envidia que nos tienen ellos a nosotros1, que no figuraba en el poema original, creo que está bien insertado allí. Existe, en efecto, esa idea en la mitología griega de que los dioses envidian, después de todo, a los hombres, puesto que en la vida eterna no son posibles grandes apuestas ni se juega nada definitivo. De hecho, la señal de reconocimiento de la divinidad en la Grecia antigua es la metamorfosis, como glosó Ovidio, porque los dioses no alcanzan jamás a ser algo definido, y por eso cambian constantemente, mientras que los humanos, con su muerte, sí. Morimos no porque hayamos nacido -los dioses también han nacido-, sino porque somos, y somos porque morimos (los dioses, en cambio, no-son, como todo el mundo sabe, y eso es justamente lo que hacía el primer existencialismo de la Rive Gauche que predicaba el no-ser: tratar de imitar la vida regalada de los dioses…) Más todavía: la breve existencia de los mortales -al menos comparada con la de los dioses- tiene inmensamente más mérito ya que implica una vida como la nuestra en la que hemos tenido que afrontar una vasta cantidad de problemas de los que nuestra virtud (la célebre areté) ha intentado salir airosa. Los dioses no, los dioses serán todo lo inmorales que les apetezca ser, ellos ya poseen su correspondiente excelencia, en cambio los mortales tienen que ganársela, y los dioses lo saben y por eso contemplan el espectáculo humano entre fascinados y celosos. Que la virtud humana requiere esfuerzo y determinación se dice en muchos textos clásicos, pero yo prefiero los dísticos que dedicó Aristóteles a su amigo Hermias Rey de Lesbos, que había muerto supliciado por los persas; verbigratia:
Virtud, penosa para la raza de los mortales;
Premio más bello de la vida,
Hasta el morir por tu causa,
Virgen, es un destino envidiado2 en la Helade,
y el soportar duros e incesantes trabajos
Tal fruto brindas al espíritu,
par de los inmortales, y mejor que el oro
Y que ilustres antepasados y que el sueño de ojos lánguidos.
Por tu causa Heracles, el hijo de Zeus, y los gemelos de Leda
Mucho hubieron de soportar en las hazañas
que emprendieron buscando poseerte.
Por anhelo de ti bajaron Aquiles y Ayax a la mansión de Hades.
Por amor de tu forma también el infante de Atarneo
Dejó en la desolación los rayos del sol.
Por eso hará famosas sus hazañas el canto
Y él será declarado inmortal por las Musas.
Hijas de la Memoria,
Que engrandecen y recompensan la firme amistad y el culto de Zeus hospitalario.
Al griego antiguo, por tanto, le importa menos el destino del hombre después de la muerte que el brillo de la virtud, por decirlo así, que pueda haber alcanzado al llegar el final. Y el premio por la virtud no es la vida eterna en un Más Allá presidido por un Señor Todopoderoso, el premio lo otorgan las Musas, hijas de la Memoria… De ahí que Aquiles busque denodadamente la guerra, pese a que ha sido advertido de que va a morir joven. Joven, sí, pero siendo el gran Aquiles hasta el fin de los tiempos -ese punto de vista cambiará en La Odisea, pero esa es otra historia. La Phthonía (que es el término en griego antiguo, proveniente de “mirar mal”), la envidia de los dioses, está bien acreditada, por ejemplo, en el libro I de la Historia de Heródoto, que no era precisamente un beato. En la película de Petersen, el subtexto de fondo es, en cierto modo, convergente: aquellos que ponen su confianza en los dioses en vez de en la pericia humana -Priamo en la película- pierden la batalla, y la pierden porque, de existir dioses, que en la película no aparecen, ellos están más de parte de perjudicar a sus peones humanos que de beneficiarlos. Una cultura cristiana como la nuestra no está en disposición de comprender esto, porque nosotros entendemos que Dios debe de ser sumamente bueno y misericordioso, lo que para los griegos antiguos sería clara muestra de que antropoformizamos a la divinidad, ya que pedimos que sea como nos conviene que sea para la salvación de nuestra alma. O sea, el mundo al revés, puesto que fueron los primeros cristianos los que acusaron al paganismo de antropomórfico, entendiendo por “antropoformizar” algo mucho más tosco que los griegos: que poseyeran cuerpos y apetitos como los nuestros…
Porque, en efecto, en mi opinión los griegos tuvieron un concepto negativo de los dioses. Los dioses son tal vez la imagen de la vida que cualquiera desearía tener, pero, bien pensado, en ella no hay coraje, no hay verdadera vitalidad, no hay sufrimiento productivo, no hay, en consecuencia, vida genuina. Por ese motivo entiendo yo que los griegos idolatraban a sus dioses en las fiestas cívicas correspondientes, no siendo tan tontos como para no sospechar que se los habían inventado sus antepasados. Las historias del Panteón Olímpico suministran al griego común, pero sobre todo al que sobresale, la explicación no sólo de por qué nosotros no somos dioses, sino de por qué ni siquiera deberíamos querer serlo. Creo que Sócrates no vio nada de esto, pero quién soy yo, pobre mortal también, para cuestionar al gran Sócrates…
1 Sobre la envidia en general en los poemas homéricos Nietzsche había escrito también en juventud: https://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/textscavern/competicion1011.htm
2 De nuevo la envidia, como se ve, pero en una forma que presupone también la emulación…
Por Óscar Sánchez
Phthonía (la envidia de los dioses)
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