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El Mensaje del ángel herido
Hace poco un periódico respetable publicó un artículo idiota. Un periodista se quejaba de que “El ángel herido”, que en Finlandia consideran un tesoro nacional, era un cuadro tétrico. Pretendía burlarse y mostraba su estupidez.
Seguramente el periodista quería solo alegrías obligatorias de postal. Como las que ponen de propaganda en los países totalitarios. O en el turismo. En la superficialidad.
Con el mismo motivo, habría rechazado las Elegías del Duino, de Rilke. O “La Melancolía” de Alberto Durero. O ese cuadro de Boticelli, “Palas y el centauro”, en que la diosa está enseñando al centauro a través de la melancolía.
Porque la melancolía, dice Rilke en sus Cartas a un joven poeta, es un método de conocimiento. Y también dice Sábato que las crisis nos hacen conocer a fondo y saber lo que vale de verdad.
Pero hay algunos periodistas que tienen algunos momentos penosos. Como ese que me hizo una entrevista y dijo que Dylan Thomas era un poeta norteamericano.
La melancolía nos hace bajar a la sombra y saber lo que existe de verdad. Lejos de las propagandas y los focos de carretera. Lejos de los triunfalismos baratos y de las hipocresías arrogantes.
Pero hay periodistas penosos, que parece que no hayan estudiado nada en la escuela de periodismo. Ni haya leído más de dos libros.
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Era un ángel herido. Esta herido pero era un ángel. Era un ángel pero estaba herido. Se había vuelto vulnerable y estaba cerca de nosotros. Pero era un ángel y nos conectaba con lo angélico.
Era un ángel y por eso mismo era sincero, no estaba sujeto a ninguna propaganda. Conocía el dolor y las heridas. No como ese periodista que quería un cromo rosa y triunfalista. O una estampa de la Inmaculada de Murillo simplificada para consumo de parroquias. Y que no había vivido de verdad más de dos días.
Iba en una camilla, estaba triste, lo llevaban dos operarios a alguna parte. Pero era un ángel. Estaba al lado de nosotros pero era un ángel.
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Era en el norte, donde el sol se confiesa y no te aplasta. Donde te habla calladamente y se acerca a ti. Donde se vuelve secreto y te muestra los secretos de las cosas. Un sol que no te impone y no te aplasta. Que te deja ser tú mismo y te deja abrir los ojos. Y captar toda la extrañeza de las cosas.
Era en el norte, donde hay melancolía que te acerca a la tierra. Pero la aurora boreal te deslumbra calladamente.
Era en el norte, donde los ángeles están heridos. Y las iglesias son de madera, y no son prepotentes. Y hay ángeles de madera que conversan contigo. Y tienen heridas como tú y conocen tus heridas.
Y re regalan su melancolía para que tú mismo te conozcas.
Igual que Munch te regaló esa angustia que hace gritar al atardecer, para que veas lo extraño que es el mundo. El mundo que no es de las consignas ni de algunos periodistas superficiales.
Fue un viaje a Finlandia inolvidable. Un viaje con melancolías reveladoras y con entusiasmos secretos.
Y con la compañía inevaluable del ángel herido.
Ese ángel herido que pintó Hugo Simberg, uno de los pintores más inolvidables del mundo. Mal que le pese a periodistas superficiales. Y a vendedores de felicidad enlatada.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
HUGO SIMBERG: EL ÁNGEL HERIDO
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