Cincuenta Años de Gallo de Vidrio

Cincuenta Años de Gallo de Vidrio

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Cincuenta Años de Gallo de Vidrio

(Mi Aportación al Libro del Cincuentenario)

El pasado sábado 14 de mayo se presentó en el Círculo Mercantil de Sevilla el libro El mirador de doña Elvira. Cincuentenario de Gallo de Vidrio (Sevilla, 1972-2022). Se compone de 613 páginas y participan miembros del colectivo así como personas relacionadas con él. Encontraremos todos los géneros. Una variedad notable en todos los sentidos. Tengo el honor de haber pertenecido a Gallo de Vidrio hace ya años y mantener con el mismo una excelente relación literaria y de amistad. Hice mi tesina sobre el grupo y en mi tesis, sobre grupos poéticos, revistas y colecciones de Sevilla surgidos en los setenta, ocupaba un papel importante, claro está. La publicó la Universidad de Sevilla. Ahora participo con la siguiente creación:

EL CAMINO DE LAS MORERAS

A la salida del pueblo, hay un camino que lleva al cementerio. Es mayo. Los girasoles alzan ya algunas coronas amarillas.

A los lados del camino, las moreras dan una sombra que agradezco. Ofrecen sus moras maduras y dulces. Las de las ramas bajas han ido desapareciendo: los niños, por las tardes, se divierten asaltándolas y comiendo sus frutos.

Las moreras me traen, en el recuerdo, a un niño con gusanos de seda. Y, tras la espera, una mariposa. Las moreras son parte de esa infancia que ya sólo existe en el corazón.

(De Camino de Burguillos, inédito)

                              ABRIL

Fue en abril cuando Amor echó a volar todos sus pájaros. Entonces todo fue estreno  para nosotros. Nos crecieron alas en los ojos, en las manos. El mundo se hizo ancho y acogedor a nuestro vuelo. No nos cabía el horizonte en el cuerpo y lo agrandamos a cuatro brazos.

Llegó Amor en esa hora de abril y puso a volar todos sus pájaros. Y no parecía desbandada, sino mágica mensajería de esperanza.

                            ESCASEZ

 Nunca imaginaste en tiempo de abundancia la escasez de estos días. Se derrocha cuando todo se posee. Sólo la fiebre y la entrega inconsciente caben entonces en los almanaques del pecho. Como el que no ve, el loco enamorado sólo se siente las manos y los ojos, dos atajos engañosos, dos fronteras siempre. Hasta que un día aciago estalla la luz sobre tanta inconsciencia, tan engañosa felicidad.

Así empezaron a brotar sombras en las manos, en los ojos. Así se oscureció el amor, como un eclipse sin límite sobre las lindes del cuerpo.

                           MIRADAS

 Todo parece cuestión de miradas. Antes estabas ciego. Te aturdía tanta oscuridad que creías que la luz reinaba en el mundo. Está bien: un rincón ha de tener la vida para la insensa­tez más dichosa.

Luego abriste los ojos. Te cegaba tanta luz y quisiste de nuevo cerrarlos, seguir con el gozo de los días del dulce engaño. Y ya no encontraste el retorno. Por fin miras el amor, la vida, como una puerta que a nada conduce. A lo sumo, a un amable recuerdo que compense la soledad de esta hora.

LA CASA EN­CENCIDA

                             La casa estuvo encendida

                             toda una noche hasta el alba.

                                      (Joaquín Romero Murube)

Con las luces de la aurora se apagaron nuestras voces. Nunca una sola noche fue tan propicia a los cauces del deseo. Ni siquiera la lechuza de la torre observó los eslabones incandes­centes que Amor entretuvo en nuestros brazos. Era la calle, tras la ventana, un planeta ajeno a nuestros brincos. Pero alzaste la persiana y condenaste a morir todas nuestras yeguas.

                        COMO UN ÁRBOL

A tu lado voy, como un árbol. Y me salen ramas en el pecho, y me brotan flores en los labios. Hundo mis raíces a cada paso, pues el mundo se me hace más presente y amable

solo porque a tu lado voy, amada, como un árbol.

  TUS PIES

A veces me basta con tus pies. De veras. Me basta con tus pies. Los acaricio, tan cálidos, tan cercanos, y el corazón se endulza y acelera. Sólo existen tus pies, que son arena, espuma, brisa, alma con cinco dedos que son el límite más tierno del mundo y el lugar más sagrado de mi sacrílego corazón.

 ESTE SILENCIO

No te fíes de este silencio. Es mi manera de gritar que te necesito, que he perdido, por momentos, el paraíso que es quererte. A voces te lo grito, como siempre, con este silencio tan ajeno.

 A MEDIANOCHE

A medianoche vienen los pájaros y me sacan de tu sueño. Del mío también te escapas como quien roba lo más preciado. Me dejas pobre, desvalido, ennanecido.

(De Cuando baja la marea, inédito)

EL CENTRO DEL MUNDO

galloSiempre se esforzaba el niño por aprender. Buscaba libros del hermano y los leía con delectación, sobre todo los poemas y las narraciones. En la escuela era buen alumno. Y así seguiría algunos años. Luego siempre seguiría aprendiendo. Pero se pregunta ahora si realmente ha aprendido tanto, si mereció y merece la pena, si todo lo que hay que saber no lo sabía ya desde muy pronto, que el tiempo nos alcanza y ya no nos suelta en la vida, si no es para herirnos o matarnos, que la nostalgia pesa más que la esperanza y que un niño siempre es lo más sabio de este mundo, que cada vez que le da al balón el mundo a sus pies, a su antojo, y cuando lanza el trompo, siempre acierta, como dijo un poeta, Octavio Paz, en el centro del mundo, justo en el mismito dentro del mundo.

 EL ARADO

Padre, ya has cumplido los ochenta. Un bastón es tu apoyo. Pero hubo un tiempo en que estabas unido a la tierra. Y al arado. Has sido de los últimos en ser carne de yugo, esclavo del arado. Me da dolor este recuerdo, pues escasa era la paga y agotador el trabajo. Tanto para tan poco. O para nada. Pero a la vez te destaco sobre el paisaje, y te admiro, viva estampa de un  hombre de siglos sobre el arado, cuerpo a cuerpo con la tierra, el alma en el surco, en épica humilde y pobre pero a la vez heroica y digna. Mucho peor ha sido el arado implacable del tiempo, que ha trocado el noble instrumento por el lastimoso bastón.

CAMINOS DE TIZA

Los días de verano pasaban lentos y a menudo taciturnos. El tiempo entonces, en la lejana niñez, era un dilatado camino de sol y siestas ajenas, pues el niño nunca dormía de tres a cinco. Eran las horas sagradas de la siesta. Las calles eran el infierno y todo parecía aletargado, dormido, ausente. Tan sólo el niño permanecía despierto en la casa. Llenaba entonces las horas con juegos inventados. Con una tiza blanca trazaba caminos luminosos y emocionantes por el suelo de la cocina, dejando un rastro en las baldosas. Con coches y camiones de juguete, pequeños, divinos, también maravillosos, como todo en la sombra a esas horas de quietud y silencio, de ausencia de todo menos del tiempo pasando insomne y vigilante, circulaba por los caminos de tiza. Era feliz el niño entonces.

BARRO

Qué alegría para los niños si la tarde anterior había llovido y era sábado. Teníamos toda la mañana para jugar con el barro, del que está hecho el hombre y parte de nuestra infancia. Saltábamos sobre los charcos con las botas de agua. Hacíamos con las manos bolas de barro, que luego dejábamos secar para jugar con ellas a las canicas. Con una lima, jugábamos sobre la tierra húmeda. Cuando lográbamos clavarla desde lejos, creíamos que la vida nos sonreía como nunca. Esos días el mundo que recuerdo está hecho de barro, de charcos, de botas de agua, de la lima. Con la humedad de mis palabras intento devolverles un nuevo aliento, vida nueva y eterna.

EL LEBRILLO

Visito el chalet de mi hermano. En el huerto hay un lebrillo. Me dice que es el que tenían nuestros padres en la casa del pueblo. Se lo ha quedado para sembrar o para decorar, algo así.

En un momento lo reconozco y pasa una película ante mis ojos, unas escenas que sólo yo conservo en mi memoria, unos recuerdos -del lebrillo- que sólo a mí pertenecen y que desaparecerán conmigo. Seguirá tal vez aún el lebrillo ahí, o en otro lugar, pero ya no será el mismo lebrillo. No lo es ya. En ese lebrillo (en realidad, como digo, en el otro, en el que recuerdo emocionado) han tenido lugar algunos de los mejores momentos de mi niñez. Mi madre lo usaba para lavar la ropa, pero también servía para bañarnos. Desnudo, me metía en el agua tibia y entonces no había nadie tan feliz en el mundo. Daba saltos, me lavaba, salpicaba, me revolcaba, era la gloria para aquel niño que ya no existe, en aquel lebrillo que aún existe, como el niño, pero que ya no existe. Es así, y no es tan raro o misterioso. Cuando pasaba un buen rato, volvía mamá para sacarme del agua, la que quedaba, sucia y alborotada. Me envolvía en una toalla y en brazos me alzaba y me subía en una silla. Cuando hablan del cielo y de la dicha, de un mundo feliz, posiblemente es un momento como éste: tú, un niño, limpio y protegido en los brazos de la madre, que te seca y viste tras el baño. La felicidad. La felicidad. La felicidad.

(De El centro del mundo, inédito)

LAS COSAS SORPRENDIDAS

A mi hija Mariángeles, cuando niña…

Apenas once meses. El mundo se le ofrece virgen y misterio­so, como una adivinanza. Recién creada para ella, la vida es un continuo descubrimien­to, un gozoso encuentro.

Las cosas se sienten sorprendidas a sus ojos, a sus manos. Permanecen inmóviles a su alrededor, expectantes, ansiosas de ser descubiertas por la mirada inocente o el tacto virginal.

La niña se mueve vacilante entre ellas, ebria de curiosidad. Las toca, las tira, las acaricia, las golpea, las arrastra, las lleva a su boca, las toma en su mano, las llama con gritos primitivos, les sonríe, les chilla, les canta, las mira, las chupa, les llora, las busca, las persigue, las esconde, las venera… las cosas se dejan hacer, satisfechas de ser tan útiles, de enseñar formas cotidianas de la vida, felices como nunca de ser redescu­biertas.

LAS COSAS, LUEGO

Los niños descubren las cosas y los hombres las olvidan durante años. Un buen día vuelven a ser niños y recuerdan aquello que descubrieron en su paraíso: el juguete roto, la media azul, el tirachinas, los primeros libros, aquel amor, los tirabuzones, la tiza, el tiempo…

Las cosas le sirven de puente. Apoya sus manos en ellas, le ayudan a estar en el mundo. Más adelante, volverá a necesitar­las. Pero entonces ya no irá descubriendo a cada paso. Serán las cosas las que a ella la descubran, como un objeto inservible o un corazón cansado de estar entre las cosas que hace mucho tiempo fue perdiendo.

LA MEDIDA

Qué torpes las cosas cuando van a su encuentro. Ondean su orgullo más allá del roce de sus manos, casi donde sus ojos no alcanzan. No saben que sólo su estatura señala la curiosidad verdadera, la perfecta ignorancia de la niñez. Sólo las cosas que a sus dedos se ofrecen alcanzan la gloria del eterno descubri­miento, de saberse de nuevo creadas por un dios infantil.

EL NOMBRE DE LAS COSAS

Poco a poco conoce el nombre de las cosas. Y aprende que el teléfono es el teléfono; la muñeca, la muñeca; y Daniel, el hermano. Sólo alguna vez se equivoca, y llama mesa a la silla y trae el reloj si digo libro. Qué aleteo entonces el de las cosas, en sus manos, ofreciéndomelas, con un nombre distinto, como en juego perverso. Hermosa equivocación si de su candidez procede.

EN SUS OJOS

A sus ojos me asomo por ver el tiempo recién estrenado. Las cosas apenas conocidas, casi sin roce, que guardan aún, en ellos, todo su esplendor, toda la alborada posible.

Aún la sombra no existe en sus ojos. Por eso las cosas parecen nuevas, con un indefinible latir primero. Ahí están, a salvo del polvo y la tristeza de la edad.

EL MUNDO

    Qué extenso el mundo. No tiene límite a nuestros ojos el reino de las cosas. Sin embargo, todo se reduce a ella, la niña chica. Si la abrazo, al mundo entero estrecho entre mis brazos. Perderla sería perder el mundo, pues, siendo tan vasto, tanta su luz, todo se reduce a ella.

                    DEL MEJOR BARRO

Quisiera que siempre fuera así. Hecha de la mejor lumbre y del amor más codiciado. Porque llega un tiempo en que todo se apaga, la candidez del niño y la pasión del adolescente. Y sólo nos queda en la memoria la frágil ventura de recordar los días en que el mejor barro nos conformaba.

                    CRECIENDO

Irá creciendo. Las cosas se harán más pequeñas ante sus ojos, perdiendo la luz del asombro. Y echarán de menos el tiempo niño en que ella preguntaba por su nombres. Con los años, las cosas ya no serán las mismas. La niebla de los días sucesivos habrá puesto un velo de indiferencia en los ojos de aquella niña. Y las cosas, sin perder su nombre, habrán perdido su magia.

LA TRISTEZA

 Hay veces en que la tristeza puede conmigo. Pierden el brillo mis ojos y siento las manos vacías. Entonces llega ella. Me interrumpe la tristeza y lo agradezco. Su peluche, su muñeca me devuelven la paz. Luego se va, pero me deja un juguete en las manos. Y en mis ojos comienza a subir otra luz.

                    LO MEJOR DE ESTOS DÍAS

De estos días, mi pequeña, tú eres lo mejor. Pronto crecerás y este gozo de ahora no será más que una huella en alguna fotografía y una hermosa página de la memoria.

Sólo la estatura de tus dos años marca la cima de mi plenitud. Lo demás es mísera ocupación, inútil vanagloria. Cuando pasen los días de la inocencia, será hora de escalar otra dicha. Pero nunca olvidaré el descubrimiento de este tiempo.

(De Las cosas sorprendidas, inédito)

Yo pensé que me moría,
en un cuarto oscuro entré,
tus ojos fueron mi guía.

Por un camino mu estrecho
yo voy pasando mis días,
si por el ancho yo fuera
yo nunca me quejaría.

Nadie sabe lo que es sufrir
hasta sufrir por su mare
lo que ella sufre por ti.

(Coplas flamencas inéditas)

Cincuenta Años de Gallo de Vidrio

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