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Hacia dónde sopla el viento

Hacia dónde sopla el viento
Oscar Sanchez
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Hacia dónde sopla el viento

Óscar Sánchez Vadillo, Volutas filosóficas, Kiros Ediciones
Desorientación. Todas las seguridades que Europa albergaba en su cultura como brújula de orientación ideológica han sido suspendidas después de la Segunda Guerra Mundial. El silencio de los rifles sin munición ha invitado a repensar, en un escenario destruido tras los bombardeos, unos enunciados que creíamos escritos en piedra. El gatillo siempre ha sido pulsado por el ser humano, aunque antes desplazara esa responsabilidad al más allá. La diferencia es que ahora son más las cautelas, y no las seguridades, las que impiden (y no facilitan) el flujo de la palabra.
Esta desorientación, que hunde sus raíces en el agotamiento de las verdades del pasado y que se extiende hasta las consecuencias que alcanzan nuestro presente, está disputada por aquello que hemos denominado «posverdad». Son numerosos los expertos que se muestran escépticos ante este fenómeno. Pero olvidan que la verdad no se ha acabado, sino que nunca se dio. Y, recogiendo el nihilismo positivo al que nos invita Nietzsche, lo que nos toca es cartografiar sabiendo que lo verdadero no son más que acuerdos convencionales condicionados por lenguas, historias, costumbres, ideologías y fenómenos de poder. Si ya estamos descreídos de los grandes relatos, habremos de asumir verdades complejas, difractadas, parciales y convencionales. Y estas volutas que nos ofrece Óscar Sánchez Vadillo son iluminadoras al respecto.
La voluta es la espiral de humo que asciende y se deshace antes de que uno alcance a fijarla. El libro, dedicado a la memoria de un padre «compañero de barra», conserva mucho de esa sobremesa en el bar: una sobremesa en la que se dan cita Aristóteles y Spinoza, pero también el reguetón o el spinner del hijo pequeño. Una charla en retazos, fragmentos hilvanados con una inteligencia fina. Y lo que esas volutas piensan, una y otra vez, es la verdad. «No tenemos vía directa a la verdad», escribe el autor, «precisamos de un imaginario, y la falsedad no es más que fingir que tal intermediación no existe» (1326). La verdad es «algo mestizo entre la cosa y nuestro uso de ella», de suerte que las propiedades de la Luna no son por sí mismas ni verdad ni mentira (1105); y hablar hoy de «un mundo con reglas» supone aceptar que pactos y consensos son «reglas y no verdades positivas o universales» (1402). Por eso le resulta extraño que, un siglo después de Nietzsche y de Freud, despertemos con la posverdad y «nos hagamos encima los sorprendidos» (467).
No se confunda esto con la indiferencia del relativista. Hay posturas mejor fundadas que otras, pero se demuestran superiores en la argumentación y no en la afirmación tajante: «Para afirmación tajante ya está la violencia» (78). Para quien escribe estas líneas, ésta es la lección más valiosa del libro: si la verdad nunca se dio, nos resta abrirnos al otro en la negociación (1103) y mantener viva una controversia en la que, cuando convengamos, nos avalen buenas razones. El nihilismo es hoy, en sus palabras, «conciencia de la contingencia llevada hasta el final» (808), y Sánchez Vadillo la lleva hasta el final sin que le tiemble el pulso: aquí las cautelas no detienen la palabra. No todas las volutas convencerán, y con muchas querrá uno discutir hasta la hora del cierre; pero eso es, precisamente, lo que cabe pedirle a un libro así.
Una voluta no señala el norte, pero muestra hacia dónde sopla el viento; y para quien ha perdido la brújula, eso ya es orientarse. No me parece casual que el libro se despida reescribiendo a Keats: donde el poeta igualaba belleza y verdad, Sánchez Vadillo deja una tarea, la de «ganarse a diario que los pájaros canten cada mañana» (1500). Lo verdadero, al fin, como aquello que hay que ganarse cada día.
Iván Ballesteros Burgo
Imagen portada: openai
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