DON QUIJOTE CONTRA LOS MODERNOS ENDRIAGOS

DON QUIJOTE CONTRA LOS MODERNOS ENDRIAGOS

Luz Cultural

“DON QUIJOTE CONTRA LOS MODERNOS ENDRIAGOS”

CAIMACÁN

12 Relatos Fantásticos

    Después de abandonar el Palacio de los Duques y reunirse con su espabilado escudero Sancho Panza, el Caballero de la Triste Figura decidió que fuera Rocinante, como al principio, quien decidiera el rumbo, y quiso Dios, el azar, el destino o el deseo del noble animal, que hombres y bestias tomaran el camino que conduce al Peñón de Gibraltar. Entonces Sancho recordó un extraño sueño y le comentó a Don Quijote:

-Mi Señor, hace unas noches, aún en tierras del Reino de Aragón, soñé la cosa más extraña que pueda soñarse… que los herejes ingleses estaban apoderados del Peñón de Gibraltar y decían que era parte de la Inglaterra.

    Echóse a reír a carcajadas Don Quijote y le dijo, después de un rato:

-Solo a vos, que no tenéis ni una pizca de sal en la mollera, puede ocurrirle soñar tan grande disparate, Sancho. Para que tal imposible aconteciere, sería preciso primero, que no existiera ni un solo Caballero Andante en toda España, que se secara toda la Mar Océana y los hombres volaran como pájaros. Y os aconsejo Sancho, no repitáis a nadie tal sueño de locura y desvarío, porque podría acontecer que os tomaran por loco, pues es propio de locos decir, hacer y soñar locuras. Y continuaron cabalgando, aunque Sancho quedó cabizbajo y entre sí pensó que no oyó nunca de alguien que pudiera soñar a voluntad y siempre había creído que los sueños eran tan libres como el viento.

    Avanzaban con calma, libres de toda prisa, cuando divisaron la costa mediterránea, ya en Andalucía, y sufrieron una especie de tormenta de arena, mezclada en fuertes vientos con lluvia y salpicada de aguas marinas con abundantes rayos y truenos, que asustaron a bestias y hombres. Al cesar el extraño y rápido fenómeno, y disiparse la húmeda nube de polvo y arena, se hizo visible para nuestros atemorizados caballero y escudero, un extraño enjambre de peregrinos del mar, que descendían con premura de varias embarcaciones atestadas y en peligro de zozobrar. Por la nocturnidad, aunque bastante atenuada por la luna llena, no  podían apreciar aún con precisión la identidad de la extraña y alegre multitud, que gritaba feliz de tocar tierra, se ponía de rodillas y la besaba o dirigía sus brazos y plegarias al cielo, en señal de gratitud por haber escapado de un eventual y mortal naufragio. Hacia ellos se dirigió nuestra andante pareja, cuando Sancho gritó más acobardado y sobresaltado que minutos antes, al ver los terribles rayos y escuchar los ensordecedores truenos:

-¡Nos invaden los muslimes de toda alianza, mi señor Don Quijote! ¡Debemos correr a dar aviso a los oficiales del Rey, para llamar al arma a todos los cristianos de ésta comarca y de toda España, que parece que ésta gente de guerra es parte de una avanzada de un grande ejército enemigo, mí señor!- exclamó alarmado.

-¡No seáis tan apocado Sancho, que gente de guerra no es! ¡Y de serlo mi fuerte brazo bastaría para ponerles en fuga o hacerles morder el polvo de la derrota, aunque se tratase de un ejército más grande que el ejército que trajo Aníbal de Cartago, pero no es así, temeroso Sancho!- replicó enérgico Don Quijote- ¿Acaso no véis las muchas mujeres y niños que forman la mitad o más de la multitud que os espanta? Son tristes reliquias de alguna ciudad destruida en guerra, como Troya por los fieros griegos, o víctimas de algún terrible endriago aliado de algún malvado mago encantador.

-Sea como sea, mi señor, lo prudente es regresar a dar aviso, que esa es mucha gente y no sabemos de cierto quiénes son, de dónde vienen y qué buscan aquí, que no son cristianos y eso es evidente por sus vestidos y colores, que allí, más que moros, aceitunados y cobrizos, veo muchos negros- acotó Sancho.

-Moros, negros, tártaros o quien quiera sean ellos Sancho, son hombres y por esto nuestros hermanos en Dios, y Dios no hace distinciones y por esto nadie debe hacerlas, que todos los hombres fuimos creados por Dios a su imagen y semejanza, y por esto Sancho, los sabios del mundo saben que Dios es de todos los colores y habla todas las lenguas- explicó con sencillez Don Quijote.

-Y a las mujeres también las hizo Dios, de una costilla de Adán y por eso deben eterna obediencia a los hombres, como bien recuerdo dice el cura del pueblo- dijo Sancho, presuntuoso de su buena memoria y sus saberes.

-¡No seáis mentecato Sancho! ¡Y ya no digáis más disparates! ¿No entendéis que Dios habla en parábolas? La costilla de Adán significa que todo hombre está incompleto sin una mujer, no que la mujer sea cosa que pertenezca a un hombre o le deba servil obediencia, que Dios creó a hombres y mujeres libres e iguales en derechos, como hijos de Dios que son y siempre han sido ¿O ignoráis que Doña Isabel de Castilla fue nuestra Reina Católica y la Marquesa Doña Isabel Barreto, Adelantada y Descubridora de las Islas Marquesas en el Océano Pacífico, fue nuestra primera Almirante?- le corrigió Don Quijote.

-Lo ignoraba mi señor, como ignoro leer y escribir. Aunque bien podría Dios dejarse de peróbalas y hablar claro y seco, que al pan pan y al vino vino, y así sería todo más sencillo y nos evitaríamos pendencias, que no entiendo las ganas de complicarlo todo y mire como estamos- dijo rezongando el regañado Sancho.

-Dices bien Sancho y tan pronto pueda le diré vuestras recomendaciones al mismo Papa que está en Roma- le respondió festivo Don Quijote- Ahora acerquémonos a éstas gentes por si necesitan mi defensa y auxilio.

    Dicho esto apresuraron el paso y pronto se encontraron frente a una multitud de casi medio millar de asombrados migrantes en busca de vida y asilo en España o en cualquier otra nación de Europa. Llegaban desde África, Asia y América Latina. Eran latinoamericanos, árabes, negros, beduinos y gentes de otros muchos lugares; hombres, mujeres y niños de distintos países, colores, idiomas y religiones, con la común esperanza de salvar sus vidas y tener un futuro en una sociedad civilizada, democrática y respetuosa de los Derechos Humanos. Huían de guerras, matanzas, esclavitud, hambrunas, violencias, discriminación, o de crueles Dictaduras de tiranuelos o fanáticos políticos o religiosos. Eran emigrantes en éxodo en el siglo 21, quienes se encontraron súbitamente con un fantástico Caballero Andante del siglo 17 y su escudero, y cuya mayor preocupación era no ser denunciados ante la policía migratoria. Muchos no hablaban español aunque casi todos sabían quiénes eran Don Quijote y Sancho Panza. Los hispanoamericanos eran, paradójicamente, quienes menos entendían lo que sucedía. Mal momento para aparecerse dos actores o dos locos disfrazados de Don Quijote y Sancho, pensaron muchos.

    Don Quijote preguntó a varios de los hispanohablantes y sacó en limpio que eran extranjeros en busca de refugio, a excepción de los muchos cristianos de las Indias, súbditos del Rey con plenos derechos a mudarse y vivir en España por ser también españoles, aunque todos temían a la Santa Hermandad y a los Ejércitos del Rey, pero más temían a los pavorosos endriagos y diabólicos encantadores de quienes huían, dejando atrás sus casas, bienes y querencias, raíces, tierras, ríos, mares, cielos y amigos; sus patrias arrebatadas por tan maléficos seres infernales. Creyó Don Quijote necesario desfacer tales tuertos, más que en partes de las Indias existían diabólicos endriagos y magos encantadores usurpando el Real Gobierno, y se dirigió a la multitud expectante desde la altura de su propia cabalgadura, desde la silla de su flaco Rocinante,  y con voz grave, bien timbrada y sonora, les dirigió éste corto discurso:

    “Pobres buenas gentes llegadas de la mar en busca de refugio y cobijo: Yo soy El Caballero de los Leones, Don Quijote de La Mancha, Caballero Andante y Paladín de España y en su nombre y en nombre de mi Señora Dulcinea del Toboso, os doy la bienvenida a éstas tierras que son España y os concedo asilo, protección y auxilio. Os doy fraternal y completo refugio.  No tengáis miedo de la Santa Hermandad ni de los Ejércitos del Rey, que vosotros llamáis Migración, Policía, Guardia Civil o como queráis llamar a quienes sirven a la Corona, que mis fueros y facultades de Caballero Andante me autorizan a daros mí protección y nuestro Rey así lo ampara y amparará en virtud de las Sagradas Leyes de la Caballería Andante. Mi protección la extiendo a todos vosotros, hombres, mujeres y niños, de toda edad, color y condición, seáis creyentes de Dios único y verdadero o aún viváis en el error, es decir, seáis cristianos, judíos, musulmanes o paganos de las Indias o del África o de la Tartaria, de Trapisonda, la Cólquida, la China, las Antípodas o de cualquiera otra región del mundo, que todos somos hijos de Dios y es mi deber de Caballero Andante cumplir con sus mandatos de Justicia Divina sobre cualquier ley solamente humana, por tanto, de ahora en adelante todos sóis libres e iguales sin importar sí en vuestros reinos de origen eráis esclavos o siervos. Y como es necesario acabar con el mal en su nido, viendo que sóis gente débil, pacífica e indefensa, y merecéis  mi protección por muy sufrida, cumpliendo con mis deberes de Caballero Andante, de proteger y dar amparo a los débiles, viudas, huérfanos, mujeres, niños y ancianos, a los hambrientos, menesterosos, esclavizados, oprimidos y a los injustamente perseguidos, os manifiesto mí resolución inquebrantable de viajar a cada uno de los reinos extranjeros de donde provenís y a los Reinos de las Indias afectados, que son parte de la Corona de España y los indianos que hay entre vosotros sóis por tanto españoles y no extranjeros y estáis aquí en casa propia; para, con mi fuerte brazo y mi espada irrefutable, acabar con la caterva de endemoniados endriagos, malignos magos encantadores, de crueles bellacos, jayanes y malandrines que usurpan vuestros desdichados reinos y repúblicas, conforme a las noticias que vosotros mismos me habéis comunicado. Extirparé con el acero toledano de mis invencibles lanza y mortal espada, a los infernales endriagos, soberbios jayanes y maléficos encantadores que ejercen tan infames yugos con títulos de Dictadores, Líderes Supremos, Presidentes, Primeros Ministros, Premieres, Secretarios del Partido, Caudillos, Caciques, Gamonales, Caimacanes, sean eternos, vitalicios, perpetuos, provisionales o temporales, o como quieran llamarse, apodarse o mentarse los monstruosos bellacos, malandrines  y canallas.  Nada podrán en mi contra los viles delincuentes, asoladores de campos y ciudades, que llamáis ladrones del Tesoro Público, ni los esbirros, mercenarios y verdugos disfrazados de jueces, policías o soldados, ni los asesinos, torturadores, charlatanes y demagogos. Mi afilada y templada espada dará cuenta de todos ellos, aunque fueran más temibles y perversos que los Treinta Tiranos de Atenas y dieran uso, los felones, de sus armas, artimañas, trampas, engaños y patrañas. No dejaré títere con cabeza y allí está Maese Pedro como testigo verdadero de mi constante conducta. Cuando vuestros reinos o repúblicas estén libres de la oprobiosa y ruin canalla y muertos los abominables tiranos y castigados sus viles secuaces, vosotros decidiréis sí regresaréis o no a la tierra de vuestros padres o adoptaréis una nueva patria para vosotros y vuestros hijos. Solo os pido a cambio de ésta portentosa hazaña que doy por hecha y cumplida, que en la primera oportunidad que se os presente, satisfechas vuestras necesidades de pan, techo y abrigo, os presentéis ante mi Señora Dulcinea del Toboso y le agradezcáis el bien que hoy os hago en su bello nombre y en honor de España y le informéis de mi temporal ausencia. Y siendo hoy martes y partiendo ahora mismo por la misma mar que os trajo a vosotros a España, que os recibe con fraternidad cristiana y como legítimos hijos a quienes sóis indianos, que es decir españoles de las Indias de la Mar Océana, éste domingo os pido dirijáis una plegaria en mí nombre al Altísimo, a Dios Todopoderoso, quien es sólo uno sin importar como lo nombréis, para que me conceda la victoria sobre cada uno de los fementidos bellacos que mandaré de regreso al infierno o me conceda digna muerte en batalla, porque escrito está que regresaré triunfante con mi espada invicta, implacable y justiciera o mi sepultura estará en las Indias españolas o en tierra extranjera”.

    Todos los emigrados lo miraban con curiosidad y asombro y guardaron silencio ante la solemnidad de sus palabras, incluso quienes no hablaban español, porque sintieron la embargante emoción del momento, menos Sancho, quien ansioso y preocupado preguntó:

-¿Y yo, mi Señor Don Quijote, debo ir también en ese largo y peligroso viaje a tierras desconocidas y contra tantos enemigos malvados y poderosos?

-Los Caballeros Andantes batallamos, no contamos a los enemigos, Sancho. Yo enfrentaré todos los peligros, cualesquiera sean éstos. Y vos sólo cargaréis mi escudo y mis armas cuando fuere menester- le respondió impasible Don Quijote.

-¡Pero mi Señor, con tantos enemigos es ir a una muerte segura!- replicó Sancho.

-¡Segura no, casi segura, y por la diferencia me doy por vencedor!- dijo aún impasible Don Quijote. Y agregó:

-Sancho, cuando la gravedad del mal nos impone luchar, no importa vivir o morir, lo importante es luchar, y yo debo luchar por ellos, porque soy fuerte, valeroso, diestro en las armas y aguerrido y entra en mis deberes de Caballero Andante. Y ellos son muy débiles y no pueden aplicar el justo remedio, o no saben que ante tales monstruos el mejor remedio es la implacable espada. Y los bellacos, además, están mancillando en las Indias las glorias de España. Aunque debo reconocer Sancho, que cuento con todas las ventajas y venceré de seguro, porque tengo fe en Dios, la causa es justa y mi señora Dulcinea del Toboso me inspira y hace invencible mi brazo. En todo caso Sancho, morir nos toca a todos- agregó Don Quijote y marchó impertérrito a embarcarse con Rocinante y sus armas en una de las frágiles y extrañas embarcaciones que trajeron a los migrantes. Sancho dejó de pensar y lo siguió, porque no podía dejarlo partir sólo. Además, en caso necesario, se aseguraría que Don Quijote, quien tanto ama a España, tenga sepultura en su sagrado suelo, o serían dos los sepulcros en tierra extranjera. Y mientras surcaba las olas la embarcación que abordaron caballero y escudero, una gruesa bruma los cubrió y se desvaneció con todos sus ocupantes, hombres y bestias, y todo aconteció en pocos segundos, ante los ojos desmesurados de todos los cientos que en la playa estaban. Los emigrados que no hablaban español observaron la escena atónitos, estupefactos. Los que hablaban la lengua de Cervantes miraron maravillados y se preguntaron, desconcertados, cómo fue posible que dos grandes personajes literarios del siglo 17 creados por el genial Miguel de Cervantes y protagonistas de la mejor novela del mundo, los recibieran en una playa de España en una noche ignota del siglo 21, después de una larga, precaria, clandestina y peligrosa travesía. Y después desaparecieron como por arte de encantadores.

Mario Raimundo Caimacán

 

Image by javier alamo from Pixabay

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Mario Raimundo Caimacán
Mario Raimundo Caimacán
3 months ago

Hace muchos años, cuando cumplí doce años de edad, mi abuelo, allá en la Villa del Rosario de Mataztlán, en Costromo, me regaló un ejemplar del Quijote (las dos novelas geniales de Miguel de Cervantes: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, 1605, y El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, 1615, publicadas en un mismo volumen) y desde entonces disfruto su lectura. Tengo años estudiándolo, conociéndolo, reflexionando sobre El Quijote y éste cuento, “Don Quijote contra los Modernos Endriagos”, que forma parte de mi libro “12 Relatos Fantásticos”, que publiqué en el año 2023 (disponible en Amazon) es fruto de esas lecturas y de mis años. El relato toca un tema de actualidad (en ésto está inscrito también en la tradición cervantista porque en El Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha su genial autor escribió sobre la expulsión de los moriscos de 1609 y los bandoleros que existían en Cataluña en su época) como es el fenómeno de las migraciones masivas a Europa y Estados Unidos de millones de personas que huyen de la miseria y el hambre o de terribles dictaduras o de guerras y otros flagelos que azotan sus desdichadas patrias, e imaginé qué haría Don Quijote, El Caballero de la Triste Figura y Caballero de los Leones, el imaginario y mejor Caballero Andante de España y del mundo con corazón de oro, y escribí éste cuento, y espero que muchas personas puedan leerlo en éstos tiempos duros olvidados de Dios y con tan poca solidaridad humana. Y espero que esa deseada lectura pueda ser útil, que cumpla con las dos aspiraciones de la lectura perfecta según Cervantes: Entretener y educar. Pienso que Don Quijote es radical en algunos temas, que busca la raíz de las cosas, y en el tema de las migraciones masivas, de los éxodos del hambre o por la libertad, sería justicieramente radical. Por ésta convicción escribí “Don Quijote contra los Modernos Endriagos” y espero que puedan leerlo todos, no solo quienes tenemos la fortuna de hablar la lengua de Cervantes, y por ésto lo estoy traduciendo, además de al inglés y al italiano (“12 Relatos Fantásticos” está disponible en éstos dos idiomas en Amazon), al portugués, al catalán, al gallego, al euskera, al filipino, al francés, al alemán, al griego y al latín, a ver sí también lo lean en El Vaticano y más aún tantos frailes, misioneros y curas regados por el mundo dedicados al voluntariado en favor de los pobres y desamparados. Quiera Dios que también lo lean los gobernantes y poderosos, y que Dios, la Virgen y el Quijote mediante, les toque el entendimiento, porque ésta terrible tragedia humana ya debió tocarles el corazón (cuando lo tienen).

Mario Raimundo Caimacán, autor de “Don Quijote contra los Modernos Endriagos”

Mario Raimundo Caimacán
Mario Raimundo Caimacán
3 months ago

Deseando que todos puedan leer mi relato “Don Quijote contra los Modernos Endriagos” estoy remitiendo su texto, para su publicación gratuita, a revistas literarias, publicaciones culturales, diarios, bibliotecas virtuales, asociaciones de cervantistas e hispanistas, centros y asociaciones culturales y muchos otros medios de comunicación en la Internet. Y espero que su lectura pueda tener algún efecto positivo para los migrantes.

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