Antes del Porvenir

Antes del porvenir
Jose Cenizo Jiménez
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Antes del porvenir

Todo lo que de puro y noble y bueno buscamos en la vida, ya lo ha tenido el niño. De ahí en adelante todo será mancha y pérdida. El valor de estas estampas consiste en algo de extrema dificultad: devolvernos el mundo a partir de aquella mirada asombrada, intacta y limpia. No es fácil conseguirlo. Hay que evitar eso tan tentador que son los alardes estilísticos, hay que escribir restando, depurando. Evitar que los recuerdos se conviertan en fabulación, invención o ensoñación. No empañar con florituras aquella mirada nueva, adánica. Y José Cenizo ha obrado el prodigio.

Antes del porvenirEl pueblo de estas páginas, Paradas, es un pueblo de la campiña sevillana cuyos días transcurren en los años 60 y 70 del pasado siglo. Y aunque en este 2024 la realidad de sus calles y costumbres ya es otra y otros los ojos que la miran, estas evocaciones mantienen una vigencia intemporal. Qué importa que la realidad y los ojos sean otros, si en la mirada de los niños de hoy permanecen iguales e intactos el asombro, la fascinación, los miedos, la alegría.

De las faenas manuales del campo, hoy desaparecidas en casi su totalidad, no se evoca la dureza que pudieron suponer para el muchacho, sino lo que de belleza o juego ha guardado su memoria:

“la delicada entrega del algodón en capullos suaves”, “ayudaba a su padre a desgranar las mazorcas en las eras (…). Esta faena no le disgustaba. Era dura, pero tenía algo especial, de compartir una extraña mezcla de trabajo y juego”.

Hay algo muy vivo e inagotable en estos textos, algo que cifra el autor en dos palabras, dos palabras que remiten a esa fuente de pureza inmortal con que inauguramos la visión del mundo: “origen y eternidad”.

Muestra de la inicial fascinación con que nos sobrecoge el mundo eran los miedos vividos con una mezcla de huida y atracción hipnótica: “Al niño el viento le parecía un monstruo (…) con una coreografía alocada, imprevisible, pero hermosa y atrayente, hipnótica”.

Algo de gota de ámbar, de atmósfera fantasmagórica, tienen estas páginas, capaces de guardar y salvar, de dejar inmutable lo que a un mismo tiempo cambia y permanece: “La plaza no ha cambiado, su fuente canta la misma canción, los padres aún están, el niño te mira junto a otros niños de entonces. Nadie crece”.

A veces, como en “El Palomar”, presente y pasado se superponen en un mismo espacio que fue idílico, y vuelve a serlo desde la rememoración y la celebración en el presente: “Es un paraíso. Una aldea de huertas y frutales a pocos kilómetros del pueblo. Allí volvimos para un encuentro con amigos de toda la vida…”.

En esa reflexión metapoética de “Los días en el pueblo”, en la que el autor se cuestiona el sentido y la validez de estas estampas, hallamos las palabras silencio, olvido, mentira, perdido, pero si algo

acaban siendo estos textos son la prueba de que unas palabras escritas desde la evocación emocionada, sin reelaboraciones literarias, desde la inocencia del niño, sí vencen al olvido para dejarnos el testimonio de algo muy limpio y verdadero. Será justamente en el siguiente texto, “Barro”, donde Cenizo, en unas palabras de resonancia evangélica, nos deja manifiesta su intención, que habrá de cumplirse con elevado acierto: “… intento devolverles un nuevo aliento, vida nueva y eterna”.

Algunos textos especialmente vívidos, de sobrecogida emoción, son aquellos en que el tiempo no se rememora, sino que aparece transfigurado en el presente. Algo así como un tiempo circular, que se sucede eternamente, aquí y ahora y siempre: “Madre, mis botas de goma, que me esperan mis amigos en la calle, bajo la lluvia. Gracias, madre, ya salgo”.

Antes del porvenir logra ser justamente un libro donde el tiempo se remansa, se aquieta, no nos toma, no nos alcanza, a salvo ya, entre la poesía de estas páginas, tantos lugares que fueron un rincón del paraíso (el soberao, el corral, las eras, el cine de verano, el Calvario, el Palomar, la resbaleta del Porche), los ritos que creaban la ilusión del tiempo repetido, eterno, sagrado, circular (la Semana Santa, la Navidad, los Reyes Magos), los juegos para aprender a perder o volver a veces a casa victoriosos (los futbolines, las canicas, los cromos, el trompo), los frutos de la tierra (las moreras, la sandía, los tostones), los vecinos que nos fueron dejando (Olga, la Pastora, Miguel Vargas, Carmen la del Mocito, doña Rosario). Ya todo en calma. Aquietado el dolor, recobrada la música del tiempo.

Transcurren las palabras que te esperan sin estridencias, con la mejor literatura, esa que se vuelve invisible de tan buena, con el

tono entrañado de una charla entre amigos que se dieron la espalda y ahora se reencuentran. Unidas y salvadas en el origen y en la eternidad tanta vida, tanta muerte.

Juan Peña

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