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El planeta azul que casi no conocemos
Los océanos: mundos sumergidos que esperan ser descubiertos
El océano cubre el 71% del planeta, y hemos pisado la Luna más veces de las que hemos descendido a sus profundidades. Hay más misterio a seis kilómetros bajo el agua que en el espacio exterior, algo que sorprende a cualquiera que compare los presupuestos dedicados a la exploración espacial con los que se dedican a cartografiar el fondo marino.
Solo tres personas han llegado al punto más profundo conocido, la Fosa de las Marianas, a casi 11 kilómetros bajo la superficie, donde la presión es más de mil veces la atmosférica. La primera vez fue en 1960, cuando Jacques Piccard y Don Walsh descendieron en el batiscafo Trieste, una esfera de acero de 15 centímetros de grosor. Estuvieron apenas 20 minutos en el fondo, y vieron algo que los sorprendió: vida. Un pez plano, parecido a un lenguado, nadando tranquilamente en la oscuridad total bajo una presión que aplastaría cualquier submarino convencional. Aquella inmersión demostró que la vida llega incluso donde nadie creía posible. Cincuenta y dos años pasó antes de que alguien volviera a bajar, el director James Cameron en 2012, en un sumergible de diseño propio.
Y sin embargo el océano no es un vacío silencioso: es una ciudad entera, un ecosistema tan complejo que compararlo con la tierra firme es comparar un reloj de bolsillo con una fábrica.
En la superficie parece simple, agua azul, olas, luz solar, pero es solo la corteza del fenómeno. En las primeras capas flota el fitoplancton, un bosque microscópico que produce más oxígeno que todos los árboles del planeta juntos, según buena parte de las estimaciones actuales, en torno a la mitad de todo el oxígeno atmosférico. Son invisibles a simple vista, apenas unas micras cada célula, pero en número sostienen la base de toda la vida marina, empezando la cadena trófica desde algo que ni siquiera se ve sin un microscopio.
Cada segunda bocanada de aire que respiras viene del océano. Sin esos organismos diminutos, no estaríamos aquí.
Hay corrientes que funcionan como ríos dentro del océano: la del Golfo, la de Humboldt, la de Kuroshio, transportando calor, nutrientes y larvas de peces a miles de kilómetros de distancia. La corriente del Golfo, por ejemplo, lleva agua cálida desde el Golfo de México hasta Europa occidental, y es la razón por la que ciudades como París o Londres tienen climas mucho más templados que otras a la misma latitud en Canadá o Rusia. Sin esa corriente, gran parte de Europa sería un lugar mucho más frío y hostil.
Algunas de estas corrientes tardan cientos de años en completar un ciclo entero. Una molécula de agua que se hunde en el Atlántico Norte, arrastrada por diferencias de temperatura y salinidad en lo que se llama circulación termohalina, puede tardar mil años en volver a la superficie después de recorrer prácticamente todas las cuencas oceánicas del planeta. Es un sistema de circulación global tan lento que ninguna vida humana alcanza a ver un ciclo completo, y tan poderoso que regula el clima de todo el planeta.
Las mareas son, en el fondo, una conversación entre la Luna y la Tierra: la gravedad lunar hincha el océano en el lado que mira hacia ella, la inercia crea otro bulto en el lado opuesto, y la rotación de la Tierra dentro de esos dos bultos genera las subidas y bajadas del mar, dos veces al día, como un pulso cósmico.
El Sol también participa, con menor intensidad por estar mucho más lejos, y cuando su tirón se alinea con el de la Luna, en luna nueva o luna llena, obtenemos las mareas vivas, más pronunciadas que de costumbre. Cuando se oponen, en cuarto creciente o menguante, tenemos las mareas muertas, mucho más suaves. Todo esto ocurre con una regularidad tan perfecta que los seres humanos la usamos para navegar desde hace milenios, y muchos animales marinos sincronizan sus ciclos reproductivos con ella.
La vida en las profundidades no se alimenta de luz sino de lo que cae desde arriba, cadáveres de peces, materia orgánica muerta, un fenómeno que los oceanógrafos llaman nieve marina, una lluvia constante que las bacterias descomponen, que los gusanos comen, y que los peces se comen a su vez. Todo empieza, de una forma u otra, en la luz que llegó días antes a la superficie, aunque el organismo que finalmente se beneficia de ella viva a kilómetros de distancia de cualquier rayo de sol.
En algunos puntos del fondo oceánico, donde el agua sale a más de 300 grados por fumarolas hidrotermales sin hervir gracias a la presión aplastante de esa profundidad, existen ecosistemas enteros que no dependen de la luz solar en absoluto. Bacterias capaces de obtener energía directamente de compuestos de azufre, mediante quimiosíntesis en lugar de fotosíntesis, forman la base de una cadena alimentaria que sostiene gusanos tubulares gigantes, cangrejos y almejas que nunca han visto un rayo de sol en toda su existencia.
Cuando se descubrieron estos ecosistemas en 1977, obligaron a replantear una de las asunciones más básicas de la biología: que toda la vida depende, directa o indirectamente, del Sol. Ahí abajo, ese dogma simplemente no se cumple. Fue uno de esos descubrimientos que cambian cómo ves el universo: la vida es mucho más ingeniosa y resistente de lo que imaginábamos, capaz de abrirse hueco incluso donde parece imposible.
El agua del mar es una solución de minerales: magnesio, calcio, potasio, níquel, incluso oro. Hay más oro disuelto en el océano que en toda la tierra firme extraída hasta ahora, aunque tan diluido, en concentraciones de partes por billón, que extraerlo costaría muchísimo más que el propio oro obtenido.
Los delfines tienen un sonar tan fino que pueden distinguir objetos del tamaño de una moneda a decenas de metros de distancia, incluso a través de la arena del fondo, y navegan, cazan y se comunican por sonido en un mundo donde escuchar sustituye a mirar casi por completo bajo el agua turbia. Las ballenas cantan canciones que viajan cientos de kilómetros a través del océano profundo, comunicándose entre grupos separados por distancias continentales.
El salmón nace en agua dulce, migra al mar, crece durante años en aguas abiertas, y luego regresa al río exacto donde nació, en una navegación que desafía toda explicación sencilla: quizá el magnetismo terrestre, quizá el olor y la composición química específica del agua dulce de su río natal, probablemente ambos combinados, pero la certeza de la ruta sigue siendo, en buena parte, un misterio que los biólogos siguen investigando.
Los arrecifes de coral, pese a ocupar menos de un uno por ciento de la superficie oceánica, albergan alrededor de una cuarta parte de todas las especies marinas conocidas, una densidad de vida comparable a la de una selva tropical concentrada en apenas unos metros de profundidad cerca de la costa. Son, literalmente, las ciudades más pobladas del océano, construidas pacientemente durante siglos por animales diminutos que apenas se ven a simple vista.
Somos una especie terrestre que depende por completo de un elemento que apenas dominamos. Existe un mundo tan vasto como el continental, pero bajo el agua, que casi no hemos tocado. Se calcula que todavía no hemos descubierto ni el 10% de las especies que viven en el océano.
Tuve la suerte de bucear una vez en el Mediterráneo, y la experiencia te cambia la perspectiva. Bajas diez metros y de repente estás en otro mundo: silencio, colores más intensos de lo que esperas, peces de todas las formas nadando a tu alrededor sin miedo. En ese momento entiendes de verdad que el océano no es agua vacía, es un espacio lleno de vida, denso, complejo, que funciona según sus propias reglas. Y también vi un trozo de plástico flotando entre las algas, y una botella de plástico semienterrada en la arena. El contraste fue brutal.
Destruirlos, mediante sobrepesca, acidificación o contaminación por plásticos, es una forma lenta de asfixia colectiva, y sin embargo seguimos tratándolos como si fueran infinitos, vertiendo cada año millones de toneladas de residuos que tardan siglos en degradarse, si es que llegan a hacerlo. Se estima que para 2050 habrá más plástico que peces en el océano en peso. La llamada «gran mancha de basura» del Pacífico Norte es una acumulación de microplásticos que ocupa una superficie mayor que muchos países, y que ya ha entrado en la cadena alimentaria: los peces lo comen, nosotros comemos los peces. El plástico que tiraste a la basura hace años puede terminar literalmente dentro de ti.
Los océanos no son decoración de fondo. Son el sistema de soporte vital de todo el planeta, y probablemente el ecosistema del que menos sabemos pese a ser, con diferencia, el más grande de todos. La próxima vez que mires el mar desde la orilla y veas solo agua azul, recuerda: estás mirando la superficie de un mundo entero, vasto, vivo y en gran parte todavía desconocido, que sostiene, sin que la mayoría lo piense dos veces, cada segunda bocanada de aire que respiramos.
Xavier Pardell Peña
Imagen portada: openai
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