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Tus inquilinos invisibles
Las bacterias beneficiosas: aliados que llevas dentro y encima
Hay millones de bacterias ocupando tu piel ahora mismo mientras lees esto, y no es una invasión, es más bien diplomacia: llevan ahí más tiempo que tú y probablemente sigan después, transmitidas de generación en generación desde el momento del parto. Pasamos buena parte de la vida huyendo de las bacterias, desinfectando cada superficie, eliminando lo que creemos que nos hace daño. Pero la realidad es más matizada: algunas bacterias nos están ayudando mientras dormimos, mientras comemos, mientras simplemente respiramos.
Las bacterias arrastran mala fama, culpables de la peste, responsables de infecciones, villanas de cualquier película de catástrofes. Y sí, algunas causan enfermedad, pero generalizar a partir de eso es como juzgar a toda una población por los actos de unos pocos. Son tan diversas, tan numerosas y tan especializadas, con decenas de miles de especies identificadas y probablemente muchísimas más sin descubrir, que meterlas todas en el mismo saco es simplemente injusto, científicamente hablando.
La humanidad tardó siglos en entender esto. Cuando Leeuwenhoek vio por primera vez «animálculos» bajo su microscopio en el siglo XVII, nadie sabía qué eran ni qué papel jugaban. Dos siglos después, Louis Pasteur demostró que los microorganismos causaban enfermedades y la fermentación, y la idea de las bacterias como agentes dañinos se arraigó profundamente. Tardó aún más en aceptarse que muchas de ellas eran, de hecho, necesarias para nuestra salud. Hoy sabemos que la relación es mucho más compleja: convivimos, negociamos, nos beneficiamos mutuamente.
Tu piel es un ecosistema entero, y la mayoría de las bacterias que la habitan no te hacen ningún daño, al contrario: forman una barrera viva que compite con las bacterias peligrosas por espacio y recursos, algo así como guardaespaldas microscópicos que trabajan gratis las 24 horas sin pedir nada a cambio salvo un poco de sudor y células muertas de las que alimentarse.
Cuando te lavas con jabón, mueres indiscriminadamente a todas por igual, pero las malas se recuperan más rápido que las buenas en muchos casos, y por eso una higiene demasiado agresiva a veces empeora las cosas en vez de mejorarlas, dejando el terreno libre justo para los microorganismos menos deseables. Hay un equilibrio delicado ahí, y romperlo sistemáticamente tiene consecuencias que a veces tardamos en notar.
En el intestino la cosa es todavía más llamativa: hay más bacterias en tu vientre que células en el resto de tu cuerpo, billones de ellas repartidas en miles de especies distintas, formando lo que hoy se llama microbiota intestinal. Algunas producen vitaminas que tu organismo no sabe fabricar por sí solo, como ciertas vitaminas del grupo B o la vitamina K, necesaria para que la sangre coagule bien. Otras digieren fibra que el estómago dejó a medias y la convierten en ácidos grasos de cadena corta que nutren directamente las células del colon y tienen efectos antiinflamatorios por todo el cuerpo.
Son, en la práctica, una extensión más de tu sistema digestivo, un órgano microbiano que pesa, en conjunto, más o menos lo mismo que un cerebro humano. Y no solo digieren: también entrenan a tu sistema inmunitario desde que naces, enseñándole a distinguir qué es extraño y peligroso de qué es inocuo o incluso beneficioso.
El primer contacto con estas bacterias ocurre, en condiciones normales, durante el parto vaginal. El bebé, que estéril en el útero, se baña en las bacterias del canal de parto y adquiere así su primera comunidad microbiana. Los niños nacidos por cesárea, en cambio, tienen una microbiota inicial más parecida a la de la piel de la madre y del entorno hospitalario, y varios estudios sugieren que esto podría estar asociado a un riesgo ligeramente mayor de ciertas condiciones como alergias, asma u obesidad más adelante en la vida, aunque la investigación sigue en curso. Sin esa exposición temprana a bacterias diversas, el sistema inmunitario no aprende bien su oficio y tiende a reaccionar de forma exagerada contra cosas inofensivas, como el polen o ciertos alimentos.
Hoy incluso existen terapias basadas en esta relación. Los trasplantes de microbiota fecal, que suenan desagradables pero son extremadamente efectivos, consisten en transferir bacterias de un donante sano a un paciente, y están curando infecciones recurrentes por Clostridium difficile —una bacteria que causa diarrea grave y puede ser mortal— en más del 90% de los casos, cuando los antibióticos ya no funcionan. Literalmente, se reintroduce un ecosistema sano para desplazar al patógeno.
Esto es lo que se conoce como la hipótesis de la higiene, propuesta por el epidemiólogo David Strachan a finales de los años ochenta. Observó que los niños de familias numerosas, que probablemente se contagiaban más gérmenes entre sí, tenían menos alergias y asma que los hijos únicos. La idea, refinada desde entonces, es que el contacto controlado con microorganismos durante la infancia entrena el sistema inmunitario. Un niño criado en una burbuja de asepsia suele acabar con más alergias y enfermedades autoinmunes, no menos.
Los hospitales tienen que ser estériles, sin discusión, es una cuestión de vida o muerte en ese contexto concreto, pero la casa de una persona sana no debería serlo tanto. Dejar que los niños jueguen en la tierra, tener una mascota en casa, no desinfectar cada rincón cada día: todo eso ayuda a construir un microbioma más resiliente y diverso.
Cuando comes yogur estás tomando bacterias vivas: comen lactosa, sueltan ácido láctico como residuo, y ese ácido es el que cuaja la leche al desestabilizar sus proteínas. Es la misma química exacta si la haces adrede, en cuyo caso se llama cultura, o si ocurre por accidente, en cuyo caso se llama descomposición. El chucrut, el kimchi, el miso, el kéfir, el tempeh, la cerveza, el pan, todo depende de este trabajo microscópico incansable, repetido en cocinas de todo el mundo desde hace milenios sin que nadie necesitara saber qué era exactamente una bacteria.
Uno de los descubrimientos más sorprendentes de los últimos años es hasta qué punto esa población bacteriana intestinal se comunica con el cerebro, a través de lo que se llama el eje intestino-cerebro. El nervio vago conecta directamente el sistema digestivo con estructuras cerebrales implicadas en el estado de ánimo, y buena parte de la serotonina del cuerpo, en torno a un noventa por ciento según distintas estimaciones, se produce o regula en el intestino, no en la cabeza.
No significa que las bacterias piensen por ti, ni que controlen tus decisiones. Pero sí que su composición puede influir en cómo te sientes, en tu nivel de ansiedad, incluso en cómo respondes al estrés, de una forma que la medicina apenas empezó a tomarse en serio hace poco más de una década, y que sigue siendo, en gran parte, terreno de investigación activa más que de certezas cerradas.
Los probióticos son un intento de devolver lo que hemos perdido por el camino. No son magia, a veces funcionan y a veces no, porque muchas cepas comerciales simplemente no sobreviven al ácido del estómago o no logran establecerse frente a la microbiota ya residente. Pero la lógica detrás tiene sentido: si arrasaste tu microbioma con una tanda larga de antibióticos, quizá convenga reintroducir algo de lo que se fue.
Aunque, sinceramente, la manera más efectiva de cuidar tu microbiota sigue siendo la de siempre: comer bien, variado y con fibra suficiente, no abusar de antibióticos innecesarios, dejar que el cuerpo negocie con sus propias bacterias sin interferir más de lo necesario.
Tuve una experiencia personal con esto hace unos años. Tuve una infección fuerte y el médico me recetó un antibiótico potente durante dos semanas. La infección desapareció, pero durante meses después noté mi digestión rara, gases, hinchazón, incluso cambios en mi estado de ánimo que no sabía de dónde venían. Tuve que reintroducir poco a poco alimentos fermentados, más fibra, más variedad, y tardó en volver a la normalidad. Aquella experiencia me enseñó de primera mano que esos microorganismos invisibles importan mucho más de lo que imaginaba, y que alterar su equilibrio tiene consecuencias que se notan en todo el cuerpo.
Porque eso son, en el fondo: negociantes. Han evolucionado contigo durante millones de años de coevolución, tu digestión es su casa, tu salud es su forma de sobrevivir y perpetuarse. No hay malicia en ellas, solo viven, comen, se reproducen, evolucionan, y si las dejas tranquilas, la mayoría trabaja a tu favor sin que jamás llegues a saber sus nombres.
No son invasores, son inquilinos, algunos incluso podría decirse que son socios con derechos adquiridos desde antes de que nacieras. La limpieza no equivale a esterilidad, y lo invisible que vive en ti importa tanto como lo que se ve a simple vista.
Así que la próxima vez que fermentes algo, o comas yogur, o dejes que un niño se manche jugando en la tierra, no estás siendo poco higiénico. Estás alimentando a unos aliados que llevan contigo desde mucho antes de que existieras como concepto, y que probablemente seguirán ahí, en otro cuerpo, mucho después de que tú ya no estés.
Xavier Pardell Peña
Imagen portada: openai
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