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Toulouse-Lautrec: ¿cómo convirtió la noche de París en una obra de arte?
Cabarets, prostitutas, bailarinas y carteles de colores. Henri de Toulouse-Lautrec no pintó el París que quería ser recordado, sino el que casi nadie quería mirar.
Hay una imagen de París que todos conocemos.
La Torre Eiffel.
Los bulevares.
Los cafés.
Los artistas caminando por Montmartre.
Pero hubo otro París.
Uno que comenzaba cuando las luces de la ciudad se encendían y terminaba muchas horas después, entre cabarets, bailarinas, prostitutas, cantantes, acróbatas, bebedores y personajes que rara vez aparecían en los cuadros destinados a los grandes salones.
Fue allí donde un joven aristócrata decidió buscar su mundo.
Se llamaba Henri de Toulouse-Lautrec.
Y probablemente no imaginaba que, al dibujar aquella noche parisina, acabaría cambiando también la historia de la publicidad, de la ilustración y de la gráfica moderna.
Porque Toulouse-Lautrec no se limitó a pintar el Moulin Rouge.
Lo convirtió en una imagen.
El aristócrata que eligió Montmartre
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa nació en Albi en 1864, en el seno de una familia aristocrática.
Su educación y su origen podrían haberlo llevado hacia una existencia completamente diferente.
Pero su pasión por el dibujo apareció muy pronto y terminó convirtiéndose en su verdadera vida.
En París encontró su lugar en Montmartre, el barrio donde convivían artistas, cafés-concierto, circos, teatros y locales nocturnos.
El Museo de Orsay señala que Toulouse-Lautrec observaba aquel mundo con una mirada humana y sin demasiados prejuicios morales.
Y ahí aparece una de las claves de su obra.
No estaba interesado únicamente en representar a las estrellas.
Le interesaban también las personas que estaban detrás del espectáculo.
Las mujeres descansando entre actuación y actuación.
Los bailarines.
Los clientes.
Los trabajadores.
Los rostros cansados.
Los cuerpos en movimiento.
La intimidad que aparecía cuando el espectáculo dejaba de ser espectáculo.
El Metropolitan Museum destaca precisamente esa dimensión de sus escenas de Montmartre: detrás del maquillaje y de las luces aparece una mezcla de humor, tristeza y humanidad.
Entonces apareció el Moulin Rouge
En 1891 ocurrió algo que cambiaría su carrera.
El Moulin Rouge necesitaba una nueva imagen para promocionar su espectáculo.
Toulouse-Lautrec presentó su propuesta.
Y ganó.
Su cartel Moulin Rouge — La Goulue transformó las calles de París en una gigantesca galería de arte.
De repente, un cartel publicitario podía llamar la atención no solamente para vender una entrada.
Podía convertirse en una obra.
El Museo de Orsay señala que el cartel ofreció a Lautrec un nuevo campo de expresión donde se mezclaban la vanguardia artística y la cultura de Montmartre.
Su lenguaje era directo.
Grandes superficies de color.
Contornos definidos.
Perspectivas inesperadas.
Figuras recortadas.
Movimiento.
Y, sobre todo, una capacidad extraordinaria para conseguir que alguien que caminaba por una calle abarrotada se detuviera.
Toulouse-Lautrec llegó a realizar 31 carteles entre 1891 y 1899.
Pero aquí comienza la segunda historia.
Porque aquellos carteles no fueron simplemente publicidad.
El nacimiento de una nueva mirada
Hasta entonces, el cartel ilustrado tenía una función fundamentalmente comercial.
Toulouse-Lautrec cambió las reglas.
Su obra tomó elementos de la estampa japonesa, de la ilustración, de la fotografía y de las nuevas formas de composición para crear imágenes que podían reconocerse desde lejos.
El Metropolitan Museum considera que sus experimentos con la litografía prácticamente reinventaron el aspecto de este medio.
Y eso tiene una consecuencia enorme.
La publicidad comenzó a aprender del arte.
Pero también ocurrió lo contrario:
el arte comenzó a aprender de la publicidad.
El cartel dejó de ser simplemente algo que anunciaba un espectáculo.
Podía convertirse en la imagen de una época.
Y eso explica por qué Toulouse-Lautrec está mucho más cerca de la cultura visual contemporánea de lo que podríamos imaginar.
No quería pintar una postal de París
Quizá lo más interesante de Toulouse-Lautrec sea precisamente lo que decidió no hacer.
No convirtió Montmartre en un lugar romántico.
No intentó ocultar sus contradicciones.
En sus pinturas aparecen bailarinas, prostitutas, artistas y espectadores, pero también aparecen el cansancio, la soledad y la rutina.
El Metropolitan conserva, por ejemplo, El sofá, una obra realizada hacia 1894-1896 que pertenece a una serie dedicada a mujeres de los prostíbulos.
La escena no tiene la espectacularidad de un gran cabaret.
Y quizá ahí está su importancia.
Toulouse-Lautrec había descubierto que el momento verdaderamente interesante podía producirse cuando nadie estaba actuando.
El hombre detrás del mito
Su propia figura terminó convirtiéndose también en una leyenda.
Su origen aristocrático.
Su vida nocturna.
Su aspecto físico.
Su alcoholismo.
Su relación con los ambientes bohemios.
Su muerte prematura en 1901, con apenas 36 años.
Todo ello contribuyó a construir el personaje de Toulouse-Lautrec que conocemos hoy.
Pero existe un peligro cuando una vida resulta demasiado novelesca:
que el personaje termine ocultando al artista.
Su obra fue mucho más amplia que los carteles del Moulin Rouge.
Realizó pinturas, dibujos, litografías y numerosas escenas relacionadas con el teatro, el circo, los caballos y la vida cotidiana.
Incluso durante su estancia en un sanatorio en 1899 produjo una importante serie de dibujos sobre el circo realizados de memoria.
Aquello revela algo extraordinario.
Incluso cuando desaparecía el modelo, permanecía la imagen.
Toulouse-Lautrec y la gente que no quería posar
Hay otra razón por la que sus personajes siguen resultando tan modernos.
Toulouse-Lautrec no necesitaba convertirlos en héroes.
Podía representar a una bailarina sin convertirla en una belleza idealizada.
A una prostituta sin convertirla en un símbolo moral.
A un artista sin convertirlo en un genio romántico.
A un espectador sin convertirlo en protagonista.
Los observaba.
Y dibujaba.
Quizá por eso sus personajes parecen estar vivos incluso más de un siglo después.
No porque fueran perfectos.
Precisamente porque no lo eran.
La paradoja de Toulouse-Lautrec
Y aquí aparece la paradoja.
El hombre que procedía de una de las familias aristocráticas de Francia terminó convirtiéndose en uno de los grandes cronistas de los lugares donde aquella sociedad elegante no solía mirar.
El aristócrata terminó dibujando a los marginados del espectáculo.
El pintor terminó transformando la publicidad.
Y el artista que parecía estar documentando una noche concreta de París terminó creando imágenes que sobrevivirían a aquella noche.
El Moulin Rouge cambió.
Montmartre cambió.
Aquellos cabarets desaparecieron o se transformaron.
Sus protagonistas murieron.
Pero sus siluetas continúan apareciendo en carteles, libros, películas, camisetas, exposiciones y reproducciones.
Y entonces quizá debamos formular la pregunta de otra manera.
¿Toulouse-Lautrec pintó el París de su tiempo… o inventó el París que nosotros recordamos?
Porque quizá su verdadera obra maestra no fue uno de sus cuadros.
Fue algo mucho más difícil:
conseguir que una ciudad que estaba destinada a desaparecer quedara para siempre en nuestra memoria.
Por Sofía
Pintura / Historia del Arte
Imagen portada: openai
Toulouse-Lautrec
Henri de Toulouse-Lautrec convirtió el París nocturno de Montmartre en arte y revolucionó el cartel moderno con sus imágenes del Moulin Rouge.
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Toulouse-Lautrec: ¿cómo convirtió la noche de París en una obra de arte?
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