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El humo y la cicatriz
Un cuento que comienza en los baños de Argel
El vapor olía a azahar y a culpa.
En el hammam Sidi M’hamed, donde la humedad envejecía los azulejos igual que envejece la gente —por dentro primero—, Noura frotaba su hombro izquierdo bajo la alcachofa de cobre. Tenía una quemadura escondida bajo la piel, una marca en forma de tifinagh, la “Y” bereber que significa camino. Se la hizo a los dieciséis años, en el laboratorio de geología, el día que discutió con Karim. Un reactor sobrecalentado, un grito de su hermano, y un relámpago blanco que le borró el resto de la tarde. Karim se pasó después ante la pared con las manos llenas de ampollas. Él la había apartado del equipo.
Una semana más tarde cogió su mochila y se fue al Erg Chebbi, buscando meteoritos. Solo devolvieron la mochila. La arena del interior era negra y brillaba como estrellas rotas.
—Esa marca —susurró una voz desde la penumbra.
Fatima, la masajista, emergió entre el vapor. Tenía manos surcadas de venas azules, como ríos en mapas viejos.
—El agua caliente la despierta —dijo, palpando la cicatriz—. Mira.
En el mármol mojado, la sombra de la quemadura se movía. Dibujaba dunas, un pozo solitario, la silueta de un halcón en una roca.
—Karim está ahí —dijo Noura. No era una pregunta.
Fatima vertió agua sobre las piedras al rojo vivo. Un chasquido áspero llenó la sala.
—El Erg Chebbi tiene un pozo que bebe de los arrepentimientos. Los tuaregs lo llaman Tirguí Témazight: el pozo de los secretos. —Su uña señaló la sombra del halcón en el vapor. — Ese pájaro no guía. Juzga.
Al vestirse, Noura encontró algo en su bolso: un frasco de cristal lleno de arena negra. La misma de la mochila de Karim. Pegada al vidrio, una nota en tinta invisible que solo se leía al trasluz:
“El pozo muestra lo que escondes tras la rabia. Ven a devolverme lo que robaste.”
El corazón le golpeó las costillas. Recordó la última pelea: arrebatarle el diario donde él escribía sus miedos. “¡Geólogos no lloran”, le escupió! Y guardó el cuaderno en un cajón sellado, sin atreverse a abrirlo.
En el patio del hammam, entre eucaliptos, el halcón la observaba desde un ciprés.
Noura ajustó el grifo de cobre. El vapor le recordaba las mañanas de infancia, cuando su madre las llevaba cada viernes. Mientras las mujeres hablaban de bodas y cosechas, ellos jugaban a encontrar figuras en las gotas del mármol.
—¡Una caravana! —gritaba Karim, señalando una hilera de condensación.
—Son cristales de cuarzo —le respondía ella, negándose a compartir fantasías.
A los treinta y cuatro, con la cicatriz palpitándole en el hombro, Noura seguía negándose a casi todo.
Al vestirse encontró más cosas en el bolso: tres monedas de chocolate envueltas en papel dorado. Las que Karim le compraba para disculparse después de las peleas. Esta vez la nota estaba escrita con tiza roja en el espejo empañado:
“El pozo no perdona. Pero yo sí.”
En el patio, el halcón picoteaba migas de msemen bajo el naranjo. Noura le lanzó una moneda de chocolate.
—¿Sabes dónde está?
El ave tragó el dulce antes de graznar:
—Donde todas las cosas perdidas: en el país de lo no dicho.
Esa tarde, en su apartamento del casco viejo, abrió el cajón. Las páginas del diario olían a menta salvaje y a una rabia que ya nadie tenía energía para sostener. En la última entrada, una frase subrayada:
“Elegí el desierto porque quema más que tu desprecio.”
Lo cerró. Lo volvió a abrir. Lo cerró.
El Erg Chebbi recibió a Noura con una tormenta de polvo que le lamió la piel. Caminó siete horas con el frasco colgando sobre el pecho. El halcón apareció al mediodía, cuando el calor deformaba el horizonte, posado en un esqueleto de camello.
—¿Sabes por qué el pozo te llama? —graznó—. Porque eres su guardiana. Enterraste tu verdad en la arena. Y ahora la arena te reclama.
Antes de que respondiera, surgió el primer espejismo: Karim con su overol de campo rasgado, cavando un hoyo y maldiciendo. “¡Noura, ¡dónde está mi diario! Sin él no puedo…” La imagen se desvaneció cuando extendió la mano. En el suelo, una roca con grabados: un pozo, dos figuras enfrentadas.
Esa noche, mientras el frío mordía, Noura soñó con Fatima. La masajista frotaba su espalda con ghassoul, pero en vez de agua, corría arena negra por las canaletas.
—Todo desierto es un baño de vapor —decía en el sueño—. El sol suda luz, las dunas exhalan memoria. Tú, hijita, eres la piedra al rojo vivo.
Al despertar, su cantimplora olía a azahar.
Más tarde, durante el camino, Idir apareció. Doce años, pastor tuareg, buscando una cabra perdida. Le ofreció agua de odre y dátiles aplastados.
—¿También buscas a alguien? Mi abuelo dice que el desierto es un imán para almas rotas.
Noura le regaló una moneda de chocolate. Él la mordió con seriedad y le dejó un rastro oscuro en los labios.
—El hombre del pelo quemado pasó por aquí. Cargaba una maleta llena de piedras que cantaban.
Al anochecer, Idir la guio hasta una cueva. La maleta de Karim estaba allí: cuero agrietado, pegatinas de constelaciones. Dentro, meteoritos, y también un sobre. Fotos: ella en su graduación. Un fósil de trilobites —el que le regaló a Karim en su cumpleaños—. Una postal de Argel con tres palabras: “Perdóname por quedarme.”
El Tirguí Témazight no era un agujero. Era una bañera de mármol semienterrada.
Cuando Noura vertió la arena negra, el agua —fría como lágrimas recién derramadas— mostró una escena: Karim tendido en una duna, el brazo derecho vendado con tiras de su chilaba, escribiendo bajo la luz de una linterna colgada en un cactus. Su diario abierto decía: “Hoy soñé con el vapor del hammam. Extraño el olor a azahar de la vergüenza de Noura.”
Una sombra cayó sobre el agua.
Karim estaba allí, con el overol remendado y la barba cubierta de polvo rojo. En su mano derecha, cicatrices en forma de raíces trepaban hasta el codo.
—El pozo devuelve lo que le das —dijo, mostrando un frasco idéntico al suyo, lleno de sal del Atlántico—. Yo devuelvo tu orgullo.
Noura rompió el frasco contra el mármol. La arena negra se fundió con la blanca.
—¡Lo siento! —gritó.
El pozo ya mostraba otra imagen: Karim caído, bebiendo de un charco de sombra. El halcón observaba desde arriba.
Volver a Argel fue una guerra con fantasmas. Los clientes del hammam murmuraban: “¿La geóloga loca que cree en espejismos?” Pero Fatima volvió a frotar espaldas. Y Karim se encargó de calentar el horno de leña.
Una tarde entró un hombre con quemaduras químicas en el rostro. Temblaba.
—Me dijeron que aquí… se lava por dentro.
Noura lo guio a la sala caliente. El vapor activó su cicatriz. Las gotas en el mármol dibujaron escenas de su vida: el laboratorio del accidente, la hija que había dejado de visitarlo. Al final, Karim colocó una moneda de chocolate en su mano.
El hombre se quedó mirándola un momento antes de cerrar los dedos.
Ahora, cuando los nómadas llegan a Argel, dejan tres cosas en el hammam: un puñado de arena del Erg, un verso escrito con tiza roja, una moneda de chocolate. Fatima las funde en un cuenco de cobre y hace medallones que cuelgan sobre la puerta. Dicen que, al pasar bajo ellos, se oye el graznido de un halcón mezclado con la risa ronca de un geólogo poeta.
Karim limpia los azulejos al amanecer. El brazo derecho le duele cuando llueve. Usa el dolor para calibrar la temperatura del horno.
—¿Ves? —le dice a Noura mientras ella estudia un mapa de constelaciones—. Hasta las cicatrices sirven.
Ella sonríe. No responde.
En el vapor de esa tarde, las gotas dibujan dos niños comiendo chocolate bajo un naranjo.
El halcón no está.
El humo y la cicatriz
Un cuento que comienza en los baños de Argel

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