Aproximación a la figura del renegado como tema literario

Aproximación a la figura del renegado como tema literario

Antonio Abad
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Aproximación a la figura del renegado como tema literario

Por Antonio Abad

El mundo mediterráneo siempre ha evolucionado sobre una serie de ciclos transculturales, pero cabe decir que el proceso de diferenciación se hizo más ostensible cuando abarcaba esa amplia zona de contacto entre el cristianismo y el islam.

Es sobre todo en el siglo XVI, y en torno a la frontera ibero-africana, donde más abiertamente se manifiestan dichas barreras religiosas y lingüísticas, coincidiendo casualmente con el mismo tiempo en que Cervantes (1547-1616) comenzó a escribir.

Dentro de esa política fronteriza que lleva a cabo España a partir del citado siglo, aparece la figura del renegado que vendrá a ser una constante en la literatura española, aunque hay que señalar que el fenómenos de la apostasía (el renegado en principio es aquel que reniega de su religión) ya era patente en la Edad Media, particularmente durante la Reconquista. Los llamados muladíes no eran otros que los hispano-visigodos que se habían convertido al islam, así como los elches, estos también cristianos, pero cautivos que igualmente renegaron de su fe. Existían, por otra parte, los conversos, es decir musulmanes o judíos convertidos al cristianismo. Eran los llamados cristianos nuevos.

Lo cierto es que siempre hubo gente que cambió de religión pero durante el reinado de los Reyes Católicos fue cuando la palabra renegado adquirió toda su carga peyorativa.

Particularmente durante los siglos XVII y XVIII las incursiones berberiscas que se producen en el Mediterráneo dan lugar a que muchos cristianos cayeran en manos de la piratería. Una de las grandes preocupaciones de la órdenes religiosas en tierra de infieles era el temor a que dichos prisioneros renegaran de la fe cristiana, ya que dichos cautivos, a falta de una redención trinitaria, es decir, al pago del rescate que se exigía para su liberación, apostaran por salvar su pellejo antes que su fe y se convirtieran al islam. Estos renegados podían gozar entonces de algunos de los favores de la nueva sociedad a la que debían integrarse.

Dado que las potencias europeas redujeron drásticamente la piratería, la figura del cautivo fue desapareciendo, y por lo tanto la del renegado, hasta que vuelve a resucitar a mediados del siglo XIX tras la Guerra de África con motivos bien diversos, y que igualmente vuelve a cobrar una mayor significancia durante el siglo XX con la intervención de España en Marruecos.

Dichas estas generalidades, la figura del renegado ha ejercido una larga fascinación en la literatura europea, pero sobre todo en la española, y es que el término renegado comenzó a adquirir un valor positivo y aventurero en tanto iba unido a la trasgresión de una frontera cultural que tan atractiva le resultó, por ejemplo, a Cervantes cuando lo utiliza en la primera parte del Quijote «Historia del Cautivo», y en su Persiles desde una perspectiva «literaria y no doctrinal».

Pero el renegado es ante todo la máxima expresión de la condición del exilio. Un renegado siente que no es de ninguna parte. Es aquel que es capaz de renegar de la larga historia que le han enseñado, el que se rebela contra su pasado, asumiendo hasta los extremos más inverosímiles el sufrimiento, pero sobre todo el olvido.

El renegado, pues, no es un exilado voluntario, ni un migrante de vocación; es aquel que renuncia, que abjura de creencias, de ideologías, de su identificación nacional, una especie de traidor con el devenir de su propia existencia.

Bennassar distingue tres tipos de renegados:

—Los desgraciados con tragedias personales a cuestas víctimas de la sociedad a la que en principio pertenecen.

—Los que apostaron por el sueño turco a la busca de una promoción social, una buena carrera de armas o una vida lúdica y placentera.

—Los nostálgicos, soñadores desencantados, arrepentidos que juegan a la carta de la evasión.

Muchos de ellos se convertían aparentemente para escapar de la cautividad, llegando algunos a integrarse en la sociedad musulmana y escalar altos puestos. Otros eran infiltrados, adoptaban esa apariencia motivados por intereses políticos. El caso más relevante es el de Domingo Badía Leblich, más conocido por Ali Bey.  Había nacido en Barcelona. Tanto se interesó por el mundo musulmán que llegó a dominar el árabe, emprendiendo un largo viaje por los territorios musulmanes por encargo de Godoy, primer ministro de Carlos IV. Se hacía pasar como príncipe sirio, recorriendo Marruecos, Argelia, Libia, Egipto, Turquía, etc., y visitando regiones en la que nunca había estado un europeo. Era un hombre de gran cultura y los escritos de sus viajes se difundieron por toda Europa. Murió envenenado en Damasco por los servicios secretos ingleses.

Otro conocido renegado fue José María de Murga, el moro vizcaíno. Se hacía llamar Hach Mohamed; contaba en sus memorias que en el ejército de Marruecos hubo compañías enteras de renegados. Cuando volvió a España, en 1870, fue nombrado diputado general del Señorío de Vizcaya.

El arabista Emilio García Gómez menciona al renegado Chawdar, que era natural de Cueva de Almanzora (Almería) que el sultán marroquí Ahmad al Mensor le encomendó la conquista de Sudán.

Lo que sí podemos afirmar es que el origen real, y a veces literario de estos personajes, proviene en mucha ocasiones del cautiverio de los corsarios berberiscos, del ejército, pero también de los desertores escapados de los presidios de Ceuta y Melilla, de ahí que desde Cervantes hasta nuestros días la figura del renegado haya ocupado muchas páginas de la literatura española.

Blasco Ibáñez, por ejemplo, crea a Don Príamo, un personaje comprometido en dos realidades que navega de una a otra sistemáticamente. Su característica principal es la adaptabilidad para meterse de lleno en el mundo magrebí.

Ramón J. Sender en su libro Cabrerizas Altas, su personaje da protagonismo a un extraño rifeño que es en realidad un fugitivo español de Melilla.

Fernando González crea Mandiola, El Sebti, un renegado hijo de preso y de cantinera que durante las guerras coloniales españolas en Marruecos lucha de un lado y otro.

Galdós acerca del renegado que figura en su novela Aita Tettatuen, un tal Gonzalo Ansúrez, El Nasiry, pone en boca de otro de sus personajes, al referirse a su renegado, estas palabras: «Tú sabrás si se hizo mahometano de verdad, o de comedia, con tal de sonsacar los secretos de la morería y contárselo todo al Gobierno español.

Otros autores, como Carcaño Más en su libro Rifeñerias habla de la personalidad de los renegados de Melilla.

Hasta tal punto la figura del renegado era tan verosímil, sobre todo en el Rif, que existía la creencia de que un tal renegado, Bel Kassen, no era otro que el mismísimo general Silvestre, el derrotado  y desaparecido en el desastre de Annual como así lo recoge Luis Antonio de Vega en una de sus novelas.

No puedo por menos que en esta aproximación a la figura del renegado tenga que citarme a mí mismo y mencionar el título de una de mis novelas, Quebdani.

El profesor Mohamed Abrighach en su obra Entre el Rif y Melilla, desmenuza con todo detalle ese otro renegado que salió de mi pluma en su día de nombre Hassan.

Igualmente otro de mis trabajos sobre esta materia es la novela que lleva por título, precisamente, El Renegado, y que a diferencia del tratamiento que han hecho diversos autores sobre esta figura,  mi renegado no obedece al canon del renegado clásico, un ser que para salvar su vida se ve obligado a convertirse al islam y adaptarse a su nuevo espacio disimulando su fe cristiana y españolidad en espera de encontrar una ocasión para volver a su origen, sino que es un instrumento literario para salvar esa frontera a veces tan lejana, a pesar de la poca distancia geográfica que nos separa, entre España y Marruecos.

Una sinopsis de este «renegado» podría ser así:

La independencia de Marruecos obligó a muchas familias que vivían en el Protectorado a refugiarse en Melilla. Dalmiro Cuesta pertenece a una de ellas. Es todavía un niño cuando comienza a compartir una vida de miseria en uno de los barrios más deplorables de la ciudad. Pero como el destino suele escribir con caracteres aciagos, una noche fatídica de violencia doméstica decide lanzarse a otro mundo para dejar al que tanto maldecía. Tuvo para ello que cruzar una frontera. El Rif desde entonces, sus gentes, su idioma, sus costumbres ancestrales y sus reivindicaciones de pueblo sometido por el poder del Majzén los fue haciendo suyos hasta sufrir en sus propias carnes los terribles años de plomo del Gobierno de Rabat. La preciosa Nudia cambiará su nombre por el de Ismail. Ella, aunque la obligan a casarse con un viejo caíd, será el bálsamo de todas sus aflicciones. La historia transcurre a través de un paisaje interior y exterior, con una polifonía de voces que persigue –también el Renegado– el anhelo de libertad y soberanía del pueblo rifeño.

 

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