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Las raíces podridas del terruño: gótico rural, memoria y violencia heredada en Fulgencio Malayerba

Las raíces podridas del terruño: gótico rural, memoria y violencia heredada en Fulgencio Malayerba
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Las raíces podridas del terruño: gótico rural, memoria y violencia heredada en Fulgencio Malayerba

Javier Baeza

Hay geografías que se miden en capas de silencio, no en kilómetros. Durante décadas, hemos asumido que el terror y la monstruosidad necesitaban de la penumbra urbana, del callejón industrial o del asfalto húmedo de las grandes metrópolis. Sin embargo, la gran literatura de raigambre hispánica siempre ha sabido que el verdadero horror —aquel que no busca el sobresalto efectista, sino la podredumbre moral— florece con más fuerza bajo el sol implacable de los secarrales, en el latido sordo de una aldea donde nunca pasa nada porque todo, en realidad, ocurrió hace demasiado tiempo. Cela, Delibes o Ramón J. Sender transitaron este camino en muchas de sus obras más relevantes.

Este territorio maldito es el que habita Santalavega, el microcosmos asfixiante que creé en mi novela Fulgencio Malayerba, un pueblo ficticio enclavado en la huerta mediterránea protegido por una cúpula de bondad que, a ojos de sus habitantes, pareciera eterna.  Lejos de cualquier estampa bucólica o costumbrista, la novela se adentra de lleno en una corriente que hoy sacude con potencia las letras contemporáneas: el gótico rural.

El atavismo

Pensemos en cómo la narrativa actual ha recuperado la mirada hacia la España vaciada o los rincones más recónditos de Latinoamérica, más que desde la nostalgia folclórica, como un escenario telúrico donde la tierra misma parece acumular la iniquidad de sus habitantes. Obras como las de Juan Rulfo en su momento, o más recientemente el neorruralismo oscuro de autores como Jesús Carrasco o Cristina Morales, nos han recordado que el paisaje modela la culpa.

En Fulgencio Malayerba, Santalavega funciona como un organismo vivo y enfermo. Sus tres puentes, sus cuevas secretas y sus bancales secos no son meros decorados; son los testigos mudos de una comunidad protegida por una supuesta «cúpula mágica» de paz eterna que es, en realidad, un pacto tácito con el encubrimiento. El pueblo opera bajo la ley del silencio: prefiere mirar hacia otro lado ante el horror cotidiano de la violencia doméstica —los abusos del Tío Barón sobre Manuela— o las ejecuciones sumarias de la posguerra. El gótico rural desplegado aquí se alimenta precisamente de esto: de cómo la violencia sistémica se incrusta en el terreno hasta corromper la piel y el alma de los que allí nacen.

La memoria histórica y el trauma como herencia

Busqué con voluntad descarnada entrelazar la gran Historia —la fractura de la Guerra Civil, los fusilamientos, los campos de concentración— con la microhistoria del dolor doméstico.

No estamos ante una novela de tesis política ni ante un fresco histórico convencional. Aquí, la memoria histórica duele porque es una extremidad amputada que sigue latiendo. El trauma no se archiva en los libros de texto; se hereda biológicamente. El protagonista, Fulgencio, cargado desde el nacimiento con una «marca oscura» que muta su piel y su cordura (como la bíblica marca de Caín en el Génesis), es el producto literal de un país que se desangró a sí mismo. Su figura encarna esa violencia heredada de la que nos hablaba Walter Benjamin cuando recordaba que todo documento de cultura es, al mismo tiempo, un documento de barbarie. En Fulgencio Malayerba, cada golpe recibido en la infancia, cada silencio cómplice de los vecinos y cada fantasma que puebla el campanario se convierten en los maderos con los que se construye un verdugo.

La bestia como espejo

Lo incómodo de una lectura profunda de esta novela radica en su rechazo a los faros morales absolutos. En Santalavega no hay inocentes incólumes. La violencia no es un rayo caído del cielo, sino más bien una simiente cultivada a base de apatía colectiva. En aquellos pasajes donde el dolor se absorbe hasta convertirse en una voz interior —esa dualidad constante en la mente de Fulgencio («la voz que es como la muerte, soy yo, pero no soy yo»)—, la novela trasciende el mero naturalismo truculento para adentrarse en una indagación sobre la naturaleza de la crueldad.

Soy consciente de haber construido un artefacto literario exigente, de aliento clásico, pero de pulsión profundamente contemporánea. Pretendo obligar al lector a mirar aquello que las comunidades rurales y urbanas por igual suelen barrer debajo de la alfombra: la certeza de que el mal, cuando se institucionaliza y se calla, termina por demoler los cimientos de cualquier hogar, de cualquier familia, de cualquier sociedad.

Fulgencio Malayerba nos deja con una advertencia final, sintetizada en el eco de las viejas advertencias del ermitaño Zacarías: los pueblos que borran el horror de su memoria para vivir en una paz ficticia están condenados a repetirlo.

No busco complacer al lector, sino sacudirlo, apostando por que la literatura en español siga teniendo una salud envidiable cuando se atreve a descender a los sótanos más oscuros de nuestra propia condición.

Literatura

 

Javier Baeza analiza Fulgencio Malayerba, una novela de gótico rural sobre la memoria, la violencia heredada y los secretos que corrompen a una comunidad.

Las raíces podridas del terruño: gótico rural, memoria y violencia heredada en Fulgencio Malayerba

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