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La raza de los elfos: ¿de dónde salió la criatura que nunca existió?
Antes de Tolkien, los elfos ya llevaban siglos viviendo en los bosques, las montañas y las historias de Europa. Pero no eran exactamente los seres inmortales, hermosos y sabios que conocemos hoy. A veces eran espíritus de la naturaleza; otras, criaturas peligrosas capaces de enfermar a los humanos. En Islandia todavía forman parte del imaginario popular. Entonces, ¿qué eran realmente los elfos?
Hay criaturas que nacieron en un libro.
Y hay otras que existían mucho antes de que alguien decidiera escribirlas.
Los elfos pertenecen a esta segunda categoría.
Mucho antes de que Tolkien llenara la Tierra Media de bosques encantados, lenguas imposibles, reyes élficos y ciudades de luz, Europa ya estaba poblada por seres a los que se llamaba con nombres parecidos a álfar, ælfe, elves o, en otras tradiciones, por términos relacionados con las hadas y los pueblos ocultos.
Pero aquí comienza el problema.
No existe un único pueblo de los elfos.
Ni siquiera está claro que los antiguos europeos imaginaran a todos esos seres de la misma manera.
A veces eran bellos.
A veces peligrosos.
A veces protectores.
A veces responsables de enfermedades.
Y en algunas tradiciones podían vivir prácticamente al lado de los humanos sin que estos fueran capaces de verlos.
La criatura que hoy reconocemos como «elfo» parece ser, en realidad, el resultado de una larguísima transformación cultural.
Los primeros elfos no se parecían a Legolas
Las fuentes nórdicas medievales hablan de los álfar.
Pero hablan poco de ellos.
Y ese detalle resulta extraordinariamente importante.
En la mitología nórdica, los elfos no poseen el enorme repertorio de historias independientes que posteriormente tendrán en la literatura fantástica. Aparecen mencionados en poemas y textos mitológicos, asociados en ocasiones con los dioses y con lugares como Álfheimr, el mundo de los elfos. Algunas fuentes también relacionan a los elfos con sacrificios y con poderes curativos.
Es decir:
el elfo original era mucho más misterioso que el moderno.
No sabemos exactamente qué aspecto tenía.
No sabemos con precisión cómo vivía.
No disponemos de una «biografía» de la raza.
Y probablemente eso sea precisamente lo que hizo posible que cada época pudiera reinventarlo.
También podían hacer daño
Nuestra imagen contemporánea ha suavizado considerablemente a los elfos.
En las antiguas tradiciones germánicas y anglosajonas encontramos algo bastante más inquietante.
El término relacionado con ælf aparece en palabras vinculadas a enfermedades, pesadillas y estados perturbadores. Algunas fuentes medievales presentan a estos seres como espíritus capaces de perjudicar a los humanos.
Esto nos lleva a una idea fascinante:
el elfo no siempre fue una criatura fantástica; podía ser una manera de explicar aquello que le ocurría al ser humano y que no sabía explicar.
Una enfermedad.
Una pesadilla.
Una desgracia.
Una sensación extraña.
Algo que sucedía durante la noche.
Cuando no existía una explicación médica o psicológica para determinados fenómenos, el mundo invisible podía proporcionar una respuesta.
Y los elfos formaban parte de ese mundo.
Luz y oscuridad
En la tradición nórdica posterior aparece una distinción que ha tenido una enorme influencia sobre la imaginación moderna: los elfos luminosos y los elfos oscuros.
Snorri Sturluson, en la Edda prosaica, presenta esa división entre ljósálfar y dökkálfar.
Pero hay una dificultad.
Los especialistas no consideran sencillo reconstruir a partir de estas fuentes una concepción pagana original perfectamente definida. El estudio de las fuentes nórdicas muestra que las características de los álfar cambian según el texto y la época, y algunos investigadores han planteado que la oposición entre elfos luminosos y oscuros pudo estar influida por conceptos cristianos posteriores.
Esto es importante porque desmonta una imagen que damos por sentada.
No existía necesariamente desde el principio un «pueblo de elfos buenos» enfrentado a otro de «elfos malos».
La tradición era mucho más fluida.
Y precisamente por eso podía transformarse.
El herrero que quizá nadie esperaría encontrar entre los elfos
Hay un personaje que demuestra hasta qué punto nuestra imagen moderna se ha alejado de las antiguas.
Se llamaba Völund.
En inglés antiguo fue Wēland y en alemán Wieland.
Era un extraordinario artesano y herrero cuya historia aparece en diferentes tradiciones germánicas. En la Edda Poética encontramos la Völundarkviða, la «Balada de Völund», donde aparece como un artesano sometido a un rey que termina vengándose de él. Su leyenda también aparece representada en objetos de la Inglaterra anglosajona.
No hay aquí un Legolas.
No hay arcos disparando desde las copas de los árboles.
No hay una princesa inmortal caminando por un bosque dorado.
Hay un artesano.
Un hombre —o ser— extraordinario.
Y una historia de violencia, cautiverio, habilidad y venganza.
Muchos siglos después, la figura de Völund también sería estudiada en relación con la creación literaria de Tolkien. Investigaciones recientes han señalado paralelismos entre la leyenda medieval del herrero y personajes élficos como Fëanor y Eöl.
El elfo, por tanto, no era necesariamente un guerrero elegante.
También podía ser un creador.
Un artesano.
Alguien cuyo talento constituía al mismo tiempo su poder y su condena.
Entonces llegó Islandia
Quizá ningún lugar europeo haya conservado de manera tan fascinante la idea de un pueblo invisible como Islandia.
Allí encontramos a los álfar y a los huldufólk, literalmente «pueblo oculto».
No son exactamente lo mismo en todas las fuentes, y las distinciones entre ambos conceptos varían. Pero en la tradición popular islandesa ambos pueden aparecer relacionados con montañas, rocas, colinas y lugares naturales.
Y aquí la historia deja de ser puramente medieval.
Porque estas creencias han continuado formando parte de la cultura islandesa contemporánea.
Durante siglos se han contado historias sobre seres ocultos que habitan determinados lugares y que pueden sentirse amenazados cuando los humanos modifican su entorno. La tradición ha llegado incluso a influir en la manera en que algunos islandeses hablan sobre determinados paisajes y construcciones.
Lo interesante no es preguntarnos si los elfos islandeses existen.
Lo interesante es otra cosa:
¿qué significa que una sociedad moderna conserve historias sobre ellos?
Los elfos sobrevivieron porque cambiaron
La respuesta quizá esté precisamente aquí.
Los elfos han demostrado una capacidad extraordinaria para adaptarse.
En la Edad Media podían ser espíritus ambiguos.
En algunas tradiciones estaban relacionados con la enfermedad.
En otras, con la naturaleza.
En el folclore nórdico podían aparecer asociados a poderes sobrenaturales.
En las tradiciones posteriores se mezclaron con hadas y otros pueblos invisibles.
Y entonces llegó la literatura.
Primero fueron los románticos.
Después la literatura fantástica.
Y finalmente Tolkien.
El hombre que volvió a inventarlos
Tolkien no inventó a los elfos.
Pero hizo algo casi tan importante:
los reinventó.
Su formación como filólogo y especialista en lenguas y literatura medievales le proporcionó un enorme contacto con las fuentes nórdicas, anglosajonas y otras tradiciones europeas. Los estudios sobre su obra han documentado la influencia de estas tradiciones en su construcción de la Tierra Media.
Sus elfos adquirieron características que hoy asociamos casi automáticamente con ellos:
belleza extraordinaria,
larga vida,
conocimiento,
relación profunda con la naturaleza,
lenguas propias,
memoria de épocas desaparecidas,
y una especie de nostalgia por un mundo que está destinado a desaparecer.
Pero tampoco surgieron únicamente de Escandinavia.
La investigación académica sobre Tolkien ha señalado influencias procedentes de distintas tradiciones, incluidas las célticas. Dimitra Fimi, por ejemplo, ha estudiado la presencia de elementos del folclore celta en el desarrollo de su mitología.
Y aquí aparece algo extraordinariamente hermoso.
El elfo moderno no tiene un solo padre.
Es una criatura construida con fragmentos de muchas memorias europeas.
De criatura sobrenatural a símbolo
Tolkien convirtió al elfo en algo más que una criatura fantástica.
Lo convirtió en una forma de hablar sobre el tiempo.
Los hombres envejecen.
Los elfos recuerdan.
Los hombres construyen.
Los elfos contemplan cómo desaparece aquello que aman.
Los hombres pertenecen al futuro.
Los elfos parecen pertenecer a un pasado que todavía no ha terminado.
Por eso quizá resultan tan poderosos.
Porque representan una fantasía que todos comprendemos:
la posibilidad de vivir mucho tiempo y descubrir que vivir mucho tiempo también significa perder mucho más.
Y quizá aquí esté el verdadero secreto de los elfos
Durante siglos hemos cambiado su aspecto.
Les hemos dado alas o no.
Los hemos hecho diminutos o altos.
Amables o peligrosos.
Oscuros o luminosos.
Los hemos escondido bajo las montañas, dentro de los bosques y detrás de las colinas.
Tolkien les dio lenguas.
La literatura moderna les dio reinos.
El cine les dio rostros.
Los videojuegos les dieron armaduras.
Pero ninguna de esas versiones explica completamente por qué seguimos necesitándolos.
Quizá porque el elfo representa algo que la modernidad ha ido perdiendo:
la sospecha de que el mundo visible no es todo el mundo.
Una piedra puede esconder una casa.
Un bosque puede estar habitado por alguien que no vemos.
Una montaña puede tener memoria.
Una noche puede contener algo que no sabemos nombrar.
Y quizá por eso los elfos nunca desaparecieron.
No porque exista un pueblo inmortal escondido entre los árboles.
Sino porque el ser humano nunca ha dejado de imaginar que, detrás de la realidad que conoce, existe otra realidad que todavía no ha aprendido a ver.
Y esa quizá sea la verdadera inmortalidad de los elfos.
No la de sus cuerpos.
La de nuestra imaginación.
Por Sofía
La raza de los elfos: ¿de dónde salió la criatura que nunca existió?
Mucho antes de Tolkien, los elfos ya habitaban las leyendas europeas. Pero no eran como los imaginamos hoy.
Historia y Cultura – Mitos y simbolismo
Imagen portada: openai
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Mucho antes de Tolkien, los elfos ya habitaban las leyendas europeas. Su historia nace entre mitología nórdica, folklore, Islandia y literatura fantástica.

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