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El mago Bruno y el descubrimiento del nuevo continente

El mago Bruno y el descubrimiento del nuevo continente
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 El mago Bruno y el descubrimiento del nuevo continente

 

Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión.
Charles Baudelaire.

 

           El mago Bruno estaba a punto de llegar a su medio siglo de vida y todavía no había hecho nada que pudiera pasar a la historia de la magia. Era profesional desde hacía más de treinta años y, en todo ese tiempo, había forjado un estilo propio que conseguía gustar, pero que nunca alcanzaba la genialidad. Había nacido en Palos de la Frontera, muy cerca de la Historia, porque en aquel lugar Cristóbal Colón zarpó con La Pinta, La Niña y La Santa María rumbo a lo desconocido. El antiguo Puerto de Palos fue abandonado y sus hazañas quedaron enterradas en las páginas de los libros, justo donde Bruno temía acabar él mismo: convertido en una nota a pie de página. Quería ser el mejor mago de todos los magos y, por esa razón, desmerecía a casi todos sus compañeros. No era precisamente una persona querida dentro de la profesión. Prepotente, orgulloso y con un ego capaz de necesitar su propio código postal, hacía la zancadilla a cualquiera que sobresaliera o alcanzara cierto reconocimiento. Si alguien triunfaba, Bruno encontraba un defecto; si alguien recibía un premio, encontraba una explicación; y si alguien era considerado un genio, él tenía preparada una razón para demostrar que, en realidad, no era para tanto.

          Él quería ser un referente a pesar de todo y de todos, aunque sabía que no tenía las habilidades necesarias para conseguirlo. Su cabeza funcionaba siempre desde el ego más absoluto y, en el fondo, Bruno tenía un problema bastante sencillo: se gustaba demasiado a sí mismo y demasiado poco a los demás. No tenía buenas ideas ni era empático como sus compañeros, pero sí poseía una extraordinaria capacidad para sentirse ofendido por el éxito ajeno. Por las noches acababa solo y borracho, tirado en algún banco, muriéndose de rabia contra el mundo y contra su propia incapacidad para conquistar aquello que tanto deseaba. Algunos artistas decían que Bruno era una mala persona, capaz de discutir hasta con el cielo si las nubes no estaban colocadas a su gusto. Odiaba cuando hacía sol porque tenía calor, odiaba cuando hacía frío porque tenía que ponerse jerséis y odiaba la niebla porque no podía coger su coche. En realidad, cualquier fenómeno meteorológico tenía alguna posibilidad de convertirse en enemigo suyo. Todas las tardes, después de comer, se perdía por el Puerto de Palos o por lo que quedaba de él. Allí contemplaba la réplica de las tres carabelas y planeaba su gran espectáculo, porque Bruno podía no tener una gran carrera, pero imaginación para alimentar su ego nunca le había faltado.

          ¡El plan era sencillo! Resucitar el Puerto de Palos, hablar con Cristóbal Colón, los Reyes Católicos, los hermanos Pinzón o Juan de la Cosa y convencerlos de que recibieran al prodigio del mago Bruno como se merecía. Después, en un abrir y cerrar de ojos, devolvería aquel 1492 al presente y conseguiría que la Historia tuviera que hacerle un hueco. No quería simplemente hacer magia: quería corregir la Historia con mayúsculas y, de paso, corregir a todos aquellos que nunca habían sabido reconocer su supuesto talento. Bruno imaginaba las caras de asombro, los periódicos, los teatros llenos y las entrevistas en las que alguien pronunciaría por fin la frase que llevaba treinta años esperando: «Bruno es un genio». El problema era que nadie se la había dicho todavía, así que había decidido fabricarse una situación lo bastante grande como para obligar al mundo entero a pronunciarla.

          Pero el mago Bruno tenía un rival. Y aquel rival era, precisamente, la persona que más le dolía tener enfrente. Iván del Agua había sido su amigo, pero eso pertenecía a otra época, una época en la que Bruno todavía podía fingir que sabía compartir un escenario sin querer quedarse con todos los aplausos. Ahora era su enemigo más cruel. Iván jugaba con relojes y tenía una habilidad especial para convertir el tiempo en magia. Unos decían que viajaba en el tiempo; otros aseguraban que, por arte de magia, había conocido al propio Cristóbal Colón. Bruno escuchaba aquellas historias con una mezcla de desprecio y rabia que procuraba disimular sin demasiado éxito. Lo que más le molestaba de Iván no era solo su talento, sino que, además, no tenía malicia alguna. Era capaz de ayudar a otros magos, reconocer el mérito de un compañero y marcharse de un escenario sin necesidad de explicar a nadie lo extraordinario que era. Aquello para Bruno resultaba insoportable. Iván tenía lo que él llevaba treinta años buscando: reconocimiento sin pedirlo. Bruno, en cambio, necesitaba recordárselo a todo el mundo. Cada aplauso para Iván se convertía en una ofensa personal; cada crítica favorable, en una conspiración; cada éxito, en una humillación. Si Iván hacía desaparecer un reloj, Bruno pensaba que aquello era una tontería. Si Iván sorprendía al público, Bruno decía que el público era demasiado fácil de engañar. Y si alguien lo llamaba maestro, Bruno se preguntaba qué clase de mundo era aquel en el que cualquiera podía recibir ese título sin haber tenido la decencia de consultárselo antes. La antigua amistad había quedado enterrada bajo años de rivalidad, orgullo y resentimiento. Bruno ya no quería superar a Iván: quería demostrar que Iván no merecía estar por encima de él. Y cuanto más intentaba convencer al mundo de ello, más evidente resultaba que, en realidad, era Bruno quien no podía dejar de pensar en su rival.

«La magia es para desafiar a Dios y para jugar a ser el atlas de la Tierra», solía pensar Bruno. No existían los trucos porque, según él, no había trucos. Había algo mucho más grande: la posibilidad de hacer aquello que nadie se atrevía siquiera a imaginar. Y él iba a resucitar a todos los tripulantes del primer viaje de Colón a América. Ahí aparecía su verdadera arrogancia. Bruno no quería sorprender, quería humillar a la ciencia. Quería que los científicos se quedaran sin respuestas, que los historiadores tuvieran que reescribir sus libros y, sobre todo, que Iván del Agua comprendiera que todos aquellos relojes suyos eran juguetes al lado de lo que él estaba a punto de conseguir. Bruno no buscaba la magia por la magia. Buscaba una victoria. Quería resucitar a los muertos para enterrar a su rival y, de paso, conseguir aquello que llevaba media vida persiguiendo: que por una vez el mundo entero tuviera que pronunciar su nombre.

 

INSEGURIDAD DE LA MAGIA

 

En estas ovejas mansas […] entraron los españoles […] como lobos e tigres y leones crudelísimos de muchos días hambrientos.

Baltolome de las Casas.

          El mago, estaba en el puerto de Palos, escuchó una voz detrás de él.

—¡Bruno! ¿Qué es ser un hombre?

          Se volvió y respondió casi sin pensarlo que, para él, ser un hombre significaba ganar una competición de magia a Iván del Agua.

          La voz preguntó quién era aquel hombre. Bruno explicó que era su mayor rival, aunque ni siquiera sabía por qué había pronunciado su nombre en aquel momento. Iván llevaba años ocupando un lugar demasiado importante en su cabeza. Bruno no quería simplemente vencerlo; necesitaba demostrar que era mejor que él y, en el fondo, que era mejor que todos.

          Entonces vio aparecer a un sacerdote que caminaba hacia él con una tranquilidad extraña. Bruno lo reconoció inmediatamente. Había visto aquella cara en los libros de historia.

          Era Bartolomé de las Casas.

          Durante unos segundos no pudo hablar. Sabía quién había sido aquel hombre: fraile dominico, sacerdote, obispo, historiador y defensor de los indígenas. Aquella aparición era tan imposible como hacer desaparecer el océano con un juego de cartas.

—No puede ser… Usted es Bartolomé de las Casas.

—Así es.

          Bruno sabía que Bartolomé había muerto siglos atrás. Sin embargo, la presencia que tenía delante parecía completamente real. No había truco, espejo ni doble fondo. Bartolomé lo observaba con una serenidad que incomodaba al mago.

          Le explicó que había vivido en un tiempo en el que el descubrimiento de nuevas tierras también había mostrado algunas de las peores contradicciones del ser humano. Para él, los indígenas no eran objetos ni esclavos, sino personas. Aquella defensa había marcado su vida y su memoria histórica.

          Bruno escuchaba, pero incluso entonces pensaba en sí mismo. Llevaba media vida buscando reconocimiento. No quería ser un mago más. Quería ser el mejor, llenar teatros, escuchar su nombre y conseguir el aplauso que, según él, merecía.

          Bartolomé percibió enseguida lo que llevaba dentro.

—¡Siento mucho ego en ti!

          Bruno no encontró una respuesta.

          Pensó entonces en Dios. Siempre había creído en Él, aunque también había deseado desafiarlo. Quería ser libre, hacer lo que quisiera y demostrar que nadie podía decirle hasta dónde podía llegar. No comprendía que aquella necesidad de sentirse superior podía convertirse en otra forma de esclavitud.

          El nombre de Cristóbal Colón apareció en su pensamiento. Bruno miró hacia el agua y preguntó si aquel lugar había sido testigo de su partida. Bartolomé le explicó que el tiempo había transformado el puerto, pero que la memoria de aquel viaje seguía allí. El descubrimiento de América no podía entenderse solo como una aventura de navegación. Había cambiado el mundo y abierto preguntas que todavía seguían sin respuesta.

          Bruno quiso saber si podía hablar con Colón.

—Cristóbal Colón solo hablará contigo cuando estés preparado.

—¿Cuándo será eso?

—Cuando seas capaz de mirar más allá de ti mismo.

          Después de aquellas palabras, el aire cambió.

          El viento dejó de soplar y el agua del puerto quedó extrañamente quieta. Bruno miró a su alrededor. Ya no escuchaba ningún ruido. Solo silencio.

          Entonces oyó tres golpes.

          ¡Toc. Toc. Toc!

          Una sombra comenzó a extenderse sobre las piedras. Creció hasta adquirir una forma humana. Bruno sintió un frío que le recorrió todo el cuerpo.

          Comprendió que aquello tenía relación con Iván del Agua.

          La figura levantó lentamente la cabeza. Sus ojos eran completamente negros, aunque en el fondo brillaban dos pequeños puntos rojos. La boca parecía demasiado grande para un rostro humano.

—¿Iván?

La criatura sonrió.

—Sí.

Bruno retrocedió.

—¿Eres un hombre? – Las piernas de Bruno dejaron de responderle.

—¿Quién eres?

          La criatura dio un paso hacia él.

          Iván comenzó a hablarle de grandes teatros, de miles de personas pronunciando su nombre y de una magia que nadie pudiera igualar. Le mostró todo aquello que Bruno había imaginado durante años.

          Bartolomé permanecía a pocos metros.

—No lo escuches.

          Bruno sabía que debía apartarse de aquella voz, pero una parte de él quería seguir mientras veía a Iván. Aquella era la verdadera batalla. No tenía que luchar contra Satanás, sino contra su propio ego.

          Iván se acercó todavía más.

—Yo no quiero darte nada que tú no quieras.

          Bartolomé le recordó que el ser humano debía ser libre para mirar más allá de sus propios deseos. Bruno pensó en Colón, en el viaje hacia lo desconocido y en Bartolomé, que había dedicado parte de su vida a denunciar las injusticias cometidas contra los indígenas.

          El cielo comenzó a cubrirse de niebla. El puerto de Palos desapareció poco a poco entre una bruma espesa. Bruno miró a Bartolomé y después a Iván.

          Bartolomé comenzó a caminar hacia la niebla.

          Iván lo siguió.

—¡Esperad!

          Ninguno se detuvo.

          Ambos desaparecieron.

LA COMPETICIÓN DE LOS MAGOS

La vida del hombre es mortal, é la muerte muy cierta, é la hora muy incierta.

Juan Sebastian Elcano.

 

          Otro día, Bruno vio salir del océano a un hombre. Era alto, fuerte, fibroso y estaba curtido por años de navegación. Tenía los ojos vivos, una barba espesa y una expresión de esas que no necesitan presentación. Caminaba con un cuadrante en la mano y vestía como un hombre que acababa de bajarse de uno de los grandes viajes de la historia. Bruno lo observó con atención. Contó sus pasos, estudió su manera de caminar y buscó en su memoria algún nombre famoso. No era Cristóbal Colón. Eso estaba claro. Aquel hombre tenía otra clase de mirada: la de quien había visto demasiado mar.

—Marinero, ¿dónde estamos? —preguntó el desconocido con una voz grave.

—En el puerto de Palos, señor.

—Así que es España.

          Bruno quiso impresionar al recién llegado. Buscó una chistera, pero no tenía chistera. Buscó una baraja, pero tampoco tenía baraja. Pensó en hacer aparecer una paloma, aunque enseguida comprendió que tampoco tenía paloma. Al final decidió utilizar el recurso más seguro de los magos cuando no saben qué hacer: poner cara de misterio.

          El hombre miró el océano.

—El mundo es salvaje. Yo di la primera vuelta al mundo. Sentí frío, pasé calor, sufrí hambre y vi morir a muchos hombres. Salimos cinco naves y solo una regresó. Llegué a España destrozado, pero llegué. Si quieres vencer al mundo, recuerda esto: el mundo no se deja vencer. Te arranca el alma y después decide qué hacer con ella.

          Bruno abrió la boca.

—¡Juan Sebastián Elcano!

          Elcano asintió. Había salido con la expedición de Magallanes y había cruzado mares que para otros hombres solo existían en los mapas. Después del asesinato de Magallanes, Elcano tomó el mando y continuó el viaje. La nao Victoria se convirtió en el último hilo que unía a aquellos hombres con sus países. Tres años después de la partida, regresó a Sanlúcar de Barrameda. Habían dado la vuelta al mundo. Elcano había conseguido algo que parecía imposible: salir de un lugar y regresar a su casa después de haber recorrido el planeta.

          Bruno se quedó mirándolo con admiración.

—Eso sí que es magia.

—No —respondió Elcano—. Eso fue supervivencia.

          Bruno estaba a punto de contestar cuando una enorme ola golpeó la orilla. De ella salió un pez espada. Pero no era un pez espada cualquiera. Tenía la cara de Iván del Agua.

—No puede ser.

          El pez sonrió.

—Sí puede ser.

—¿Iván?

—El mismo.

—¿Te has convertido en pez?

—Temporalmente.

—¿Y por qué?

Iván se quedó pensativo.

—Porque quería demostrar que puedo hacer cosas que tú no puedes.

          Elcano dio un paso atrás. Había cruzado océanos desconocidos, pero nunca había visto dos magos competir por ver quién tenía el ego más grande.

—¿Qué pretendéis hacer? —preguntó.

—Demostrar quién es el mejor mago de la historia —respondió Bruno.

—Yo soy el mejor mago de la historia —corrigió Iván.

—Eso lo digo yo.

—Pues dilo más alto.

—¡Yo soy el mejor mago de la historia!

—No te he oído.

—¡SOY EL MEJOR MAGO DE LA HISTORIA!

          Elcano cerró los ojos. Por un momento pareció echar de menos una tormenta.

Bruno levantó un dedo.

—Voy a resucitar el puerto de Palos, conoceré a Cristóbal Colón y haré desaparecer el océano.

Iván se rio.

—Yo puedo hacer algo mejor.

—¿El qué?

—Puedo convertirte en un pez.

Bruno señaló al enorme pez espada.

—Ya hay uno aquí.

—¡Haya paz! —ordenó Elcano.

          Los dos magos lo miraron.

—Tiene razón —dijo Bruno.

—Sí —respondió Iván.

          Hubo tres segundos de silencio.

—Pero yo sigo siendo mejor.

—Eso ni lo sueñes —contestó Iván.

          Elcano miró al cielo. Había sobrevivido a la enfermedad, al hambre, a las tormentas y a un viaje alrededor del mundo. Sin embargo, empezaba a pensar que aquel duelo de magos podía ser su mayor peligro.

          Iván pronunció un conjuro. El océano comenzó a moverse. Las olas crecieron y, entre la espuma, apareció la nao Victoria. Era la misma nave con la que Elcano había conseguido completar la primera vuelta al mundo. Detrás de ella apareció toda la tripulación.

—¿Qué te parece?

—Yo soy el mejor mago de la historia —dijo Bruno, todavía empeñado en no perder la batalla.

Elcano lo miró.

—Entonces haz un milagro.

—¿Cuál?

—Haz que el hombre vuelva a creer en sí mismo.

Bruno se quedó callado.

          Iván también.

          Elcano caminó hacia la Victoria. La tripulación lo esperaba. Había llegado la hora de regresar. Subió a bordo y el barco comenzó a alejarse.

—Me tengo que ir —dijo—. El mundo me espera.

          La Victoria desapareció poco a poco entre las olas. Los siglos se la tragaron para convertir aquel viaje en historia.

Iván se acercó por detrás.

—Bueno, aprendiz. ¿Ya sabes hacer ese milagro?

Bruno se volvió.

—Todavía no.

—Entonces sigues siendo aprendiz.

—Y tú sigues siendo un pez.

LA JUVENTUD DE LA MAGIA

Los caribes siempre han sido malos para esta isla.

Juan Ponce de León

          El mago Bruno contemplaba la batalla en el puerto de Palos. Los indígenas huían de los soldados, huían de una vida encadenada, huían hasta de aquel cielo que por momentos se volvía oscuro y marrón. Era una escena que el mago nunca había visto, una de esas batallas de los tiempos de los descubrimientos, cuando todavía existían lugares que ni la propia tierra parecía conocer. Bruno pensó en su juventud, cuando preparar un bolo de magia resultaba sencillo y salir a un escenario bastaba para sentirse importante. Pero la vida cambia y todo parece más duro. Es complicado asombrar al mismo público todos los días porque, al final, es el público quien termina por asombrarte a ti.

          No quiso entrar en la batalla. La observó desde cierta distancia. Tampoco quería viajar a otro siglo, aunque a Bruno le gustaban los milagros, sobre todo aquellos que le permitían seguir sintiéndose mago en una sociedad que ya no necesitaba demasiado a los magos. Las epopeyas también quedaban lejos. Pertenecían a otra literatura, a un tiempo en el que la paz estaba en lo desconocido y los viajes por mar se convertían en auténticas aventuras.

          Alguien le tocó la espalda.

          Bruno se volvió.

          Un hombre con armadura, espada y daga lo miraba de arriba abajo. Tenía el rostro curtido, la barba espesa y unos ojos que no apartaban la atención de la batalla. Parecía formar parte de aquel lugar desde siempre.

—¿Dónde está la fuente de la eterna juventud, joven?

          Bruno sintió un escalofrío. Reconoció a aquella persona.

          Era Juan Ponce de León.

—No, nunca he visto esa fuente.

          Ponce de León sonrió con cierta tristeza.

—Entonces todavía no sabes lo que significa envejecer.

—¿Qué significa?

          El conquistador dejó de mirar la batalla y observó a Bruno.

—Envejecer es descubrir que el cuerpo empieza a contar una historia que tú no quieres escuchar. Es levantarte un día y comprender que ya no eres el hombre que fuiste.

          Bruno permaneció callado.

          Ponce de León apoyó una mano sobre la empuñadura de su espada.

—Nací en Santervás de Campos, en Castilla. Serví como soldado, luché en la conquista de La Española y participé en la conquista de Puerto Rico. Allí fui gobernador. Tenía poder, tierras y reconocimiento. Podía haberme quedado allí y vivir como un hombre importante.

          Hizo una pausa.

—Pero entonces apareció la leyenda.

—¿La fuente?

—La fuente de la eterna juventud. Decían que existía en unas tierras al norte. Que sus aguas podían devolver la juventud a quien bebiera de ellas. Yo no quería morir. No me avergüenza decirlo. Había visto morir a demasiados hombres para pensar que la muerte era una historia que les ocurría solamente a los demás.

          Ponce de León volvió los ojos hacia la batalla.

—Busqué aquellas aguas porque quería encontrar algo que ningún soldado había encontrado antes. Navegué hacia nuevas tierras. Llegué a una tierra a la que llamé Florida porque la encontré en el tiempo de Pascua Florida. Después recorrí costas, ríos y territorios que para nosotros eran desconocidos. Pero la fuente nunca apareció.

          Bruno lo escuchaba con una atención que pocas veces concedía a alguien que no fuera él mismo.

—¿Y no te cansaste?

          Ponce de León negó con la cabeza.

          Entinces Bruno bajó la mirada.

          Él también se negaba a envejecer. No quería convertirse en un hombre distinto, aunque tampoco quería vivir eternamente. Quería seguir así ni muy joven ni muy viejo, seguir teniendo fuerzas, seguir que le quedaba algo importante por hacer. La muerte le daba miedo. Mucho más del que estaba dispuesto a reconocer.

—Yo me niego a envejecer —dijo.

          Ponce de León lo miró con una extraña mezcla de ironía y compasión.

—Entonces eres más parecido a mí de lo que crees.

          Los dos contemplaron la batalla. Los soldados despreciaban su propio destino y los indígenas luchaban por conservar una vida que otros querían arrebatarles. Para Ponce de León, aquella escena era una especie de poesía en movimiento. Había sangre, miedo, ambición y muerte, pero también estaba allí aquello que él había perseguido durante años: la vida.

—Mira, Bruno —dijo—. Todos ellos quieren lo mismo.

—¿Vivir?

—Exactamente. Incluso quienes luchan desean llegar vivos al final del día. La diferencia es que algunos todavía no saben que la muerte siempre termina ganando.

          Entonces ocurrió algo extraño.

          La batalla comenzó a desaparecer.

          Primero se apagaron los gritos. Después las espadas dejaron de chocar. Los soldados se desvanecieron como humo y los indígenas desaparecieron entre una niebla espesa. Solo quedaron los muertos sobre aquel suelo consagrado por vencedores y vencidos.

          Ponce de León dio un paso atrás.

—Esto no es obra mía.

          Bruno miró alrededor.

          El cielo se volvió todavía más oscuro.

          Desde el horizonte llegó un ruido seco, parecido al golpe de unas patas contra la

          Los pasos se acercaban.

          Bruno sintió que algo le recorría la espalda. Ponce de León desenvainó la espada.

          Era un animal imposible. Tenía cuerpo de león, cabeza de cabra y unas patas demasiado largas para aquella criatura. Avanzaba lentamente entre los cadáveres, apartando los cuerpos con las pezuñas. Sus ojos brillaban en la oscuridad.

          Bruno lo reconoció.

          No por su rostro pero si por su mirada. ¡Iván del Agua!

          La criatura se detuvo frente a ellos.

          Sonrió.

          Una sonrisa humana en un rostro que no debía sonreír.

—¿En qué te has convertido esta vez? —preguntó Bruno.

          La criatura inclinó la cabeza.

          Su voz salió grave, rota, como si hablara desde el fondo de una tumba.

—Soy la quimera.

          Ponce de León levantó la espada.

—¡Brujería! —gritó.

          La quimera no apartó los ojos de Bruno.

—No, amigo. No es brujería. Solo es mi rival – señalo Bruno.

—¿Y por qué no le matas?

—No soy un asesino.

          Iván del Agua quería saborear su victoria. Su última magia, convertirse en una quimera, era su gran obra maestra, pero también sabía que aquella sería su ave fénix de la magia. La magia también termina siempre. Hay un último momento y, después, en un abrir y cerrar de ojos, te encuentras cara a cara con la fuente de la eterna juventud. ¿Y qué es? Solo una fantasía creada en una página de la Historia.

—Sabes, querido rival, que después de este truco desapareceré.

          A Bruno le entró el pánico. Olvidó incluso que era mago. Se quedó inmóvil, con la mirada perdida, hasta que buscó a Juan Ponce de León, que permanecía junto a ellos agarrando con fuerza su espada. El soldado observaba a la quimera sin saber qué hacer.

          Iván del Agua respondió muy lentamente a aquel auxilio silencioso.

—Juan Ponce de León —dijo—. ¿Quieres llegar a la fuente de la eterna juventud?

—Sí.

          Iván del Agua extendió una mano. El aire pareció detenerse alrededor de ellos. Bruno vio cómo las hojas de los árboles dejaban de moverse y cómo la figura de Ponce de León comenzaba a perder nitidez.

Ponce de León intentó levantarla su espada, pero sus dedos ya parecían pertenecer a otro tiempo. Bruno dio un paso hacia él.

—¡Ponce de León!

          El soldado volvió la mirada. Bruno pudo ver perfectamente sus ojos. No había miedo en ellos, como si por fin hubiera encontrado aquello que llevaba toda su vida buscando.

          Entonces desapareció.

          La espada cayó al suelo con un golpe seco.

          Iván del Agua contempló a Bruno durante unos segundos.

—Adiós.

          Y tamnién desapareció. ¿Para siempre?

¡Zarparon!

Ellos no tienen armas ni las conocen.

Cristobal Colon.

          Eran las ocho de la mañana de principios de agosto. El mago Bruno paseaba con los pensamientos desperdigados por las calles de Palos de la Frontera. Hacía tiempo que no se preocupaba por la magia. Iván del Agua se había quedado atrás; era solo uno de aquellos recuerdos que aparecían cuando pensaba en la fama quiso. Bruno había madurado, aunque no había olvidado del todo la magia. Aquella mañana llegó al Puerto de Palos y, por primera vez, aquel lugar ya no significaba un reto. No tenía que demostrar nada a nadie. Sin embargo, al fondo de aquella extraña lejanía vio algo que no encajaba. Había caballos, marineros, soldados y hombres que corrían de un lado para otro. Las naves estaban preparadas para partir. Los marineros tensaban los cabos, revisaban las cubiertas y aseguraban la carga. Las velas permanecían recogidas, pero el viento ya soplaba desde el mar. Bruno reconoció entre aquella multitud a algunas de las figuras del primer viaje de Cristóbal Colón: los Reyes Católicos, Juan de la Cosa y los hermanos Pinzón.

          Cristóbal Colón estaba a pocos pasos. Bruno quiso acercarse, pero una fuerza magnética se lo impidió. No podía avanzar. Colón parecía ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Miraba las naves con el rostro serio y la espalda recta. Dio una orden y los marineros soltaron los últimos cabos. Las velas comenzaron a subir por los mástiles y el viento las llenó de golpe. La madera crujió. Los hombres tiraron de las cuerdas mientras las naves se separaban poco a poco del muelle. Bruno sintió que aquella escena tenía algo que ningún truco de magia podía imitar. Colón permaneció firme mientras contemplaba la costa. No sabía qué encontraría al otro lado del océano, pero había decidido partir. Bruno quiso gritarle, advertirle, preguntarle adónde creía que iba. No pudo pronunciar una sola palabra y tampoco oía nada. Solo pudo sentarse en el suelo y mirar. Primero las naves tomaron rumbo a Canarias. Después llegaría el océano abierto y, con él, lo desconocido.

          Bruno abrió los ojos y volvió a su realidad. El Puerto de Palos había desaparecido. Ya no estaban los marineros, ni los caballos, ni los Reyes Católicos, ni Cristóbal Colón. Solo quedaba el silencio de aquel lugar que ya no existía. Permaneció unos segundos sentado en el suelo. Había pasado toda su vida buscando una magia capaz de hacerle famoso y, sin embargo, acababa de comprender que la verdadera magia no estaba en conseguir que los demás mirasen hacia él. Estaba en atreverse a marchar cuando nadie sabía qué había al otro lado. Por primera vez, comprendió que llevaba demasiados años que buscaba en el lugar equivocado.

 

¿Por qué sirve para algo la fama si vas a perder el alma por el camino?

 

© Jorge Girbau Bustos.

Septiembre de 2026.

Narrativa

Imagen portada: openai

El mago Bruno y el descubrimiento del nuevo continente

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