La Lujuria de encarnar
Un paraje pulido por tinieblas densas, con grisáceas sondas, disonaban los sentidos extranormales de aquel ente. Su memoria, esencia o cáliz de vida, había sido arrebatada con alevosía por manos tan desconocidas como… ineludibles. Tiempo había pasado y, probablemente, espacio también había dejado de existir entre tanta variedad de fragmentos del pasado solemne de la penumbra que envolvía, aparentemente, a toda su somera realidad.
El espectro no recordaba cuándo había dejado de tener nombre, pero conservaba intacto el peso de su pérdida. Flotaba como una niebla gélida y sin contorno a través de un valle de piedras espumosas y desfiladeros que jamás figuraron en los mapas de los vivos. No sentía frío ni calor, y esa era su mayor condena: la ausencia de bordes, la imposibilidad de acariciar el suelo o de disfrutar el roce de una brisa que le confirmara que aún estaba en alguna parte. Vagar sin cuerpo no era desconectar; era caer eternamente a través de un vacío existencial que no parecía ofrecer contención.
En aquel universo espiritual no existían árboles ni cauces de agua corriente, sino inmensas formaciones de cuarzo, placas de basalto negro y cuencos ciclópeos tallados en la roca viva, suspendidos bajo una bruma plomiza que parecía contener la respiración. Todo en ese reino permanecía petrificado, suspendido en una disonancia atemporal. El alma avanzaba arrastrando la inercia de una tristeza de antaño, añorando cosas tan vitales y humanas que, por momentos, resquicios de un recuerdo le desgarraban con una punzada sin nombre… anónima: el golpeteo de la lluvia sobre la coronilla, el crujido de la grava bajo las botas, la vibración áspera de su propia voz al cantar en la cocina para invitar a la soledad a desvanecerse de forma efímera.
El sucinto episodio de memoria se quebró en un instante. Súbitamente, un rumor lejano apagó la quietud del aire.
No era un sonido que entrara por los oídos, pues el alma carecía de tímpanos y cartílagos; era una pulsación que atravesó su niebla desde el suelo. En el centro de una llanura se alzaba un cuenco monumental de bronce y oro pálido, en cuyo fondo reposaba un espejo de agua oscura como su mente derruida. Alrededor de las orillas, una fuerza invisible trazó un roce continuo, y un tono grave, gutural y, extrañamente, aterciopelado comenzó a manifestarse por el aire.
El espectro solitario se detuvo, sobrecogido. Al mirar la superficie del agua dentro del cuenco, presenció cómo la esencia del líquido se rompía en una danza precisa: la vibración, lejos de producir olas desordenadas, delineaba mandalas concéntricos, polígonos perfectos y estrellas acuáticas de seis y ocho puntas que se abrían y cerraban al compás del zumbido. Por primera vez en lo que se podría llamar existencia, el ánima fue testigo de que aquel sonido se estructuraba en una arquitectura viva, con la facultad de moldear la materia a su ritmo universal.
Potenciado por una curiosidad que no parecía suya, el ente se aproximó al cuenco, descendiendo con parsimonia hacia el corazón de la construcción vibratoria. Al hacer contacto con la pradera resonante, un movimiento sísmico le trajo placer por entero.
En la periferia de su cuerpo nebuloso, donde en un pasado desdibujado existían la piel y la punta de los dedos, se abrió paso una cosquilla diminuta y sutil, una cadencia lenta de diez pulsaciones por segundo que le devolvió la noción de los bordes y el roce suave, como si unas manos invisibles acariciaran la frontera de su gestalt. Un destello después, el tono del cuenco mutó hacia un murmullo más veloz y superficial, y el alma sintió un cosquilleo eléctrico semejante a la seducción del agua de un arroyo sobre los miembros desnudos. Pero fue cuando el metal emitió un rugido profundo, una nota cavernosa de más de doscientos ciclos por segundo, cuando la niebla se estremeció hasta su médula, cual orgasmo espectral: la oscilación no se quedó en la superficie, sino que penetró como un haz cálido y dulcemente húmedo hacia el centro de su extraviada esencia, invistiendo su núcleo denso y olvidado que gimió con la fuerza de mil corazones excitados hasta el punto de eyaculación.
La vibración ascendió como savia llameante por un canal vital que el espectro ya no recordaba poseer. Viajó como un hilo de fuego hacia lo más hondo de su ser, hasta una cámara íntima y reprimida, en la cual residían sus memorias. Allí, en ese rincón donde solía habitarse la tríada trágica, en donde dolía, moría y se erigía la culpa por desconocerse, la resonancia degustó su angustia. El zumbido constante apagó la alarma sorda que lo mantenía huyendo de su propia sombra; una oleada de calor inundó sus orillas, como si un manto de lana gruesa arropara la desnudez de su letargo, y en su interior brotó una certeza tan humana como el llanto: estaba sintiendo su propia valencia, estaba habitando de nuevo un anhelo.
A lo lejos, en las terrazas más celestiales del espacio, dos columnas de viento silbaron dos notas distintas, dos cantos puros que se cortejaban en la niebla. Al compenetrarse en el ahora donde flotaba el alma, los dos tonos se fundieron en un tercer pulso ondulante, un vaivén acompasado que mecía sus pensamientos errantes como el oleaje de una marea tibia, como el valle de una pareja teniendo un amor tan eterno como iluminado por deseos.
Los pensamientos de aquel ente, un huracán de recuerdos fragmentados y prisas estériles, comenzaron a sincronizarse con el compás de aquella cadencia invisible. La borrosa angustia por intentar recordar quién había sido o hacia dónde debía partir se consumió en el aire. El ritmo apresurado mudó hacia un reposo sereno, luego hacia una quietud transparente y, finalmente, hacia un silencio tan profundo y restaurador como el sueño sin sueños que cobija a los vivos exhaustos.
En ese fondo de paz absoluta, una última frecuencia, limpia y determinante como la nebulosa de una estrella fugaz a cuarenta pulsos por segundo, le hizo el amor al cosmos. El alma no vio fantasmas ni paraísos prometidos; se vio a sí misma con una lucidez impecable. Hizo presente que la existencia y el espíritu no estaban separados por un abismo insalvable, puesto que copulaban unidos por el puente invisible del movimiento y el ritmo. La vibración no lo estaba expulsando de aquel mundo desconocido; lo estaba regresando a encarnar en él.
En el instante en que el último eco del cuenco se difuminó y el espacio recuperó su silencio refractario, el espectro ya no era una bruma esterilizada por la corriente cósmica. Sus contornos se habían vuelto nítidos, densos, arraigados al espacio que ocupaba. Bajó la mirada hacia el espejo de agua y, en lugar de un vacío transparente, contempló el reflejo de dos ojos áuricos, vivos, que lo miraban de vuelta con ternura, coquetería y picardía ambrosíaca.
Inhaló despacio, sintiendo la expansión real de su pecho contra el aire fresco de la tarde. Plantó los pies sobre una manta de cuerpos rocosos cálidos, sonrió con la sencillez de quien corona sus tierras tras una travesía fantasiosa y dio su primer paso firme sobre la tierra, sabiendo que, mientras el mundo guardara una sola vibración en sus atributos, jamás volvería a deslizarse por la castidad.
Por Juan Alberto Díaz Ponce León
Imagen portada: openai
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