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Maternidad

Maternidad
Jorge Girbau Bustos
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Maternidad

I

Tú trabajas; tú vas a las tierras. Tu cabeza está puesta en tus olivos y yo estoy puesta en tus hijos.

Yerma, Federico Garcia Lorca.

Lunes. 29 de Diciembre de 2025. Plaza de Santa Ana. Madrid.

          Aquí estoy, en la plaza de Santa Ana, frente al Teatro Español de Madrid. Justo a esta hora, hace años, Federico García Lorca estrenó Yerma. La leí en el colegio y, aunque entonces era demasiado joven para comprender el alcance de aquella tragedia, sentí una extraña cercanía con su protagonista. Empaticé con ella sin saber muy bien por qué. Ahora estoy casada, no tengo hijos y mi marido se llama Juan, como el protagonista de la obra. No lo busqué, no estaba buscando ningún Juan. Fue una casualidad que al principio ni siquiera relacioné con la historia. No me llamo Yerma, pero me ha sucedido algo parecido a lo que le ocurrió a ella. Y ahora, a los pies de la estatua del poeta, intento escribir con toda la humildad que soy capaz de reunir.

          Me casé enamorada. Esa es la verdad. No miento, aunque a veces me pregunto si realmente estaba enamorada o si confundí el amor con la promesa de una vida feliz. El amor debería surgir con el nacimiento a la vida, crecer, alimentarse de pequeños gestos y encontrar un lugar donde quedarse. Pero ¿qué sucede cuando ese amor empieza a marchitarse y una descubre que ha construido su vida sobre algo que quizá nunca existió? No soy poeta, aunque me gustaría serlo. Ya lo creo que me gustaría. Sin embargo, de mi cabeza apenas salen emociones desordenadas, pensamientos que se atropellan y una tristeza que no consigo explicar. Tal vez estoy atascada, como esos escritores que pasan horas delante de una página en blanco. Aunque yo no tengo una página en blanco: tengo una vida entera que no sé cómo continuar.

          Mira, es Navidad y cada año que pasa la Navidad parece morir un poco más. Las luces siguen encendidas, las calles se llenan de gente y los escaparates exhiben sus mejores adornos, pero yo ya no encuentro nada que celebrar. Pronto aparecerá mi marido para llevarme a casa. Dentro de dos días será Nochevieja y después volverá enero, febrero, marzo… Los meses se suceden en un vaivén interminable. Un año detrás de otro, como si alguien hubiese decidido poner mi existencia en un calendario y repetirla hasta el agotamiento. Lo peor de todo es que no sé si alguna vez tendré hijos. Cada mes que pasa me acerca a una respuesta que no quiero escuchar. Creo que nunca seré madre. Lo presiento, lo temo, lo llevo dentro como una sentencia. Y también temo que mi marido se canse de mí. Lo veo en sus gestos, en sus silencios, en esa manera de mirarme que a veces parece atravesarme sin encontrar nada. ¿Quién va a querer permanecer al lado de una mujer que no puede darle hijos? ¿Quién soy yo si no puedo cumplir aquello que siempre imaginé como parte de mi vida?

          Ya se acerca. Camina despacio, con paso elegante. Lleva un traje negro y una corbata naranja. Es alto, guapo, tiene buena presencia y todavía me gusta mirarlo. Suele llevarme a cenar, se preocupa por mí y sabe comportarse como un marido atento cuando quiere. A veces me toma de la mano y parece que nada ha cambiado. Pero yo conozco sus ausencias, sus regresos a deshora y sus excesos. Me pregunto cuánto durará esta representación. Hasta cuándo podremos fingir que somos un matrimonio feliz. Hasta cuándo podré seguir interpretando el papel de una mujer que no tiene motivos para quejarse.

          Miro la estatua de Federico. Está sentado, con esa expresión seria que parece esconder una conversación pendiente. Me pregunto si nos llevaríamos bien. Quizá sí. Quizá habría sabido escucharme sin juzgarme. Y entonces vuelve la pregunta que me persigue: ¿cómo voy a decirle a mi marido que no puedo ser madre? Tengo que hacerlo, lo sé, pero me falta valor. Me aterra su reacción, su decepción, la posibilidad de que me mire como a una mujer incompleta. ¿Y si no me atrevo nunca? ¿Y si paso el resto de mi vida escondida detrás de una mentira que terminará por devorarme?

          Ay, Yerma, cuánto te quiero. Me gustaría sacarte de tu época, arrancarte de aquella Andalucía que te condenaba a vivir bajo la mirada de los demás y traerte hasta aquí, al siglo XXI. Ahora el hombre ha llegado a la Luna, tenemos internet, máquinas que parecen pensar y una ciencia capaz de explicar buena parte de los misterios de la vida. Sin embargo, todavía no sabemos qué hacer con el sufrimiento de una mujer que desea ser madre y no puede. Hemos avanzado mucho, pero hay dolores que siguen encerrados en las mismas habitaciones.

          Al fondo está el Teatro Español, y detrás de sus puertas continúa Yerma. Siempre Yerma. Yerma, la fuerte; la desangrada; la que lucha contra un destino que no comprende; la que desea vivir y no encuentra la manera de hacerlo. Yerma, que convierte su deseo de maternidad en una herida abierta y termina por destruir aquello que más ama.

          Me siento como una encantadora de leones que ha perdido el control de sus animales. Los he alimentado, he soportado sus rugidos y he intentado mantenerlos tranquilos, pero ahora se vuelven contra mí. Mi esterilidad es una jaula que no he elegido y de la que no encuentro salida. No puedo parir, aunque quiera. Yerma sufre y yo solamente lloro. Ella al menos tiene la fuerza de enfrentarse a su tragedia; yo ni siquiera sé cómo empezar a contar la mía. Me avergüenza reconocerlo, pero hay noches en las que siento envidia de las mujeres que llevan a sus hijos de la mano, de las que se quejan de los despertares, de los colegios y de las pequeñas obligaciones de la maternidad. Me avergüenza porque sé que no tienen ninguna culpa, pero no puedo evitarlo.

          Sigo aquí. Mi marido se acerca y cada segundo que pasa parece contener una vida entera. Es deportista, seductor y también un borracho. Para qué voy a engañarme. Me prometió felicidad y yo le creí. Me casé pensando que juntos construiríamos una familia, que habría una casa llena de voces y desórdenes. Después llegaron las discusiones, los empujones, las noches interminables y el alcohol. Todo se lo bebía. Volvía a las tantas, con un olor que no siempre sabía reconocer y del que prefería no preguntar demasiado. A veces imaginaba de dónde venía, qué lugares había frecuentado y con qué mujeres habría compartido aquellas horas. Yo esperaba en casa, cada vez más pequeña, cada vez más sola. Y después estaba mi desgracia, mi supuesta desgracia: la mujer que no podía ser madre, la que lloraba por las noches, la que tenía que soportar que su marido continuara con su vida mientras la suya se detenía.

          Pobre Yerma. Qué fácil resulta compadecerla desde fuera y qué difícil es reconocerla cuando una descubre que comparte su dolor. Solo tú me has querido, Federico, o al menos eso quiero pensar. Solo tú has sabido entender algo de mi alma sin conocerme. Me gustaría que bajaras de ese pedestal, que dejaras por un momento tu condición de estatua y caminaras conmigo por estas calles. Te habría lavado la ropa, preparado la comida y cuidado cuando estuvieras enfermo.

          Recuerdo que quise casarme con Juan. Nos casamos pronto y al principio todo parecía posible. Después se quedó calvo, llegaron las primeras discusiones, los reproches, los empujones y aquella manera de beber que terminó por ocupar demasiado espacio en nuestra casa. Y yo seguía sin hijos. Juan me quiere, o eso dice, y yo también lo he querido. Nos conocemos, sabemos de dónde venimos y conocemos nuestras respectivas vidas. Pero hay algo que ya no puedo ocultar: no puedo tener hijos y tampoco sé si quiero seguir compartiendo mi vida con un hombre que me hace sentir culpable por ello. No sé qué parte de nuestra historia fue verdadera y cuál fue una ilusión. Quizá nos quisimos de verdad, quizá dejamos de hacerlo sin darnos cuenta. Lo que sí sé es que no puedo seguir esperando a que mi vida empiece.

          No voy a volver a casa. Esta vez no. Juan, te voy a abandonar. Te veo acercarte poco a poco. He vuelto a ver Yerma en Navidad. He vuelto a leer Yerma en Navidad. No quiero que mi deseo de ser madre se convierta en toda mi identidad. No soy una mujer incompleta. Estoy herida, estoy cansada y tengo miedo. Quizá esa sea la diferencia que hoy he descubierto a los pies de Federico.

          Me voy con Lorca. No sé adónde, ni qué haré mañana, ni cómo será mi vida cuando abandone esta plaza. Solo sé que no quiero regresar a aquella casa donde cada noche se parece demasiado a la anterior.

II

El honor es una carga que se lleva entre dos, pero que pesa más sobre la mujer.

Yerma, Federico Garcia Lorca.

Lunes. 29 de Diciembre de 1975. Plaza de Santa Ana. Madrid

          Mi marido, nunca llegué a saber con certeza en qué bando había luchado durante la Guerra Civil. No sé si fueron los nacionales o los republicanos quienes acabaron con su vida. Lo único que sé es que lo fusilaron. Me quedé sin él tres años después de casarnos. Apenas habíamos tenido tiempo de aprender a vivir juntos cuando la guerra decidió por nosotros. No tuvimos hijos. Desde 1937 soy viuda, y desde entonces arrastro una ausencia que nunca he conseguido llenar. En el barrio me llaman la viudita. Al principio me molestaba, después me acostumbré y, con los años, comprendí que aquel diminutivo contenía toda mi existencia. Soy una viudita de verdad, una mujer a la que le arrebataron demasiado pronto el marido, la posibilidad de ser madre y buena parte de su juventud. Poca felicidad he conocido. Treinta y nueve años de dictadura y otros tantos veinte de soledad.

          Desde mi pequeña ventana vi pasar los años, los uniformes, los oficios, las costumbres y hasta los pensamientos de las personas. Vi cómo los hombres regresaban del frente. También vi cómo muchas mujeres se quedaban solas, como yo, con una fotografía entre las manos y una silla vacía frente a la mesa. España quedó dividida entre vencedores y vencidos, pero el sufrimiento no entendió de bandos. Hubo fusilamientos, cárceles, depuraciones, destierros y familias rotas. Hubo hombres que desaparecieron sin que nadie pudiera preguntar por ellos y mujeres que aprendieron a bajar la voz antes incluso de pronunciar el nombre de sus maridos.

          La posguerra fue una larga condena para quienes tuvimos que continuar con nuestras vidas después de la tragedia. El hambre, los alimentos escaseaban, las cartillas de racionamiento apenas alcanzaban para cubrir las necesidades más elementales y conseguir un poco más de pan podía convertirse en una tarea de todo el día. Recuerdo las colas, los rostros cansados. La pobreza no era solamente la falta de dinero, también era la imposibilidad de elegir, de viajar, de leer determinados libros o de expresar libremente lo que uno pensaba. Había que aceptar lo que llegaba y agradecer incluso aquello que apenas permitía seguir adelante.

          Hace poco pude leer Yerma, de Federico García Lorca, y desde entonces me he visto reflejada en aquella mujer que desea ser madre y no consigue alcanzar su sueño. La obra me devolvió a una parte de mí misma que creía olvidada. Desde aquel descubrimiento visito con frecuencia la estatua del poeta, como si su presencia pudiera devolverme algo. Hoy, además, tengo un motivo especial para acercarme. Es 29 de diciembre y Madrid parece distinto cuando una lo contempla desde la distancia que proporcionan los años. No tengo hijos ni marido. Me pregunto cómo era yo en 1934, el año en que se estrenó Yerma, antes de que el color negro ahogara mi vida, antes del luto, del hambre y de aquella oscuridad que terminó por cubrirlo todo.

          Después llegó la guerra y todo se vino abajo. Las calles dejaron de pertenecer a sus vecinos y se llenaron de soldados, milicianos, patrullas y hombres armados que defendían ideas enfrentadas. Los edificios mostraban las heridas de los bombardeos, las familias buscaban refugio y las noticias del frente llegaban cargadas de incertidumbre. Madrid conoció los ataques aéreos, las noches en los refugios y el miedo a no encontrar a los seres queridos al amanecer. La violencia no distinguía entre quienes tenían una vida por delante y quienes apenas habían comenzado a vivirla. Mi marido fue uno de aquellos hombres a los que la guerra arrancó de su hogar. Tuvo que marcharse al frente y, durante un tiempo, viví pendiente de cualquier noticia que pudiera explicar dónde estaba, si seguía vivo o si regresaría algún día. Cada paso en la escalera me hacía levantar la cabeza. Cada carta que llegaba a manos de algún vecino despertaba una esperanza que enseguida se convertía en angustia. Yo no sabía dónde se encontraba ni quién lo tenía bajo su custodia. Tampoco sabía si había pasado hambre.

          Mi marido no se marchó a comprar tabaco para desaparecer después de una esquina. Mi marido tuvo que ir a la guerra, lo capturaron y lo mataron cuando todavía no había cumplido los veinticinco años. Nos habíamos casado jóvenes, claro que sí, porque nos enamoramos antes y porque entonces creíamos que el futuro nos pertenecía. Teníamos una vida por delante, una casa que llenar de risas y una familia que todavía no existía, pero que ya formaba parte de nuestros sueños. Él era un hombre bueno, un padre que habría disfrutado con sus hijos. Le gustaba jugar con los pequeños, hacerles reír y después sentarlos a estudiar. En mi imaginación, nuestra familia estaba formada por cuatro hijos, dos chicos y dos chicas. Los niños cuidarían de sus hermanas, él les enseñaría a comportarse y yo encontraría en aquella casa el sentido de tantos sacrificios. Nunca llegué a conocerlos, pero durante años les puse caras, imaginé sus voces y hasta pensé en cómo habrían sido sus vidas. No sé si habrían heredado los ojos de su padre o mi carácter.

          No quise volver a casarme. Tuve oportunidades, conocí a hombres que quizá habrían podido ofrecerme otra forma de felicidad, pero no quise intentarlo. No era solamente fidelidad a un marido muerto. Era también el miedo a traicionar la vida que habíamos imaginado juntos. Me acostumbré tanto a su ausencia que terminé por convertirla en una parte de mi identidad.

          La dictadura avanzó y yo permanecí en casa, mientras fuera se sucedían los años, los discursos, las celebraciones oficiales y las noticias que hablaban de una España distinta. Cambiaron las modas, llegaron nuevos aparatos, aparecieron otros trabajos y las ciudades comenzaron a crecer. Algunas mujeres pudieron salir de sus casas, trabajar y estudiar, pero otras continuamos atadas a una existencia que parecía escrita de antemano.

          La soledad también tiene sus estaciones. Al principio duele como una herida abierta; después se convierte en una costumbre y, finalmente, amenaza con confundirse con la propia vida. He visto envejecer a las mujeres que me conocieron y he asistido a sus entierros.

          Te miro, Federico, y pienso que quizá alguna vez nos cruzamos por las calles de Madrid. Tal vez pasé cerca de ti en aquel Madrid que hoy no recuerdo, cuando todavía se respiraba una esperanza de libertad y la gente discutía sobre el futuro. Yo viví nuestra República antes de la guerra, antes de que España tuviera un dictador. Después llegó otra guerra mundial. Mientras tanto, nosotros continuábamos aquí, entre las ruinas, las ausencias y las dificultades de una vida que no terminaba de levantarse. No reconozco del todo a este país. Quiere avanzar cuando todavía no sabe andar y pretende beber cuando apenas tiene agua.

          Ahora me encuentro ante una realidad que no termino de comprender. España parece querer abrirse al mundo después de tantos años de aislamiento. Los periódicos hablan de cambios, de nuevas libertades y de un futuro que todavía está por escribir. También dicen que Franco ha muerto y que habrá elecciones generales. La gente sale a la calle, conversa, discute y parece recuperar poco a poco una voz que durante demasiado tiempo tuvo que esconder.

          Mi marido está muerto y mis hijos no han nacido. Ninguna elección, ninguna ley y ningún cambio político podrán modificar esa parte de mi historia. La libertad que llega ahora es necesaria, pero no puede devolvernos a quienes perdimos. Los que hemos vivido demasiado tiempo bajo el peso de la guerra y de la dictadura sabemos que los calendarios avanzan con más facilidad que las personas. Un país puede cambiar de gobierno, recuperar sus instituciones y abrir sus puertas al mundo, pero quienes hemos sufrido sus heridas necesitamos mucho más tiempo para volver a sentirnos parte de él.

          Me pregunto qué habrías hecho tú, Federico, si hubieras sobrevivido a aquella guerra. Qué habrías escrito después de la muerte del dictador, cómo habrías contemplado esta España que intenta recuperar la voz y qué lugar habrías reservado para las mujeres que, como yo, pasamos la vida esperando algo que nunca llegó. Te mataron antes de que pudieras conocer el final de aquella dictadura, antes de que pudieras ver cómo se abrían de nuevo las puertas de los teatros y de las librerías, antes de que tus palabras regresaran a las calles.

          He visto cómo una generación entera aprendía a convivir con sus muertos y cómo otra comenzaba a descubrir un país diferente. Yo también he cambiado, aunque muchas veces no me haya dado cuenta. Ya no soy aquella muchacha que esperaba el regreso de su marido. Tampoco soy la mujer que imaginaba cuatro hijos correteando por la casa. Soy una anciana que ha sobrevivido a una guerra, a una dictadura y a una soledad que nadie eligió por ella.

          Estoy cansada, Federico. Cansada de mirar atrás, de recordar nombres que ya nadie pronuncia y de imaginar vidas que nunca llegaron a existir. Hoy he venido a verte porque necesitaba despedirme.  Me llevo conmigo a Yerma, a mi marido y a aquellos cuatro hijos que nunca nacieron. Me llevo también el recuerdo de una España que conocí. Puede que mañana ya no encuentre fuerzas para salir de casa. Puede que esta haya sido mi última visita. Me despido, poeta. Tú te quedaste sin futuro demasiado pronto; yo he tenido que vivir demasiado tiempo con uno que nunca llegó. La viudita se marcha, con su vida a cuestas y el corazón lleno de ausencias.

III

En los pueblos todo se sabe y todo se inventa.

Yerma, Federico Garcia Lorca.

 

Miércoles. 29 de Diciembre de 1954. Plaza de Santa Ana. Madrid.

          Mis actores están ensayando Yerma. He venido hasta aquí, al Teatro Español, porque hoy hace veinte años que estrenaste Yerma y sé que estás aquí, que puedes oírme. Quizá no puedas verme, Federico, pero necesito hablar contigo. Dirijo una compañía de teatro clandestina desde hace mucho tiempo. Lo hago para no perder las palabras. Vamos de pueblo en pueblo, como tú lo hacías con La Barraca, con nuestros decorados a cuestas, unos cuantos baúles, cuatro trastos y muchas ilusiones.

          Fui una de aquellas niñas que vio una representación de La Barraca en otra vida. Sí, te vi actuar, escuché tu voz y observé tu manera de caminar. Recuerdo tus manos, tus gestos y aquella forma tan tuya de acercarte al público. Después de la función, mis padres me llevaron a conocerte. Me saludaste y yo recuerdo que te sonreí.

          Mi padre siempre decía que la cultura era lo único que no podían quitarnos, aunque después comprendí que también podían intentar arrebatárnosla. Durante la guerra consiguió salvar parte de su biblioteca. Escondió tus libros, junto a otros volúmenes que podían comprometerlo, en un hueco de la casa que nadie conocía. Cuando llegaron los años más difíciles, aquella biblioteca se convirtió en nuestro pequeño refugio. Mi padre sacaba tus poemas y nos hacía leerlos a todos los hermanos. A veces repetíamos los mismos versos varias veces hasta que conseguíamos comprenderlos.

          Después de la guerra, Federico, las cosas cambiaron para todos. España se convirtió en un país de puertas cerradas, de persianas bajadas y conversaciones interrumpidas cuando alguien desconocido entraba en una habitación. La gente tenía miedo. No era necesario que un policía llamara a tu puerta para recordar que debías medir tus palabras.

          La comida tampoco abundaba. Las cartillas de racionamiento apenas alcanzaban para cubrir las necesidades de una familia. Había que hacer colas para conseguir aceite, azúcar, pan o cualquier producto que apareciera de vez en cuando en las tiendas. Las mujeres recorrían los mercados con la esperanza de encontrar algo más barato y muchas terminaban por acudir al estraperlo.

          Los libros tampoco se libraron de aquella vigilancia. La censura decidió qué podía leerse y qué debía desaparecer de las bibliotecas. Algunos títulos fueron retirados de las librerías, otros dejaron de publicarse y muchos autores quedaron relegados al silencio. Tus obras, Federico, eran un peligro para quienes pretendían decidir lo que debíamos pensar. Tu nombre estaba asociado a una herida que el régimen prefería mantener oculta.

          Mi padre nunca dejó de leer tus poemas. Decía que un libro prohibido no perdía su valor por el hecho de que alguien quisiera ocultarlo. Tenía razón. En nuestra casa aprendí que la cultura no pertenecía a quienes gobernaban, sino a quienes necesitaban conocerla.

          No necesito un marido pero echo de menos ser madre. Me gustan los niños. Suelo jugar con mis sobrinos y me encanta escuchar sus preguntas, sus ocurrencias y sus pequeñas historias. Ellos también quieren ser actores y pertenecer a la farándula, como yo. A veces los llevo a los ensayos y les permito que se sienten en las primeras filas. Se saben algunos diálogos de memoria y sueñan con salir a escena. Yo les digo que deben estudiar, leer y aprender a mirar a las personas.

          Mi primer novio era actor. Soñaba con hacer una película, con convertirse en alguien conocido y con viajar por el mundo gracias a su profesión. Después de la guerra desapareció de mi vida, lo mismo que desaparece un lápiz de una mesa o la menstruación cuando una deja de esperarla. Nunca lo vi en una película ni en una obra de teatro. No sé si abandonó su sueño, si tuvo que marcharse o si la vida le reservó otro destino. Una vez le conté que te había conocido, pero ni siquiera sabía quién eras. Aquello me sorprendió. ¿Cómo podía alguien que quería dedicarse al teatro desconocer a Federico García Lorca?

          No me costó averiguar dónde se reunían los actores para charlar. Empecé a frecuentar aquellos ambientes bohemios, tan prohibidos como necesarios, y conocí a gente de la universidad con ideas progresistas. Eran jóvenes que hablaban de literatura, de política, de cine y de un país distinto. Algunos habían perdido familiares durante la guerra; otros procedían de familias que habían tenido que ocultar sus ideas para conservar el trabajo o evitar problemas.

          Los libros censurados pasaban de mano en mano. Leíamos a autores españoles y extranjeros, descubríamos obras que no aparecían en los programas oficiales y discutíamos sobre el papel de la cultura en una sociedad que pretendía vivir de espaldas a ella. También circulaban poemas, traducciones y textos teatrales que no podían representarse libremente. A veces una reunión terminaba con una lectura improvisada.

          Había compañías que se movían por los mismos ambientes. Grupos de aficionados, estudiantes y actores que organizaban representaciones sin anunciarse públicamente. Algunos ensayos tenían lugar en pisos particulares, en sótanos o en locales prestados por personas de confianza. Los textos se copiaban a máquina y los papeles circulaban entre los participantes. No siempre podíamos representar la obra completa. A veces teníamos que cambiar una frase, eliminar un fragmento o renunciar a un título porque alguien podía interpretar que contenía una crítica al régimen.

          Yo era vergonzosa para hablar con los hombres, para acercarme a ellos y, sobre todo, para subir a un escenario. Me costaba imaginar que alguien pudiera mirarme mientras pronunciaba un texto. Por eso descarté la interpretación y elegí la dirección. Pronto me especialicé en el teatro contemporáneo del siglo XX y en los autores de finales del XIX. La Generación del 98 y la del 27 se abrieron ante mí como dos ventanas que permitían contemplar una España distinta. Leí a Valle-Inclán, a Unamuno, a Machado y a tantos otros.

          La Guardia Civil conocía nuestros movimientos. En alguna ocasión tuvimos que suspender una representación porque alguien había avisado de nuestra llegada. En otras, los agentes aparecieron después de la función para preguntar quién había organizado el espectáculo y qué textos habíamos utilizado. Nosotros procurábamos responder con tranquilidad, aunque por dentro nos temblaran las piernas. Había que tener cuidado con los carteles, con los programas y hasta con los títulos que aparecían en los cuadernos de dirección. .

          Echo de menos ser madre, quiero ser madre. Durante años he fingido que no me importaba, que mi vida era suficiente, que el teatro llenaba todos los espacios. Pero no es verdad. Hay noches en las que regreso de un ensayo, dejo las llaves sobre la mesa y me quedo quieta en medio de la habitación.

          No quiero que nadie piense que he renunciado a mi condición de mujer por dedicarme al teatro. Tampoco quiero que me compadezcan. He conocido a muchas mujeres que se casaron por obligación, que tuvieron hijos porque así lo exigía la sociedad y que pasaron la vida entera sin poder decidir qué querían hacer. Yo elegí otro camino, aunque no sé si lo elegí de verdad o si las circunstancias me empujaron hacia él. No he tenido una vida fácil.

          Estoy casada con la escena, pero la escena no puede darme ningún hijo. Puede hacer que olvide durante unas horas la miseria que nos rodea, pero no puede abrazarme cuando tengo miedo ni llamarme madre. He dedicado demasiados años a construir un mundo que ahora parece quedarse pequeño para mis necesidades. Y, sin embargo, no sé cómo abandonarlo.

          Leí Yerma antes de crear mi grupo teatral y me vi reflejada en aquel ambiente rural, en aquella mujer que deseaba tener un hijo por encima de todas las cosas. Su angustia me acompañó durante mucho tiempo. Me impresionó su manera de vivir la maternidad como una necesidad que no podía sustituir con ninguna otra cosa.

          Fue entonces cuando decidí salir de mi casa, abandonar mi pueblo y marcharme a la capital. Llegué a Madrid en los años cincuenta, sola, sin marido y con muy poco dinero. No fue una aventura romántica. La ciudad era enorme y no siempre amable con las mujeres que llegaban sin compañía. Tuve que buscar trabajo, encontrar una habitación y aprender a defenderme.

          Ahora mis actores ensayan Yerma. Los veo desde el patio de butacas y reconozco en sus voces algo de mi propia historia. La actriz que interpreta a Yerma todavía no comprende del todo la profundidad de su personaje. Le he explicado que no debe representar a una mujer que simplemente quiere tener un hijo.

          Cuando termina el ensayo, me quedo unos minutos sola en el teatro. Recojo los papeles, reviso las anotaciones y observo el escenario vacío. Pienso en los actores de La Barraca, en aquellas representaciones por los pueblos, en la ilusión con la que acercabais el teatro a quienes nunca habían tenido la oportunidad de entrar en una sala. Pienso también en ti y en todo lo que nos quitaron. No solo te arrebataron la vida. Intentaron borrar tus palabras, impedir que los jóvenes conocieran tus obras y convencer a varias generaciones de que era mejor no preguntar. Pero aquí estamos, veinte años después del estreno de Yerma, y tus personajes todavía tienen cosas que decirnos.

          Echo de menos ser madre, quiero ser madre, pero quizá ya se me haya pasado el arroz, como dicen las mujeres cuando intentan disimular una derrota. Me queda el teatro, me queda la carretera y me queda esta voluntad de no rendirme. También me queda el miedo a la policía, a la censura y a una dictadura que ha conseguido que muchas personas confundan la prudencia con la cobardía.

          He venido al Teatro Español para pedirte algo que quizá no puedas concederme. Quiero que me des tu bendición. No sé si necesito tu aprobación o simplemente escuchar, aunque sea dentro de mi cabeza, que todavía merece la pena continuar. Me gustaría creer que puedo cambiar algunas cosas, aunque sean pequeñas. Que algún día nuestros actores puedan representar tus obras sin miedo, que los libros vuelvan a las bibliotecas y que nadie tenga que esconder un poema debajo del colchón. También quisiera que las mujeres pudieran decidir si quieren casarse, tener hijos o marcharse lejos de su pueblo sin que nadie las considere unas desgraciadas.

Y quiero ser madre, no quiero quedarme sola. No quiero que mi vida termine entre los decorados de una obra que otros representarán cuando yo ya no esté. Me gustaría tener a alguien a quien transmitirle todo lo que he aprendido, enseñarle tus poemas y explicarle por qué una mujer llamada Yerma puede seguir emocionándonos veinte años después de su estreno. Quizá sea demasiado tarde para algunas cosas, pero todavía no quiero aceptar que todo esté perdido.

IV

 

Las ovejas en el redil y las mujeres en sus casas. Tú sales demasiado.

Yerma, Federico Garcia Lorca.

Sábado. 29 de Diciembre de 1934. Teatro Español. Madrid.

          Hoy es el estreno. He venido con mi marido al Teatro Español. Crecimos juntos, nos enamoramos, nos casamos y ahora esperamos nuestro primer hijo. Una historia bastante corriente, de esas que no suelen aparecer en los periódicos ni despiertan el interés de nadie. Sin embargo, esta noche tiene algo especial. En abril seremos padres y todavía me cuesta creer que llevo una criatura dentro de mí. Siempre hemos querido tener hijos. Lo hemos hablado muchas veces, incluso antes de casarnos, cuando todavía éramos dos jóvenes que apenas sabían qué hacer con sus vidas. Ahora parece que nuestro deseo está a punto de cumplirse y no encuentro una manera mejor de celebrarlo que asistir al estreno de Yerma, la nueva tragedia de Federico García Lorca.

          La ciudad atraviesa días difíciles. Madrid tiene un aspecto inquieto, como si algo estuviera a punto de romperse. Desde hace semanas se habla de enfrentamientos, detenciones, huelgas y represalias. La revolución de octubre ha dejado una herida profunda, sobre todo después de la represión en Asturias y de los acontecimientos de Cataluña. El Gobierno de la República atraviesa uno de sus momentos más complicados y las calles se han convertido en un lugar donde las diferencias políticas ya no se discuten solamente con palabras. Hay demasiada gente dispuesta a imponer sus ideas por la fuerza. También el teatro ha entrado en esa disputa. La derecha más radical ha anunciado que pretende boicotear la representación. Algunos consideran que Lorca es un provocador, otros que sus ideas son peligrosas y hay quienes creen que Margarita Xirgu debería mantenerse al margen de cualquier compromiso político. Parece que representar una tragedia sobre una mujer que desea tener un hijo puede convertirse en un asunto de Estado.

          La amenaza de un escándalo me preocupa. No he venido para asistir a una pelea. Estoy embarazada y cualquier sobresalto me altera. Mi marido intenta tranquilizarme, aunque tampoco parece demasiado convencido de que la noche vaya a transcurrir sin incidentes. Nos han advertido de que algunos alborotadores pueden ocupar localidades y provocar al público. La cultura sobrevivirá. Somos el primer público de Yerma, testigos de una representación que todavía no sabemos si será recordada.

          Nunca he visto personalmente al poeta. Ni en los círculos intelectuales, ni en los cafés, ni en sus representaciones teatrales. Conozco su nombre, he leído algunos de sus poemas y he oído hablar de su manera de entender el teatro. Hay personas que despiertan curiosidad incluso antes de conocerlas. .El teatro se llena poco a poco. Se respira una expectación distinta a la de cualquier estreno. No todos han venido por las mismas razones. Algunos quieren ver la nueva obra de Lorca; otros desean comprobar si las amenazas se cumplen.

          Mi marido me coge la mano. Me gusta ese gesto porque me recuerda que no estoy sola.  Dentro de unos meses habrá una cuna en casa, ropa pequeña en los cajones y una criatura que cambiará nuestras costumbres. Me hace ilusión imaginarlo.

          Se apagan las luces. El telón se levanta y, casi de inmediato, desde el gallinero llegan los primeros abucheos. No son una protesta aislada ni una reacción espontánea. Los gritos buscan interrumpir la representación y desestabilizar a los actores. Alguien insulta a Margarita Xirgu. Otros espectadores responden con protestas y se produce un primer enfrentamiento verbal. El ruido se extiende por la sala. La situación no es casual.

          La representación se transforma así en algo más que una función teatral. Los adversarios de la actriz pretenden convertir el escenario en un lugar de castigo público. Pero Margarita Xirgu no abandona su trabajo. La compañía continúa y los alborotadores son finalmente expulsados de la sala. El tumulto deja un poso desagradable. Se recupera el silencio. Me sorprende la serenidad de los actores. Hay algo admirable en su capacidad para continuar a pesar de los gritos.

          La obra avanza. Yerma vive atrapada en un matrimonio que no le proporciona aquello que más desea. Quiere tener un hijo, necesita sentir que su vida puede prolongarse en otra persona, pero Juan no comparte su deseo ni parece comprender la dimensión de su sufrimiento. Me conmueve la tristeza de Yerma. No es únicamente una mujer que desea ser madre. Es alguien a quien la sociedad ha reducido a una función, alguien cuya identidad parece depender de su capacidad para dar hijos a un hombre.

          Yo también quiero ser madre, pero no quiero que mi existencia se reduzca a eso. Quiero criar a mi hijo, darle cariño, enseñarle a leer, llevarlo al teatro y mostrarle que existen otras maneras de mirar el mundo. Quiero que conozca los libros sin miedo, que pueda escuchar una opinión distinta y que nadie le obligue a pensar como los demás.

          La tragedia de Lorca me obliga a pensar en las mujeres de mi generación. Muchas se casan porque así lo establece la costumbre. Algunas encuentran en el matrimonio una forma de felicidad; otras descubren demasiado tarde que han cambiado una dependencia por otra. Los hombres suelen tener más oportunidades, más libertad para salir, viajar, estudiar o decidir. Nosotras aprendemos a organizar una casa, a cuidar de los demás y a disimular nuestras frustraciones.

          Los abucheos se han apagado, me cuesta comprender que alguien acuda al teatro para impedir que otros escuchen una obra. No saben apreciar nada, se ríen de todo y protestan cuando algo les incomoda. Confunden la cultura con una amenaza y el pensamiento con una ofensa. Son los tiempos de las hostigaciones, quieren que los escritores se callen, que los actores obedezcan y que el público aprenda a permanecer en silencio.

La tragedia se acerca a su desenlace. Cada escena parece cerrar una puerta. Yerma ha agotado las posibilidades que le quedaban y su desesperación adquiere una intensidad que me resulta difícil soportar. No he crecido en Andalucía ni en un ambiente rural como el que retrata Lorca, pero reconozco el dolor de una mujer que siente que la vida se le escapa. Me entran ganas de levantarme, de acercarme al escenario y salvarla. Es una idea absurda, pero durante unos segundos siento que podría hacer algo para impedir aquel desenlace. Mi marido continúa a mi lado. Nuestras manos permanecen juntas y el movimiento de mis dedos delata el nerviosismo.

          Juan desaparece de la vida de Yerma y con él se desvanece la última esperanza de alcanzar la maternidad. La tragedia no ofrece una salida cómoda ni una reconciliación que permita al público abandonar la sala con el corazón tranquilo. Yerma se enfrenta a una realidad que ya no puede soportar. Su dolor termina por convertirse en una decisión irreversible. El silencio que sigue a ese momento pesa más que cualquier abucheo.

          Lloro. No soy la única. Alrededor de mí hay espectadores que han dejado de moverse. Algunos miran al escenario con los ojos húmedos; otros permanecen inmóviles.

          Entonces comienzan los aplausos. Las manos chocan con fuerza. Los abucheos regresan desde algún lugar de la sala, aunque esta vez quedan ahogados por el entusiasmo. El público se pone en pie.

         Federico García Lorca sale al escenario para saludar. Por fin puedo verlo. No sé si su aspecto coincide con la imagen que había imaginado, pero su presencia tiene algo que me impresiona. Está allí, delante de nosotros, junto a Margarita Xirgu, mientras la sala entera responde con una ovación. La actriz no puede contener la emoción. Se cubre el rostro con las manos y llora. Federico se acerca a ella y la sostiene. La imagen de los dos juntos me conmueve más que cualquier fotografía.

          Puede que no tenga el mejor marido del mundo, pero es bueno, me gusta y me quiere. También tiene sus defectos. Pide la cena, exige que la casa esté limpia y considera bastante natural que esas tareas formen parte de mis obligaciones. Los hombres nunca barren porque algunos no saben coger una escoba y otros únicamente hacen bien dos cosas: dormir y roncar. Él sonríe. Ha leído el Quijote varias veces y siempre ha sentido una admiración especial por Cervantes. Es un buen hombre, aunque no siempre se dé cuenta de que una casa no se limpia sola. Hoy me ha llevado al teatro porque sabe que esta noche era importante para mí. No he tenido que cocinar ni barrer.

          La representación ha terminado, pero la noche todavía conserva algo de su tensión. El público abandona las localidades, se forman pequeños grupos en los pasillos y las conversaciones recuperan su volumen. Algunos comentan la actuación de Margarita Xirgu; otros hablan de Lorca y de los incidentes. Los alborotadores han desaparecido. Quizá se hayan marchado antes de que terminara la función, quizá hayan comprendido que no podían imponerse a una sala entera. Lo cierto es que la obra ha triunfado y que los gritos no han conseguido silenciarla.

          Salgo detrás de mi marido. El aire de la calle me devuelve a la realidad. Madrid continúa allí, con sus problemas, sus enfrentamientos y sus incertidumbres. No ha cambiado nada por haber asistido a una representación teatral, pero yo sí he cambiado un poco.

          Camino detrás de mi marido. Él me cuida, mira de vez en cuando si estoy cansada y parece satisfecho con la velada. Vamos a tener un hijo. Yerma no lo tuvo. Esa diferencia me acompaña mientras avanzamos por la calle. Pienso en abril, en los meses que todavía faltan, en la habitación que tendremos que preparar y en todas las cosas que desconozco sobre la maternidad. También pienso en el año que viene. Este año termina dentro de muy poco y nadie sabe qué traerá el siguiente. Mi marido me mira con cariño. Le aprieto la mano. Me gustaría que nuestra vida fuera sencilla, que pudiéramos criar a nuestro hijo sin miedo y que el teatro siguiera abierto para todos. No quiero que nadie decida qué libros podemos leer ni qué obras debemos aplaudir.

          La noche ha sido larga y estoy cansada. Mi marido tiene esa manera tan suya de cuidar, una mezcla de cariño y autoridad. Hemos llegado a casa y todavía tenemos que preparar algunas cosas antes de acostarnos. Él se preocupa por mi descanso, por el niño y por las obligaciones del día siguiente. Es un hombre bueno, aunque conserva algunas costumbres que tendrá que revisar cuando llegue nuestro hijo. La felicidad también necesita pequeñas correcciones.

          Mi marido me recuerda que tenemos que descansar. Mañana habrá que volver a las tareas de siempre, a la casa, a las obligaciones y a esa vida doméstica que parece no terminar nunca.

          Vamos a ser padres, miro a mi marido que me obliga a hacer la cama nada más llegar a casa.

 

 

Narrativa

Imagen portada: openai

Un relato sobre la maternidad, la soledad y los sueños que nunca llegaron a cumplirse, en diálogo con Yerma, de Federico García Lorca.

         Maternidad

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