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Duque de Rivas: el hombre que convirtió su propia vida en Romanticismo
Ángel de Saavedra nació aristócrata, luchó en la Guerra de la Independencia, fue perseguido por sus ideas, vivió años de exilio y regresó para escribir una obra que cambió para siempre el teatro español.
Hay vidas que parecen escritas por un novelista.
La de Ángel de Saavedra fue una de ellas.
Nació en Córdoba el 10 de marzo de 1791, en el seno de una familia aristocrática. Era hijo del I duque de Rivas y recibió desde niño la educación y los privilegios correspondientes a su posición. A los seis años ya había sido nombrado capitán y a los ocho recibió el hábito de Santiago.
Pero aquel niño destinado a vivir entre privilegios terminó conociendo la guerra, el exilio, la persecución política y la incertidumbre.
Y también conoció algo que acabaría cambiando la literatura española:
el Romanticismo.
Su nombre quedaría asociado para siempre a una obra:
Don Álvaro o la fuerza del sino.
Pero antes de convertirse en el Duque de Rivas, tuvo que perderlo casi todo.
Un aristócrata en medio de una guerra
Cuando los franceses invadieron España, Ángel de Saavedra no permaneció al margen.
Después del levantamiento de 1808 se incorporó a las fuerzas que combatían contra los franceses y participó en la Guerra de la Independencia. Resultó gravemente herido en combate; una biografía conservada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes recoge que recibió numerosas heridas que fueron consideradas mortales.
La imagen resulta casi novelesca.
Un joven aristócrata.
Un país ocupado.
La guerra.
El peligro.
Y un hombre que todavía no sabía que acabaría convirtiendo algunas de aquellas experiencias históricas en materia literaria.
Pero la guerra no fue la única batalla de su vida.
Después vendría otra.
Y esta vez el enemigo estaría dentro de España.
Del campo de batalla a la política
Saavedra se aproximó a las ideas liberales y participó en la vida política del período constitucional.
La restauración del absolutismo de Fernando VII cambió radicalmente su situación.
Sus posiciones políticas terminaron convirtiéndolo en un hombre incómodo para el régimen.
Y llegó el exilio.
Primero Inglaterra.
Después Malta.
Más tarde Francia.
PARES conserva precisamente esa trayectoria: señala que el Duque de Rivas, de ideas liberales, tuvo que exiliarse en Inglaterra, Malta y París debido a su oposición al absolutismo de Fernando VII.
Aquel exilio sería decisivo.
Porque el hombre que había salido de España como político y escritor en formación regresaría con una visión literaria diferente.
Había descubierto Europa.
Había conocido nuevas corrientes culturales.
Y había empezado a mirar la tradición española con otros ojos.
El exilio también se convirtió en escuela
Durante su estancia fuera de España, Saavedra entró en contacto con el Romanticismo europeo.
En Malta conoció a John Hookham Frere, diplomático británico interesado por la literatura española medieval y el Romancero. La influencia de ese encuentro sería importante para la evolución literaria de Rivas.
No es difícil imaginar lo que significaba aquello para un escritor formado inicialmente en otra tradición.
El pasado español podía dejar de ser una colección de textos antiguos.
Podía convertirse en materia viva.
En leyenda.
En historia.
En pasión.
En tragedia.
El Romancero, las crónicas medievales y las leyendas comenzaron a adquirir una nueva dimensión.
Y de esa transformación surgirían posteriormente sus Romances históricos.
El hombre que regresó diferente
Su regreso a España se produjo después de la amnistía.
Y entonces ocurrió algo que parece casi inevitable visto desde hoy:
heredó el título de Duque de Rivas.
Su hermano mayor, Juan Remigio, II duque de Rivas, murió sin descendencia en 1834. Ángel de Saavedra se convirtió así en el III duque de Rivas.
El aristócrata exiliado regresaba convertido en duque.
Pero también en escritor.
Y estaba a punto de escribir una obra que provocaría una auténtica conmoción.
Una noche de marzo de 1835
Madrid.
Teatro del Príncipe.
22 de marzo de 1835.
Se levanta el telón.
Empieza Don Álvaro o la fuerza del sino.
Y el teatro español está a punto de cambiar.
La obra rompe con muchas de las convenciones del teatro neoclásico y mezcla elementos que hasta entonces parecían pertenecer a mundos diferentes: prosa y verso, personajes nobles y populares, escenas costumbristas y situaciones trágicas, cambios de espacio y de tono.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes describe aquel estreno como una auténtica ruptura con el clasicismo y como uno de los grandes triunfos del Romanticismo español.
No era simplemente una nueva obra de teatro.
Era una declaración estética.
Don Álvaro: un hombre perseguido por el destino
El protagonista es Don Álvaro.
Un hombre enamorado de Leonor.
Pero el amor no basta.
La familia de Leonor se opone a la relación.
El honor interviene.
La violencia interviene.
La muerte interviene.
Y, sobre todo, aparece una fuerza que parece estar por encima de la voluntad de los personajes:
el destino.
Ese es precisamente el corazón de la obra.
No importa cuánto intenten escapar.
No importa cuánto quieran comenzar de nuevo.
Cada decisión parece conducirlos hacia el mismo lugar.
La propia estructura del drama convierte el destino en una especie de maquinaria invisible.
Y entonces comprendemos el título:
la fuerza del sino.
El destino contra la libertad
Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes de Rivas.
Don Álvaro no es simplemente un héroe romántico que sufre por amor.
Es un personaje atrapado entre aquello que quiere hacer y aquello que el mundo parece haber decidido por él.
Quiere amar.
Quiere vivir.
Quiere escapar.
Pero cada intento de libertad desencadena una nueva tragedia.
El Romanticismo encontró en esa tensión uno de sus grandes temas:
¿somos realmente dueños de nuestra vida?
¿O existen circunstancias —familia, sociedad, honor, nacimiento, historia, azar— que terminan decidiendo por nosotros?
Rivas convierte esa pregunta filosófica en una historia.
Y la historia termina en tragedia.
Una obra que rompe las reglas
El éxito de Don Álvaro no se explica solamente por su argumento.
También por su forma.
La obra está escrita en prosa y verso.
Combina escenas solemnes con otras de carácter popular.
Introduce personajes de diferentes clases sociales.
Alterna momentos cómicos con escenas trágicas.
Cambia de espacios y rompe con la rigidez de las unidades clásicas.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes señala precisamente que el estreno supuso una rebelión abierta contra los moldes del clasicismo.
Lo que para algunos podía parecer desorden era, para los románticos, libertad.
El teatro ya no tenía que comportarse como una máquina perfectamente construida.
Podía ser imprevisible.
Como la vida.
Sevilla, conventos, soldados y tormentas
Y ahí está otra de las características que hacen que Don Álvaro conserve una enorme fuerza visual.
La obra no permanece encerrada en un único escenario.
Aparecen Sevilla y sus alrededores.
El río.
Triana.
Caminos.
Conventos.
Campos de batalla.
Italia.
Soldados.
Tabernas.
Personajes religiosos.
Nobles.
Gente del pueblo.
La propia acotación inicial de la obra nos sitúa ante una Sevilla reconocible, con el puente de barcas de Triana, el río y los barcos, mientras distintos habitantes atraviesan la escena.
Rivas no construye un mundo abstracto.
Construye un mundo que se mueve.
Y ese movimiento es profundamente romántico.
El Romanticismo no era solamente oscuridad
Cuando pensamos en Romanticismo solemos imaginar cementerios, ruinas, tormentas, amantes desgraciados y héroes condenados.
Todo eso existe.
Pero el Romanticismo fue también una rebelión contra la idea de que el arte debía obedecer siempre a reglas rígidas.
La emoción adquirió una importancia nueva.
La imaginación.
La historia.
La identidad.
La naturaleza.
La libertad.
La subjetividad.
Y Rivas se convirtió en una de las figuras fundamentales de esa transformación.
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes define su importancia precisamente en esos términos: Don Álvaro impulsó la revolución romántica en el teatro y sus Romances históricos contribuyeron a revalorizar el romance castellano.
El poeta de las historias antiguas
Rivas no vivió únicamente de Don Álvaro.
Su obra incluye poesía, teatro, romances históricos y leyendas.
En Romances históricos, publicado en 1841, recuperó personajes y episodios del pasado español: Don Álvaro de Luna, la victoria de Pavía, Bailén, episodios sevillanos y otras historias procedentes de crónicas y tradiciones.
Era una manera muy romántica de mirar la historia.
No como una lista de fechas.
Sino como un territorio lleno de personajes, pasiones, traiciones, guerras y destinos.
El pasado podía volver a hablar.
El duque que también pintaba
Existe además una faceta que suele quedar olvidada.
Ángel de Saavedra fue también pintor.
No era solamente un aristócrata que escribía versos.
Era un hombre formado en diferentes disciplinas artísticas y profundamente relacionado con la cultura de su tiempo.
Quizá por eso su literatura tiene en ocasiones una dimensión tan visual.
Sus escenas parecen construidas para ser contempladas.
Sus personajes entran en escena como figuras.
Sus paisajes tienen importancia dramática.
Y su teatro parece pedir constantemente una puesta en escena.
Literatura y poder
Pero la vida de Rivas volvió a llevarlo hacia la política.
Fue ministro, diplomático y ocupó diferentes responsabilidades públicas.
PARES lo identifica como poeta, dramaturgo, político y noble, y señala entre sus cargos la presidencia del Consejo de Ministros, el Ministerio de la Gobernación y la presidencia de la Real Academia Española.
También fue embajador en Nápoles y París, además de ocupar otras responsabilidades institucionales.
Su vida demuestra algo que no siempre encontramos en los escritores:
Rivas no observó la historia desde una butaca.
Formó parte de ella.
Dos vidas en una
Y quizá aquí esté el verdadero interés del Duque de Rivas.
Podemos contar su vida de dos maneras.
La primera es la del aristócrata:
nace en una familia poderosa;
recibe una educación privilegiada;
hereda un título;
ocupa cargos políticos;
representa a España en el extranjero;
preside instituciones.
La segunda es muy diferente:
un joven que lucha en una guerra;
un liberal perseguido;
un exiliado;
un hombre obligado a abandonar su país;
un escritor que descubre nuevas ideas;
un dramaturgo que rompe las reglas;
un poeta obsesionado con el pasado.
Las dos historias pertenecen al mismo hombre.
Y quizá por eso Rivas resulta tan romántico incluso antes de escribir Don Álvaro.
El destino también alcanzó al autor
Hay una ironía difícil de ignorar.
El hombre que escribió sobre un personaje perseguido por el destino vivió una existencia marcada por los cambios inesperados.
Nació aristócrata.
Luchó en una guerra.
Se convirtió en liberal.
Tuvo que exiliarse.
Regresó.
Heredó un ducado.
Se convirtió en una figura política.
Alcanzó el reconocimiento literario.
Y terminó ocupando uno de los lugares centrales de la cultura española.
Su vida parece escrita siguiendo la misma lógica que sus dramas:
cuando crees que la historia ha terminado, cambia de dirección.
¿Por qué seguimos leyendo a Rivas?
Quizá porque Don Álvaro plantea una pregunta que no pertenece al siglo XIX.
¿Qué parte de nuestra vida podemos realmente controlar?
Nos gusta pensar que nuestras decisiones construyen nuestro futuro.
Pero existen circunstancias que no elegimos:
dónde nacemos,
quiénes son nuestros padres,
qué época nos toca vivir,
qué acontecimientos históricos nos atraviesan,
qué personas aparecen en nuestro camino,
qué accidentes ocurren,
qué pérdidas sufrimos.
Rivas convirtió esa tensión en literatura.
Y lo hizo con una intensidad que todavía funciona.
El hombre detrás del título
Durante mucho tiempo, el nombre Duque de Rivas ha quedado reducido a una obra que aparece en los manuales:
Don Álvaro o la fuerza del sino.
Pero detrás de ese título existe un hombre que vivió una parte extraordinariamente turbulenta de la historia española.
Un aristócrata que conoció la guerra.
Un liberal que conoció el exilio.
Un escritor que conoció la revolución romántica.
Un político que regresó al poder.
Y un artista que transformó todo aquello en literatura.
Quizá por eso su obra conserva algo que los manuales no siempre consiguen transmitir.
No parece escrita por alguien que imaginara el Romanticismo desde una biblioteca.
Parece escrita por alguien que lo había vivido.
El destino de Don Álvaro
Cuando cae el telón, no queda solamente una tragedia amorosa.
Queda una pregunta.
La misma que atraviesa buena parte de la obra de Rivas:
¿podemos escapar de aquello que parece estar escrito para nosotros?
Don Álvaro intenta hacerlo.
Fracasa.
Pero quizá la literatura de Rivas no diga que el destino sea inevitable.
Quizá diga algo más inquietante:
que los seres humanos pasamos buena parte de nuestra vida intentando distinguir entre lo que hemos elegido y lo que simplemente nos ha sucedido.
Y esa pregunta sigue intacta.
Por eso, casi dos siglos después del estreno de Don Álvaro, todavía podemos abrir el telón y reconocer algo de nosotros mismos.
Porque quizá el verdadero romanticismo no sea la tormenta, ni el duelo, ni el amor imposible.
Quizá sea esa necesidad profundamente humana de creer que nuestra vida nos pertenece.
Aunque nunca lleguemos a saber cuánto de ella estaba escrito antes de que empezáramos a vivirla.
Por Sofía
Literatura → Clásicos / Historia de la Literatura
Imagen portada: openai
El Duque de Rivas vivió la guerra, el exilio y la política antes de transformar el teatro español con Don Álvaro o la fuerza del sino. La historia del hombre detrás del Romanticismo.
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