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La angustia en el Barroco Católico

La angustia en el Barroco Católico
Oscar Sanchez
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La angustia en el Barroco Católico, Iván Ballesteros Burgo,

ed. Páramo
Hace unas décadas que un cierto manto barroco se tiende sobre nuestra cultura y modo de vida, complicándola y oscureciéndola. De modo semejante al s. XVII europeo, asistimos a guerras de cariz religioso, como en Gaza o Irán, a crisis económicas expansivas, a colisiones entre sistemas de creencias y a una desorientación estética que oscila entre un plátano pegado a una pared con cinta de embalaje y el tecnogótico propuesto por el nigromante chalado Nick Land. El sector occidental del mundo, el Norte Global, parece tranquilo y en apariencia próspero, pero es como aquella perla que parecía perfecta pero que ocultaba una grieta en su interior y que dio nombre al siglo Barroco. Porque si lo miras más de cerca, ya no es Occidente tal como lo conocíamos. Hay cámaras de reconocimiento facial por todas partes, hasta en los institutos de Secundaria, el propio modelo de educación va a sufrir un vuelco histórico con la irrupción de la(s) IA(s)1, las cumbres del clima sólo sirven para ver muchos aviones privados juntos contaminando el aire (nos impactó ayer la catástrofe de Nepal), cientos de miles de señores y señoras teclean sus computadoras durante horas para provocar un cambio de gobierno, crear boots, inocular virus, meter publicidad en páginas web, realizar ciberataques, deslizar bulos o hacer minería de datos. La sensación de “simulacro” de la que nos habla este trabajo va a ser más que una sensación, cuanto del Deep fake sea tan deep como ya lo es fake -los postizos que nos da a conocer Ballesteros. Lo más nuevo en materia de redes sociales es “farmear aura”, que lo malo no es que sea una estupidez supina, lo peor es que barre de la chavalada la última brizna que les restaba de autorrespeto. Padecimos una pandemia y no ha cambiado nada, ya pusimos en el trono a un energúmeno tarado y hemos vuelto a hacerlo (en el primer barroco se creía que los reyes poseían poderes mágicos), y para colmo no aparecen genios por ninguna parte, como si los tuvo y a patadas el s. XVII…
Barroco CatólicoLa monografía de Iván Ballesteros versa acerca de eso precisamente, de la percepción del tiempo barroco como aquel en que el mundo en torno se torna tan complejo2 que o bien te hunde la moral o bien descollas en genio, sencillamente porque alguien tiene que plantarle cara de modo imaginativo al dragón. Mediante el comentario de las obras artísticas de Pareda, Caravaggio, Ribera, Bernini, Borromini y tantos otros, Ballesteros ahonda en esa época no tan lejana en la que la cristiandad se partió en dos tras siglos estabilidad histórica y los europeos casi desaparecen por la sima abierta. Es cierto, como dice Ballesteros, que el descalabro histórico fue tanto mayor cuanto que procedía de lo que él califica como la “mirada rosa” del Renacimiento, igual que nos sucede a nosotros, que cambiamos de milenio convencidos de que el Orden Mundial establecido tras la SGM, el Estado de Bienestar e incluso la biosfera iban a seguir incólumes por los siglos de los siglos. Sin embargo, hoy asoma bastante gente, milmillonaria, malcriada e irresponsable que hasta se permiten poner en solfa la Declaración de los Derechos Humanos… Ballesteros se apoya en El cortesano de Castiglione, un libro que acertó a resumir cuales eran las muchas prendas que debían caracterizar al caballero del s. XVII, y se debe reconocer que entre eso, que encarnaba una gran esperanza en la paideia civilizatoria, y el propio Descartes, un siglo posterior, lo que se observa es un despojamiento de toda riqueza cultural y moral hasta el punto de que el caballero de Descartes, por así decirlo -y Descartes sin duda era un caballero-, ya no es más que una mente incorpórea sin más contenido que cuatro certezas matemáticas, ninguna cultural y moral y un mundo de partículas muertas a su alrededor. Ballesteros denomina a esta situación “angustia”, que es el correlato de ese vaciamiento que se produce también sobre la propia naturaleza, y de hecho el Barroco termina en mi opinión cuando en 1687 Isaac Newton decreta que el Universo es una vacuidad infinita y el mundo científico entero lo eleva a un altar 3.
“Barroco” es un estado de negra desesperación, de acre duda, en el espíritu del Eclesiastés bíblico, un estado casi de culto esotérico a lo que se ha llamado la concepción edípica del tiempo, puesto que cada nuevo instante mata sin compasión a su progenitor. Ballesteros ilustra todo este proceso mediante muestras de las artes de la época, también gráficas, muestras de la gran palabra del siglo, pronunciada por Baltasar Gracián y que ocasionó que Schopenhauer aprendiese español para leerle: desengaño. Inter faeces et urinam nascimur! El mundo entonces conocido como ese cuento de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja, donde todos danzamos disfrazados (un tema muy de Los sueños de Quevedo también, donde todos vagabundeamos con nuestro respectivo “infierno portátil”), y de este baile decadente no sale vivo nadie4. La muerte, de repente, se hace omnipresente en la Europa católica que ha padecido largas guerras, bancarrotas y pestes. Como indica muy bien Iván Ballesteros:
La obsesiva reiteración del sufrimiento en tallas que encarnan santidades y personajes bíblicos, los múltiples trazos pictóricos que ponen de manifiesto el triunfo de la muerte a través de una estética macabra, así como las pingües referencias literarias a la nada, son signos reveladores de que algo no va bien. El conjunto de las manifestaciones artísticas de estos y otros asuntos expresan lo que denominamos como la angustia barroca dada en el orbe católico en general, y en España en particular.
Es verdad que el asunto de la muerte en el arte barroco constituía en gran parte propaganda para aflojar los bolsillos de ricos en favor de los pobres, cuya secuela aún nos ronda, ya que los dueños de la tecnológicas actuales son transhumanistas y darían lo que fuera y a quien fuera por prolongar su vida. El gran Góngora -¡Siglo de Oro, siglo de lloro!- compuso aquel poema a una bella dama en el que le recordaba (viejo tema poético para encarecer a la chica a prestar sus favores) que tarde o temprano se marchitaría, y entonces su belleza “se vuelva, mas tú y ello juntamente en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”. O, sin salir de España, que es lo que más ha interesado al autor de este magnífico estudio, pero no sólo, de nuevo Baltasar Gracián, conceptuoso y barroco él, en El Criticón:
-¡Oh vida, no habías de comenzar, pero ya que comenzaste no habías de acabar! No hay cosa más deseada ni más frágil que tú eres, y el que una vez te pierde, tarde te recupera: desde hoy te estimaría como a perdida. Madrastra se mostró la naturaleza con el hombre, pues lo que le quitó de conocimiento al nacer le restituye al morir: allí porque no se perciban los bienes que se reciben, y aquí porque se sientan los males que se conjuran. ¡Oh tirano mil veces de todo el ser humano aquel primero que con escandalosa temeridad fió su vida en un frágil leño al inconstante elemento! Vestido dicen que tuvo el pecho de aceros, mas yo digo que revestido de yerros. En vano la superior atención separó las naciones con los montes y los mares si la audacia de los hombres halló puentes para trasegar su malicia. Todo cuanto inventó la industria humana ha sido perniciosamente fatal y en daño de sí misma: la pólvora es un horrible estrago de las vidas, instrumento de su mayor ruina, y una nave no es otro que un ataúd anticipado (…) ¡Oh suerte oh cielo oh fortuna!, aun creería que soy algo, pues así me persigues; y cuando comienzas no paras hasta que apuras: válgame en esta ocasión el valer nada para repetir de eterno.
 
 
1 Pero eso ya lo sabía Jean François Lyotard en su La condición postmoderna, de 1979, donde también previó con bastante precisión el Plan Bolonia.
2 No complicado, “complicado” tiene muchas partes pero se puede entender y predecir, mientras que lo “complejo” cambia solo y no se puede predecir por completo.
3 Termina con ello algo más, que fue la conciencia, que también alumbró el Barroco, de que el mundo como tal no es un marco único y ordenado de sucesos, sino también su interpretación posible, interpretación que deben proyectar los hombres en pugna discursiva unos con otros. En cambio, el triunfo de Newton supuso también el retorno de la imagen de un mundo equilibrado, de los parámetros clásicos y del ideal de las Luces. Tal vez por ello, el s. XVIII fue considerablemente menos creativo que su ambiguo antecesor.
4 Actualmente en Almería, un pintor bastante notable, Andrés García Ibáñez, está pintando una suerte de Capilla Sixtina cuyo tema es esta vez el Apocalipsis, en la opinión de que es el libro más misterioso de la Biblia. No lo es, lo que allí se ventila en tono críptico y truculento es la caída del Imperio Romano, y el Anticristo es Nerón. En el Barroco, por cierto, también se vivió un terror apocalíptico el año 1666, como cuenta Amin Maalouf en su El viaje de Baldasarre, por la cifra satánica, desde luego.
Por Óscar Sánchez
La angustia en el Barroco Católico
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