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El Principito: el libro que los adultos necesitan volver a leer

El Principito: el libro que los adultos necesitan volver a leer
Sofia Lovelace
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El Principito: el libro que los adultos necesitan volver a leer

Hay libros que leemos una vez.

Hay libros que recordamos.

Y después están aquellos que cambian cuando nosotros cambiamos.

El Principito pertenece a esta última categoría.

Podemos leerlo a los ocho años y enamorarnos de un niño que vive en un pequeño planeta.

Podemos volver a leerlo a los veinte y descubrir una historia sobre la amistad.

A los cuarenta quizá comprendamos mejor la soledad.

Y algún día, sin darnos cuenta, podemos abrirlo de nuevo y descubrir que aquel libro que creíamos conocer hablaba desde el principio de nosotros.

Antoine de Saint-Exupéry publicó Le Petit Prince en 1943, en Nueva York, durante los años que pasó en Estados Unidos mientras Europa estaba inmersa en la Segunda Guerra Mundial. La primera edición apareció simultáneamente en francés e inglés en abril de aquel año.

Saint-Exupéry no llegó a ver la edición francesa publicada por Gallimard en su país natal: apareció en 1946, dos años después de su desaparición.

Pero quizá lo más extraordinario es que aquel pequeño libro nacido en medio de una guerra acabaría convirtiéndose en una de las obras literarias más leídas del mundo.

Un piloto perdido en el desierto

La historia comienza con un accidente.

Un aviador se encuentra solo en el desierto del Sahara después de que su avión haya sufrido una avería.

No tiene agua suficiente.

No tiene ayuda.

No sabe cuánto tiempo podrá sobrevivir.

Y entonces aparece un niño.

No pregunta quién es el piloto.

No pregunta de dónde viene.

No parece preocupado por la situación.

Simplemente le pide algo absolutamente inesperado:

que le dibuje un cordero.

Y ahí comienza todo.

El encuentro entre ambos transforma el relato.

Porque el piloto descubre que aquel niño no pertenece realmente a su mundo.

Procede de un pequeño asteroide.

Y ha viajado por diferentes planetas antes de llegar a la Tierra.

El planeta más pequeño del universo

El Principito vive en un diminuto asteroide.

Tiene volcanes.

Una rosa.

Y unos baobabs que debe arrancar antes de que crezcan demasiado.

Parece una vida sencilla.

Pero precisamente en esa pequeña superficie Saint-Exupéry introduce algunas de las grandes preguntas de la existencia.

¿Qué necesitamos para vivir?

¿Qué hacemos con aquello que amamos?

¿Qué significa cuidar?

¿En qué momento una responsabilidad se convierte en una forma de amor?

Los baobabs son especialmente interesantes.

No son simplemente árboles.

Representan aquello que dejamos crecer cuando todavía parece pequeño.

Un problema.

Una preocupación.

Una mala costumbre.

Un resentimiento.

Cuando nos damos cuenta de su tamaño, quizá ya sea demasiado tarde.

La rosa

Y entonces aparece ella.

La rosa.

El Principito ama a su rosa.

Pero no sabe comprenderla.

La rosa es vanidosa.

Exigente.

Caprichosa.

A veces contradictoria.

Y el Principito se marcha porque todavía no sabe interpretar aquello que siente.

Solo después comprenderá algo fundamental:

amar a alguien no significa que esa persona sea perfecta.

La rosa no es especial porque sea objetivamente distinta de todas las demás.

Es especial porque él ha dedicado tiempo a ella.

La ha protegido.

La ha regado.

La ha escuchado.

La ha cuidado.

El amor no aparece únicamente en aquello que sentimos.

También aparece en aquello que hacemos.

El viaje entre los adultos

Antes de llegar a la Tierra, el Principito visita varios planetas.

Y en cada uno encuentra a un adulto.

Un rey.

Un vanidoso.

Un hombre de negocios.

Un farolero.

Un geógrafo.

Cada personaje representa una manera diferente de vivir.

Y todos tienen algo en común:

han olvidado mirar más allá de su propia obsesión.

El rey quiere gobernar.

El vanidoso quiere ser admirado.

El hombre de negocios quiere poseer.

El geógrafo quiere conocer el mundo sin haberlo recorrido.

El farolero, en cambio, resulta diferente.

Su tarea es absurda, pero la cumple.

Enciende y apaga su farol siguiendo una orden que ya no tiene demasiado sentido.

Y el Principito siente simpatía por él.

Quizá porque, entre todos aquellos adultos, es el único que hace algo que no está completamente relacionado con él mismo.

La crítica a los adultos

El Principito es, en buena medida, un libro sobre la extraña manera en que los adultos hemos aprendido a vivir.

Los mayores preguntan cuánto cuesta una casa.

Cuánto dinero gana alguien.

Qué trabajo tiene.

Cuántos años tiene.

Cuánto mide.

Cuánto pesa.

Cuánto produce.

Necesitamos números para casi todo.

Y cuando nos encontramos con alguien, muchas veces preguntamos primero por aquello que puede ser medido.

Saint-Exupéry contrapone esa lógica con la mirada del niño.

El niño no necesita medirlo todo para comprender que algo es importante.

Puede ver un mundo entero dentro de una caja.

Puede hablar con un zorro.

Puede escuchar a una rosa.

Puede considerar importante una puesta de sol.

Quizá porque todavía no ha aprendido que esas cosas supuestamente no sirven para nada.

El zorro

Y entonces llega uno de los personajes más importantes del libro.

El zorro.

El Principito lo encuentra en la Tierra y quiere jugar con él.

Pero el zorro le explica que primero tienen que conocerse.

Tienen que crear un vínculo.

Tienen que «domesticarse» en el sentido particular que utiliza el libro: establecer una relación que haga que uno sea único para el otro.

Y ahí aparece una de las ideas centrales de toda la obra:

los vínculos transforman nuestra percepción del mundo.

Antes de conocer al Principito, para el zorro todos los niños eran iguales.

Después, uno será diferente.

Antes, un campo de trigo no significaba nada.

Después, el trigo le recordará el cabello dorado del Principito.

El mundo exterior no ha cambiado.

Ha cambiado la relación que el zorro tiene con él.

Lo esencial

Es probablemente la idea más conocida de El Principito.

Pero también una de las más profundas.

Lo esencial no siempre es aquello que podemos medir.

Una amistad no tiene peso.

Una despedida no tiene tamaño.

El amor no se puede colocar en una balanza.

Una memoria no ocupa espacio.

Sin embargo, pueden ocupar una parte enorme de nuestra vida.

El libro propone una inversión radical de nuestras prioridades.

Quizá estamos demasiado acostumbrados a medir aquello que resulta fácil de medir y demasiado poco preparados para valorar aquello que realmente importa.

El dibujo que no era un sombrero

El primer dibujo del libro contiene ya toda su filosofía.

El narrador recuerda que cuando era niño dibujó una serpiente boa que había tragado un elefante.

Los adultos veían un sombrero.

El niño veía otra cosa.

La escena aparece también en los manuscritos originales conservados en el Morgan. Allí pueden verse las sucesivas versiones que Saint-Exupéry hizo de aquel comienzo.

La cuestión parece infantil.

Pero no lo es.

¿Cuántas veces confundimos una cosa con otra porque solo vemos aquello que esperamos ver?

Los adultos no han perdido necesariamente la capacidad de imaginar.

Han aprendido a no utilizarla.

Saint-Exupéry también dibujó al Principito

Quizá uno de los detalles más fascinantes del libro sea que sus ilustraciones no fueron realizadas por un ilustrador profesional.

Las hizo el propio Saint-Exupéry.

No tenía formación artística formal.

Había dibujado desde niño, pero nunca había ilustrado un libro antes de emprender este proyecto.

Los dibujos que hoy asociamos inmediatamente con El Principito nacieron de numerosas pruebas.

El Morgan conserva versiones preliminares que muestran cómo el autor modificaba las figuras, las posturas y las escenas. Algunas fueron descartadas y otras transformadas antes de llegar a la edición publicada.

Es fascinante porque nos permite observar algo que normalmente permanece oculto:

cómo nace una imagen literaria.

El libro nació en tiempos de guerra

Existe una paradoja detrás de El Principito.

Mientras Saint-Exupéry escribía sobre un niño que viajaba entre planetas, Europa estaba siendo destruida por una guerra.

Él mismo era aviador.

Había volado antes por África y Sudamérica y había sufrido accidentes graves. Durante la Segunda Guerra Mundial volvió a ejercer como piloto de reconocimiento.

La delicadeza de El Principito adquiere otra dimensión cuando sabemos en qué momento fue escrito.

No nació en un mundo tranquilo.

Nació mientras el mundo estaba en llamas.

Y quizá por eso el libro insiste tanto en cosas aparentemente pequeñas:

una flor.

Un amigo.

Un planeta.

Una puesta de sol.

Un cordero.

Una conversación.

Como si Saint-Exupéry estuviera recordándonos que la vida humana no está formada únicamente por los grandes acontecimientos históricos.

También está formada por pequeñas cosas que solo adquieren importancia porque alguien las ama.

Un libro para niños que habla de la muerte

Hay otra dimensión que suele pasar desapercibida cuando somos pequeños.

El Principito habla de la muerte.

No lo hace de una manera brutal.

Lo hace con una delicadeza casi desconcertante.

El Principito sabe que tendrá que abandonar la Tierra.

Y la despedida final puede leerse como una muerte, pero también como una separación, una transformación o una forma de regreso.

Esa ambigüedad es parte de su fuerza.

Los niños pueden leer simplemente una aventura.

Los adultos pueden descubrir una historia sobre la pérdida.

Y ambas lecturas son válidas.

Saint-Exupéry desapareció

La vida del autor terminó de una manera que parece pertenecer a la propia literatura.

El 31 de julio de 1944, Saint-Exupéry despegó desde Córcega para realizar una misión de reconocimiento sobre el sur de Francia.

No regresó.

Durante décadas su desaparición permaneció envuelta en misterio.

Su avión fue finalmente localizado en el Mediterráneo muchos años después.

El hombre que había escrito sobre un viajero que desaparece de su pequeño planeta había desaparecido también en el cielo.

Y eso hizo que la leyenda alrededor del libro creciera todavía más.

Un manuscrito lleno de huellas

El manuscrito original que conserva el Morgan es especialmente emocionante porque no parece un documento perfecto.

Tiene tachaduras.

Cambios.

Correcciones.

Manchas.

Borradores.

Saint-Exupéry escribía y reescribía.

El museo conserva unas 140 páginas del manuscrito preliminar, además de numerosos dibujos.

Es decir, podemos acercarnos físicamente al momento en que El Principito todavía no era El Principito.

Era simplemente un conjunto de páginas sobre una mesa.

Una historia que todavía estaba buscando su forma.

¿Por qué seguimos leyéndolo?

Quizá porque el libro cambia con nosotros.

Cuando somos niños, el Principito es un personaje.

Después puede convertirse en un amigo.

Más tarde puede parecer una representación de nuestra propia infancia.

La rosa puede recordarnos a alguien.

El zorro puede recordarnos una amistad.

El desierto puede parecerse a un periodo de nuestra vida.

Y aquella frase que nos parecía bonita cuando teníamos diez años puede adquirir un significado completamente distinto cuando hemos perdido a alguien.

Ese es el secreto de los grandes libros.

No permanecen iguales mientras nosotros cambiamos.

El libro que no termina

El Principito parece una historia sencilla.

Un piloto.

Un niño.

Un planeta.

Una rosa.

Un zorro.

Un desierto.

Pero debajo de esa aparente sencillez hay una pregunta mucho más complicada:

¿qué hemos perdido al convertirnos en adultos?

Quizá la capacidad de mirar.

Quizá la paciencia.

Quizá la imaginación.

Quizá la capacidad de establecer vínculos sin calcular qué obtenemos a cambio.

Quizá simplemente hemos olvidado detenernos.

Mirar una puesta de sol.

Escuchar a alguien.

Cuidar una flor.

Preguntar cómo está un amigo.

Mirar el cielo sin necesitar una explicación.

Por eso El Principito no es solamente un libro infantil.

Es un libro que espera.

Espera a que crezcamos para volver a abrirlo.

Y cuando lo hacemos, descubrimos algo extraño.

El libro no ha cambiado.

El que ha cambiado somos nosotros.

Y quizá por eso, después de cerrar sus páginas, volvemos a mirar el cielo de otra manera.

No porque esperemos encontrar allí un pequeño planeta.

Sino porque, durante unas horas, hemos recordado algo que los adultos solemos olvidar:

que hay cosas que solo podemos comprender cuando dejamos de intentar medirlas.

 

El manuscrito original de El Principito — The Morgan Library & Museum

  • Literatura
  • Imagen portada: openai
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  • El Principito de Antoine de Saint-Exupéry es mucho más que un libro infantil: una reflexión sobre el amor, la amistad, la soledad, la infancia y aquello que realmente importa.
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