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THOMAS MANN Y EL SABER DEL MAR
Ahora que vivo en Gijón paseo por la playa de San Lorenzo casi todos los días. Y a veces me acuerdo de Thomas Mann, que en Lubeck, en el Báltico, hacía lo mismo.
Para mí su novela más significativa no es “La montaña mágica”, es “Los Buddenbrook”, Esa novela extraordinaria fue la que lo hizo prestigioso, la que lo hizo escritor. Lo cuenta él en su autobiografía: después de ese podía decir que era el autor de “Los Buddenbrook” podía decir que era escritor. Antes no se sabía bien lo que era.
Uno de los hermanos Buddenbrook, no me pidan ahora nombres y documentación, en un capítulo inolvidable, pasea por una playa del Báltico, y se queda fascinado, después de estar fascinado por la música. Y en ese paseo junto al mar comprende profundamente lo que es la vida, lo que es su vida.
Las olas se acercan a él con regularidad y variedad, con delicadeza y entusiasmo. Le hablan sordamente, como un bajo continuo en la música barroca, y le hablan a cada instante. Y ese hablar de fondo y hablar a cada instante, ese tener algo escondido y algo presente, es el secreto de su vida. El personaje aprende del mar y aprende quien es en el mar.
Toda la palabrería de los hombres se apaga ante la profundidad del mar, que siempre dice lo mismo pero dice cosas diferentes, que se mantiene ahí siempre, como un refugio, y habla a cada instante. No se trata de una variación superficial, siempre se puede acudir a él. No se trata de esta teoría o de la otra, de los chismorreos o las chorradas, se trata de algo hondo con lo que siempre se puede contar. Apagarlo todo y escuchar eso que sigue cuando se apaga todo.
Como cuando hay una crisis y uno se cuestiona todo y lo deshace todo y entonces queda algo incuestionable que no puede deshacerse. Y a eso se puede atener uno. A mí me ha pasado muchas veces. Me mataba la angustia, dejaba de creer en todo en mi vida, se me ponía la cara arrasada. Y a pesar de todo quedaba algo, quedaba mi orgullo más profundo y algo valioso sin ninguna duda, y con ese orgullo yo iba por la calle.
Y eso hace también el personaje de Thomas Mann, que se deja de conversaciones y vuelve a la conversación esencial. Esa que nunca falla. Como antes había hecho con la música, en especial la de Wagner. El personaje plácido y burgués tenía su aventura secreta y su mística desconocida. La música y el mar lo sostenían sin que nadie pudiera evitarlo.
Por eso pasaba de lo contemporáneo a lo mítico, a “José y sus hermanos”, a “Doctor Faustus”, a “Carlota en Weimar” donde clásico Goethe vivía los rescoldos de su pasión en el crepúsculo. Por eso en “La muerte en Venecia” la música y la contemplación estética eran el contrapeso desesperado de la muerte. Y en la misma “Montaña mágica” los hombres contraponían sus ideologías simplistas, pero Claudia Chauchar, en el sueño de un carnaval, significa el misterio y la superación de todo eso
Así vivía Thomas Mann. Entre los bamboleos brutales de la política, las persecuciones y las fugas, cuando él lo que quería era alejarse de todo simplismo, vivir la serenidad apasionada y compleja de la vida, siempre podía recurrir al mar. Por eso una temporada se fue a vivir en Curlandia, una aguja de tierra alargada que comparten Lituania y Rusia. Se instaló en una casita de madera, donde ya lo habían hecho pintores expresionistas alemanes, y se puso con calma apasionada a mirar las dunas y el mar.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
THOMAS MANN Y EL SABER DEL MAR
