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Tres pequeños dictadores

Tres pequeños dictadores
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Tres pequeños dictadores

«A las dictaduras les pasa lo de las bicicletas; si se paran, se caen.»
Antonio Maura

Era un jueves de octubre. Muamar, Benito y Leonidas compartían aula en cuarto de primaria en un colegio de Santiago de Compostela, entrelazados por una eterna complicidad donde las travesuras y las fantasías dictan las reglas del día a día. Sin embargo, pesaba la condición de ser hijos únicos, un aislamiento temprano que moldeó en sus caracteres marcadamente egoístas y autoritarios.

Los tres eran inmigrantes, aunque sus raíces pertenecían a continentes muy distintos:

Muamar era libio, cruzó el Mediterráneo desde el norte de África hacía un lustro; todavía se comentaba en los pasillos el día en que insistió que debían racionar el agua de la fuente del colegio con la severidad del desierto.

Benito nació en Sicilia, residía en España desde hacía siete años. Los recuerdos de la mafia que sus padres presenciaron en Italia desde niños también corrían por sus venas; su mente era como un laberinto de dudas: ¿somos criminales o gente normal?

Por último estaba Leonidas, de cuna dominicana, quien llegó a la península con apenas un mes de vida; no guardaba memoria de la isla, pero cuando nevaba, desafiaba el frío mientras jugaba con una pelota congelada porque del calor de su tierra solo conocía las fotografías.

Pronto descubrieron el significado de «extranjero» —o «puto extranjero», que se lo gritaban sus compañeros de clase—. Ellos se refugiaron en una amistad obligada por las circunstancias como un pacto de náufragos.

En lo académico, cumplían con sus deberes y fingían un orden aparente. Gracias a las pantallas, los tres llevaban gafas desde muy pequeños, pero la alarma entre sus profesores era absoluta y el aire se llenaba de oscuridad. Los vigilaban obsesivamente, temerosos de la grieta que los separaba del resto.

LA DECISIÓN

«Bajo nuestra ley, los que protestan y causan disturbios merecen la pena de muerte.»
Muamar Gadafi

El niño Muamar no sabía quién era el dictador libio Gadafi. Sin embargo, en su casa se hablaba de Libia, de la guerra y de la vida que habían dejado atrás. Sus padres hablaban con tanta intensidad que él apenas entendía nada. Cuando la conversación se ponía seria, Muamar se marchaba a jugar a la guerra. Soñaba con ser un superhéroe capaz de vencer a los malos, aunque todavía no sabía muy bien quiénes eran esos malos.

Casi todas las tardes, después de hacer los deberes, los tres amigos quedaban en el parque de la Alameda, cerca de sus casas. No se alejaban demasiado de sus padres, pero aquellas bicicletas de montaña les permitían sentirse libres. Allí, entre los árboles y con las Torres de la Catedral al fondo, se olvidaban por un rato de sus pequeños problemas.

Se sentaban en corro cerca de las estatuas de las Dos Marías. Parecía que aquellas dos mujeres vigilaban a los tres niños y los protegían del desamparo.

—¿Qué hacemos? —preguntó Leonidas.

—¡Vengarnos! —contestó Muamar.

Para ellos solo era un juego. No pensaban en las consecuencias ni en los castigos.

—Esta vez no nos pillan.

Muamar se quedó pensativo y bajó la voz.

—Se merecen un castigo.

Los otros dos lo miraron con los ojos muy abiertos.

—Yo voy a ser el jefe del comando.

—¿Qué es un comando? —preguntó Leonidas.

—No sé. Mi padre lo dice cuando ve la tele.

—¿Y qué más dice tu padre? —preguntó Leonidas.

Su padre decía que echaba de menos la arena de Libia porque era diferente. También decía que había que acabar con Gadafi. Pero ¿quién era Gadafi? Muamar no lo sabía. En su casa también escuchaba aquello del coco que viene a comerte por la noche. Y ahí terminaban las explicaciones.

Para Muamar todo era muy sencillo: los dictadores eran malos, los malos habían echado a su familia de Libia y Gadafi era el diablo.

—¿Y ese quién es? —preguntó Leonidas.

Muamar se quedó callado.

—¿Quién?

—¡Gadafi!

—No lo sé.

Los tres se miraron.

—Pues hay que averiguarlo —dijo Leonidas.

Muamar tuvo una idea.

—Tengo un plan para que no nos insulten más.

—¿Qué plan?

—Nos convertimos en Batman.

Los otros dos soltaron una carcajada.

—¡Tú estás tonto! —dijo Leonidas.

—¡Pues Batman mata a los malos! —respondió Muamar.

—Batman no mata a nadie —contestó Leonidas.

—Bueno… ¡pues les pega!

Volvieron a reírse.

Las Dos Marías parecían enfadarse mientras observaban a aquellos tres pequeños salvadores del mundo. Por primera vez, las estatuas parecían querer gritarles que aquello no era un juego.

Pero nadie podía oírlas.

Ni siquiera los niños.

EL REMORDIMIENTO DE CONCIENCIA

«Mussolini siempre tiene la razón.»
Lema fascista en Italia (1926)

Los abuelos de Benito habían sido fascistas en Roma y mafiosos en Sicilia. Al final de sus vidas comprendieron que habían malgastado demasiados años. Nunca se lo contaron a Benito. En la familia era un motivo de vergüenza, un secreto que debía permanecer enterrado.

Benito creció sin conocer aquella parte de su historia. Solo sabía que su familia había vivido tiempos mejores. Soñaba con fiestas lujosas, grandes casas, trajes elegantes y un estatus social que ya no tenían.

Pero, por encima de todo, quería mandar.

—Nosotros vamos a ser los jefes de la clase —dijo Muamar.

—¡Qué va! ¡Vamos a ser Batman! —se rio Leonidas.

Benito quería dar órdenes, aunque todavía le costaba conseguir que alguien le hiciera caso. Estaba convencido de que había nacido para gobernar. El deseo de mandar empezaba a convertirse también en su primer remordimiento de conciencia.

Sin saberlo, pensaba como un niño fascista. Imaginaba castigos para la profesora, soñaba con ridiculizar a los niños que consideraba unos machitos y fantaseaba con tener poder sobre los demás. En su imaginación, todos obedecían.

La realidad, sin embargo, era otra.

En casa mandaban sus padres. En el colegio, los profesores. Y cuando Benito intentaba mandar a sus compañeros, casi siempre terminaba castigado.

—Yo no puedo más —murmuraba cuando estaba solo.

Los tres niños eran diferentes. Incluso les gustaban equipos de fútbol distintos, aunque apenas hablaban de aquel deporte de masas. Tenían asuntos que consideraban mucho más importantes: vengarse de los compañeros que les molestaban y preparar planes que, en su imaginación, parecían auténticas operaciones secretas.

Algunas tardes, sentados en la Alameda, dibujaban sus estrategias sobre el suelo.

—Tú vas por aquí y tú te quedas aquí —decía Benito mientras hacía un mapa con un palo—. Después lo empujamos hasta el baño y estoy yo.

Leonidas propuso algo todavía más disparatado: poner chinchetas en las sillas. Muamar tuvo una idea que les pareció todavía mejor: bajarle los pantalones a uno de sus compañeros delante de la profesora.

A Benito le encantó.

Estaba dispuesto a llevarla a cabo, pero antes decidió que necesitaban nombres en clave.

Muamar eligió Zorro. Leonidas, Moreno, acordándose de sus orígenes.

Benito sonrió.

—Pues yo voy a ser Mussolini.

Sus amigos lo miraron sin entender nada.

—¿Musso… qué?

—Mussolini —repitió Benito—. Es un nombre que mola.

Benito explicó que era un nombre que había oído alguna vez. No sabía demasiado sobre aquel hombre. Solo que había sido alguien importante en Italia hacía muchos años.

Pero el nombre le gustaba.

Mussolini.

Sonaba fuerte.

Sonaba a alguien que mandaba. A alguien que no tenía que pedir permiso.

Lo que Benito ignoraba era que Benito Mussolini había sido el dictador fascista de Italia.

Llegó al poder en 1922 y construyó una dictadura que eliminó libertades, persiguió a sus adversarios, controló la prensa y utilizó la violencia política para mantenerse en el poder.

Benito no sabía nada de aquello. Desconocía qué era el fascismo, ignoraba la historia de la dictadura de su tierra y tampoco sabía qué habían hecho los camisas negras.

Para él, Mussolini solo era un nombre que sonaba importante.

Y eso le bastaba.

El problema volvió a ser quién mandaba en la misión.

Muamar quería ser el jefe. Leonidas recordaba que primero había que votar. Benito tampoco estaba dispuesto a obedecer a ninguno de los dos.

—Pues votamos y ya está —dijo Leonidas.

—Vale, pero yo quiero ser el jefe —respondió Muamar.

—¡Pues yo también! —protestó Benito.

—Entonces votamos —decidieron.

El plan estaba en marcha.

Mientras tanto, las dos Marías observaban la escena.

Parecían tener una paciencia infinita.

Una le decía a la otra:

—Estos tres no tienen ni idea de dónde se están metiendo.

La otra, desde su silencio de piedra, respondió:

—¡Si ni siquiera saben quién era Mussolini!

EL MANIPULADOR

«El dictador había muerto, pero nadie podía asegurar que hubiera muerto también la sombra de Trujillo.»
Mario Vargas Llosa

Leonidas sabía perfectamente quién era Rafael Leónidas Trujillo. Había crecido rodeado de historias del pasado porque algunos miembros de su familia habían estado cerca de aquel dictador. Aquellas ideas habían pasado de generación en generación hasta llegar a él. También conocía a Gadafi y a Mussolini, aunque le gustaba hacerse el ignorante delante de sus amigos. Se sentía como un profesor que se guardaba una lección a sus alumnos. Su padre le decía algunas veces que tenía que no dar toda la información, porque siempre era peligroso que los demás supieran lo que uno pensaba.

—Entonces, ¿qué hacemos? —exclamó Leonidas.

—Yo —ordenó Muamar.

—¿Y por qué vas a ser tú?

El niño dominicano se escondía como un zorro al acecho de las perdices. No quería ser el jefe, aunque en el fondo deseaba que sus amigos se pegasen para que hubiera heridos y, cuando el campo de batalla quedara despejado, ponerse él al frente. Si mirabas con atención a Leonidas, podías descubrir una crueldad extraña. Quería llegar a ser como su admirado Trujillo. Se imaginaba con uniforme, dando órdenes y cortando cabezas, aunque ahora mismo solo era un miserable peón en el tablero. Odiaba a sus padres porque insultaban a aquel hombre que para él era casi un dios. En sus delirios de grandeza, entre el bien y el mal no estaba lo divino: estaba el hombre más grande que había dado la Tierra.

Rafael Leónidas Trujillo había gobernado la República Dominicana con mano de hierro durante buena parte del siglo XX. Su dictadura estuvo marcada por la represión, la censura, la persecución de sus enemigos y un culto desmedido a su propia figura. Trujillo convirtió su nombre en una especie de marca nacional y llenó el país de homenajes a sí mismo. Durante su régimen, quienes se enfrentaban a él podían acabar encarcelados, torturados o asesinados. El miedo formaba parte de la vida cotidiana.

Ahora Muamar y Benito eran sus fichas del tablero. Leonidas las desplazaba a su antojo y ellos ni siquiera se daban cuenta. Sabía que matar era pecado mortal cuando no se tenía una razón. Pero ¿qué pasaba cuando existía un motivo? Leonidas buscaba aquel motivo en las alcantarillas, entre las cloacas. Sabía qué era la mierda y era algo que aquel niño, ¡aquel pequeño diablo!, se negaba a soportar porque él no había venido al mundo para vivir entre la mugre.

—Los que nos insulten morirán —dictó su sentencia.

Sus amigos se quedaron mirándolo. La frase había sonado demasiado seria para un niño de nueve años.

—¿Pero cómo los vas a matar? —preguntaron, entrando en un terreno extraño, a años luz de los juegos de niños.

—¡Me da igual cómo! ¡Pero los mataré!

Leonidas era un pequeño dictador entre los dictadores. ¿Qué era un dictador? ¿Qué era un hombre? ¿Dónde empezaba uno y terminaba el otro? Trujillo pertenecía a un pasado remoto, a una época en la que Leonidas todavía no había nacido. Sus padres ya existían. También sus abuelos y sus bisabuelos. Todos ellos formaban una cadena de recuerdos que llegaba hasta aquel niño sentado frente a sus amigos.

En su cabeza, la historia se había convertido en una especie de cuento de poder: un país asustado, un hombre que prometía orden y una multitud que terminaba obedeciendo.

—¡Los comeremos crudos! —se enfureció Leonidas.

Y las dos Marías tampoco sabían qué hacer. Estaban escondidas, pegadas una a la otra, intentando no hacer ruido.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurró una María.

—No sé.

—Pues piensa.

—Estoy pensando.

—Pues piensa más rápido.

Las dos volvieron a esconderse.

La situación tenía algo de ridículo, pero ninguna de las dos tenía ganas de reírse. Allí estaban, dos escultoras adultas, escondidas como dos niñas, mientras un niño de nueve años jugaba a ser un dictador y hablaba de muertos como si estuviera repartiendo cromos.

LLAMADA AL ORDEN

«Enseña a los niños, y no será necesario castigar a los hombres.»
Pitágoras

Se hacía de noche y los tres mocosos todavía seguían en el parque de la Alameda, ajenos al paso del tiempo. Entonces, desde algún lugar del parque, una voz de mujer gritó con todas sus fuerzas.

—¡Volved a casa los tres! ¡Ha llamado otra vez vuestra profesora! ¡Volved a casa ahora mismo!

Los tres se quedaron petrificados.

Uno de ellos se levantó de golpe.

—¡Es mi madre!

Los tres agarraron sus bicicletas y salieron disparados. Pero tanta prisa, tanto miedo y tan poco control acabaron como suelen acabar las grandes aventuras infantiles: chocando unos contra otros y cayendo al suelo con un buen trompezón.

Las dos Marías, que lo habían visto todo, se echaron a reír.

—¡Por fin! —dijo una.

—¡Se lo tenían merecido!

Los tres niños se levantaron como pudieron, con las rodillas llenas de magulladuras y las bicicletas convertidas en candidatas firmes para la chatarra. Entonces la mujer se acercó para comprobar qué había pasado.

Uno de los niños la miró con la esperanza de que, al menos, se apiadara de él.

¡No hubo suerte!

La mujer se lo llevó a casa mientras le echaba la bronca por todas las trastadas que habían hecho durante ese día.

Las dos Marías contemplaron la escena.

—¿Crees que volverán mañana?

—Seguro. Estos no aprenden nunca.

Y volvieron a sonreír.

Hay que cuidar a nuestros hijos, hay que cuidar nuestra infancia, porque en sus juegos, en sus palabras y hasta en sus rabietas también se puede esconder aquello en lo que algún día llegarán a convertirse; si no lo hacemos, quizá crezcan creyendo que mandar consiste en imponer qué debemos hacer, cuándo debemos hacerlo y hasta cómo debemos pensar. El niño crece, el hombre se hace anciano y la historia vuelve a empezar, como una ruleta que nunca deja de girar y que cambia los nombres, pero no siempre las reglas.

En la memoria quedan Muamar, Benito y Leonidas, tres niños que todavía juegan, discuten, hacen travesuras y miran el mundo sin saber lo que el futuro puede esconder. Y mientras la infancia sigue su curso, queda una pregunta que debemos hacernos antes de continuar con la vida:

¿Quién de estos tres niños llegará algún día a convertirse en un futuro dictador?

Autor: Jorge Girbau Bustos

Tres pequeños dictadores

Opinión – Pensamiento

Imagen portada: openai
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Extracto: Tres niños inmigrantes juegan a convertirse en dictadores mientras sus juegos infantiles comienzan a revelar una inquietante fascinación por el poder, la violencia y la obediencia.

Tres niños juegan a ser dictadores y descubren el poder, la violencia y la obediencia. Una reflexión de Jorge Girbau Bustos sobre infancia y sociedad.

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