- ENCUENTRO CON LA ESCRITORA CATY LEÓN BENÍTEZ - 17 de enero de 2026
- ENTREVISTA AL PROFESOR MANUEL ÁNGEL VÁZQUEZ MEDEL - 11 de enero de 2026
- ¿HAY REALMENTE NUEVAS LETRAS FLAMENCAS? - 11 de enero de 2026
LA POESÍA COMO UN MINISTERIO CAUTERIZADOR
(ENTREVISTA AL POETA CARMELO GUILLÉN ACOSTA)
José Cenizo Jiménez
Carmelo Guillén Acosta (Sevilla, 1955), poeta muy apreciado, accede a esta entrevista para nuestro diario digital Luz Cultural. Todo un lujo, como en el caso de otras anteriores a Eloy Sánchez Rosillo, Juan Peña Jiménez o Antonio García Barbeito. Mi agradecimiento. Para conocer su trayectoria, pueden consultar la web de Escritores Andaluces:
https://www.bibliotecaescritoresandaluces.com/carmelo-guillen-acosta/
Tengo que decir que conozco al poeta desde hace ya algo más de cuarenta años, toda una vida. Desde que me dirigió las prácticas en el instituto de secundaria hasta este momento, hemos compartido buenos momentos de amistad, en el marco siempre de la literatura y, especialmente, de la poesía. He reseñado casi todos sus libros y he podido disfrutar de sus obras poéticas con verdadera intensidad, pues ocupa para mí un puesto principal entre mis poetas vivos predilectos. Sé que también para otros. Es poeta especial en muchos sentidos, pero destaco que su poesía no se centra en el dramatismo, en la pérdida o la tristeza, sino en el don que es la vida, la amistad, la poesía, la familia. Además, recita de forma sentida y admirable, dotando de cuerpo y alma, de voz y sentido, de ritmo preciso, la lectura de sus poemas, aún más hermosos en su voz. Pueden comprobarlo en este enlace de la Fonoteca de poesía:
https://youtu.be/uBmvwo23aIs?si=lW8v4JMI-IZUTuRW
Y la fe, pues, sobre todo en sus últimos libros, esa presencia de lo religioso es más intensa y explícita. Accésit del Adonáis, premio San Juan de la Cruz o Tiflos, director de la colección Adonáis, catedrático de instituto desde muy joven, Carmelo es un poeta, para mí, imprescindible y original, por lo dicho, en la nómina de los poetas a tener en cuenta en este tránsito entre el siglo XX y el XXI.
―Gracias, Carmelo, por esta entrevista para Luz Cultural. Y enhorabuena por toda tu obra y por lo más reciente, Lo entenderás más tarde, editado primero por Cypress Cultura, col. Poesía Al Albur (2025), y, tras agotarse, reeditado pocos meses después, este mismo año, en la colección de poesía Númenor, dirigida por Fidel Villegas. ¿Cómo se ha gestado esta obra, por qué el título?
―Este libro es el resultado de un largo recorrido interior, tejido durante años en atenta escucha. Conforme fueron surgiendo mis dos anteriores poemarios —Las redenciones (2017) y En estado de gracia (2021)― aparecían otros textos que no encajaban en esos libros: tenían otro aire, otra pulsión, otra música, como si cada verso buscara abrir una rendija por donde asomara el Misterio en su plenitud.
Con un tono oracional y, en algunos casos, litúrgico o salmódico, estos poemas pedían ser reservados, acogidos aparte. No buscaban decir, sino dejarse decir. Nacían desde esa intuición de clarividencia que no se posee pero que nos habita y sostiene.
El título, Lo entenderás más tarde —tomado del pasaje 13, 7 del Evangelio de san Juan— expresa esa certeza de que hay experiencias a cuyo sentido sólo se llega después, cuando lo vivido se decanta manifestando una gracia oculta. Como digo en algún lugar, todo acaba encajando cuando nos llega el final de la vida.
―¿Qué aporta a tu ya larga y premiada trayectoria poética?
―Quizás este libro aporte una hondura distinta, una zona de mayor despojamiento interior. Hasta ahora, mi escritura había transitado fundamentalmente por temas meramente humanos, sí, pero orientados hacia consideraciones de carácter existencial. Lo entenderás más tarde se adentra, en cambio, en un territorio más sublime, donde el poema no busca mantener un pensamiento, sino abrirse a una Presencia.
En mi trayectoria, este libro representa un paso más hacia una poesía que aspira a ser una experiencia genuinamente sacra, Si algo aporta, creo que es esa fidelidad a una llamada interior más cegadora: la de escribir desde ella, intuyendo que el poema es menos ―aunque lo sea― el resultado de una forma de expresión que una forma de escucha profunda.
Tal vez por eso este libro ocupa un lugar singular en mi obra: nace donde yo no insuflo o controlo el poema, sino donde me dejo guiar, donde la poesía no expresa sino que consagra la palabra.
-¿Podríamos decir que, como es habitual en anteriores libros, prevalece la celebración, la alegría de vivir, de dar y de darse (y en esto eres casi una excepción)?
—Más que una celebración en el sentido propio del término, este libro nace de una certeza que lo fecunda todo: vivir es saberme mirado por Alguien. Y cuando me sé mirado por ese Alguien —amado, sostenido, incluso en la misma intemperie, por ese Alguien—, mi poesía deja de ser un canto de júbilo y exaltación para convertirse en un ministerio cauterizador, una idea que cada vez me atrapa más: la poesía como un ministerio cauterizador.
No se trata, pues, de exaltar o celebrar la vida, sino de sanarla, de curar al nombrar, de permitir que la herida respire bajo esa Mirada que la abarca y comprende. Por eso, aunque en mis poemarios anteriores podía predominar un tono meramente optimista o esperanzador, que no es poco, aquí la palabra posee una gravedad distinta: nace para acompañar, para restaurar, para dejarse atravesar por el Otro y, desde el Otro, acercarme al prójimo.
―La presencia de Dios, de poemas de marcado carácter sacro, religioso, teológico, ha sido un eje vertebrador de tus obras, pero, sin duda, se ha acrecentado en los últimos libros. ¿A qué se debe esto, algo que, en principio, incluso sería ir contracorriente, como tú mismo dices en otras entrevistas?
—Creo que se debe, sencillamente, a que no puedo ni debo escribir de espaldas a lo que me constituye. Con los años, la experiencia de ser mirado por Dios ―esa certeza íntima que no sé demostrar pero que me sostiene― se ha vuelto más intensa, más determinante. Y mi poesía, si quiero que sea auténtica, no puede más que seguir esa senda.
No es una elección programática ni un gesto de resistencia cultural; es, más bien, una manera de ser fiel a mí mismo. Cuando uno reconoce que la raíz de su vivir está en esa Presencia, la palabra acaba orientándose hacia ella con naturalidad, como quien vive inmerso en el útero materno. En ese sentido, sí, puede parecer ir contracorriente; pero para mí sería ir mucho más en contra de mi propia esencia forzar un silencio o una impostura donde lo que brota es una llamada.
Por esa razón, en mis últimos libros la dimensión sacra se ha acrecentado: porque la vida me ha ido llevando a un territorio anímico donde la poesía sólo puede ser respuesta, un modo de acoger y decir ―aunque sea torpemente― aquello que me da sentido y afirma.

―¿Te reconoces en alguna corriente, grupo o adscripción? ¿Haces vida literaria, tienes amistades literarias?
—La verdad es que no me identifico con ninguna corriente ni adscripción concreta, ni siquiera mística o religiosa. Mi escritura es poesía a secas y fruto de como vivo mi vida es mi poesía: autónoma. Nace de un proceso interior, más que de una pertenencia estética; y, en ese sentido, me siento siempre un poco al margen, no por distancia voluntaria, sino porque mi actividad literaria se ha ido orientando hacia un lugar más contemplativo que programático.
Tampoco hago vida literaria en el sentido propio. Conservo, sí, amistades queridas dentro del ámbito poético ―personas cuya obra respeto y admiro y con quienes comparto una afinidad humana más que generacional o estética―, pero no formo parte de grupos ni de círculos estables. Necesito cierta soledad fértil para escribir, un espacio que me permita escuchar lo que me envuelve, sin demasiadas interferencias.
Diría que vivo la literatura más como un compromiso íntimo que como una pertenencia social: un lugar donde me sé acompañado, pero no adscrito.
―¿Cómo fueron tus inicios como escritor? ¿Qué te llevó a escribir, qué dificultades encontraste para escribir y, en su caso, para publicar?
—Mis inicios fueron bastante naturales: los de un chaval que descubre la poesía en el colegio, con doce o trece años, cuando un profesor nos pide como tarea escribir un poema y exalta públicamente mi resultado. A partir de aquel momento intuí una vocación: empecé a escribir casi de manera impulsiva porque sentía que algo en mí sólo encontraba forma en la palabra: una mezcla de necesidad, asombro y búsqueda. Ese fue, digamos, el primer despertar.
Las dificultades vinieron, si acaso, después, cuando comencé a enfrentarme con la palabra de manera consciente para expresar ese «no sé qué que queda balbuciendo» del que hablaba san Juan de la Cruz. Aprender a convivir con los límites del lenguaje, con la sensación de insuficiencia, fue quizás el mayor desafío de entonces (y de ahora). Publicar llegó siendo aún estudiante en el instituto, y lo hice en una revista a ciclostil gracias al encuentro con otros compañeros que buscaban en la Poesía lo mismo que yo. Más tarde, ya en cuarto de carrera, tuve la satisfacción de presentarme al premio Adonáis por indicación de un profesor ―el poeta Pedro Rodríguez Pacheco― y obtener un accésit, lo que me sirvió como indicador para continuar por ese camino.
En resumen, empecé a escribir espontáneamente porque lo necesitaba, porque era mi manera de respirar. Y las dificultades, lejos de impedirme avanzar, fueron afinando la conciencia de que escribir, al menos en mi caso, no era ni es una carrera, sino un camino interior que recorro a tientas.
―¿Cuál es tu rutina de trabajo como escritor (métodos, horarios, posibles manías, uso de ordenador…)?
―No tengo una rutina en el sentido estricto. Escribo poesía cuando la Poesía quiere, no cuando me lo propongo. Para mí, escribir no es una tarea programada, sino una llamada, algo que irrumpe sin previo aviso y me exige estar disponible. Cuando esa voz interior se abre paso, entonces sí, me entrego plenamente, con la sensación de que me limito a seguir un dictado que no proviene del todo de mí.
No tengo horarios ni planificaciones; puedo pasar semanas, meses, años, sin escribir un solo verso y, de pronto, sentir que un poema (o más de uno) insiste, que busca nacer. En esos momentos me siento ante el ordenador —siempre escribo ahí, desde hace muchos años. Nunca en papel― y dejo que el texto avance a su propio ritmo. Luego viene una parte esencial del proceso: leer en voz alta lo escrito. Necesito escuchar el poema, comprobar si su latido coincide con el mío y si el ritmo sostiene aquello que intenta decir.
Si tengo alguna manía es ésa: leer, corregir, ajustar, volver a leer, hasta que siento que el poema se cierra solo. No obstante, en el fondo, mi supuesto método es la disponibilidad: estar atento, y cuando la Poesía me llama, decirle que sí.
―Envés del existir, accésit del prestigioso premio Adonáis 1976, es tu primer libro. ¿Qué significó este premio para ti y qué sientes hacia tu primer libro, cincuenta años después? ¿En qué ha cambiado la poesía española y en qué ha cambiado como persona y como poeta Carmelo Guillén Acosta desde entonces hasta 2025?
—Envés del existir fue para mí un umbral más que un reconocimiento. Yo era relativamente joven, y aquel galardón significó una confirmación silenciosa de que el camino interior que intuía podía encontrar también un lugar en la palabra publicada. No lo viví como una declaración notoria, sino como una suerte de señal discreta, casi íntima, que me animaba a seguir escuchando lo que en mí quería decirse.
Cincuenta años después, miro ese primer libro con una mezcla de agradecimiento, asombro y extrañeza. Veo en él a alguien que buscaba, que tanteaba, que escribía desde un temblor muy puro. Aquel libro significó para mí mi voz más mía: era la que podía tener entonces, y en cierto modo sigue siendo la raíz de todo lo que vino después.
En estos tiempos, la poesía española, ha cambiado enormemente: se ha vuelto más plural, más fragmentada, más descarnada, más desacralizada, y también más híbrida en sus formas. Pero lo esencial —la necesidad de verdad, de intensidad, de sentido— sigue alimentándose del mismo fuego bajo distintas superficies cambiantes.
¿Y yo? Como persona he aprendido, sobre todo, a habitar en la palabra sin complejos de ningún tipo. Y como poeta, a comprender que la escritura no es un ejercicio literario sin más sino un don: una llamada que llega cuando Ella, la Poesía, quiere. Con el tiempo he sentido que la palabra debía orientarse con mayor claridad hacia aquello que me sostiene; por eso, obras como Las redenciones o En estado de gracia muestran ya un desplazamiento radical hacia lo sacro, hacia la conciencia de ser mirado por ese Alguien al que me referí anteriormente.
Con la perspectiva que da la edad, aquel joven de 1976 quizás no imaginaba este recorrido, pero sí sabía algo clave: que escribir era, desde el inicio, una forma de asomarme a la luz. Y eso, en el fondo, no ha cambiado.
―¿Cómo has compaginado tu trabajo como profesor de instituto, catedrático de Lengua y Literatura, con tu vocación literaria? ¿Tus alumnos estaban al tanto de tu actividad y valía poéticas?
―En realidad, esa pregunta la podrían responder mejor mis exalumnos; ellos sabrían decir qué percibieron. Mi vocación como poeta siempre convivió con mi labor como docente. Nunca las sentí en conflicto: una alimentaba a la otra. Enseñar es un ministerio, y escribir, otro; ambos nacen de una misma raíz de atención, entrega y servicio.
Con los alumnos solía mantener un trato exigente, pero cercano, entrañable. Algunos sabían que escribía, otros incluso leían mis poemas, y otros, los menos, seguro que lo descubrieron más tarde. Pero nunca me pareció necesario subrayarlo: lo importante en el aula era la relación que se creaba, la escucha, el acompañamiento, el intento de transmitir que la palabra ―cuando es verdadera― puede abrir espacios interiores que no se enseñan en ningún temario. Si algo de mi manera de vivir la Poesía llegaba a ellos, era quizás por el modo de acercarme a los textos, por la convicción de que la literatura no es sólo conocimiento, sino convicción, experiencia de vida, vibración interior, entusiasmo.
En suma, poesía y docencia son oficios distintos pero afines: uno invita a comprenderse, el otro a dejarse transformar. Y en ese doble movimiento, ambas vocaciones pudieron convivir y enriquecerse mutuamente durante esos treinta y ocho años que estuve trabajando en la enseñanza.
―De todas tus obras, ¿por cuál sientes predilección?
―No tengo predilección por ninguna, o tengo predilección por todas particularmente. Cada libro responde a un momento distinto de mi vida, a una pulsión interior, y cada uno refleja de alguna manera la urgencia de lo que necesitaba decir en ese tiempo.
En todo caso, tengo preferencia por aquellos poemas que más calan en las personas, en los que ellas se descubren. Cuando alguien me dice que un verso le ha acompañado, que le ha ayudado a mirar de otra manera o a sostener un momento complicado o celebratorio, siento que el poema ha cumplido su verdadera misión. Y de esos textos, sí, con el paso del tiempo he reunido unos cuantos.
―¿Cómo describirías tu poética? ¿Coincide con la que han expresado los lectores y los críticos?
―Diría que mi poética nace de una doble convicción: escribir es un acto de amor y, al mismo tiempo, una forma de escucha. Con los años he comprendido que la poesía no es sólo un trabajo formal ―aunque el ritmo, la cadencia, la respiración del verso sean esenciales―, sino, sobre todo, un gesto de disponibilidad interior. Escuchar lo que quiere decirse, acogerlo y darle una forma que no traicione su verdad.
En ese sentido, suelo hablar, como ya he referido antes, de la Poesía como un ministerio cauterizador ―ya ves cuánto me repito―: una tarea que busca sanar, sostener, cuidar. No escribo para imponer una visión, sino para ofrecer una palabra que, si es auténtica ―y la mía procura serlo―, pueda aliviar o alumbrar un instante de quien la recibe. Cada poema es una responsabilidad, porque nace de algo que me supera y, a la vez, me reclama entereza.
¿Coincide esto con lo que dicen los lectores o los críticos? A veces sí, a veces no, pero no me preocupa demasiado. Lo importante es permanecer fiel a esa llamada interior, a esa manera de comprender la Poesía como un servicio: un lugar donde la palabra se vuelve presencia, atención y, en última instancia, una forma de amar al prójimo.
―¿Qué libros te iniciaron en la lectura y la escritura, tus referentes? ¿Y cuáles han ido añadiendo de forma clara y entusiasta?
―Mis primeros libros, los que realmente me abrieron la puerta a la lectura y a la escritura, fueron aquellos que combinaban intensidad espiritual, emoción, música y belleza del lenguaje. Desde muy pronto me dejó una profunda huella san Juan de la Cruz, al que le sigo siendo fiel y cuya poesía me enseñó que la palabra puede ser un cauce de desvelamiento del Misterio.
A la vez, me dejé empapar por la vida cotidiana, por los giros coloquiales de la calle, por la manera en que las personas nombran y sienten el mundo. Aprendí que la Poesía no está sólo en los libros, sino en las emociones, en las miradas, en los gestos, en todo aquello que nos toca y nos hace humanos.
Más adelante, autores como Claudio Rodríguez reforzaron mi sentido de la musicalidad y del ritmo del verso, así como la atención a la emoción contenida en la palabra precisa. Con el tiempo, mis referentes se han ido multiplicando de manera entusiasta, sumando voces de distintas épocas y estilos, pero siempre con una misma exigencia: que la poesía sea auténtica, que nazca del amor, de la contemplación, de la atención a lo sagrado en la cotidianidad.
En suma, mi trayectoria lectora y poética ha sido una mezcla de herencia espiritual, escucha del mundo y sensibilidad por la emoción, todo ello me ha servido para alimentar la voz que finalmente me reconocen cuando escribo.
―¿Algunos nombres de escritores jóvenes o muy jóvenes, poetas especialmente, que debamos tener en cuenta? Precisamente tu labor en Adonáis desde 2003, como director de la colección, te da una ventaja para conocerlos.
―En realidad, siempre me parece poco conveniente dar nombres concretos, porque las generaciones jóvenes son muy diversas y poseen sensibilidades muy vacilantes. Más que señalar a personas, suelo fijarme en ciertas maneras de entender la poesía: en aquellas voces que cuidan el ritmo, buscan una expresión nítida, saben conjugar emoción y pensamiento, y, como decía Antonio Machado, dejan entrever una metafísica, una hondura que trasciende lo anecdótico.
Dicho esto, hay poetas jóvenes cuya obra sigo con especial afecto ―y subrayo que se trata de afinidades meramente personales y, diría, de cierta proximidad tutelar―: Rubén Martín, José María Higuera, Marcela Duque, Elisa Fernández Guzmán, Guillermo Marco Remón, Diego Roel o Antonio Praena, entre otros. En todos ellos percibo un compromiso genuino y cuidadoso con la palabra y con su propio mundo, una sensibilidad que escucha antes de decir y una musicalidad que acompaña la emoción sin caer en el artificio.
Mi labor en la colección Adonáis me ha permitido y me sigue permitiendo conocer de cerca muchas de estas trayectorias emergentes y constatar algo que me parece primordial: la poesía sigue siendo antes que nada un don, pero también un territorio que exige voluntad de estilo y claridad comunicativa. Más allá de los nombres, lo que realmente valoro es la mirada que aportan: frescura, autenticidad y una capacidad de conmover que confirma que la poesía —también en manos de los más jóvenes― continúa siendo un espacio lírico, vivo y esencial.
―Aparte de la lectura y de la escritura, la música y la pintura, ¿qué otras aficiones tienes?
―Si hablamos de aficiones artísticas, durante mi adolescencia dediqué muchas horas a la guitarra; fue una compañía constante. Con los años, esa dedicación se fue transformando y ahora estoy plenamente inmerso en las castañuelas, a las que procuro dedicar un rato largo cada día. Me aportan disciplina, ritmo, y, sobre todo, equilibrio interior.
Más allá de la música, disfruto enormemente del tiempo compartido con mis amigos domésticos, como suelo llamarlos: esos encuentros pausados, cara a cara, donde la conversación se convierte en un espacio de cuidado y comprensión. Esa cercanía humana es para mí profundamente sedativa, imprescindible; nada la sustituye, ni siquiera la literatura, porque en ella hay una comunión sencilla que me trae a la memoria, además, que la palabra también irrumpe del diálogo sin tecnologías por medio.
―Para ti, ¿cuál es el secreto de la vida?
—Si existe un secreto ―aunque quizás sea más justo hablar de una certeza que voy descubriendo con los años— es haber aprendido a vivir el presente abierto a lo que llega, consciente de que la existencia no es un empeño solitario sino un saberme mirado por Alguien que me sostiene.
A lo largo de mi trayectoria vital, he descubierto que casi todo lo que solemos considerar importante ―los logros, los planes, las posesiones― me resulta secundario. «Lo esencial es invisible a los ojos», sugería Saint-Exupéry, y eso, esencial, consiste para mí en responder a la llamada de lo que me habita, cultivar la gratuidad, ejercitar la entrega, aprender a mirar y a dejarme mirar, a dar y recibir sin cálculos posibles. En esa conciencia está, para mí, el verdadero gozo de la vida.
―¿Algo que añadir?
―Tal vez sólo añadir que la poesía, como la existencia, nunca se agota en lo que alcanzamos a explicar. Cada poema, cada libro y cada tramo de vida es una oportunidad de abrirse al Misterio, de escuchar esa voz interior que, si uno se deja, termina por transformarlo todo.
Me gustaría que quienes se acercan a mi palabra poética o a mi vida perciban que escribir, leer, enseñar, amar, escuchar son expresiones de una misma vocación: la de estar atentos, disponibles y agradecidos ante aquello que nos sobrepasa y nos envuelve. En ese espacio, pequeño pero profundo, es donde reside para mí la verdadera luz de lo que hacemos.
―¿Con qué poema de Lo entenderás más tarde nos podemos despedir?
―Podemos hacerlo con “Teoría del dolor total” porque en él asoman muchas de las claves de este libro y, en cierto modo, de mi poesía en general. Es un poema nacido de una vivencia concreta: el acompañamiento a personas mayores en fase terminal, seres cuya vulnerabilidad nos invita a una atención serena, a la escucha auténtica y a una dedicación sin prisas. Desde esa escena tan cotidiana se abre una hondura: el dolor, la fragilidad, la evidencia de que todos, antes o después, necesitamos una mirada que nos acoja con ternura.
No es un poema imaginado, sino enteramente vivido. Brota de estar presente junto al otro, de sostener ―a veces sin palabras― lo que pesa demasiado. Por eso me permite hablar del sufrimiento desde un lugar que no juzga ni especula, sino que acompaña. Ese acompañamiento es, para mí, una forma de amor; un ministerio discreto que la poesía puede ejercer cuando renuncia al artificio y se convierte en presencia real.
A la vez, “Teoría del dolor total” abre una dimensión sagrada: esa mirada que traspasa la vida y otorga sentido incluso a lo más oscuro. Todo el libro está habitado por esa certeza: la de Alguien que ilumina sin anular el dolor.
La elección de este poema para concluir nuestra conversación significa recordar que la poesía ―cuando nace de lo hondo― es un gesto de cuidado, una forma de sostener y consolar, esto es, algo sagrado, como durante muchos siglos lo fue.
TEORÍA DEL DOLOR TOTAL
(Cicely Saunders)
Yo empezaría diciendo «es confortante»:
―es confortante estar, sentirse urgido, hallarse disponible…―.
Después añadiría «es sedativo»:
―es sedativo amar, besar un rostro, mostrar una sonrisa aunque sea impuesta…―.
Seguidamente haría lo posible
por no ponerme pegas, intentarlo, buscarme un cómo en vez de un no lo entiendo…
Cuidar el sufrimiento nunca es fácil.
Exige la presencia, manejarse con maña en el dolor, ser oportuno,
hurgar en las distintas variantes que afloran en un cuerpo mancillado.
Más tarde asumiría los silencios,
el tictac del reloj, lo que surgiera
como un nuevo lugar que aún no existe
pero al que es muy posible llegar juntos.
Por último abriría una ventana,
daría a la luz cabida, que irradiara,
que transformara el cuarto en un hogar,
en un haz de ternura…
Uno de mis recuerdos más hermosos
procede de mi madre: a pie de cama,
―momento antes de irse― abrió los ojos,
y sé que me miró con tal cariño
que en él aún me muevo y a él regreso
como quien vuelve al útero otra vez.
Y es que siempre,
cuando parece que ya es el final,
algo da la impresión de que comienza.
Enlace de YouTube a la lectura del mismo por el autor en Zamora en diciembre de 2025:
―Muchas gracias por atendernos, Carmelo. Te deseamos lo mejor en lo literario y en lo personal. Gracias de veras por tu obra, entre mis predilectas, como sabes, y por tu amistad de muchos años.
―Muchas gracias a ti, Pepe, por tu entrevista y por este diálogo que me permite volver tanto sobre lo vivido como sobre lo escrito con una mirada agradecida. La literatura ―como la amistad― es un lugar donde uno se reconoce acompañado, y este encuentro así lo confirma. Lo dicho: muchas gracias.

Foto: Archivos de José Cenizo (de izquierda a derecha, Carmelo Guillén Acosta, Juan Peña, Víctor Jiménez y José Cenizo, en 1999) y de Carmelo Guillén Acosta (en solitario), así como cubierta de su último libro, Lo entenderás más tarde en la reedición de Númenor en 2025.
ENTREVISTA AL POETA CARMELO GUILLÉN ACOSTA
