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El día que asesinaron a Sisi, emperatriz de Austria
Ginebra, 10 de septiembre de 1898
Durante buena parte de su vida, Elisabeth de Austria intentó escapar de aquello que la había convertido en emperatriz.
Escapó de Viena siempre que pudo. Viajó, caminó durante horas, escribió poemas, cultivó su obsesión por la belleza y por el paso del tiempo y buscó en lugares lejanos una libertad que difícilmente podía encontrar en la corte de los Habsburgo.
Para el mundo era Sisi, la emperatriz convertida en leyenda.
Para ella misma, probablemente, era simplemente Elisabeth.
El 10 de septiembre de 1898 estaba en Ginebra.
No sabía que aquel sería el último día de su vida.
Una emperatriz que viajaba de incógnito
Elisabeth llevaba varias semanas viajando por Suiza.
Había pasado una temporada en el Grand Hôtel de Caux, cerca de Montreux, y el 9 de septiembre había visitado a la baronesa Julie Rothschild.
Después se trasladó a Ginebra acompañada por su dama de compañía, la condesa Irma Sztáray.
Para evitar el protocolo y la atención pública utilizaba un nombre falso:
condesa de Hohenembs.
Pero el anonimato no duró demasiado.
El propietario del hotel reconoció a la ilustre huésped y la noticia de que la emperatriz de Austria se encontraba en Ginebra apareció al día siguiente en la prensa local.
Entre quienes pudieron leer aquella noticia había un hombre que llevaba tiempo buscando una víctima.
Se llamaba Luigi Lucheni.
El asesino que buscaba a otro aristócrata
Lucheni era un anarquista italiano nacido en París en 1873.
Había crecido en un orfanato y desde muy joven había tenido que trabajar. Había servido en el ejército y participado en la campaña de Abisinia antes de ganarse la vida con empleos ocasionales.
Había desarrollado un profundo resentimiento contra la aristocracia.
Y había decidido asesinar a un miembro de una familia real.
Su objetivo inicial no era Sisi.
Lucheni pretendía asesinar a Henri de Orléans, conde de París y pretendiente al trono francés, que debía encontrarse en Ginebra pero finalmente no acudió.
Necesitaba entonces otro objetivo.
Y la prensa acababa de ponerle uno delante.
La emperatriz de Austria.
Una mujer perteneciente a una de las casas reales más poderosas de Europa.
Para Lucheni, era una víctima perfecta.
La mañana del 10 de septiembre
Aquella mañana, Elisabeth salió del Hotel Beau-Rivage acompañada por la condesa Sztáray.
Se dirigían hacia el embarcadero.
Su intención era tomar un barco hacia Montreux.
No había un séquito espectacular.
No había soldados formando una barrera alrededor de la emperatriz.
Sisi prefería viajar con discreción y, en aquella época, las medidas de seguridad para los miembros de las familias reales europeas estaban muy lejos de las que existirían décadas después.
Lucheni estaba esperando.
Había preparado un arma muy poco convencional.
Una lima triangular de metal, afilada hasta convertirla en un instrumento capaz de penetrar el cuerpo.
Cuando vio acercarse a Elisabeth, se lanzó hacia ella.
Y la atacó.
El golpe que casi nadie entendió
Lucheni clavó la lima en el pecho de la emperatriz.
El golpe fue tan rápido que Elisabeth apenas comprendió lo que había sucedido.
Durante unos instantes creyó que aquel hombre simplemente la había empujado violentamente.
Se levantó.
Continuó caminando.
No parecía herida.
La condesa Sztáray le preguntó si sentía dolor.
Elisabeth respondió que no.
Y siguió avanzando hacia el barco.
Pero la lima había penetrado hasta el corazón.
La herida era mortal.
«No siento nada»
Hay algo especialmente terrible en esos últimos minutos.
La emperatriz todavía no sabía que estaba muriendo.
Subió al barco que debía llevarla por el lago.
Y fue entonces cuando se desplomó.
La gravedad de la herida quedó finalmente clara.
El médico que la examinó comprobó que la lima había alcanzado el corazón.
Elisabeth murió aquel mismo 10 de septiembre de 1898.
Tenía 60 años.
Su muerte transformaría para siempre la imagen de aquella mujer que ya en vida había despertado una fascinación extraordinaria.
El asesino no huyó
Lucheni no intentó escapar.
Fue detenido prácticamente de inmediato.
Y lejos de mostrar arrepentimiento, quería que su crimen tuviera una dimensión política.
Pretendía convertirse en un mártir de la causa anarquista.
Fue juzgado en Ginebra y condenado a cadena perpetua.
No consiguió la pena de muerte que deseaba.
Pero su historia todavía tendría un último capítulo extraño.
En 1910 apareció muerto en su celda.
La versión oficial fue el suicidio.
Había utilizado un cinturón para ahorcarse.
Su cuerpo no fue tratado como el de un prisionero cualquiera. Su cabeza fue conservada durante décadas en una solución de formaldehído y posteriormente trasladada a Viena, donde permaneció en el Narrenturm, el museo anatómico-patológico de la ciudad.
Finalmente, en el año 2000, los restos fueron enterrados en el Cementerio Central de Viena.
La muerte que convirtió a Sisi en leyenda
La muerte de Elisabeth tuvo un efecto paradójico.
Durante su vida había sido una mujer extraordinariamente conocida, pero después de su asesinato comenzó una segunda existencia: la de Sisi como mito.
La joven duquesa bávara que se había convertido en emperatriz.
La mujer que odiaba las rígidas convenciones de la corte.
La viajera incansable.
La belleza obsesionada con conservar su juventud.
La mujer marcada por las tragedias familiares, especialmente por la muerte de su hijo Rodolfo en Mayerling.
Y finalmente, la emperatriz asesinada por un anarquista en un muelle de Ginebra.
Su muerte añadió una última capa a la leyenda.
La convirtió en un personaje casi irreal.
Pero la mujer que murió aquel día era real.
Tenía sus contradicciones, sus tristezas, sus obsesiones y sus deseos de escapar de una vida que, desde fuera, parecía perfecta.
El lugar donde terminó todo
Hoy, en Ginebra, el lugar del asesinato recuerda aquel instante.
La ciudad conserva la memoria de aquella mañana de septiembre en la que una mujer que había intentado pasar inadvertida fue reconocida, seguida y finalmente asesinada.
Una estatua dedicada a Sisi se encuentra actualmente cerca del lugar donde ocurrió el atentado.
Resulta extraño pensar que una noticia publicada en un periódico pudiera cambiar el destino de una persona unas horas después.
Elisabeth había viajado de incógnito.
Había utilizado otro nombre.
Había intentado desaparecer entre los viajeros.
Pero alguien la reconoció.
Alguien lo contó.
Y alguien leyó aquella noticia.
Las últimas horas de Sisi
Quizá por eso la historia de aquel 10 de septiembre resulte tan inquietante.
No hubo una conspiración gigantesca.
No hubo un ejército esperando.
No hubo una batalla.
Hubo una mujer caminando hacia un barco.
Un hombre que la esperaba.
Una lima escondida.
Un golpe.
Unos pasos más.
Y un corazón que seguía latiendo mientras su propietaria todavía ignoraba que estaba herida de muerte.
La historia de Sisi terminó allí.
Pero la leyenda acababa de comenzar.
Y desde entonces, cada vez que alguien pronuncia su nombre, resulta difícil separar a Elisabeth, la mujer, de Sisi, el mito.
Quizá esa sea la verdadera paradoja de su muerte:
el día que asesinaron a la emperatriz Elisabeth fue también el día en que nació definitivamente Sisi.
Por Sofía
Imagen de portada: openai
El día que asesinaron a Sisi, emperatriz de Austria

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