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La paleta de Narmer, o cómo se dibuja un país nuevo

La paleta de Narmer, o cómo se dibuja un país nuevo
Xavier Pardell Peña
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La paleta de Narmer, o cómo se dibuja un país nuevo

Una losa de piedra verde de sesenta y cuatro centímetros, desenterrada a finales del siglo XIX en el sur de Egipto, muestra a un rey con dos coronas distintas. Hace más de un siglo que los egiptólogos discuten si cuenta una guerra o celebra una idea.

Tercera entrega de la serie “El país que sostiene. Egipto y el Mediterráneo en quince documentos”.

En la temporada de excavación de 1897 a 1898, dos arqueólogos británicos, James Quibell y Frederick Green, trabajaban en Kom el-Ahmar, “el montículo rojo”, en la orilla occidental del Nilo, entre Luxor y Edfu. Allí estuvo Nekhen, la ciudad que los griegos llamarían Hieracómpolis, la del halcón. Bajo los restos del templo de Horus apareció un depósito de objetos antiguos enterrados en algún momento como ofrenda: mazas de piedra, marfiles, vasos. Cerca de ese conjunto salió una losa de limolita verde de unos 64 centímetros de alto, tallada por las dos caras.

El lugar exacto del hallazgo sigue siendo motivo de discusión. Quibell la asignó al llamado Depósito Principal. Las notas de Green la sitúan en otra capa, a uno o dos metros, y los especialistas que han revisado los diarios originales tienden a darle la razón a él. El detalle importa más de lo que parece, porque fechar un objeto así depende de lo que lo rodeaba. Hoy la pieza se conserva en el Museo Egipcio de El Cairo y se suele datar hacia el 3100 a. C.

Un objeto de tocador convertido en manifiesto

Para entender qué es hay que empezar por algo muy doméstico. Durante el predinástico, los habitantes del valle molían malaquita y galena sobre pequeñas paletas de piedra para preparar pintura de ojos. Se han encontrado cientos en tumbas, muchas con forma de pez, de tortuga o de ave. En los últimos siglos del predinástico, algunas crecieron, se cubrieron de relieves y dejaron de ser utensilios para convertirse en ofrendas de templo. La de Narmer es la más elaborada de todas. Conserva en una de sus caras el pequeño círculo rebajado donde, en teoría, se mezclaba el pigmento, pero con su tamaño y su decoración es difícil imaginarla en el estuche de nadie.

Lo que la distingue es el nombre. En lo alto de ambas caras, entre dos cabezas de vaca con cuernos curvados, aparece un rectángulo que imita la fachada de un palacio. Dentro hay dos signos, un pez siluro y un cincel, que se leen nar y mer. Es uno de los primeros nombres reales escritos de forma legible. El marco que lo encierra, el serej, sirvió durante siglos para escribir el nombre del rey como encarnación de Horus.

Las dos caras

En la cara que se considera principal, una figura enorme con la corona blanca, alta y cónica, levanta una maza sobre un enemigo arrodillado al que sujeta por el pelo. Detrás camina un sirviente mucho más pequeño que lleva las sandalias del rey y un recipiente; junto a él, unos signos indican su cargo. Delante, un halcón posado sobre unas plantas de papiro tira de una cuerda atada a una cabeza humana. La lectura más extendida ve ahí al dios Horus, que es también el rey, sometiendo a la tierra del papiro, es decir, al Delta. En la franja inferior huyen o yacen dos hombres desnudos.

En la otra cara el mismo rey lleva la corona roja, la del norte. Avanza en procesión detrás de cuatro portaestandartes y llega ante dos filas de cadáveres decapitados, con la cabeza colocada entre los pies. Debajo, dos animales fantásticos, con cuerpo de felino y cuellos de serpiente, enlazan los cuellos alrededor del círculo para el pigmento; dos hombres los sujetan con correas. En la base, un toro derriba con los cuernos la muralla de una ciudad y pisotea a un hombre caído.

Un rey con la corona blanca en una cara y la roja en la otra encaja con una idea que Egipto repetiría durante tres mil años: el país está hecho de dos mitades y el rey es quien las reúne. El gesto de la maza alzada sobre el enemigo arrodillado se reprodujo, casi sin cambios, en los pilonos de los templos hasta época romana, cuando los emperadores aparecían en esa misma postura en paredes que nunca vieron.

Crónica o ceremonia

Durante buena parte del siglo XX, la paleta se leyó como un reportaje: Narmer, rey del sur, conquista el Delta y unifica Egipto. Esa lectura se apoyaba en una tradición antigua. Los autores griegos, desde Heródoto, que lo llama Min, hasta el sacerdote Manetón, atribuían la fundación del país a un rey llamado Menes, y muchos egiptólogos propusieron que Narmer y Menes eran la misma persona. El egiptólogo Frank Yurco llegó a llamarlo en 1998 “el primer unificador atestiguado de todo Egipto”.

Otros desconfían de esa lectura. John Baines la entiende como la afirmación ritual de una conquista y no como el relato de un hecho concreto, y David Wengrow se sitúa también del lado de la lectura simbólica. La arqueología de las últimas décadas complica el cuadro. La cultura material del sur, la llamada cultura de Naqada, se había extendido hacia el norte durante generaciones antes de Narmer, y en Abidos se han encontrado nombres de reyes anteriores a él, la llamada dinastía 0. La unificación se parece más a un proceso largo que a una batalla.

Entre las dos posturas cabe una tercera, que hoy comparten muchos especialistas: la paleta pudo recoger un episodio real, quizá la toma de alguna ciudad del noroeste del Delta, y al mismo tiempo darle forma de imagen eterna. A favor de un hecho concreto juega una etiqueta de año hallada en Abidos, una pequeña placa que fechaba un año del reinado por su acontecimiento principal, y que muestra una escena de victoria muy parecida.

El primero de la lista

La prueba más sólida del lugar de Narmer apareció en Abidos, la necrópolis de los primeros reyes. En 1985 y 1991, el equipo del Instituto Arqueológico Alemán dirigido por Günter Dreyer encontró en Umm el-Qaab impresiones de sello asociadas a las tumbas de los reyes Den y Qaa. Son listas de reyes grabadas en cilindros que se hacían rodar sobre el barro fresco de los cierres, y en ambas Narmer ocupa el primer lugar. La de Qaa enumera a los ocho reyes de lo que hoy llamamos primera dinastía, en orden. Es la lista real egipcia más antigua que se conoce, y para quienes la mandaron grabar, más de un siglo después, la serie empezaba con él.

En una de esas impresiones aparece el nombre de Narmer junto a un signo que podría leerse men. Hay quien ve ahí la confirmación de que Narmer y Menes eran el mismo rey, y quien cree que se trata de otra persona, quizá un príncipe. Las pruebas no permiten zanjarlo.

Un nombre en una jarra de Canaán

Lejos del Nilo aparece la misma firma. En Tel Arad, en el Néguev, y en Tel Erani, en el sur del actual Israel, se han encontrado fragmentos de vasijas con el serej de Narmer grabado en la superficie. Son jarras de almacenaje de tipo egipcio, y su presencia, en capas bien fechadas, demuestra que en tiempos de Narmer había ya un tráfico regular entre el valle y el sur de Canaán: aceite, vino, resinas, quizá cobre. Los arqueólogos israelíes usan esos fragmentos para encajar la cronología de la Edad del Bronce Antiguo con la egipcia.

El país que la paleta presenta como recién cosido miraba ya hacia el noreste, hacia la puerta del Sinaí. Y en la cara principal, detrás del rey que levanta la maza, sigue el hombre pequeño con las sandalias en la mano, con su cargo escrito junto a la cabeza, uno de los primeros funcionarios de los que queda constancia en Egipto.

Fuentes

  • E. Quibell y F. W. Green, Hierakonpolis, 2 vols., Londres, 1900-1902.
  • Günter Dreyer, publicaciones de las excavaciones del Instituto Arqueológico Alemán en Umm el-Qaab (Abidos).
  • Edwin C. M. van den Brink y Thomas E. Levy (eds.), Egypt and the Levant, Londres, 2002.
  • Eliot Braun, “South Levantine Early Bronze Age chronological correlations with Egypt in the light of the Narmer serekhs from Tel Erani and Arad”, 2009.
  • Toby Wilkinson, Early Dynastic Egypt, Londres, 1999.

Xavier Pardell Peña

 Historia y Cultura

Imagen portada: openai

La paleta de Narmer, hallada en Hieracómpolis, plantea una pregunta fundamental: ¿representa la unificación de Egipto o construye una imagen simbólica del poder?

La paleta de Narmer, o cómo se dibuja un país nuevo

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