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Cuando Sirio sale antes que el sol
Los egipcios fijaron en el tercer milenio antes de Cristo un año de 365 días. Contaba mal un cuarto de día, y ese desajuste acabó en manos de Julio César, que lo corrigió con ayuda de un astrónomo formado en Alejandría.
Segunda entrega de la serie “El país que sostiene. Egipto y el Mediterráneo en quince documentos”.
En el mismo pasaje en que Heródoto habla del barro del Nilo, unas líneas antes, recoge otra cosa que le contaron los sacerdotes: que los egipcios fueron los primeros hombres en descubrir el año y en dividirlo en doce partes, y que lo aprendieron de las estrellas (Historias, II, 4). El griego añade una opinión propia. Le parece que su método es más acertado que el de los griegos, que cada dos años tenían que meter un mes entero para que las estaciones no se les escaparan, mientras que los egipcios contaban doce meses de treinta días y añadían cinco al final.
Heródoto tenía razón en lo práctico y se equivocaba, sin saberlo, en lo astronómico. Ese calendario de 365 días era el más regular del mundo antiguo. También iba retrasándose un día cada cuatro años, y esa pequeña diferencia, acumulada a lo largo de tres milenios, tiene mucho que ver con el calendario que hoy cuelga de cualquier cocina.
Tres estaciones y un año que se abre
El año egipcio tenía tres estaciones de cuatro meses cada una, y sus nombres hablan del río más que del cielo. Akhet era la inundación, cuando el Nilo cubría los campos entre el verano y el comienzo del otoño. Peret, la salida: el agua se retiraba, la tierra emergía y se sembraba. Shemu era la cosecha y el tiempo seco, con el río en su nivel más bajo. Cada mes tenía treinta días, divididos en tres semanas de diez. Al final venían los cinco días que los griegos llamaron epagómenos, “los añadidos”. La tradición los consagraba al nacimiento de cinco dioses —Osiris, Horus, Set, Isis y Neftis— y se vivían como días delicados, fuera del orden normal del tiempo.
El primer día del año se llamaba wpt rnpt, la apertura del año. Idealmente debía coincidir con un fenómeno que cualquiera podía observar si madrugaba lo bastante en pleno verano. Durante unas diez semanas al año, Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, no se ve porque queda oculta por la luz del sol. Un día de julio vuelve a aparecer por el este, muy baja y durante unos minutos, justo antes del amanecer. Los astrónomos llaman a esto orto helíaco. Los egipcios veían en esa estrella a una diosa, Sopdet, a la que los griegos llamarían Sotis, y su regreso anunciaba la llegada de la crecida.
Un cuarto de día que no cuadra
El problema es que el año solar no dura 365 días, sino algo menos de 365 y cuarto. Un calendario que no compense esa fracción se adelanta a las estaciones un día cada cuatro años. A los diez años apenas se nota; al siglo, son veinticinco días; en unos siete siglos, el mes que se llamaba “de la inundación” cae en plena época seca. Para que el año civil y el orto de Sirio vuelvan a encontrarse en el mismo día hacen falta 1460 años julianos, el periodo que los modernos llaman ciclo sotíaco.
Los egipcios convivieron con ese desfase durante casi toda su historia. Tenían otros calendarios, lunares, para fijar las fiestas de los templos, y los campesinos se guiaban por el río y no por el papiro. El año civil era una herramienta de la administración, que fechaba los documentos por años de reinado, y para eso bastaba con que fuera regular. Que el día de Año Nuevo cayera en invierno durante unos siglos no paraba la recaudación.
Algunos escribas anotaron, eso sí, en qué fecha del calendario civil se veía salir a Sirio en un año concreto. Hay una nota así en un papiro de Illahun, del reinado de Senusret III, y otra en el reverso del papiro médico Ebers, del año 9 de Amenhotep I. Como el desfase avanza a ritmo fijo, esas notas permiten calcular a qué año de nuestra era corresponden. Son una de las bases de la cronología egipcia, y también una de sus discusiones más largas, porque el resultado cambia varias décadas según desde qué ciudad se hiciera la observación.
La pieza que ancla todo el cálculo es un texto latino tardío. En el año 238 de nuestra era, el gramático Censorino escribió un librito de regalo de cumpleaños, De die natali, y en él dejó dicho que cien años antes, en tiempos del emperador Antonino Pío, el Año Nuevo egipcio había vuelto a coincidir con la salida de la estrella. La astronomía moderna sitúa ese orto el 20 de julio del 139. Desde esa fecha se cuenta hacia atrás.
El decreto que los sacerdotes no aplicaron
La solución era conocida y sencilla: añadir un día cada cuatro años. El 7 de marzo del 238 a. C., un sínodo de sacerdotes reunido en Canopo, en el Delta, aprobó en honor de Ptolomeo III un decreto que, entre otras cosas, ordenaba exactamente eso. Se conservan varias copias en piedra, en jeroglífico, demótico y griego, y es la primera mención conocida de un año bisiesto. En la práctica no se aplicó. El calendario siguió como estaba, quizá porque tocar el año civil era tocar también los ciclos de fiestas y de cuentas que dependían de él.
Dos siglos después, la idea viajó a Roma. El calendario romano republicano, de origen lunar, funcionaba con meses añadidos a criterio de los pontífices, y por los años de las guerras civiles se había desajustado unos tres meses respecto a las estaciones. Julio César, que había pasado el invierno del 48 al 47 a. C. en Alejandría junto a Cleopatra, decidió reformarlo de raíz. Según Plinio el Viejo, contó para ello con el astrónomo Sosígenes, al que la tradición vincula con Alejandría (Historia natural, XVIII, 211). Para recolocar las estaciones, el año 46 a. C. tuvo 445 días, según la cifra más citada, y los romanos lo recordaron como el año de la confusión. Desde el 1 de enero del 45 a. C. rigió un año de 365 días con un día extra cada cuatro años. Era, en esencia, lo que habían aprobado en Canopo.
Egipto lo recibió de vuelta poco después. Conquistado el país en el 30 a. C., Augusto ajustó el calendario egipcio con su día intercalar cada cuatro años. Ese año alejandrino es el antepasado directo del calendario copto, que sigue en uso. El Año Nuevo copto, el Nayrouz, cae el 11 de septiembre, y sus meses conservan nombres que vienen del egipcio antiguo, como Tut, el de Thot. Muchos agricultores egipcios, cristianos y musulmanes, siguen usándolo para saber cuándo sembrar el trigo.
Las horas de la noche
Queda una herencia menos visible. En el interior de algunos ataúdes de madera de Asiut, de hacia el 2000 a. C., aparecen tablas de estrellas: treinta y seis grupos que los egiptólogos llaman decanos, que salían por el horizonte uno tras otro a lo largo del año. Las tablas dividían la noche en doce tramos, cada uno marcado por la salida de una estrella. Hacia el Imperio Nuevo se contaban también doce para el día, aunque nunca se sumaron en una sola jornada de veinticuatro horas iguales. Las horas egipcias se estiraban en verano y se encogían en invierno. Las horas de duración fija las impusieron más tarde los astrónomos griegos de época helenística, que tomaron de Egipto el número doce y de Babilonia el sistema sexagesimal para partirlas en minutos.
El calendario gregoriano, que Roma promulgó en 1582 para corregir los diez días de error que había acumulado el juliano, conserva los 365 días y el bisiesto; solo suprimió tres de cada cuatro bisiestos seculares. Sirio sigue asomando cada verano por el este, unos minutos antes del alba, sobre el valle del Nilo. Desde que se cerró la presa de Asuán, en 1970, ya no tiene crecida que anunciar.
Fuentes
- Heródoto, Historias, libro II, 4.
- Censorino, De die natali, 18-21.
- Plinio el Viejo, Historia natural, XVIII, 211.
- Decreto de Canopo (238 a. C.), copias de Tanis y Kom el-Hisn.
- Sarah Symons, “Ancient Egyptians measured the first hour”, McMaster University (análisis de los relojes estelares de Asiut).
- Ian Shaw (ed.), Historia del Antiguo Egipto, Oxford, apartado de cronología.
Xavier Pardell Peña
Imagen portada: openai
Descubre cómo los antiguos egipcios organizaron un año de 365 días siguiendo las estrellas, qué papel desempeñó Sirio y cómo su calendario influyó en la reforma de Julio César.
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