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El búho: el animal que aprendió a mirar donde los demás no veían

El búho: el animal que aprendió a mirar donde los demás no veían
Sofia Lovelace
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El búho: el animal que aprendió a mirar donde los demás no veían

Por Sofía Lovelace

Hay animales que la humanidad ha convertido en símbolos.

El león representa la fuerza. La serpiente puede convertirse en símbolo de conocimiento, peligro o transformación. El cuervo aparece asociado a la muerte, los presagios y los mundos invisibles.

Y después está el búho.

Un animal silencioso, nocturno y aparentemente inmóvil que, durante siglos, ha sido relacionado con la sabiduría, la inteligencia, la vigilancia y el conocimiento de aquello que permanece oculto.

Pero ¿por qué precisamente un búho?

La respuesta nos lleva hasta una de las ciudades más importantes de la Antigüedad: Atenas.

El ave de Atenea

En la antigua Grecia, el búho estaba estrechamente asociado con Atenea, diosa de la sabiduría, la estrategia y la protección de la ciudad.

La relación llegó a ser tan fuerte que el ave se convirtió en uno de sus atributos más reconocibles. El Metropolitan Museum conserva representaciones de Atenea acompañada por su búho y señala que, durante siglos, las monedas de Atenas mostraron en una de sus caras la cabeza de la diosa y, en la otra, el ave.

No era una asociación puramente decorativa.

El búho tenía algo que lo hacía especialmente apropiado para representar a una divinidad vinculada al conocimiento: veía en la oscuridad.

Mientras los humanos necesitamos luz para orientarnos, el búho se mueve durante la noche con una seguridad que siempre debió resultar misteriosa.

Para una cultura fascinada por la observación, la razón y la búsqueda del conocimiento, aquella capacidad podía convertirse fácilmente en metáfora.

El búho parecía conocer un mundo que permanecía invisible para los demás.

Y de ahí nace una de las imágenes más poderosas de su simbolismo:

la sabiduría es la capacidad de encontrar lo que permanece oculto.

Un animal convertido en moneda

Hay algo extraordinario en que un animal haya terminado representando a toda una ciudad.

El búho apareció repetidamente en la moneda ateniense. También fue representado en cerámicas y otros objetos de la época.

El Metropolitan Museum conserva, por ejemplo, un skyphos ático del siglo V a. C. decorado con un búho entre ramas de laurel.

Otro recipiente del mismo periodo recibe incluso el nombre de glaux, palabra griega relacionada con el búho, debido a la frecuencia con la que esta ave aparecía representada en este tipo de piezas.

Así, el animal dejó de ser simplemente un habitante de la noche.

Se convirtió en una imagen reconocible de Atenas.

Una pequeña ave terminó estampada sobre objetos que circulaban de mano en mano y viajaban mucho más allá de la ciudad.

La sabiduría que observa en silencio

Hay una característica del búho que resulta especialmente interesante desde el punto de vista simbólico.

No es un animal que necesite exhibirse.

No ruge.

No persigue a su presa con grandes carreras.

No necesita demostrar su fuerza.

Observa.

Espera.

Y actúa.

Quizá por eso su imagen terminó asociándose con una forma de inteligencia diferente de la fuerza física: la inteligencia que mira antes de actuar.

La tradición posterior reforzó esa asociación.

En el Renacimiento, por ejemplo, el búho continuó apareciendo junto a Minerva —la versión romana de Atenea— como atributo de sabiduría y virtud. Una estampa de Étienne Delaune conservada en el Metropolitan Museum muestra precisamente a Minerva acompañada por un búho situado sobre un libro.

El símbolo había sobrevivido más de mil años.

Y continuaría haciéndolo.

Pero el búho también tenía una cara oscura

La historia de los símbolos rara vez es completamente luminosa.

El mismo animal que podía representar la sabiduría también podía relacionarse con la noche, la muerte y lo desconocido.

En algunas representaciones posteriores, el búho aparece asociado a la oscuridad y a la muerte. El propio Metropolitan Museum señala esta dimensión en una obra alegórica de Minerva, donde el animal puede funcionar como símbolo de la noche y de la muerte, aspectos especialmente apropiados para una diosa guerrera.

Y aquí aparece una paradoja fascinante.

El búho podía representar la sabiduría precisamente porque pertenecía al territorio de la oscuridad.

No se trataba solamente de saber.

Se trataba de ver allí donde otros no podían hacerlo.

La oscuridad dejaba entonces de ser únicamente ausencia de luz.

Podía convertirse en aquello que todavía no comprendemos.

Entre Atenea y Minerva

Cuando Roma incorporó buena parte del universo mitológico griego, Atenea pasó a identificarse con Minerva.

La asociación del búho con la sabiduría continuó.

Durante siglos, artistas europeos siguieron representando a Minerva acompañada por el ave. En grabados, pinturas y alegorías, el búho podía aparecer junto a libros, instrumentos científicos, atributos de las artes y otros símbolos relacionados con el conocimiento.

El animal ya no pertenecía exclusivamente a una ciudad griega.

Había adquirido una vida simbólica propia.

Y esa transformación resulta particularmente interesante: los símbolos sobreviven incluso cuando las civilizaciones que los crearon desaparecen.

¿Por qué seguimos asociándolo con la inteligencia?

Quizá porque el símbolo funciona incluso cuando olvidamos su origen.

Hoy un búho puede aparecer en el logotipo de una biblioteca, una editorial, una universidad o una aplicación educativa y prácticamente todos entendemos la sugerencia.

Nadie necesita explicar demasiado.

Basta con verlo.

Sus grandes ojos parecen observar.

Su postura transmite concentración.

Su actividad nocturna lo convierte en una criatura vinculada a lo desconocido.

Y su antigua relación con Atenea hace el resto.

Es una de esas imágenes culturales que han sobrevivido hasta convertirse casi en un lenguaje universal.

El animal que mira mientras nosotros dormimos

Hay algo poético en todo esto.

Durante el día, el mundo pertenece a nuestros sentidos.

Vemos las calles, los edificios, los rostros.

Pero cuando llega la noche, muchas de nuestras certezas desaparecen.

El búho, en cambio, comienza entonces su jornada.

Quizá por eso terminó convertido en símbolo de algo que la humanidad ha perseguido desde sus orígenes: la capacidad de comprender aquello que no vemos inmediatamente.

Los griegos colocaron el búho junto a Atenea.

Los romanos lo conservaron junto a Minerva.

Los artistas medievales y renacentistas heredaron su significado.

Y nosotros seguimos utilizándolo para representar conocimiento.

Puede que no sea casualidad.

Porque aprender consiste, en cierta manera, en hacer visible lo que antes permanecía en la oscuridad.

Y quizá por eso el búho continúa mirándonos desde tantos libros, museos, universidades y símbolos culturales.

No parece preguntarnos cuánto sabemos.

Parece preguntarnos algo más incómodo:

¿qué estamos mirando sin llegar todavía a comprender?

Sofía Lovelace

Mitos y simbolismo
Imagen portada: openai
El búho: el animal que aprendió a mirar donde los demás no veían
Del símbolo de Atenea a las universidades modernas: descubrimos por qué el búho se convirtió en uno de los grandes símbolos de la sabiduría.
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