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Homenajes. Imágenes. Y Márgenes: La memoria como territorio
Por José Sarria
Rosa Romojaro
Homenajes. Imágenes. Y márgenes
Centro Cultural Generación del 27 (Málaga, 2025)
Hay libros que nacen de una voluntad previa, de una arquitectura largamente meditada, y otros que se van haciendo con el tiempo, reuniendo materiales que parecían destinados a permanecer dispersos. Homenajes. Imágenes. Y márgenes, de Rosa Romojaro, pertenece en buena medida a estos últimos. No estamos ante un poemario concebido desde su origen como una unidad cerrada, sino ante poemas escritos en épocas y circunstancias disímiles: homenajes, fotografías, poemas escritos en tiempos distintos, pinturas, partituras y recuerdos que ahora, al encontrarse bajo una misma cubierta, establecen entre ellos inesperadas correspondencias, hasta construir ese particular libro-álbum del que habla la propia autora en las páginas iniciales. Porque existe finalmente una voluntad ordenadora: hermanar poesía e imagen, pero también palabra y música, haciendo convivir artes diferentes dentro de un mismo espacio.
Y acaso sea precisamente ahí, en esa condición fragmentaria, donde reside uno de los atractivos de este volumen: en la posibilidad de recorrer algunos de los márgenes de una obra poética extensa y reconocida y descubrir que también en ellos permanecen las huellas esenciales de quien escribe.
Rosa Romojaro es una de las voces más sólidas de la poesía andaluza y española contemporánea, dueña de una escritura exigente y culta, atravesada siempre por una honda conciencia del lenguaje. En este volumen, publicado por el Centro Cultural Generación del 27, la autora parece abrirnos una suerte de álbum personal donde palabra e imagen se necesitan, se buscan y, a veces, se explican mutuamente.
La propia organización del libro en tres ámbitos —“Homenajes”, “Imágenes” y “Y márgenes”— advierte al lector de que no encontrará una narración poética lineal, sino una suma de tiempos, afectos y miradas. Y quizá sea precisamente en esa diversidad donde debamos buscar el verdadero sentido del libro. No tanto en una unidad temática que difícilmente podría existir en textos nacidos en momentos tan distintos, sino en una unidad más profunda: la mirada de Rosa Romojaro. Es ella quien acaba otorgando coherencia a lo disperso. El afecto, la memoria, el arte, la contemplación, la pérdida, el tiempo o la muerte reaparecen de una u otra manera hasta configurar una suerte de cartografía personal.
La primera parte, “Homenajes”, nace fundamentalmente de la memoria y de la gratitud. Aquí el poema establece conversación con quienes dejaron alguna señal en la vida de la autora. Hay algo hermoso en esa voluntad de devolver mediante la palabra una parte de lo recibido, porque homenajear es también reconocer que estamos hechos de otros.
Así sucede en De su Rosa en su corazón, dedicado a José Antonio Muñoz Rojas y a sus Cantos a Rosa. Romojaro entra en el universo del poeta antequerano y establece con él una conversación poética. “Estuviste en el centro de la vida. / Ahora estarás viviendo el centro de la muerte”, escribe al comienzo del poema. Vida y muerte quedan así unidas desde los primeros versos, como lo estarán repetidamente a lo largo del volumen.
Pero acaso uno de los poemas más emotivos del libro sea Cementerio marino, dedicado a su hermana fallecida. El título establece una resonancia con Valéry —una cita de Le cimetière marin sirve de pórtico al volumen—, pero el poema de Romojaro recorre un territorio propio: el de la ausencia y la necesidad de continuar hablando con quien ya no está.
“Acompáñame, hermana, no te alejes”, pide desde el primer verso. Y poco después: “has de venir conmigo a la nueva aventura”. La escritura consigue entonces algo que la realidad nos niega: restablecer durante unos instantes la conversación interrumpida. La hermana permanece porque permanece su voz, sus preguntas, su interés por los libros de Rosa; y el poema se convierte finalmente en lugar de encuentro. De ahí la intensidad de esa petición última: “estar en mi palabra”. Es difícil encontrar una formulación más sencilla de una de las viejas aspiraciones de la poesía: salvar algo de aquello que el tiempo nos arrebata.
Porque uno de los hilos secretos de este libro es, precisamente, el tiempo. No un tiempo abstracto, sino el tiempo encarnado en los lugares, en los cuerpos, en las personas que alguna vez estuvieron junto a nosotros. En “Última tierra” aparece esa conciencia de la espera y de lo definitivo; y en “De cuando María Victoria visitó mi terraza como una diosa” lo cotidiano se transforma mediante la mirada poética. Ese es uno de los recursos más reconocibles de Romojaro: hacer que una escena aparentemente menor abra, de pronto, una grieta hacia otro territorio. La terraza deja entonces de ser terraza, como el mar deja de ser solamente mar y una presencia querida deja de pertenecer únicamente a la biografía para ingresar en el espacio de la memoria.
La segunda sección, “Imágenes”, desplaza el centro hacia la relación entre palabra y creación plástica. Doce poemas dialogan con pinturas y fotografías que aparecen junto a los textos. Pero Romojaro no pretende describir aquello que contempla. La écfrasis funciona aquí de manera más libre: la imagen actúa como provocación, como punto de partida para que la palabra descubra otra realidad que estaba contenida, quizá silenciosamente, en el cuadro o en la fotografía.
Ahí se encuentra uno de los aspectos más interesantes del libro. La poeta no reproduce la imagen: la continúa. Mirar un cuadro significa entrar en él, interrogarlo y permitir que lo contemplado termine interrogándonos también a nosotros. En uno de esos poemas pregunta: “¿Miramos o nos miran otros ojos?”. La pregunta excede ya la imagen que la provoca. Porque toda contemplación verdadera contiene algo de regreso: creemos mirar el mundo cuando, en ocasiones, es el mundo quien termina revelándonos.
Sucede en los poemas nacidos de las obras de María Teresa Martín-Vivaldi, Nuria Murillo, Mercedes Higuero, Fernando de la Rosa o Crís S.-Villegas, entre otros artistas. Pintura y poesía mantienen así un diálogo en el que ninguna pretende imponerse a la otra. Particularmente interesante resulta Acentos, donde incluso determinados fonemas buscan reproducir el canto de los mirlos representados en la pintura que acompaña al poema. Imagen, palabra y sonido comienzan de este modo a confundirse, anticipando lo que sucederá al final del volumen.
Y es que el libro va ensanchando progresivamente sus límites. Llegamos así a “Y márgenes”, título particularmente afortunado porque permite varios sentidos. El margen es aquello que queda fuera del centro, ciertamente, pero también el lugar en el que anotamos lo que no queremos perder. Romojaro recupera aquí poemas que permanecían, por diferentes razones, fuera de sus libros principales. Son los “poemas marginados”: textos que encuentran ahora un lugar, aunque ese lugar se sitúe deliberadamente en la periferia.
Esta sección nos permite descubrir registros diferentes. En algunos de ellos la escritura se aproxima a lo cotidiano y doméstico; en otros adquiere una tonalidad más áspera. Resulta muy interesante, especialmente, ese contraste porque impide una lectura excesivamente complaciente del libro. No todo es contemplación o celebración de la belleza. En Imprecación, por ejemplo, la voz se endurece: “Maldigo desde aquí y desde dentro / la zafiedad y la avaricia”. La poesía abandona entonces el espacio contemplativo para entrar en la incomodidad moral, demostrando que también la indignación puede formar parte de esa cartografía íntima.
En el extremo contrario encontramos la delicadeza de Narrar la gata. Un animal doméstico, la convivencia y el afecto bastan para construir una pequeña historia de amor: “Y amor le dimos y ella nos dio amor”. Nada grandilocuente necesita el poema. A veces la vida se sostiene precisamente en esas presencias pequeñas que solo revelan su verdadera dimensión cuando las perdemos.
La última zona del libro lleva todavía más lejos esa voluntad de situarse “en los márgenes del poema”. La poesía se encuentra entonces con la música. Canciones, juegos y ruegos ocupan las páginas finales, y algunas composiciones aparecen acompañadas de sus partituras y de códigos que permiten escucharlas. La palabra abandona así el silencio de la página para convertirse literalmente en voz y música. Hay también en estos textos una aproximación consciente a formas populares y tradicionales, reconocida por la propia Romojaro en el texto introductorio.
Todo ello convierte Homenajes. Imágenes. Y márgenes en un libro difícil de encerrar en una única definición. Y probablemente no debamos intentarlo.
No estamos, a mi juicio, ante uno de los libros mayores de Rosa Romojaro, si entendemos por tales aquellos poemarios concebidos desde una tensión unitaria y sostenida de principio a fin. Su origen heterogéneo provoca inevitablemente desniveles de intensidad: junto a poemas de notable hondura encontramos otros más circunstanciales, vinculados a un homenaje, una imagen o un momento concreto. Pero señalarlo no disminuye el valor del volumen. Al contrario, ayuda a situarlo correctamente dentro de una trayectoria poética extensa y rigurosa. Su interés está precisamente en otro lugar.
Este libro nos permite entrar en el taller lateral de la poeta, recorrer habitaciones que permanecían cerradas, recuperar textos que habían quedado fuera de otros proyectos y descubrir las conexiones que una escritora establece con quienes la acompañaron, con las obras de arte que la conmovieron, con los animales que amó, con sus pérdidas, sus preguntas y sus recuerdos.
Y entonces comprendemos que quizá los márgenes nunca sean completamente marginales.
Al final, entre fotografías, cuadros, músicas, amigos y ausencias, va apareciendo una suerte de autobiografía indirecta de Rosa Romojaro. No la autobiografía de los acontecimientos, sino otra acaso más verdadera: la de aquello que hemos amado. Porque escribir también consiste en eso: dejar señales frente al olvido.
Sabemos que las fotografías amarillearán, que los lugares cambiarán, que quienes estuvieron junto a nosotros terminarán alejándose y que nosotros mismos acabaremos convirtiéndonos en memoria de otros. Frente a esa certeza, la poesía no puede detener el tiempo. Sería inútil pedirle tanto.
Pero puede hacer algo más humilde y, quizá por ello, más hermoso: darle morada a lo perdido, aunque solo sea durante el instante en que alguien abre un libro y vuelve a leer. Aunque esa morada se encuentre, precisamente, en los márgenes.
Homenajes. Imágenes. Y Márgenes: La memoria como territorio
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