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La Poesía como territorio de salvación

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Jose Sarria
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La Poesía como territorio de salvación

Por José Sarria
Una montaña sobre mis hombros
Sara Hamid Hawass
Traducción de Abeer Abdel Hafez
Valparaíso Ediciones (Granada, 2026)

Hay ocasiones en las que la poesía deja de ser una elección estética para convertirse en una necesidad de la existencia. Se escribe porque algo, en nuestro interior, reclama una respuesta que la realidad no puede ofrecernos; porque la memoria insiste en devolvernos aquello que creíamos definitivamente perdido o porque, sencillamente, necesitamos encontrar un lugar donde depositar el peso de cuanto nos duele. Rainer Maria Rilke, en sus Cartas a un joven poeta, invitaba a buscar en lo más profundo de uno mismo la verdadera necesidad de escribir, hasta preguntarse si sería posible vivir privado de la escritura. Esa misma exigencia parece recorrer las páginas de Una montaña sobre mis hombros, de Sara Hamid Hawass, un poemario que nace de la intimidad herida y se proyecta hacia una dimensión universal del desamparo, la identidad y la esperanza.

La poeta egipcia nos introduce en un universo de singular intensidad imaginativa, donde las leyes de la realidad han perdido su antigua consistencia y todo parece sometido a una permanente transformación. Los pájaros vuelan con las alas rotas, los gatos han perdido sus ojos o su lengua, las nubes habitan el corazón y los ríos atraviesan territorios imposibles. Hay algo profundamente conmovedor en esta obstinación por representar criaturas incompletas, seres despojados de aquello que constituye su propia naturaleza. No resulta difícil reconocer en ellos una metáfora de nuestra condición, de esa íntima fractura que nos acompaña desde que descubrimos que vivir también significa perder. “¿Por qué todas las criaturas a mi alrededor están mutiladas?”, se pregunta la autora, y la interrogación adquiere una resonancia que excede los límites del poema para instalarse en el territorio de las grandes preguntas humanas.

La Poesía como territorio de salvaciónPorque en Sara Hamid Hawass la imaginación no constituye un refugio complaciente frente a lo real. Es, más bien, una manera de penetrar en sus zonas más oscuras, de iluminar aquello que permanece oculto bajo la apariencia de las cosas. Sus imágenes, de una exuberancia próxima al surrealismo, responden a una lógica emocional que prescinde de las relaciones convencionales entre los objetos. Lo aparentemente absurdo termina revelándonos una verdad que difícilmente podría expresarse mediante el lenguaje ordinario. Cuando escribe para “sacudir un dolor apagado” o para que “un gato sin nariz pueda respirar”, está reclamando para la poesía una capacidad de restitución que la vida, tantas veces, nos niega. La palabra puede devolver simbólicamente aquello que el mundo ha destruido.

En una carta dirigida a Oskar Pollak, Franz Kafka sostenía que un libro debía ser “el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros”. La conocida afirmación encuentra aquí una correspondencia particularmente significativa. La escritura de Sara Hamid Hawass no pretende adormecer nuestra conciencia ni ofrecer respuestas tranquilizadoras. Por el contrario, nos enfrenta a la intemperie de la existencia, a sus pérdidas y contradicciones, obligándonos a reconocer nuestra propia vulnerabilidad en el dolor ajeno. Y es precisamente en esa identificación donde la experiencia individual comienza a adquirir una dimensión colectiva.

La ausencia del padre constituye uno de los espacios más hondos de esta geografía sentimental. Su figura permanece vinculada a la infancia, a la protección y a una forma originaria de pertenencia que la muerte ha interrumpido, aunque sin conseguir destruirla. La poeta lo busca en los sueños, en la naturaleza, en los pequeños acontecimientos cotidianos, como si cada elemento del mundo conservara alguna huella de su presencia. “Era el aliento de mi padre/ escondido entre mi cabello”, escribe, convirtiendo el recuerdo en una experiencia de extraordinaria proximidad física. Hay en estos versos una ternura que conmueve por su sencillez, por esa necesidad tan humana de seguir sintiendo cerca a quienes ya no pueden acompañarnos. La memoria deja entonces de ser un ejercicio retrospectivo para convertirse en una forma de permanencia, en la posibilidad de continuar dialogando con los ausentes.

No es ajena a esta concepción la espiritualidad que atraviesa el libro. Las referencias coránicas, las figuras proféticas y los símbolos de la tradición islámica comparecen con naturalidad en un discurso donde lo sagrado forma parte de la experiencia cotidiana. La paciencia de Job, la salvación de Noé o la sabiduría de Salomón se incorporan a una particular comprensión del sufrimiento y de la esperanza. Pero lo verdaderamente significativo es que esta dimensión espiritual no se presenta como una doctrina cerrada, sino como una búsqueda interior, como un camino hacia el conocimiento de uno mismo. “Tu corazón es tu Meca”, afirma la autora, en una hermosa formulación que parece aproximarnos a la tradición mística del islam, donde el viaje esencial no siempre exige desplazamiento alguno, porque su verdadero destino se encuentra en las profundidades del ser.

Y junto a la memoria, la espiritualidad y el desamparo, emerge una poderosa conciencia de afirmación femenina. La mujer que habita estos poemas conoce el miedo, la soledad y la experiencia del abandono, pero se niega a convertirlos en su destino definitivo. “Nació libre”, anáfora que repite la poeta, mientras convoca imágenes de gacelas perseguidas, mariposas amenazadas y lunas sometidas a la violencia de un universo hostil. Ninguna de ellas, sin embargo, resulta vencida. La libertad aparece así como una conquista interior, una manera de preservar la propia dignidad frente a las circunstancias que pretenden quebrarla. En esta voluntad de resistencia puede reconocerse una de las afirmaciones más luminosas del poemario: la conciencia de que nuestra fragilidad no tiene por qué convertirse en derrota.

Resulta igualmente reveladora la relación que Sara Hamid Hawass establece con la propia escritura. La poesía es para ella refugio, conocimiento, desahogo, pero también una forma de condena, porque obliga a regresar una y otra vez sobre aquello que permanece dolorosamente abierto. No hay creación sin desgarro, parece decirnos, ni verdadera palabra que no haya atravesado previamente alguna región de sombra. La imagen central del libro alcanza en este sentido una extraordinaria capacidad simbólica: “mis hombros se alivian de su peso,/ y mi página se vuelve más pesada”. Pocas formulaciones podrían expresar con tanta claridad esa misteriosa transferencia que se produce durante el acto creador. El sufrimiento abandona parcialmente el cuerpo y encuentra acomodo en el lenguaje. La página recibe la montaña, acepta su peso y lo transforma en una materia distinta, perdurable.

Pero la montaña no representa únicamente el dolor. También es la memoria acumulada, la incertidumbre, las preguntas que nunca encuentran respuesta y esa extraña responsabilidad de seguir viviendo después de haber conocido la pérdida. La escritura permite trasladar parte de esa carga, aunque no necesariamente desprenderse de ella. Quizá por eso la poeta reconoce en la palabra una forma de salvación imperfecta, una posibilidad de resistencia que no exige olvidar lo sucedido.

En este territorio de heridas comparece también el amor, no como una solución ingenua a los conflictos de la existencia, sino como una fuerza capaz de devolvernos cierta confianza en el mundo. “Cuando te conocí/ me concilié conmigo misma”, escribe Sara Hamid Hawass, y en esa reconciliación se anuncia una nueva manera de habitar la realidad. El encuentro amoroso no borra las ausencias ni cancela la memoria del sufrimiento, pero permite contemplarlas desde una perspectiva distinta. La vida recupera su posibilidad de asombro, los objetos cotidianos vuelven a adquirir significado y la conciencia descubre que todavía es posible comenzar de nuevo.

Acaso sea aquí donde resuene, desde otra tradición y otra sensibilidad, aquella intuición de Antonio Machado según la cual “se hace camino al andar”. Porque la poeta no encuentra una senda previamente trazada hacia la serenidad. Debe construirla mediante sus propias palabras, atravesando el territorio de sus pérdidas, aprendiendo a reconocerse en sus contradicciones y descubriendo, finalmente, que la verdadera fortaleza no consiste en ignorar nuestra vulnerabilidad, sino en aceptarla sin renunciar a la esperanza.

Una montaña sobre mis hombros, que llega al lector español gracias a la traducción de Abeer Abdel Hafez, nos ofrece una escritura de gran intensidad emocional, sostenida por una imaginación torrencial que, en ocasiones, parece desbordar los propios límites del poema. Esa acumulación de imágenes, esa proliferación de criaturas imposibles y asociaciones inesperadas, constituye uno de sus rasgos más reconocibles. Hay momentos en los que la abundancia simbólica exige al lector una atención particular, pero también es cierto que esa misma exuberancia transmite la sensación de una conciencia que necesita decirlo todo, como si el silencio pudiera devolverla a la oscuridad de la que intenta escapar.

Al concluir la lectura permanece la impresión de haber recorrido una geografía íntima donde la herida y la belleza comparten un mismo territorio.

Sara Hamid Hawass nos recuerda que la poesía no tiene por qué resolver las contradicciones de la existencia ni ofrecer consuelo ante aquello que resulta irreparable. Su verdadera grandeza reside, acaso, en permitirnos mirar de otro modo lo que nos sucede, en conceder una forma y una voz a cuanto parecía condenado al silencio.

Porque hay montañas que no podemos apartar de nuestros hombros, pero sí transformar en palabras. Y tal vez en esa humilde, obstinada y profundamente humana tarea de convertir el dolor en belleza resida una de las razones más verdaderas de la poesía.

 

Poesía

 

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