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Ana sobre una jirafa de dos cabezas y el nacimiento de las morales invisibles
Ana va montada sobre una jirafa de dos cabezas. Una mira hacia delante y la otra hacia atrás. La primera le dice lo que debe hacer para ser aceptada. La segunda le recuerda que siempre fue así. Ninguna de las dos dice la verdad, pero ambas son extraordinariamente convincentes.
La imagen parece absurda. Sin embargo, describe bastante bien el modo en que nacen muchas de nuestras normas morales.
Existe la costumbre de pensar que la moral procede de grandes principios, de religiones, de filósofos o de leyes. A veces ocurre así. Pero gran parte de lo que hoy consideramos correcto o incorrecto tiene un origen mucho más humilde. Surgen de hábitos repetidos que, con el paso del tiempo, dejan de parecer hábitos y empiezan a presentarse como obligaciones.
La psicología social lleva décadas mostrando cómo los comportamientos repetidos dentro de un grupo terminan convirtiéndose en normas que apenas se cuestionan. Lo que inicialmente fue una simple práctica útil acaba siendo percibido como lo normal y, por tanto, como lo correcto (Cialdini, Kallgren y Reno, 1991).
Lo inquietante no es ese proceso. Lo verdaderamente inquietante es lo rápido que olvidamos el origen de dichas normas.
Basta observar pequeñas conductas cotidianas. Muchas personas defienden con pasión determinadas reglas no porque comprendan su fundamento, sino porque siempre han estado ahí. Cuando alguien actúa de forma diferente, la reacción no suele ser la reflexión sino la desaprobación inmediata. En cuestión de segundos aparece el vigilante moral improvisado, dispuesto a corregir al discrepante.
Nietzsche entendió este fenómeno mejor que nadie. Para él, la moral no descendía del cielo ni brotaba de verdades eternas. Era el resultado de procesos históricos, luchas de poder, costumbres sedimentadas y olvidos colectivos (Nietzsche, 1887/2003). Una vez consolidada, la norma lograba el mayor de los triunfos: hacer que nadie preguntara por qué existe.
La jirafa de dos cabezas vuelve a aparecer. Una cabeza dice: «Esto está bien».
La otra añade: «Y además siempre se ha hecho así». La combinación resulta casi irresistible.
Desde la psicología sabemos también que los seres humanos tendemos a interpretar la conducta mayoritaria como una señal de corrección. Si muchos lo hacen, asumimos que debe existir una
razón válida, incluso cuando desconocemos cuál es (Asch, 1955). La conformidad reduce la incertidumbre, pero también disminuye la capacidad crítica.
El problema surge cuando confundimos utilidad con virtud, costumbre con verdad o repetición con moralidad.
Las sociedades modernas son expertas en producir estas morales invisibles. No necesitan imponerse mediante grandes discursos. Se infiltran poco a poco en la vida cotidiana hasta convertirse en algo tan natural que cualquier alternativa parece una amenaza. Entonces ya no obedecemos la norma porque la consideremos razonable. La obedecemos porque nos resulta impensable actuar de otro modo.
Por eso conviene sospechar, de vez en cuando, de nuestras propias certezas. No para destruir toda moral ni para caer en el relativismo más cómodo, sino para recordar una pregunta esencial:
¿esto es bueno porque lo hemos pensado o simplemente porque nos hemos acostumbrado?
Quizá Ana siga avanzando sobre su jirafa de dos cabezas. La diferencia está en que, al menos por un momento, decida mirar hacia dónde observa cada una de ellas. Ahí comienza la filosofía. Y también la libertad.
Referencias:
Asch, S. E. (1955). Opinions and social pressure. Scientific American, 193(5), 31-35. Cialdini, R. B., Kallgren, C. A., y Reno, R. R. (1991). A focus theory of normative conduct.
Advances in Experimental Social Psychology, 24, 201-234.
Nietzsche, F. (2003). La genealogía de la moral (obra original publicada en 1887). Alianza Editorial.
Por Francisco José García Carbonell
Imagen portada: openai
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