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Eugène Delacroix: el pintor que convirtió el color en emoción
Entre la literatura, el viaje, la música y la violencia de la vida, Delacroix encontró una nueva manera de pintar aquello que no podía explicarse con palabras
Hay cuadros que representan una escena.
Y hay cuadros que parecen respirar.
En ellos no basta con mirar lo que sucede. Hay que acercarse un poco más y dejar que los colores, los gestos y el movimiento hagan su trabajo. Una pincelada puede parecer una llamarada; una sombra puede tener la profundidad de una habitación; un caballo puede parecer a punto de escapar del lienzo.
Eugène Delacroix pertenecía a esa clase de pintores.
Nacido en 1798 y fallecido en París en 1863, fue una de las grandes figuras de la pintura francesa del siglo XIX y uno de los nombres fundamentales del Romanticismo. Su producción fue extraordinariamente amplia: alrededor de ochocientas pinturas, además de grabados, dibujos y miles de páginas escritas.
Pero quizá lo más interesante de Delacroix no sea la cantidad de obras que realizó, sino la intensidad con la que quiso experimentar la pintura.
Para él, pintar no consistía simplemente en reproducir lo que veía.
Consistía en conseguir que aquello que veía pudiera volver a sentirse.
Un joven que quería pintar de otra manera
Delacroix comenzó su formación en el taller del pintor neoclásico Pierre-Narcisse Guérin. Allí entró en contacto con una tradición basada en el dibujo, la composición y el estudio de los grandes maestros.
Pero el joven Eugène buscaba algo más.
En aquellos años París estaba lleno de artistas que miraban hacia la Antigüedad y trataban de recuperar la perfección de los modelos clásicos. Delacroix, sin abandonar completamente esa tradición, comenzó a interesarse por algo diferente: el movimiento, la pasión, el dramatismo y la fuerza del color.
También encontró una referencia decisiva en Théodore Géricault, otro de los grandes nombres del Romanticismo francés. El propio Metropolitan Museum señala como rasgos característicos de Delacroix la elección de temas novedosos, las composiciones teatrales, la paleta vibrante y una técnica pictórica enérgica.
Su pintura no quería permanecer quieta.
Quería suceder.
Dante, naufragios y tragedias
Uno de sus primeros grandes éxitos fue La barca de Dante, presentada en el Salón de París de 1822.
El tema procedía de la literatura.
Dante y Virgilio atraviesan las aguas del infierno mientras las figuras de los condenados se aferran desesperadamente a la embarcación.
Delacroix encontró allí algo que le acompañaría durante toda su carrera: la posibilidad de convertir una historia literaria en una experiencia visual.
La literatura fue para él una fuente constante de inspiración. Shakespeare, Dante, Byron, Walter Scott o Goethe alimentaron su imaginación.
No quería limitarse a ilustrarlos.
Quería entrar en sus mundos.
Y eso explica buena parte de la intensidad de sus cuadros.
La pintura también puede tener sonido
Delacroix entendió muy pronto que el color podía hacer algo parecido a la música.
Un rojo junto a un verde.
Un azul enfrentado a un naranja.
Una zona luminosa junto a otra oscura.
No eran simplemente colores.
Eran relaciones.
Tensiones.
Ritmos.
El propio Metropolitan Museum destaca la importancia que tuvieron en su obra la vitalidad de la paleta y una pincelada vigorosa, alejada de una concepción excesivamente pulida de la pintura.
Por eso sus cuadros parecen tener una especie de movimiento interno.
Incluso cuando las figuras están quietas.
Incluso cuando representan un instante congelado.
El viaje que cambió su mirada
En 1832 Delacroix viajó al norte de África formando parte de una misión diplomática francesa que visitó Marruecos.
Para el pintor fue una experiencia extraordinaria.
La luz, los colores, los vestidos, los animales, los paisajes y la vida cotidiana que encontró allí ampliaron considerablemente su universo visual.
El viaje dejó una huella profunda en su obra posterior.
Delacroix llenó cuadernos con dibujos y anotaciones y conservó durante años aquellas impresiones.
No fue simplemente un viaje.
Fue una transformación de su mirada.
A partir de entonces, el mundo mediterráneo y norteafricano aparecería repetidamente en sus pinturas y dibujos.
El artista había descubierto nuevas combinaciones de luz y color.
Y no estaba dispuesto a olvidarlas.
La Libertad guiando al pueblo: el cuadro que eclipsó al pintor
Hay una obra que, inevitablemente, aparece cuando se pronuncia el nombre de Delacroix.
La Libertad guiando al pueblo, pintada en 1830.
Pero incluso aquí conviene mirar más allá del icono.
El cuadro representa la insurrección de julio de 1830 en París, no la Revolución francesa de 1789. Delacroix construyó una composición piramidal en cuyo centro aparece una figura alegórica de la Libertad avanzando sobre una barricada. El propio Louvre la describe como un «tema moderno, una barricada».
La obra terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la pintura francesa.
Pero existe una paradoja.
La Libertad guiando al pueblo es tan famosa que, en cierto modo, ha ocultado al resto de Delacroix.
Porque Delacroix no fue únicamente el autor de una mujer con una bandera.
Fue también el pintor de Dante, de Shakespeare, de animales, de paisajes, de escenas orientales, de flores, de retratos y de enormes composiciones religiosas y literarias.
El Louvre conserva una selección que permite comprobar esa extraordinaria variedad: Dante y Virgilio en los infiernos, La matanza de Quíos, La muerte de Sardanápalo, Medea furiosa, paisajes y naturalezas muertas.
Sardanápalo: el caos convertido en color
En La muerte de Sardanápalo, Delacroix llevó el dramatismo hasta un extremo casi alucinatorio.
El espacio parece desbordarse.
Cuerpos, telas, joyas, animales, armas y colores se mezclan en una escena donde resulta difícil encontrar un punto de descanso.
Es como si el cuadro estuviera a punto de romper sus propios límites.
Ahí aparece una de las grandes diferencias entre Delacroix y la pintura académica de su tiempo.
El cuadro no tiene que parecer tranquilo para ser bello.
Puede ser violento.
Puede ser excesivo.
Puede resultar incómodo.
Puede incluso obligar al espectador a apartar la mirada y volver a acercarse.
Un pintor que también escribía
Delacroix no fue únicamente un pintor.
Escribió diarios, cartas y numerosas reflexiones sobre arte.
Era un hombre cultivado, interesado por la literatura, la música y la historia. El Louvre lo presenta precisamente como un artista polifacético: pintor, escritor e ilustrador, además de una personalidad profundamente interesada por su oficio.
Su escritura permite comprender que detrás de aquellas pinturas aparentemente impulsivas había una enorme cantidad de reflexión.
El color no era casual.
La composición tampoco.
El artista podía parecer arrebatado sobre el lienzo, pero detrás de ese arrebato existía una mente extraordinariamente consciente de lo que estaba haciendo.
Delacroix después de Delacroix
Quizá la verdadera importancia de Delacroix se encuentre en lo que ocurrió después de él.
Su pintura impresionó a generaciones posteriores de artistas.
El Metropolitan Museum señala entre sus admiradores a escritores y pintores tan diferentes como Baudelaire, Cézanne y Picasso.
Van Gogh también estudió con enorme interés su manera de utilizar el color.
Y ahí encontramos una de las claves para comprender su importancia.
Delacroix pertenecía al siglo XIX, pero algunas de sus preocupaciones ya apuntaban hacia el XX.
La pintura podía ser menos descriptiva.
Más subjetiva.
Más libre.
El artista podía utilizar el color no solamente para decir «esto es rojo», sino para decir «esto está ardiendo».
El último secreto: mirar antes de explicar
Quizá esa sea la razón por la que Delacroix continúa resultando moderno.
Sus cuadros no siempre quieren explicarnos algo.
A veces quieren provocarnos una reacción.
Una sensación.
Un sobresalto.
Una incomodidad.
Una fascinación.
Frente a una obra de Delacroix podemos intentar identificar el tema, reconocer los personajes, conocer la historia que hay detrás.
Pero después conviene hacer algo mucho más sencillo:
mirar.
Mirar el rojo.
Mirar la sombra.
Mirar el movimiento de una tela.
Mirar un animal.
Mirar un rostro.
Y descubrir que, después de casi dos siglos, el cuadro todavía consigue hacer aquello que Delacroix perseguía:
convertir la pintura en una experiencia.
Por Sofía
Eugène Delacroix: el pintor que convirtió el color en emoción
Entre la literatura, el viaje, la música y la violencia de la vida, Delacroix encontró una nueva manera de pintar aquello que no podía explicarse con palabras.
Imagen portada:openai
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