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Voltaire: el hombre que convirtió la razón en un arma contra el fanatismo

Voltaire: el hombre que convirtió la razón en un arma contra el fanatismo
Sofia Lovelace
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Voltaire: el hombre que convirtió la razón en un arma contra el fanatismo

Hay escritores que escriben libros.

Hay otros que escriben contra su época.

Y después están aquellos que consiguen que una época entera empiece a hacerse preguntas.

Voltaire fue uno de ellos.

Nació en París en 1694 como François-Marie Arouet y murió en 1778, a los ochenta y cuatro años. Entre ambas fechas desarrolló una actividad intelectual casi desmesurada: escribió teatro, poesía, historia, filosofía, cuentos, ensayos, cartas y miles de páginas de combate político y religioso. La Biblioteca Nacional de Francia conserva una enorme cantidad de documentación sobre su obra y señala que su correspondencia conocida supera las 24.000 cartas.

Pero reducirlo a una figura de la Ilustración sería insuficiente.

Voltaire fue, sobre todo, un hombre incómodo.

Incómodo para el poder.

Incómodo para el fanatismo.

Incómodo para los dogmas.

Y, en ocasiones, incluso incómodo para quienes estaban de acuerdo con él.

Porque Voltaire no parecía demasiado interesado en pertenecer a una doctrina.

Le interesaba discutirla.

El joven Arouet

François-Marie Arouet nació en París el 21 de noviembre de 1694.

Estudió con los jesuitas en el colegio Louis-le-Grand y desde muy joven comenzó a frecuentar los ambientes literarios y aristocráticos de París. Allí desarrolló una reputación por su ingenio y por una lengua que podía resultar extraordinariamente peligrosa.

Y lo descubrió muy pronto.

Uno de sus textos satíricos contra el poder terminó llevándolo a la Bastilla.

No sería la última vez que sus palabras le causarían problemas.

Voltaire nació de una prisión

Paradójicamente, uno de los grandes intelectuales europeos nació literariamente durante su primer gran enfrentamiento con el poder.

En la Bastilla, Arouet comenzó a utilizar el nombre de Voltaire.

Y aquel nombre acabaría siendo mucho más famoso que el que había recibido al nacer.

La cárcel no consiguió silenciarlo.

Probablemente consiguió lo contrario.

Le dio tiempo para escribir.

Y Voltaire descubrió que una página podía ser una forma de libertad.

Inglaterra cambió su pensamiento

En 1726 volvió a tener problemas con un aristócrata francés y terminó exiliándose en Inglaterra.

Vivió allí hasta 1728.

Aquella experiencia fue fundamental.

Descubrió una sociedad política diferente, conoció la obra de John Locke, estudió la ciencia de Newton y quedó impresionado por determinadas formas de libertad religiosa y política existentes en Inglaterra.

Cuando regresó a Francia, ya no era exactamente el mismo hombre.

Había descubierto que las cosas podían organizarse de otra manera.

Y eso era peligrosísimo para cualquier sociedad que quisiera convencer a sus ciudadanos de que el mundo que tenían delante era el único mundo posible.

Las Cartas filosóficas

En 1734 publicó las Cartas filosóficas, también conocidas como Cartas inglesas.

El libro comparaba Francia e Inglaterra y presentaba aspectos de la vida política, cultural y religiosa inglesa que Voltaire consideraba dignos de atención.

La reacción de las autoridades francesas fue contundente.

El libro fue condenado y Voltaire tuvo que alejarse nuevamente de París.

No era solamente un libro sobre Inglaterra.

Era una pregunta dirigida a Francia:

si otros pueden vivir de otra manera, ¿por qué nosotros no?

La ciencia también podía ser una revolución

Voltaire no fue únicamente un defensor de la libertad política.

También fue un apasionado de la ciencia.

La obra de Isaac Newton le fascinó.

En Éléments de la philosophie de Newton, publicada en 1738, intentó acercar las ideas científicas de Newton a un público mucho más amplio. La BnF incluye esta obra entre los hitos fundamentales de su trayectoria.

Esto resulta importante.

Para Voltaire, la razón no era únicamente una herramienta para discutir sobre política.

También servía para comprender el universo.

Frente a las explicaciones basadas exclusivamente en la autoridad y la tradición, estaba apareciendo una nueva forma de mirar el mundo:

observar, preguntar, comprobar.

Madame du Châtelet

Y aquí aparece una de las personas fundamentales de su vida:

Émilie du Châtelet.

Matemática, física e intelectual extraordinaria, Du Châtelet fue mucho más que la compañera sentimental de Voltaire.

Fue su interlocutora intelectual.

Juntos estudiaron ciencia, filosofía y literatura.

Y fue precisamente Du Châtelet quien realizó una importante traducción francesa de los Principia Mathematica de Newton, acompañada de comentarios y explicaciones.

La relación entre ambos muestra algo que a veces se pierde cuando contamos la historia de Voltaire como si fuera la de un genio solitario.

Voltaire pensaba en diálogo con otras personas.

Y algunas de ellas fueron intelectualmente tan importantes como él.

El escritor que podía escribirlo todo

Voltaire tuvo una capacidad de producción extraordinaria.

Escribió tragedias.

Poemas.

Ensayos.

Historia.

Filosofía.

Cuentos.

Panfletos.

Cartas.

Y probablemente uno de sus grandes talentos fue comprender que cada género podía convertirse en un arma diferente.

Un ensayo podía convencer.

Un poema podía ridiculizar.

Una carta podía movilizar.

Una novela podía hacer pensar.

Una sátira podía destruir una reputación.

Y una frase podía recorrer Europa.

Cándido: reírse del optimismo

En 1759 publicó Cándido o el optimismo.

La historia parece una aventura disparatada.

Pero debajo de ella hay una crítica filosófica feroz.

Cándido atraviesa guerras, terremotos, persecuciones, abusos, catástrofes y desgracias mientras escucha que, pese a todo, vivimos en «el mejor de los mundos posibles».

Voltaire no parece demasiado convencido.

La novela funciona precisamente porque utiliza la ironía.

No necesita escribir un tratado filosófico de quinientas páginas para desmontar una idea.

Le basta con mostrar las consecuencias absurdas de creer ciegamente en ella.

La risa se convierte en argumento.

El terremoto de Lisboa

Uno de los acontecimientos que influyó profundamente en el pensamiento de Voltaire fue el terremoto de Lisboa de 1755.

Miles de personas murieron.

Y la catástrofe planteó una pregunta incómoda:

Si vivimos en el mejor de los mundos posibles, ¿cómo explicar una tragedia semejante?

Voltaire abordó el problema en su Poema sobre el desastre de Lisboa y posteriormente lo convirtió también en materia de reflexión en Cándido.

La cuestión no era únicamente religiosa.

Era filosófica:

¿cómo podemos reconciliar nuestra idea del mundo con el sufrimiento que existe en él?

Ferney

En los últimos años de su vida, Voltaire encontró un lugar desde el que ejercería una influencia enorme:

Ferney, cerca de la frontera francesa con Ginebra.

Allí construyó una especie de pequeña república intelectual.

Recibía visitantes.

Escribía.

Mantenía correspondencia.

Intervenía en asuntos políticos.

Defendía causas judiciales.

Y continuaba publicando.

Desde allí su voz llegaba a toda Europa.

La BnF recuerda precisamente el papel de Ferney como uno de los centros desde los que Voltaire desarrolló su actividad intelectual y su correspondencia.

«¡Aplastad a la infame!»

Hay una expresión asociada a Voltaire que resume perfectamente su combate:

«Écrasez l’infâme».

«Aplastad a la infame».

Con «la infame» se refería especialmente al fanatismo y a las formas de intolerancia religiosa que consideraba responsables de persecuciones y abusos.

Pero hay que tener cuidado.

Voltaire no era simplemente «el enemigo de la religión».

Su posición era mucho más compleja.

Creía en una forma de deísmo y rechazaba el ateísmo.

Lo que combatía especialmente era el fanatismo, la superstición y la persecución ejercida en nombre de la religión.

Y ahí estaba su verdadera obsesión:

que nadie fuera perseguido por aquello que creía.

El caso Calas

Quizá ningún episodio representa mejor al Voltaire comprometido que el caso Jean Calas.

En 1762, Jean Calas, un comerciante protestante de Toulouse, fue acusado de haber asesinado a su hijo para impedir su conversión al catolicismo.

Fue condenado y ejecutado.

Voltaire quedó convencido de que se había cometido una grave injusticia.

Y decidió intervenir.

Investigó.

Escribió.

Movilizó contactos.

Y convirtió el caso en una batalla pública contra la intolerancia religiosa.

En 1763 publicó el Tratado sobre la tolerancia, precisamente a raíz del caso Calas. La BnF documenta tanto la obra como el proceso que condujo a su rehabilitación.

Aquello es extraordinariamente moderno.

Voltaire no se limitó a decir:

«Qué injusticia».

Utilizó su prestigio para intentar cambiar el resultado de una injusticia concreta.

El escritor que descubrió al intelectual

Quizá por eso Voltaire ocupa un lugar especial en la historia.

No fue simplemente un filósofo.

No fue solamente un escritor.

Fue una de las primeras figuras que reconocemos como intelectual público.

Alguien que utiliza su prestigio cultural para intervenir en asuntos que afectan a la sociedad.

Literatura.

Política.

Religión.

Justicia.

Educación.

Libertad.

Voltaire cruzó todas esas fronteras.

Y lo hizo con una herramienta muy sencilla:

su pluma.

Pero Voltaire también tiene sombras

Sería demasiado fácil convertirlo en un santo laico.

Y Voltaire no lo fue.

Sus opiniones sobre diferentes pueblos, religiones y grupos humanos contienen contradicciones y prejuicios propios de su época.

También existen aspectos problemáticos de su relación con cuestiones económicas y coloniales.

La Ilustración no fue un movimiento compuesto por personas perfectas.

Fue un movimiento de seres humanos que intentaban romper determinados límites mientras seguían presos de otros.

Y reconocer esas contradicciones no disminuye la importancia de Voltaire.

La hace más interesante.

Porque nos obliga a leerlo críticamente.

Exactamente como probablemente él habría querido que leyéramos a cualquier otro autor.

La libertad de expresión

Voltaire suele aparecer asociado a una frase que se le atribuye:

«No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».

Es una frase preciosa.

Y también conviene saber que no fue escrita por Voltaire.

La formulación procede de una biografía de Voltaire publicada en 1906 por Evelyn Beatrice Hall, quien explicó que estaba resumiendo su actitud hacia la libertad de expresión.

La frase se ha convertido en una especie de resumen popular de su pensamiento.

Pero precisamente porque estamos hablando de Voltaire, quizá sea más apropiado hacer lo que él habría hecho:

comprobar la fuente.

Un hombre que discutía con todo el mundo

Voltaire podía ser brillante.

Pero también podía ser cruel.

Su ironía no siempre era amable.

Podía destruir a un adversario con una frase.

Ridiculizarlo.

Reducirlo a caricatura.

Y, sin embargo, esa misma capacidad de combate explica parte de su éxito.

Voltaire entendió algo que muchos escritores descubrieron mucho después:

una idea que provoca una reacción se recuerda mejor que una idea que simplemente informa.

No quería únicamente que lo leyeran.

Quería que discutieran.

Voltaire y Rousseau

Su relación con Jean-Jacques Rousseau muestra perfectamente esa faceta.

Ambos compartían algunas preocupaciones de la Ilustración.

Pero sus caminos intelectuales eran muy diferentes.

Rousseau desconfiaba de determinados efectos de la civilización.

Voltaire confiaba mucho más en la razón, la ciencia y el progreso intelectual.

No tardaron en enfrentarse.

Y sus intercambios son una muestra magnífica de que la Ilustración no fue un grupo de pensadores que estuvieran de acuerdo entre sí.

Fue, en gran medida, una gigantesca discusión.

La muerte

Voltaire regresó a París en 1778.

Tenía ochenta y tres años.

La ciudad lo recibió como una celebridad.

Su última tragedia, Irène, fue representada con enorme éxito.

Poco después, el 30 de mayo de 1778, murió.

Pero incluso después de su muerte, la historia siguió discutiendo qué hacer con él.

Debido a su enfrentamiento con las autoridades religiosas, fue enterrado inicialmente lejos de París.

Después de la Revolución francesa, sus restos fueron trasladados al Panteón en 1791.

La propia BnF recuerda aquel traslado como uno de los grandes homenajes póstumos de la Revolución al filósofo de Ferney.

¿Por qué seguimos leyendo a Voltaire?

Porque algunas de sus preguntas no han envejecido.

¿Qué ocurre cuando una sociedad castiga a alguien por sus creencias?

¿Qué sucede cuando una autoridad deja de aceptar preguntas?

¿Hasta dónde debe llegar la libertad de expresión?

¿Qué hacemos frente al fanatismo?

¿Puede la razón protegernos de nuestros propios prejuicios?

¿Podemos construir una sociedad más tolerante?

Estas preguntas siguen aquí.

Quizá por eso Tratado sobre la tolerancia volvió a ocupar un lugar extraordinario en las librerías francesas después de los atentados de Charlie Hebdo en 2015. La BnF registra aquel renovado interés por la obra.

Una obra escrita en 1763 volvía a hablarle a una sociedad del siglo XXI.

El verdadero legado de Voltaire

Quizá Voltaire no nos dejó una doctrina perfecta.

Nos dejó algo mejor:

una actitud.

La sospecha ante el dogma.

La necesidad de preguntar.

La defensa de la tolerancia.

La confianza en la razón.

La disposición a enfrentarse al poder cuando el poder se equivoca.

Y, sobre todo, la convicción de que una persona armada únicamente con palabras puede hacer mucho más de lo que parece.

Voltaire convirtió la ironía en un arma.

La literatura en una herramienta política.

La filosofía en una conversación pública.

Y la indignación ante la injusticia en una obligación intelectual.

No siempre tuvo razón.

No siempre fue justo.

No siempre fue coherente.

Pero consiguió algo extraordinario:

hacer que Europa discutiera.

Y quizá ese sea el verdadero espíritu de la Ilustración.

No pensar todos lo mismo.

Sino conseguir que nadie pueda impedirnos pensar.

 

 

Historia y Cultura

Imagen portada: openai
Voltaire: el hombre que convirtió la razón en un arma contra el fanatismo
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Voltaire fue mucho más que el autor de Cándido: un intelectual de la Ilustración que convirtió la razón, la ironía y la literatura en armas contra el fanatismo y la intolerancia.

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