UNA IRANÍ PARISIENSE

 UNA IRANÍ PARISIENSE

Antonio Costa Gómez
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   UNA IRANÍ PARISIENSE

   Forugh Farojizad  fue una poetisa rebelde de los años cincuenta , rompió las rigideces y las tradiciones, provocó a la sociedad con sus libertades y sus actitudes.

   Usó un lenguaje vivo y popular en lugar de las formas académicas y resecas. Llenó de vida y de vibración la poesía, usando los mitos siempre vivos.

   Estuvo en el París que es patrono de todos los rebeldes. Estudió cine en Londres,  visitó la Italia del esplendoroso Renacimiento. Se divorció y le impidieron ver a su hijo, quiso volver con sus padres y la rechazaron.

noche   Se volcó en la amistad con otra mujer,  fue amante de otro poeta,  la escarnecieron por sus libertades. La llamaron la Bilitis persa. Fue actriz de teatro, hizo una película sobre los leprosos.

   Se saltó las convenciones de mil maneras,

   Fascinó a tantos creadores, incluso Bertolucci hizo una película sobre ella.

   Era la inquietud y la provocación y el sentirse viva. Defendía el papel vivo de la mujer, igual que Marianne Satrapi en su “Persépolis”  decía  de niña que ella también quería ser profetisa y no tenían por qué ser solo profetas los hombres.

   En 1966 murió en un accidente de coche, y sus seguidores dudaron de que aquello fuera un accidente.

   La lloraron si parar, ella era una esperanza para todos, una posibilidad de vivir y de salir de los encierros mentales. Ella era una invitación y una ventana.

   Fue víctima de la sociedad tradicionalista del shah, pero si esa sociedad era cerrada, qué le hubiera ocurrido en la más lóbrega y oscurantista de los clérigos. Qué  se puede esperar de una sociedad gobernada por clérigos. Donde está regulado por las prohibiciones y no por la vida.

      En español “Noche en Teherán” en El Bardo,  “Nuevo nacimiento” en Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, tal vez otros.

    En el primer libro  evoca días míticos en que  borbotean canciones como globos,  la luna está intranquila y el viento se lleva todo. Recuerda cuando se sintió mujer por primera vez. Siente la hondura del placer con su amante,   las aves y la imaginación detrás de los muros. Canta los cuerpos desvergonzados y terrestres.

   Evoca la locura amorosa en el desierto de Maynun y Leila. Le pide a su amante que le traiga una ventana. Dice que todas las estrellas han emigrado a un mundo perdido.   Sente delirios verdes de la naturaleza y que su cuerpo quiere ensancharse.

   En el poema “La conquista del jardín”, entra con su amante sin miedo en el jardín mítico y se acuesta con el amado. No solo con el nombre sino con el cabello y el cuerpo todo. Qué diría los ayatolás de todo eso.

   Encuentra la verdad prohibida en ese jardín, y su amante y ella son apasionados como dos soles,  y ya no solo susurran con miedo en la oscuridad. Se unen sin cortapisas en el fuego, en la tierra, en el orgullo. Nacen otra vez sin límites,  se unen como un puente en mitad de la noche, en forma de olor, de luz, de viento.

   Todo con la repetición rítmica, con la anáfora insistente, con el polisíndeton que martilla. Con un lenguaje suelto y libre pero que tiene el aliento de las viejas canciones, de las leyendas y los mitos. Con desenfado y apasionamiento rebelde.

    En “Nuevo nacimiento” insiste en la idea de volver a nacer con obstinación, a pesar de la muerte y la represión. Reivindica el pecado con los ojos llenos de secretos, quiere ir a la ciudad de las estrellas de fiebre.

   Pide  la savia de la tierra como las plantas, dice que solo es el eco de una canción. Es decir,  algo muy ligero pero muy profundo.  Como hacían Bécquer y Heine y después Antonio Machado. Porque las canciones son la esencia intensa de la vida contra la mediocridad.

    Proclama la melena que se suelta,  se siente sola como una hoja, se ve contaminada por la felicidad rebelde. Siente dudas en el jardín de los besos,  le ofrece al amado en sus manos toda su vida como un cuenco de leche.

  Habla de ojos que desorientan a los sufíes, se  descontrola en la soledad y el secreto,  enciende las palabras, Crea letanías repetidas de la pasión,  reclama las riquezas terrestres como André Gide.

    Habla de prisioneros que excavan túneles de escapada,  habla de los pájaros locos que no leen el periódico,  reclama el regreso del amor una y otra vez. Habla de las cortinas que no dejan ver el cielo y de plantar sus manos en el jardín mítico para que crezcan una y otra vez.

   Para los orientales el paraíso es un jardín y la palabra paraíso significa jardín. Pero el paraíso y la plenitud son ilegales.

   Dice que conserva la fe en la vida en medio de la estación del frío. Una fe loca, insensata, incontrolable.  Y aunque se tapen de luto los espejos no se le  puede decir al hombre que no vive. Diente frío pero le queda el vino y la amistad intensa.

   En medio del frío y las ruinas de la imaginación ella tiene fe contra todo obstáculo, sigue viva aún después de que la maten.

    Sigue la constante viva de la poesía persa durante milenios, concuerda con aquel poema sobre Maynun que se vuelve loco en el desierto para amar con toda la fuerza de su imaginación a Leila

   Concuerda con Hafiz cuando habla de esa muchacha salvaje a la que busca por los mercados, o de la chica de pelo revuelto que llega a su lecho por las noches.

   Concuerda con la vitalidad apasionada de Omar Jayam que tuvo que escapar también de los fanatismos de su tiempo y dar vueltas como un rebelde, tal como nos cuenta en famosas novelas Amin Maalouf. Con sus cuartetas en que une la pasión y la duda, la sensualidad y la hondura.

   Concuerda con Firdusi cuando canta las gestas de los héroes que persiguen a los monstruos montados en el  Simurg , o con las viejas  creencias de Zoroastro, en que  Ormuz que se rebela contra el amargado Ahriman y el fuego de la pasión  diviniza la inercia del mundo.

  Concuerda con Saadi que da máximas de prudencia y sabiduría, pero también sabe contar historias de amor desesperadas y de extremosidades de la carne.

    Concuerda con aquella sensualidad elegante de las procesiones de oferentes en Persépolis que van a llegar dones al emperador como elegantes orgullosos y no como sometidos sin alma. Y con aquel apasionamiento de columnatas infinitas y caballos alados de la Puerta de las Naciones que yo visité un día.

  Concuerda con esas filigranas que recorren la inmensa Plaza del Imán en Isfahan que yo miraba desde la terraza de la tetería Qeysarieh como si fuera un bordado gigantesco.

   Y con la Persia tan sensual y poética que los ayatolás vinieron a aplastar.

   Era una iraní de París. Si la sociedad del shah era demasiado cerrada para ella, qué harían con ella los ayatolás amargados y ceñudos que colgaron a otra poetisa cuyo nombre no recuerdo, por no taparse.

   Era una iraní parisiense, con toda la sensualidad y toda la rebeldía de París, con toda la vibración y la imaginación de París.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

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