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UN FRENESÍ DE VACIEDAD
Cada dos minutos una máquina nueva, un artilugio nuevo, una tecnología nueva. Que digo cada dos minutos, cada medio minuto.
Todo se vuelve obsoleto en un parpadeo. Y esta velocidad frenética no te deja ver nada, enterarte de nada, sentir nada.
Ni puedes saludar a tu prima al pasar a toda velocidad.
Un personaje de John Updike dice: “Los que van a toda prisa se pierden todo cuanto tienen los que van lentos”.
Ya no es que no te da tiempo de ver la sonrisa de tu prima, de escuchar cuando te dice algo valioso.
Es que no te enteras ni de tú mismo, ni la vida entera. Vas a toda velocidad y te lo pierdes todo.
Lo pequeño es hermoso, decía un escritor hace ya bastantes años. Ahora deberíamos decir: lo lento es hermoso. Ya no lo lento, lo que tiene el ritmo adecuado para mirar las cosas.
Mirar el tiempo suficiente a S para saber de qué color tiene los ojos. Esperar lo suficiente para que tu vecina acabe la frase, tal vez diga algo interesante.
Pero tú estás en tu frenesí, en tu velocidad frenética y tonta, en tu cambiar a cada segundo. Y no haces caso de nada.
Solo bailas en la noria al ritmo que te mandan los tecnócratas: compra, compra, compra, consume, consume, consume, suelta basura, suelta basura, da setecientos millones de besos, traga billones de pollos.
Aunque sean todos iguales, solo importa la cantidad, todos los árboles son iguales, todas las ciudades son iguales, todas las mujeres son iguales
. Tú sigue disparado e idiota y no te enteres de nada, no te enteres de nada. Cada medio minuto cambia de tendencia, de moda, de aparato.
Baila al ritmo que te mandan los tecnócratas como las ratas en el laboratorio. Muévete, rata, muévete, no respires.
No mires nada, no te fijes en nada. Sigue moviéndote y haznos ricos.
Bailad, bailad, malditos, decía la película. Bailad todos al ritmo de las tecnológicas. Que se llenan los bolsillos con tu docilidad. Y encima te dicen que son benefactores de la humanidad.
Baila, coño, baila, y no te pares a pensar. Baila con su música ramplona y repetitiva. Como esa machacona que ponen en los cochazos los pijos ignorantes, que parecen conciertos de martillazos.
Y te hacen añorar a Chopin y las estrellas.
Baila, coño, baila. Baila y no pares. Y compra, sobre todo compra. Compra sin parar. Ya te lo dice Microsoft: hay un problema con su cuenta. Tienes que darle tu número de cuenta en el banco.
Para que te cobren bailando sin cesar.
Vamos a demostrar que somos gilipollas a la última, que nos movemos según los martillazos que suenan en los coches pijos: bron, bron, bron. Y el tipo saca los brazos por la ventanilla, muestra tus fafas de sol y te dice ¿qué es un libro?
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO: “FRENESÍ”, DE ALFRED HITCHCOCK
