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Rafael Alberti, el poeta que nunca dejó de volver al mar

Rafael Alberti, el poeta que nunca dejó de volver al mar
Sofia Lovelace
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Rafael Alberti, el poeta que nunca dejó de volver al mar

Hay poetas que pertenecen a una época y otros que consiguen que una época permanezca en sus versos. Rafael Alberti pertenece a los dos grupos.

Nació en El Puerto de Santa María, Cádiz, el 16 de diciembre de 1902, y murió allí mismo el 28 de octubre de 1999. Entre ambas fechas transcurrió casi un siglo de literatura española, de guerras, exilios, cambios políticos y transformaciones sociales. Alberti fue testigo y protagonista de buena parte de ese tiempo, pero por encima de todo fue poeta.

Y quizá resulte significativo que, después de recorrer medio mundo, terminara regresando al lugar donde había comenzado todo.

El mar.

Del pincel al verso

Alberti no comenzó pensando que sería poeta.

Cuando su familia se trasladó a Madrid en 1917, su primera vocación fue la pintura. Visitaba el Museo del Prado y copiaba obras de los grandes maestros. Llegó incluso a exponer sus cuadros en el Ateneo de Madrid.

Pero la literatura terminó ganando aquella batalla.

La enfermedad y una temporada en la sierra de Guadarrama contribuyeron a que comenzara a escribir con mayor intensidad. De aquella etapa surgiría Mar y tierra, el libro que posteriormente se publicaría como Marinero en tierra. Con él obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1925.

El título ya parecía contener buena parte de su destino.

Un marinero en tierra.

Un hombre que pertenecía al mar aunque viviera lejos de él.

La Generación del 27

En Madrid, Alberti entró en contacto con algunos de los nombres fundamentales de la literatura española del siglo XX.

Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, José Bergamín, además de artistas como Salvador Dalí y Luis Buñuel, formaron parte de aquel extraordinario ambiente cultural en el que también se movió Alberti.

Después llegaría 1927 y el homenaje a Luis de Góngora en Sevilla, uno de los acontecimientos que acabarían dando nombre a la conocida Generación del 27.

Aquel grupo no fue una escuela cerrada ni un movimiento uniforme. Sus integrantes tenían sensibilidades diferentes, pero compartían una extraordinaria curiosidad intelectual y una voluntad de renovar la literatura española sin renunciar a su tradición.

Alberti supo hacer algo especialmente difícil: unir lo popular con lo culto, la tradición con la vanguardia, la música de las viejas canciones con las inquietudes de la poesía moderna.

Cuando los ángeles dejaron de ser celestiales

En 1928 apareció Sobre los ángeles, una de las obras fundamentales de su trayectoria.

El poeta que había cantado al mar y a la infancia se adentraba ahora en un territorio mucho más oscuro. La crisis personal se transformaba en imágenes inquietantes, surrealistas y llenas de angustia.

Era otro Alberti.

O quizá era el mismo poeta contemplando otro paisaje.

Su poesía demostraría desde entonces una extraordinaria capacidad para cambiar de registro. Alberti podía regresar a la tradición popular, adentrarse en la experimentación vanguardista, escribir teatro o convertir en poesía los acontecimientos de su tiempo.

También podía hablar de fútbol.

En 1928, después de presenciar la histórica actuación del portero húngaro Franz Platko en la final de Copa disputada en Santander, escribió la célebre Oda a Platko. El episodio se convirtió en uno de los ejemplos más singulares de la relación entre deporte y literatura en España.

El poeta y la política

La vida de Alberti no puede separarse completamente de sus convicciones políticas.

Durante la Segunda República, la Guerra Civil y posteriormente el exilio, el poeta participó activamente en la vida política y cultural. Durante la guerra desarrolló una intensa actividad vinculada a la defensa de la República y al antifascismo.

Después llegó el exilio.

Argentina, Italia y otros lugares fueron formando parte de una geografía personal marcada por la ausencia de España.

Pero el exilio no consiguió borrar su tierra natal.

Al contrario.

La distancia convirtió el recuerdo en materia poética.

Hay algo profundamente humano en esa transformación: cuando perdemos un lugar, comenzamos a reconstruirlo dentro de nosotros.

Alberti llevó durante décadas aquella España perdida consigo.

María Teresa León

En la vida de Alberti hay otra figura imprescindible: María Teresa León.

Es imposible comprender completamente la trayectoria del poeta sin recordar a la escritora con quien compartió buena parte de su vida, sus ideas y su exilio.

Se conocieron en 1930 y se casaron en 1932. Juntos viajaron por Europa y la Unión Soviética y participaron activamente en la vida cultural y política de su tiempo. Durante la Guerra Civil ambos desarrollaron una intensa actividad intelectual y política.

El exilio fue también una experiencia compartida.

Cuando finalmente regresaron a España en 1977, después de décadas fuera del país, aquel regreso tuvo algo de reparación histórica y algo de regreso íntimo.

Alberti volvía a la tierra que había abandonado siendo todavía joven.

Y volvía convertido en uno de los grandes poetas españoles del siglo XX.

Volver

En 1983 recibió el Premio Cervantes.

Antes había recibido el Premio Nacional de Literatura y, posteriormente, llegarían otros reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Teatro. Su trayectoria había desbordado ampliamente los límites de la poesía: teatro, pintura, memorias, ensayo y una intensa actividad cultural formaban parte de su universo creativo.

Pero quizá ninguno de esos reconocimientos explique mejor a Alberti que una imagen sencilla.

Un hombre nacido junto al mar que pasó buena parte de su vida lejos de él y que nunca dejó de escribir sobre su ausencia.

En uno de sus versos escribió: «Si mi voz muriera en tierra, llevadla al nivel del mar».

No parece solamente un verso.

Parece una despedida anticipada.

Y también una declaración de pertenencia.

Porque Alberti pudo vivir en Madrid, en Argentina, en Roma o en cualquier otro lugar de su largo exilio, pero siempre hubo una parte de él que permaneció en aquella bahía gaditana de su infancia.

Un poeta para volver a leer

Hoy, cuando la poesía parece ocupar un espacio cada vez más pequeño en nuestra vida cotidiana, quizá resulte necesario regresar a Alberti.

No solamente para estudiar la Generación del 27.

No solamente para recordar al poeta comprometido políticamente.

No solamente para admirar al autor de Marinero en tierra, Cal y canto, Sobre los ángeles o Roma, peligro para caminantes.

Sino para recordar algo mucho más sencillo.

Que la poesía también puede ser memoria.

Puede ser exilio.

Puede ser juventud.

Puede ser compromiso.

Puede ser dolor.

Y puede ser, simplemente, la necesidad de regresar a casa.

Rafael Alberti murió en El Puerto de Santa María en 1999.

Había vivido casi un siglo.

Pero quizá, en el fondo, nunca dejó de ser aquel muchacho que miraba el mar de Cádiz y todavía no sabía que algún día convertiría su nostalgia en uno de los grandes legados de la literatura española.

 

«Si mi voz muriera en tierra,
llevadla al nivel del mar
y dejadla en la ribera.»

Rafael Alberti, Marinero en tierra (1925)

 

Por Sofía

 

Poesía

Imagen portada: openai

Rafael Alberti, el poeta que nunca dejó de volver al mar

Rafael Alberti, uno de los grandes poetas de la Generación del 27. Su vida, sus obras, el exilio, María Teresa León y su eterna relación con el mar.

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