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Lord Byron, el poeta que quiso vivir como un personaje

Lord Byron, el poeta que quiso vivir como un personaje
Sofia Lovelace
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Lord Byron, el poeta que quiso vivir como un personaje

El hombre detrás del mito

Hay escritores cuya vida parece una novela.

Y después está Lord Byron.

Poeta, aristócrata, viajero, seductor, provocador, aventurero, político y personaje de sus propias historias, George Gordon Byron nació en Londres en 1788 y murió en Grecia con apenas treinta y seis años.

Entre ambas fechas tuvo tiempo de convertirse en uno de los escritores más famosos de Europa, escandalizar a la sociedad británica, recorrer Portugal, España, Albania, Grecia, Suiza e Italia y escribir algunas de las obras que definirían el Romanticismo.

Pero quizá lo más extraordinario de Byron sea que no se limitó a escribir sobre personajes apasionados, rebeldes y condenados.

En cierta manera, intentó convertirse en uno.

El niño que heredó un título y una desgracia

Byron nació el 22 de enero de 1788.

Su padre, el capitán John «Mad Jack» Byron, había llevado una vida marcada por las deudas y los excesos. Murió cuando George todavía era un niño.

Su madre, Catherine Gordon, procedía de una familia escocesa acomodada, pero también arrastraba dificultades económicas.

Byron nació con una deformidad en el pie derecho que le provocó una cojera durante toda su vida.

Aquella imperfección física se convertiría en una de sus grandes inseguridades.

Pero también desarrolló muy pronto una personalidad extraordinariamente fuerte.

Cuando tenía diez años heredó el título de sexto barón Byron y la propiedad familiar de Newstead Abbey.

De repente, aquel muchacho con una infancia complicada se encontró convertido en aristócrata.

Y empezó a descubrir que la sociedad que lo rodeaba estaba fascinada por los títulos, el dinero, la belleza y el escándalo.

Byron terminaría ofreciéndoles las cuatro cosas.

El nacimiento de un poeta

Estudió en Harrow y después en Cambridge.

En 1807 publicó Hours of Idleness, una colección de poemas que recibió críticas bastante duras.

Byron respondió con English Bards and Scotch Reviewers, una sátira feroz contra algunos de sus críticos y contra buena parte del mundo literario de su tiempo.

Había descubierto que la provocación podía convertirse también en literatura.

Pero todavía estaba buscando su propia voz.

La encontraría viajando.

El viaje que convirtió a Byron en una celebridad

En 1809 abandonó Inglaterra y emprendió un largo viaje por Portugal, España, Albania y Grecia acompañado por su amigo John Cam Hobhouse.

El viaje transformó su literatura.

Byron observaba paisajes, ciudades, costumbres y personas con los ojos de alguien que necesitaba convertir la experiencia en versos.

Durante aquellos desplazamientos comenzó a escribir ** Childe Harold’s Pilgrimage **, el poema narrativo que lo convertiría en una celebridad europea.

Su protagonista, Harold, es un joven desencantado que viaja por Europa mientras contempla con melancolía las ruinas, los paisajes y las sociedades que encuentra.

Era difícil no identificarlo con su creador.

Cuando regresó a Inglaterra y comenzaron a publicarse los primeros cantos de la obra, el éxito fue inmediato.

Byron se despertó famoso.

Y nació algo que ya no desaparecería durante el resto de su vida:

el mito de Lord Byron.

El viajero melancólico, aristocrático, hermoso y atormentado que recorría Europa se había convertido en el héroe romántico perfecto.

El héroe byroniano

Byron creó, casi sin proponérselo, un nuevo tipo de personaje.

El hombre inteligente, orgulloso, rebelde, atormentado y seductor.

Alguien que parecía llevar consigo un secreto.

Alguien que no necesitaba explicar por qué estaba triste.

Alguien capaz de desafiar las convenciones sociales mientras caminaba con la elegancia de un aristócrata.

Ese personaje acabaría siendo conocido como el héroe byroniano.

Y lo extraordinario es que Byron y su personaje comenzaron a confundirse.

Los lectores querían saber qué había de verdad en aquel poeta.

Y Byron no parecía demasiado interesado en separar su vida de su leyenda.

Amor, escándalo y Manfred

Su vida sentimental fue tan intensa como su literatura.

En 1815 se casó con Anne Isabella Milbanke.

El matrimonio duró poco.

Tuvieron una hija, Augusta Ada Byron, que pasaría a la historia como Ada Lovelace, una figura pionera de la informática.

Pero la relación entre Byron y su esposa terminó de manera tormentosa.

Los rumores sobre su vida privada crecieron y las acusaciones y especulaciones sobre relaciones consideradas escandalosas para la época terminaron haciendo insoportable la presión social.

En 1816 abandonó Inglaterra.

No volvería a vivir allí.

Ese mismo período de crisis personal alimentó algunas de sus obras más oscuras.

Entre ellas estaba ** Manfred **, un drama poético protagonizado por un personaje atormentado por la culpa, el aislamiento y un pasado que no puede borrar.

Manfred desafía poderes sobrenaturales y se niega a someterse a ellos, pero su verdadera batalla está dentro de sí mismo.

Era, de alguna manera, otro rostro del héroe byroniano.

Y quizá también otro espejo de su creador.

Ginebra y el verano que creó monstruos

En 1816 Byron llegó al lago de Ginebra.

Allí coincidió con Percy Bysshe Shelley, Mary Godwin —la futura Mary Shelley— y John Polidori.

El verano fue extraordinariamente frío y lluvioso.

Los amigos pasaban largas horas dentro de la Villa Diodati, leyendo historias de fantasmas y desafiándose a escribir relatos sobrenaturales.

De aquella reunión surgiría Frankenstein, de Mary Shelley.

Polidori escribiría The Vampyre, una obra fundamental para la posterior literatura de vampiros.

Y Byron participó también en aquella atmósfera literaria.

Durante su estancia escribió ** El prisionero de Chillon **, inspirado por la historia de François de Bonivard, un religioso y político ginebrino encarcelado durante años en el castillo de Chillon.

El paisaje que rodeaba el lago, las montañas y la fortaleza se transformaron en materia literaria.

En Byron, incluso el viaje terminaba convirtiéndose en poema.

Italia y el poeta de Don Juan

Después de Suiza llegó Italia.

Byron vivió en Venecia, Roma, Rávena y otras ciudades italianas.

Allí escribió algunas de sus obras más importantes y profundizó en su relación con la política y con los movimientos que luchaban contra los poderes establecidos.

Pero fue también allí donde desarrolló una de sus obras maestras:

** Don Juan **.

El título podía hacer pensar en una simple historia de seducción.

Byron hizo exactamente lo contrario.

Tomó el mito de Don Juan y lo convirtió en una enorme sátira de la sociedad, la política, la guerra, el sexo, la aristocracia y las costumbres de su tiempo.

Su protagonista viaja, ama, huye, sobrevive y observa un mundo absurdo.

Y detrás de él aparece constantemente la voz de Byron.

Irónica.

Inteligente.

Provocadora.

A veces cruel.

A veces profundamente humana.

Don Juan también demuestra que Byron no era únicamente el poeta de la melancolía romántica.

Podía burlarse de aquello que otros veneraban.

Podía convertir una aventura amorosa en una sátira política.

Y podía utilizar el humor como una forma de atacar a la sociedad que lo había convertido en celebridad.

She Walks in Beauty

Pero el Byron de la leyenda no fue únicamente el poeta de los grandes poemas narrativos.

También escribió algunos de los versos amorosos más conocidos del Romanticismo.

Entre ellos está ** She Walks in Beauty **, uno de sus poemas más célebres.

En unos pocos versos consigue convertir la belleza de una mujer en una combinación de luz, oscuridad, armonía y equilibrio.

Es una muestra del otro Byron: el poeta capaz de detener la ironía y contemplar la belleza sin necesidad de explicarla.

Ese contraste forma parte de su personalidad literaria.

El mismo hombre que podía ridiculizar la sociedad en Don Juan podía escribir versos de una delicadeza extraordinaria.

El poeta que quiso luchar por Grecia

Pero fue Grecia la que terminó dando un nuevo sentido a su vida.

Byron había visitado el país durante su juventud y había quedado profundamente impresionado por su historia.

Cuando comenzó la Guerra de Independencia griega contra el Imperio otomano, decidió participar.

No quería limitarse a escribir poemas sobre la libertad.

Quería ayudar a conseguirla.

En 1823 viajó nuevamente a Grecia.

Llegó a Cefalonia y posteriormente se trasladó a Missolonghi.

Allí puso su dinero, su prestigio y su capacidad de organización al servicio de la causa griega.

Había pasado años escribiendo sobre héroes que desafiaban imperios y convenciones.

Ahora quería formar parte de una lucha real.

Pero encontró divisiones internas, rivalidades políticas y dificultades que poco tenían que ver con la imagen romántica de una revolución.

Byron intentó ayudar a organizar las fuerzas griegas y financiar la lucha.

Y mientras tanto, su salud comenzaba a deteriorarse.

La última enfermedad

En Missolonghi, Byron enfermó gravemente.

Los médicos de la época utilizaron tratamientos que hoy resultan sorprendentes.

Le practicaron sangrías y administraron diferentes remedios para combatir la fiebre.

Nada funcionó.

Byron murió el 19 de abril de 1824.

Tenía treinta y seis años.

No murió en una batalla.

No cayó luchando contra los otomanos.

Murió enfermo, lejos de Inglaterra, mientras intentaba ayudar a una causa en la que había terminado creyendo profundamente.

Su muerte provocó una enorme conmoción.

Para los griegos se convirtió en un símbolo de la lucha por la independencia.

Su nombre quedó asociado para siempre con Grecia.

El corazón de Byron

Existe una historia que parece escrita para terminar una novela romántica.

Cuando murió, los griegos quisieron conservar sus restos como homenaje.

Su cuerpo fue trasladado a Inglaterra.

Pero, según la tradición, su corazón fue enterrado en Missolonghi.

La imagen era perfecta para construir una leyenda:

el corazón del poeta descansando en la tierra por cuya libertad había luchado.

Byron había llegado a Grecia como poeta.

Terminó convertido en símbolo.

El hombre y el personaje

Quizá la dificultad para comprender a Byron esté precisamente ahí.

No sabemos dónde termina George Gordon Byron y dónde comienza Lord Byron.

El hombre era contradictorio.

Podía ser generoso y egoísta.

Idealista y vanidoso.

Apasionado y cruel.

Capaz de comprometerse con una causa y, al mismo tiempo, profundamente consciente de su propia imagen.

Pero quizá esa contradicción sea precisamente lo que lo hace tan moderno.

Byron no fue un santo.

Tampoco quiso serlo.

Fue un hombre que convirtió sus contradicciones en literatura.

Y consiguió algo que muy pocos escritores logran:

hacer que su propia vida pareciera una de sus obras.

El hombre que inventó al héroe romántico

Después de Byron, la literatura quedó llena de personajes que llevaban algo de él.

Hombres solitarios.

Hombres atormentados.

Hombres brillantes que desprecian las convenciones.

Hombres que aman demasiado y demasiado tarde.

Hombres que parecen condenados desde el principio.

El héroe byroniano sobrevivió a su creador.

Apareció en novelas, poemas, teatro, cine y televisión.

Y todavía hoy reconocemos sus rasgos.

El personaje que parece decir:

«No necesito que me comprendáis.»

Pero que, en el fondo, desea desesperadamente ser comprendido.

Una última mirada

Lord Byron murió joven.

Eso también ayudó a construir el mito.

Si hubiera vivido hasta los sesenta o setenta años, quizá la historia sería diferente.

Habríamos visto al joven poeta convertirse en anciano.

Habríamos conocido sus cambios políticos, sus decepciones, sus nuevas obras y sus errores.

Pero murió a los treinta y seis.

Y quedó detenido para siempre en una edad que parece hecha para el Romanticismo.

Un poeta extranjero muriendo en Grecia.

Una revolución.

Una enfermedad.

Un corazón enterrado lejos de su patria.

Y detrás de todo ello, un hombre que había pasado buena parte de su vida intentando escapar de las convenciones que lo rodeaban.

Quizá por eso Byron sigue resultando tan fascinante.

No porque fuera perfecto.

Sino porque vivió como si la vida también pudiera escribirse.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que todavía lo seguimos leyendo.

Porque algunos escritores escriben personajes.

Y otros terminan convirtiéndose ellos mismos en uno.

 

Por Sofía

Poesía

Imagen portada: openai

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