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Juego de Amores
«Nacimos para amarnos; si el mundo nos separa, la tumba nos unirá.»
Juan Eugenio Hartzenbusch, Los amantes de Teruel
La festividad de las Bodas de Isabel de Segura, en Teruel, navega entre los lamentos, la historia y una de las leyendas de amor más conocidas de la ciudad. Cada febrero, Teruel regresa al siglo XIII para recordar la historia de Isabel de Segura y Diego de Marcilla, los Amantes de Teruel. Las calles se llenan de trajes medievales, mercados, artesanía, música y representaciones que convierten la leyenda en una historia viva.
Isabel pasó su vida esperando a Diego, su verdadero amor, pero el tiempo jugó en contra de los dos. Su familia decidió otro destino para ella y la joven terminó casándose con Pedro de Azagra. El amor llegó tarde y la tragedia hizo el resto. Desde entonces, Teruel ha convertido aquella historia en parte de su identidad.
El jueves 20 de febrero de 2025, Martín, Juan y Pedro, amigos desde la infancia y ya en la tercera edad, llegaron a Teruel para asistir por primera vez a las Bodas de Isabel. Los tres eran naturales de Santander.
Reservaron habitaciones en un hotel cerca de la plaza de la Catedral y trazaron un plan sencillo: hacer turismo, comer bien y disfrutar de las representaciones de los Amantes de Teruel.
Aunque habían crecido juntos, sus vidas eran muy diferentes. En algunos momentos incluso les había resultado difícil mantener el contacto. El trabajo, las familias y los problemas personales habían creado distancias, pero nunca llegaron a perderse del todo.
Martín era el más artista. Pintaba y se consideraba un bohemio. Nunca se casó, aunque estuvo enamorado varias veces. Había vivido siempre con lo justo y sus únicos caprichos eran alguna copa de vino, un buen libro y algún viaje para conocer lugares nuevos. Defendía su libertad, pero detrás de aquella independencia existía también una cierta soledad que nunca reconocía.
Juan era el más cántabro de los tres. Amaba su tierra, su comida y sus costumbres. Había crecido en una familia de médicos y él también fue médico. Sus hijos eran médicos, sus nietos estudiaban Medicina y su mujer también era médica. Parecía que toda su vida hubiera seguido una tradición familiar. Le encantaban los niños y por eso se hizo pediatra. Curar era su manera de encontrar la paz.
Pedro era un hombre de campo. Había sido pastor, agricultor, ganadero y quesero y vivía en una casona montañesa. Tenía pocos estudios, pero era culto. Le gustaban mucho los libros y el cine. En su juventud jugó al fútbol, aunque con los años perdió el interés. Ahora participaba en las reivindicaciones de agricultores y ganaderos.
El viaje hasta Teruel fue más largo de lo previsto. Los tres tuvieron que hacer escala en Zaragoza, en la estación de Delicias, porque no había línea directa. Perdieron dos horas y cuarto, pero finalmente llegaron a Teruel justo a tiempo para dejar las maletas en el hotel, descansar y salir a conocer el ambiente.
Las Bodas de Isabel habían convertido Teruel en un enorme escenario medieval. Las calles estaban llenas de personas con ropas de época: soldados, campesinos, nobles, artesanos y músicos. Los mercados ocupaban las plazas y los puestos ofrecían comida y productos artesanales. La música, los pregones y las representaciones recordaban constantemente que durante aquellos días la ciudad regresaba al siglo XIII.
Martín observaba todo con atención.
—¡Esto merece un cuadro!
Pedro miró los puestos de comida.
—A mí me interesa más dónde se come.
A las nueve de la noche llegaron a la plaza de la Catedral. Allí comenzaba la representación de los Amantes de Teruel, con el anuncio oficial de la boda de Isabel con Pedro de Azagra.
Después fueron a cenar al restaurante La Menta, cerca de la plaza de la Catedral.
La cena comenzó como cualquier otra entre tres amigos. Hablaron del viaje, de Santander, de Teruel y de la representación. Comieron, bebieron y rieron. Pero aquella noche ocurrió algo inesperado.
Comenzaron a aparecer secretos que habían permanecido guardados durante décadas.
Martín fue el primero.
—Estuve en Teruel antes de hacerme artista.
—¿Aquí?
—Aquí.
Martín sonrió.
—¿Os acordáis cuando me fui solo a recorrer España? Era joven y tenía ganas de vivir nuevas experiencias. Sí, pintaba, pero pintaba a escondidas. Todavía no me atrevía a decir que quería ser artista. Aquí conocí a una chica con los ojos azules más bonitos que he visto en mi vida.
Sus amigos sonrieron.
—Sí, es verdad. Me enamoré. Fue la primera vez que me enamoré de verdad. Y ella me obligó a dedicarme a la pintura.
Martín bajó la mirada. De pronto, su vida de hombre libre tenía otra explicación. Quizá no había elegido la soledad. Quizá una parte de ella había comenzado en aquella ciudad.
Juan bebió un poco de vino.
—¡Os tengo que decir algo!
—Era joven e inexperto. Estaba estudiando Medicina y viajé a Aragón. Recorrí todo Aragón. Ya estaba prometido con mi mujer, pero aquí, en Teruel, una noche conocí a un chico joven por casualidad. Estuvimos toda la noche de fiesta. Lo pasamos tan bien que terminamos besándonos apasionadamente.
Martín dejó la copa sobre la mesa.
—Al día siguiente me fui y no volví a verlo.
Pedro fue el siguiente.
—Yo quise ser aragonés.
Los otros dos lo miraron extrañados.
—Lo explico. Mis experiencias sexuales han sido muy variadas. He probado de todo, siempre con mujeres. Hace unos veinte años estuve en Teruel en un congreso de ganadería que se celebraba aquí y conocí a una chica.
Sus amigos esperaron.
—¿Y por qué te divorciaste? —preguntó Juan.
Pedro respiró profundamente.
—Yo nunca he sabido ser fiel.
Lo dijo sin apartar la mirada.
—Sí quiero a mis hijos. He querido a mi exmujer y quiero a mis nietos, pero nunca he sabido ser fiel.
Hubo un silencio.
—Voy al grano. En Teruel conocí una parte de mí que siempre había llevado en secreto. Descubrí que me atraía una forma de vivir el deseo que no me había atrevido a contar a nadie. Conocí a alguien y experimenté el dolor por amor o el dolor para llegar al amor. A mí me va eso. Nunca se lo he dicho a nadie.
La mesa quedó en silencio.
Los tres habían llegado a Teruel para contemplar la historia de Isabel y Diego, pero aquella noche algo cambió. Durante décadas habían sido amigos, pero ninguno conocía realmente todo lo que había dentro de los otros dos.
MARTÍN
Viernes, 21 de febrero de 2025
«Mi desgraciado amor, que fue su vida…; su desgraciado amor es quien le mata.»
Juan Eugenio Hartzenbusch, Los amantes de Teruel
Martín había vivido uno de esos amores imposibles que terminan convertidos en recuerdo y que una ciudad provinciana conserva mejor que sus propios monumentos. Aquel viernes, segundo día de las Bodas de Isabel de Segura, volvió a recordarlo. Teruel era su propia leyenda. Las calles se habían llenado de trajes medievales, músicos, puestos y personajes que parecían haber salido de un libro antiguo. Cuando Diego Marcilla resurgió de sus cenizas ante la mirada de los visitantes, Martín quedó atrapado en aquella escena y por un instante olvidó hasta su propio nombre.
Conocía bien la historia de Diego e Isabel. Sabía que algunas historias de amor no necesitan durar para convertirse en eternas. Pero Martín también había conocido el amor, los encuentros y los desencuentros. Y en aquel Teruel de hacía medio siglo, en otro Teruel muy distinto al que ahora veía reconstruido, había vivido una pasión que jamás consiguió borrar.
Todo había comenzado un febrero lejano a este febrero. Martín intentaba olvidarse de que era artista. Ser artista tenía una dificultad que nadie explicaba cuando uno empezaba. No había una nómina esperándolo a final de mes, ni una cantidad fija en la cuenta, ni un jefe que firmara un contrato y garantizara el siguiente sueldo. Un mes podía vender un cuadro y respirar tranquilo. El siguiente podía pasar semanas trabajando sin vender nada. Pintar era su vida, pero también era una forma bastante incómoda de ganársela.
Por eso había decidido pintar un último óleo. Después dejaría de hacerlo. No porque hubiese dejado de amar la pintura, sino porque estaba cansado de amarla sin saber cómo pagar las facturas.
Su libro de cabecera era La educación sentimental, de Gustave Flaubert. Lo llevaba siempre consigo y lo había leído tantas veces que algunas páginas parecían conocerlo mejor que él mismo. Se identificaba con Frédéric Moreau, aquel hombre atrapado entre el héroe y el antihéroe, siempre esperando que la vida le ofreciera una oportunidad que nunca terminaba de llegar.
Martín pintaba frente a la ciudad mientras, alrededor, Teruel representaba su propia historia de amor. Las Bodas de Isabel de Segura convertían las calles en un escenario. Diego, Isabel y los demás personajes de la leyenda aparecían entre la multitud. Martín levantaba la vista del lienzo y encontraba en aquella celebración algo que se parecía demasiado a su propia vida.
También ellos habían amado sin conseguir quedarse juntos.
Él también había perdido cosas por llegar tarde.
Entonces apareció Alejandra.
Caminaba por la plaza de la Catedral con la seguridad de quien sabe perfectamente el efecto que produce. No parecía una muchacha perdida entre disfraces y turistas. Vestía de época, pero su mirada pertenecía a otro tiempo. Se detuvo frente al pintor, observó el cuadro durante unos segundos y sonrió.
—Muy bonito.
Martín levantó la cabeza.
—Es el último cuadro que voy a pintar.
Alejandra arqueó una ceja.
—Eso dicen todos los hombres cuando quieren que una mujer les pregunte por qué.
Martín sonrió. Ella continuó sin esperar respuesta.
Al día siguiente volvió. Y al siguiente. Siempre encontraba una excusa para pasar junto al pintor, aunque nunca parecía necesitar ninguna. Se detenía unos minutos, miraba el cuadro y después a Martín. No lo animaba con dulzura. Lo provocaba.
—Todavía no has terminado.
—Ya casi.
—Entonces todavía puedes cambiarlo.
Martín empezó a esperarla.
Mientras el cuadro avanzaba, La educación sentimental también se acercaba a su última página. Martín había comenzado a leerlo como quien busca una respuesta y terminó leyéndolo como quien intenta entender su propia vida. Frédéric Moreau amaba sin saber qué hacer con su amor. Martín empezaba a sospechar que él tampoco era muy distinto.
Alejandra se sentó junto a él.
—¿Sigues leyendo a Flaubert?
—Estoy a punto de terminar.
—Qué pena.
—¿El libro?
Alejandra lo miró directamente.
—No. El hombre que lo está leyendo.
Ella había leído La educación sentimental poco tiempo antes. Lo supo por la forma en que hablaba de Frédéric, sin admirarlo ni despreciarlo. Le gustaba porque era un hombre incapaz de decidirse a tiempo.
—Tú te pareces a él —le dijo.
—¿Eso es bueno?
—No.
—Entonces no me parezco.
—Te pareces demasiado.
Alejandra no era dulce. No lo necesitaba. Tenía una forma de mirar que hacía que Martín se sintiera elegido y, al mismo tiempo, completamente indefenso. A veces desaparecía durante horas y regresaba como si nada. Otras veces se acercaba al cuadro, señalaba una parte que no le gustaba y ordenaba cambiarla.
—Esa pincelada sobra.
—¿Ahora también eres crítica de arte?
—No. Soy la mujer que te está diciendo la verdad.
Ella conseguía que pintara más y mejor. También consiguió que volviera a pensar en aquello que había abandonado.
—No puedes dejar de pintar porque no te paguen todos los meses —le dijo una tarde.
—Es fácil decirlo cuando no tienes que pagar las facturas.
—Entonces pinta para pagar las facturas y no para pagar las facturas para pintar.
Alejandra sonrió.
—No pongas esa cara. Te estoy haciendo un favor.
No se besaban. No se acariciaban. Ni siquiera se prometían nada. El último día llegó casi sin avisar.
Martín terminó de leer La educación sentimental y, esa misma tarde, dio la última pincelada al cuadro. Cerró el libro. Después contempló el lienzo.
Había terminado las dos cosas que había empezado en Teruel.
—Mañana me voy —dijo.
Alejandra no pareció sorprendida.
—Ya lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque los hombres como tú siempre se marchan cuando empiezan a quedarse.
Ella contempló el cuadro.
—¡Quiero comprártelo!
—¿Te gusta?
—Sí.
—Entonces te lo regalo.
—No. Te lo compraré. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que no vuelvas a decir que este es tu último cuadro.
Martín la miró. Comprendió que aquella mujer no quería salvarlo. Quería obligarlo a salvarse él mismo.
Le entregó el cuadro.
—Te prometo que pintaré toda mi vida.
Alejandra sonrió. Esta vez sin ironía.
—Eso quería oír.
Martín quiso preguntarle si volverían a verse. No se atrevió.
Fue ella quien se adelantó.
—¿Nos volveremos a ver?
—Cuando sea un pintor conocido —intentó bromear.
JUAN
Sábado, 22 de febrero de 2025
«No es esto piedra, es un lecho.
¿Dónde está mi prisión?»
Juan Eugenio Hartzenbusch, Los amantes de Teruel
Juan reconocía aquella excursión con sus amigos de toda la vida como una penuria. De todos sus momentos como viajero y doctor, lo ocurrido en Teruel hacía mil años, más o menos, era una de las cosas que quería olvidar. No sabía explicar por qué aquella ciudad le producía incomodidad, pero desde que había llegado sentía que algo lo perseguía por sus calles. Reconocía lugares sin haberlos visto durante años y rincones que parecían conservar una parte de su memoria.
Teruel le devolvía calles, plazas y sensaciones que había intentado mantener lejos de su vida. Caminaba con sus amigos, escuchaba sus conversaciones y procuraba participar, pero una parte de él estaba en otro lugar. Bastaba una esquina, una fachada o una sombra para que regresara aquella tarde. Era como si la ciudad hubiese estado esperándolo.
Aquella pasión aparecía de nuevo en sus venas como un castigo. Desde lejos podía parecer una historia pequeña, una anécdota de juventud que cualquier hombre podía guardar en la memoria. Pero desde cerca era diferente porque volvían el deseo y el miedo.
Juan, por aquellos días, dormía con un ejemplar de Lo espiritual en el arte, de Vasili Kandinsky. Siempre le habían gustado los cuadros y, escondidamente, los pintores. Le atraían aquellos artistas capaces de transformar lo vivido en colores y formas sin tener que explicar a nadie por qué lo hacían. En ellos veía una libertad que nunca había conseguido encontrar.
Un pintor podía esconder una parte de sí mismo detrás de un cuadro y, al mismo tiempo, dejarla delante de todos.
Veía la plaza del Torico llena de gente que esperaba a Diego Marcilla. La plaza estaba viva, llena de voces, de turistas y de habitantes de la ciudad.
¿Pero dónde estaba su Diego?
Su Diego, el pintor de Teruel, el hombre que había conocido hacía tantos años y que todavía permanecía en algún lugar de su memoria. Puede que el nombre fuese el mismo, pero aquellos dos Diegos tenían algo en común que Juan jamás podría olvidar.
Él no llegó a besarle, aunque lo deseaba. Y aquella falta de beso, después de tantos años, se había convertido en algo mucho más importante de lo que debería. Un beso habría significado otra historia.
La única vez que lo vio, el pintor acababa de pintar un cuadro que reflejaba el aire de aquella ciudad. Juan observó primero la pintura y después al artista. Miró sus manos, sus movimientos, la forma en que recogía los pinceles y la tranquilidad con la que contemplaba su propia obra. Lo analizó casi como un doctor que pasa revisión a un paciente.
Juan acababa de prometerse con su mujer. De cara al público estaban enamorados. La boda estaba prevista, las familias estaban contentas y todo parecía avanzar por el camino correcto. Pero le gustaba el arte y sabía que existían muchas formas de arte, pero también conocía otra que había practicado durante años: el arte de esconderse. Había aprendido a comportarse como los demás esperaban, a ocupar el lugar que le habían asignado y a no hacer demasiadas preguntas.
Pero cuando vio a Diego, fue a su encuentro.
Los dos muchachos se acercaron. Juan podía haberlo dejado pasar y regresar a su vida. No lo hizo y chocaron.
Los pinceles cayeron al suelo, junto a los colores y los demás utensilios.
—¡Ayyyy, perdona! —disimuló el médico.
El doctor recogió sus cosas, le sonrió e intentó continuar, pero se giró para mirarlo.
Diego rompió el silencio.
—Fíjate, un chico guapo.
—¡Gracias!
Después pasearon por las calles de Teruel. Hablaron de sus vidas, de la profesión de Juan, de la pintura de Diego y de aquella ciudad que parecía pertenecerles durante unas horas. Juan procuraba mantener la conversación dentro de unos límites normales, pero cada vez que Diego se acercaba sentía que algo dentro de él se desordenaba.
—Entonces eres doctor.
—Soy doctor por tradición familiar.
—¿Y nunca has amado, señor doctor?
—¡No!
La respuesta salió demasiado deprisa.
Después se hizo de noche.
Las calles de Teruel quedaron poco a poco vacías.
Quería acercarse a Diego y, al mismo tiempo, huir. Quería quedarse junto a él y regresar a la seguridad de aquella vida que ya conocía, pero estaba allí. Cerca. Demasiado cerca.
Quizá el miedo pudo más que el deseo. Quizá Juan sabía que, si cruzaba aquella frontera, tendría que enfrentarse a una parte de sí mismo que llevaba demasiado tiempo escondida. Al final se despidieron. No hubo beso en los labios. Solo quedó una despedida.
Juan se marchó con la sensación de haber perdido algo que nunca había tenido.
Después llegaron los pacientes, la mujer, los hijos y los nietos; aparentemente, una vida lógica y feliz, una existencia ordenada en la que cada pieza ocupaba su lugar. Fue médico, marido, padre y abuelo. Cumplió con todo aquello que la sociedad esperaba de él.
Pero en cada familia cuecen habas. Aprendió a vivir con ellas y a ocultarlas detrás de su profesión, de su familia y de aquella apariencia de hombre tranquilo que había construido con los años.
La plaza del Torico estaba llena de gente y Juan tenía la sensación de que cada persona esperaba algo. Los espectadores esperaban la historia de Diego e Isabel; Juan esperaba, sin saberlo, enfrentarse de nuevo a la suya.
La representación comenzó. Diego Marcilla apareció en escena.
El golpe fue inmediato. No era su Diego.
Era un actor que interpretaba a un personaje de una historia conocida por todos. Pero dejó de verlo como un actor.
—¿Y nunca has amado?
Esa frase le era familiar.
Juan sintió un peso en el pecho.
La representación avanzaba. Diego e Isabel aparecían ante el público y su historia de amor empezaba a tomar el camino que Juan conocía demasiado bien. Había espera, deseo y distancia. La historia de los amantes de Teruel comenzaba a convertirse en un espejo. Veía a Diego e Isabel y pensaba en su noche.
La gente permanecía atenta a la representación, pero él comenzó a sentir que las voces de los espectadores se mezclaban con sus propios recuerdos.
Quiso mirar a sus amigos. No pudo. Quiso apartar los ojos del escenario. Tampoco pudo.
Había esperado durante años sin reconocerlo. Había esperado una oportunidad que nunca volvió y que el tiempo no consiguió borrar. La representación avanzaba y la tensión aumentaba.
Diego e Isabel se acercaban al momento decisivo de la historia y el médico sentía que, de alguna manera, también se acercaba a un lugar del que no sabía cómo salir.
La plaza parecía más silenciosa.
Juan solo veía el escenario.
Solo veía a Diego.
Juan levantó la cabeza.
La representación continuaba.
Juan permaneció inmóvil, con los ojos clavados en el escenario, mientras la historia de los amantes de Teruel continuaba delante y el pasado volvía a acercarse, una vez más.
Juan no apartó la mirada.
—¡Diego Marcilla ha muerto!
PEDRO
Domingo, 23 de febrero de 2025
«Pedazos del corazón,
no es ese vuestro lugar.
Abrazadme.»
Juan Eugenio Hartzenbusch, Los amantes de Teruel
La primera vez que Pedro vio la Torre de San Salvador de Teruel estaba descalzo y no volvió a visitarla en su vida. Sin embargo, aquella torre se quedó dentro de él. Los recuerdos se agolpaban y se mezclaban en aquel lugar como si todos hubieran ocurrido la misma mañana. Tenía veinte años recién cumplidos y era la primera vez que viajaba solo. Había cogido el coche de su padre y empezó a conducir sin un rumbo, con la intención de conocer un poco el norte de España, aunque sabía que no buscaba únicamente carreteras y ciudades. Llevaba un mapa para no perderse y un libro que entonces le acompañaba a todas partes: Niebla, de Miguel de Unamuno. Lo abría en los momentos muertos, cuando se detenía en una carretera secundaria, en una cafetería o en cualquier plaza donde nadie supiera quién era. Aquella novela le producía una sensación extraña porque hablaba de un hombre perdido dentro de su propia existencia, de alguien que buscaba una explicación a lo que era y a lo que podía llegar a ser. Pedro todavía no era ganadero, aunque le gustaba pasar horas en el campo sin hacer nada, mirar los animales, observar la tierra y dejar que el tiempo transcurriera sin exigirle una respuesta. No sabía a qué quería dedicarse. A los veinte años, ¡uno no sabe casi nada!
Aquella mañana Pedro volvió a estar en la Plaza del Seminario, junto a la Torre de San Salvador, y el lugar le hizo retroceder muchos años de golpe. La plaza no era para él una simple parte de Teruel ni un espacio que pudiera contemplarse en una fotografía. Era un lugar que conservaba soledad. La piedra, las fachadas y el silencio de aquella zona parecían devolverle al muchacho que fue sin saber qué buscaba. La Torre de San Salvador se levantaba sobre él con su ladrillo mudéjar, estrecha y poderosa, como si llevara siglos observando a los hombres pasar sin preocuparse demasiado por ellos. Pedro recordaba el suelo bajo sus pies desnudos, el frío de la piedra, el ruido de sus propios pasos y aquella sensación absurda de libertad que había sentido entonces. Santander había sido hasta ese momento sus certezas. Teruel le enseñó que podía marcharse, que podía conducir durante horas sin que nadie le preguntara adónde iba y que incluso la soledad podía convertirse en una forma de conocimiento. En aquella plaza vivió la primera de sus heridas amorosas.
Ella se llamaba Pura y estaba encaprichada de un pintor de la zona. Se veían de vez en cuando y jugaban a amarse de una manera que escandalizaba a quienes apenas conocían aquella parte de sus vidas. Su relación estaba marcada por el sado, por una sexualidad basada en el consentimiento, el dominio y el dolor, siempre lejos de las miradas ajenas. Utilizaban látigos, grilletes y velas de baja temperatura, no como un espectáculo, sino como parte de un mundo privado que habían construido entre los dos. Para ellos el dolor y el deseo estaban unidos. Alcanzaban el placer a través de sensaciones que para otras personas resultaban incomprensibles, y precisamente por eso necesitaban esconderse. Teruel era entonces una ciudad donde las apariencias pesaban y cualquier extravagancia podía convertirse en comentario. Pura y el pintor conocían ese juego. Vestían de una forma provocativa, se dejaban ver lo suficiente para alimentar rumores y después desaparecían detrás de sus propias vidas. Les divertía desconcertar a una sociedad que, a pesar de sus prejuicios, tenía muy poca imaginación.
Un día Pura se encontró con Pedro en la Plaza del Seminario. Él caminaba descalzo porque desde joven le gustaba sentir el pavimento bajo los pies. Había algo primitivo en aquella costumbre, una forma de recordar que todavía tenía un cuerpo antes de convertirse en el hombre que los demás esperaban de él. Pura lo observó durante unos segundos. La torre quedaba a su espalda y el muchacho parecía completamente ajeno a las miradas de quienes pasaban.
—¿No tienes zapatos?
Pedro levantó la cabeza y sonrió.
—Ah, ¡hola! No, no. Me gusta pisar el pavimento descalzo.
A Pura le encantó aquella respuesta. Se acercó un poco más, como si hubiera encontrado una pequeña grieta por la que entrar en la vida de aquel desconocido. Se presentaron y terminaron en una cafetería. Pedro todavía llevaba Niebla bajo el brazo. Lo leía antes de encontrarse con ella y Pura lo tomó como una señal de que aquel hombre no se parecía demasiado a los turistas que pasaban por Teruel.
—¿No eres de aquí, verdad? No te he visto nunca.
—No, soy de Santander. Estoy aquí de paso.
—¿Y qué buscas por aquí?
Pedro tardó unos segundos en responder.
—A mí mismo.
Aquella frase no era una pose. A los veinte años todavía podía decirla sin sentir vergüenza. Pura se sintió identificada con él porque también tenía la impresión de vivir fuera de los lugares que los demás habían preparado para ella. Le habló de su amigo, del pintor al que deseaba y de aquella relación que se había convertido en una forma de escapar de la normalidad. No lo hizo con vergüenza ni con orgullo. Lo contó como quien habla de una parte de su vida que ya no necesita justificar.
—Nos gusta mucho el sado. Practicamos el placer a través del dolor.
Pedro sintió curiosidad. Nunca había vivido algo parecido. Para él aquella palabra pertenecía a un territorio desconocido, algo que había escuchado alguna vez pero que jamás había tocado. Pura le explicó que aquella sexualidad no consistía simplemente en hacer daño, sino en establecer límites, confianza y consentimiento, en aceptar determinados papeles y en descubrir hasta dónde podía llegar el deseo cuando dos personas decidían abandonar las reglas habituales. Ella había conocido el papel de esclava y el de ama, y había descubierto que podía disfrutar de ambos extremos. También sabía que fuera de aquel pequeño mundo casi nadie lo entendía. Por eso necesitaban esconderse.
—A las personas a las que no les gusta ese tipo de sexualidad nosotros las llamamos vainilla.
Pedro la miró con incredulidad.
—Yo no me imagino que me peguen y sentir placer.
Pura sonrió.
—Cuando empecé con esto era como tú.
Pedro empezó a pensar que aquella conversación era algo más que una conversación. Creía que Pura lo estaba haciendo suyo, que cada explicación abría una puerta nueva y que detrás de aquella mujer existía una vida que él todavía no conocía. También sintió deseos de poseerla, aunque aquella sensación no llegó a convertirse en nada. Pura tenía su pintor y Pedro tenía todavía una carretera por delante. La magia de aquel encuentro se apagó sin siquiera un beso. Ella regresó a su mundo y él continuó su viaje por el norte de España, con Niebla en el asiento del coche y aquella conversación clavada en la memoria. Quizá le esperaban otras experiencias. Quizá aquella mujer solo había aparecido para demostrarle que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado en Santander.
Pedro volvió a la realidad. Ya no tenía veinte años ni estaba descalzo en la Plaza del Seminario. Estaba con sus amigos y frente a él se representaba la historia de Isabel de Segura y Diego Marcilla. Pedro conocía la historia, pero aquella representación le estaba golpeando de una manera distinta. En el escenario, Diego aparecía muerto y el cuerpo del hombre que Isabel había esperado durante tantos años parecía más pesado que toda la ciudad. El público guardaba silencio. No era el silencio educado de un teatro, sino ese silencio incómodo que aparece cuando una historia deja de ser ficción y empieza a parecerse demasiado a algo que uno ha vivido.
Isabel lo besó. Pedro sintió el golpe de la escena. No había pasión en aquel beso, al menos no una pasión limpia. Había rabia, desesperación, culpa, años de espera y una última oportunidad que llegaba cuando ya no servía para nada. Isabel besaba al hombre que había amado cuando él ya no podía devolverle el beso. Aquello convertía el amor en una herida. Pedro miró a sus amigos y después volvió los ojos al escenario. La plaza, Pura, el pintor, sus veinte años, Niebla y aquel viaje parecieron mezclarse durante un instante con Isabel y Diego. La vida también tenía esa crueldad: muchas veces uno comprende lo que ha perdido cuando ya no puede recuperarlo. Y Pedro, sentado entre sus amigos, sintió que aquel beso no pertenecía solo a Isabel.
EL BESO
Teruel convoca un beso colectivo como símbolo de amor y vida frente a la muerte, recordando que cada beso hace regresar a Isabel y Diego.
Palabras exactas del final de la festividad de las Bodas de Isabel de Segura en Teruel.
Los tres amigos seguían en la plaza del Seminario. Estaba a punto de terminar la festividad de las Bodas de Isabel de Segura cuando llegó el broche final, la invitación a un beso colectivo en homenaje a Isabel y Diego, los amantes de Teruel. La gente comenzó a buscarse, a acercarse, a reír y a besarse como si durante unos segundos la historia de aquellos dos amantes volviera a repetirse entre las calles de la ciudad. Martín, Juan y Pedro se miraron. No tenían a quién besar. La invitación, que para los demás parecía un gesto sencillo y alegre, para ellos se convirtió en una pregunta incómoda. Los tres recordaron su juventud en Teruel, aquellos años en los que también habían esperado un beso, una mirada o una oportunidad que nunca llegó. Entonces intentaron buscar con la mirada a sus amores de juventud entre la multitud, como si el tiempo pudiera devolverles por un instante aquello que habían perdido. Pero no estaban.
La plaza se llenó de besos mientras ellos permanecían quietos, casi apartados de aquella celebración que parecía no estar hecha para ellos. Martín miró a Juan y después a Pedro, esperando quizá que alguno hiciera una broma para romper aquella tensión, pero ninguno dijo nada. La petición de aquel beso colectivo había despertado algo que llevaban muchos años escondiendo. No era solamente el deseo de besar a alguien; era la necesidad de sentir que todavía podían recuperar una parte de aquella juventud que habían dejado atrás. Durante unos segundos imaginaron a aquellas mujeres que habían amado, sus rostros, sus voces y aquellas ocasiones en las que pudieron acercarse y no lo hicieron. Ahora comprendían que un beso podía parecer insignificante para quien lo daba, pero podía convertirse en un recuerdo para toda la vida para quien lo esperaba. Ellos también habían querido besar y ser besados, pero el tiempo había decidido por ellos.
Cuando los últimos besos comenzaron a desaparecer entre la gente, la plaza recuperó poco a poco su calma. Los tres amigos continuaron allí, juntos y, sin embargo, extrañamente solos. Les faltaba aquel beso antes de volver a Santander, un gesto pequeño que de repente parecía tener el peso de una vida. No podían echar el tiempo atrás, ni regresar a aquellos años en los que todavía tenían la posibilidad de decir lo que sentían.
Quizá lo más doloroso no era marcharse de Teruel sin haber besado a nadie aquella mañana, sino regresar sin nada. La soledad apareció sin hacer ruido, cuando ya no quedaba nadie a quien mirar. Los tres comprendieron que algunas oportunidades desaparecen para siempre y que, cuando uno quiere recuperarlas, solo queda el recuerdo de lo que pudo haber sido. Se quedaron en silencio antes de abandonar la plaza, con la sensación de que el beso que no habían podido dar era también el beso que la vida les había negado.
¿Qué elegís, lectores: el amor o las apariencias? La vida nos coloca muchas veces ante una decisión sencilla de plantear, aunque no siempre fácil de tomar: hacer caso a lo que sentimos o dejar que el qué dirán marque nuestras decisiones. Las apariencias tienen su peso, porque vivimos rodeados de opiniones, normas y expectativas que condicionan nuestra manera de actuar. Pero también podemos preguntarnos cuánto de lo que hacemos responde realmente a nosotros y cuánto hacemos para evitar la opinión de los demás. Seguir al corazón no significa ignorar las consecuencias ni actuar sin pensar, sino reconocer aquello que queremos y asumir nuestra propia decisión. Al final solo existen dos opciones: vivir según lo que esperan los demás o elegir nuestro propio camino.
¿Qué elegís, lectores: el amor o las apariencias?
© Jorge Girbau Bustos.
Octubre de 2026
Imagen portada: openai
Juego de Amores
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